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6 min
Histeria
Drama |
22.06.15
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Sinopsis

Un adolescente de dieciséis años diferente, frío y psicópata está a punto de descubrir su propio significado de la palabra "Libertad".

Esa noche... esa fatídica noche la recuerdo como si fuera ayer. Se dice que sólo lo que no cesa de doler permanece para siempre en la memoria. Pero lo que sentí no fue dolor, no, todo lo contrario. Lo que sentí fue libertad en su más pura esencia, el tipo de sentimiento que posee el pájaro una vez que puede volar y abandonar el nido. Tenía dieciséis años, estaba en mis plenos cabales todavía. Eso sí, yo era completamente diferente a mis coetáneos. Yo era frío, mi corazón estaba podrido. Era aquella una noche como cualquier otra de mi pasado: mi padre había llegado a casa, completamente ebrio, sujetando una botella de ron barato. Mi viejo siempre había sido un perdedor de mal gusto, hasta para la bebida. Pasó lo que tuvo que pasar, lo que pasaba siempre: tras una discusión con mi madre, empezó a pegarle, conmigo delante. La casa se llenó de gritos de furia y gemidos de congoja. Sabía que después de mi madre, el próximo hubiera sido yo. Fui a mi habitación y me encerré, para evitar que mi padre descargase su furia sobre mí también. Me dejé caer en el suelo en medio de la oscuridad, tapándome los oídos con las mano, deseando estar lejos de ahí, deseando que estuviesen muertos, los dos, malditos inútiles... estúpidos. Pero yo ya estaba acostumbrado, las riñas durarían toda la noche, hasta que los vecinos llamasen a la policía y en ese, sólo en ese momento, los gritos cesarían. Pero me equivoqué. Un silencio helado como la muerte se cernió de repente sobre mi casa, demasiado repentino, tan repentino que un escalofrío me recorrió el cuerpo, como si de un presentimiento se tratase. Bajé las escaleras silenciosamente, procurando no hacer ruido... la escena que vi a continuación se quedó grabada en mi mente, tanto que podría reproducirla hasta el más ínfimo detalle sobre el papel. Mi padre estaba de pie, con una expresión que nunca había visto en él, semejante a un cordero que va directo al matadero. En su mano derecha, la botella de ron, rota, su líquido derramado y los cristales por todas partes. Delante de mi padre, en el suelo, tumbada en una posición patética y con una mancha roja alrededor de su cráneo... mi madre. Todo fue tan rápido pero en mi cabeza parecía a cámara lenta... recuerdo que me quedé parado allí, por unos momentos que parecieron durar lo mismo que la eternidad. Mi viejo me miraba, aterrorizado, las lágrimas le brotaban y me dirigía palabras ininteligibles. Y fue en ese momento, con el olor del alcohol impregnando mi nariz, con las manos sudorosas y con el corazón latiendo con extremada fuerza que una idea voló hacía mi mente. Una sola idea, un idea perfecta, fría, monstruosa. Caminé lentamente hacía la cocina, mientras mi padre se arrodillaba sobre el cadáver de mi madre, repitiendo el nombre de Dios en vano. Cogí el cuchillo más grande y el más afilado y, despacio, me planté detrás de mi conmocionado viejo sin que él se diese cuenta. De repente, él se levanto tan rápido como un poseído, y al darse media vuelta, se encontró cara a cara con su hijo, algo que no había pasado en mucho tiempo.

Fueron segundos y un instante cuya duración desconozco. Pero, aún así, fue tan fácil que me pareció inquietante. Lo apuñalé con fuerza, derecho al corazón. Su expresión se convirtió en una mueca de dolor y de incredulidad. Primero miró la herida, de la cual surgía el negro mango del cuchillo. Luego me miró a mí. No había rabia, ni odio, ni desconcierto en su mirada. No había nada. Estaba vacía, priva de toda emoción. ¿Acaso pierdes la capacidad de sentir emociones en el momento de tu muerte? Sus ojos verdes se fueron apagando, casi como si su alma abandonase su cuerpo. Y, acto seguido, así sin más, su cuerpo cayó al suelo, con un sonido sordo. La sangre comenzó a brotar. Tuve la certeza de que había muerto cuando algo macabro se aventó sobre mí, algo así como una sensación de pérdida. La pérdida de mi propia humanidad, quizá, por ejecutar el acto más vil e infame que podías cometer contra la naturaleza. Mi rostro se deformó en una sonrisa retorcida. “Lo logré”. Empezaba la cuenta atrás. Ahora, pasaré a relatar con que astucia y sagacidad conseguí esconder las pruebas de mi culpabilidad, el todo acompañado de mi sangre prodigiosamente fría. Preví que los policías no tardarían en llegar de un momento a otro, alarmados por los vecinos. El tiempo era mi enemigo, no podía esconder los cuerpos, entonces pensé en otra alternativa. Saqué del cadáver de mi padre el arma del delito y, atento y conteniendo la respiración, me clavé el cuchillo en un punto que sabía no era letal. Al principio no percibí nada, pero luego un dolor e intenso y agudo se apoderó de todo mi cuerpo. Moviéndome a rastras, volví a posicionar el arma en su puesto inicial: el pecho de mi padre. Usé sus manos rígidas para agarrarlo y de esa manera ocultar posibles huellas.

 

La policía llegó diez minutos más tarde. El macabro escenario que vieron fue desolador. Un hombre, presa de una ira frenética causada por el alcohol asesina a su mujer e intenta matar a su hijo, que milagrosamente sobrevive. Acto seguido se quita la vida con un cuchillo de cocina. No hubo ulteriores investigaciones, todo estaba perfectamente claro. El niño fue llevado al hospital, y se llamaron los servicios sociales para decidir sobre su futuro, quizá con una mejor familia y en algún lugar muy lejos de allí. Nadie pensó que aquella terrible noche tuviese otra explicación que la oficial dictada por los agentes, yo soy el único que sabe la verdad. Muchos años más tarde, el tiempo y las personas ya han borrado aquella noche, pero yo no puedo. Porque aunque queriendo, una cicatriz en mi costado izquierdo sigue evocando vívidas reminiscencias de mis actos, de mi crimen perfecto, del día en que fui libre. 

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  • Muy buen texto.
    @Ángeles Rodríguez Socas... ¡Muchas gracias por comentar! @Ueno... Muchas gracias por tomarte el tiempo de comentar, Ueno. Te agradezco mucho el cumplido. ;)
    @Ángeles Rodríguez Socas... ¡Muchas gracias por comentar! @Ueno... Muchas gracias por tomarte el tiempo de comentar, Ueno. Te agradezco mucho el cumplido. ;)
    Me pareció bien redactado y el ritmo correcto.
    Genial, no puedo decir más. Esperaba que la policía acusase al joven y no que un asesinato justificase su libertad. Me has impresionado (para bien, claro). Este relato sería el sueño de un psicópata, entendiendo como tal salir airoso de un crimen. Felicidades y saludos.
  • Narración dividida en tres partes que cuenta la historia de dos jóvenes de creencias similares, cuyos caminos se ven cruzados accidentalmente. (Como las casualidades demasiado convenientes de las películas). Esta historia fue sacada de un cajón de recuerdos de hace más de un año.

    El odio simplemente es la otra cara del amor.

    Cuando la presa se vuelve el cazador...

    Llegar al límite, volverse loco y...explotar.

    Un adolescente de dieciséis años diferente, frío y psicópata está a punto de descubrir su propio significado de la palabra "Libertad".

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