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6 min
HISTORIA DE AMOR ETERNO
Amor |
22.01.18
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Sinopsis

Basado en una leyenda de mi región este relato que deseo les guste a los lectores.

 

 

En la soledad del bosque de viejos pinos se habían amado con esa pasión ingenua y voraz de adolescentes, tantas tardes como pudieron escaparse de sus familias. Allí, sobre un amarillo océano de agujetas iba cayendo la tarde sobre sus cuerpos impregnados  de olor a cáscara de pino. No existía entonces noción de tiempo; los días eran apenas ese atardecer rojizo lleno de cónicas sombras. Y el mundo empezaba en las viejas casuchas de la hacienda que los vio encontrarse y crecer juntos y terminaba en la vasta arboleda alfombrada de hojas muertas.

Pero los meses pasaron y cuando el amor se hizo más intenso murió el dueño de la hacienda y cada uno de los trabajadores llegó a la hora del almuerzo a decir a la familia nos vamos de aquí que esto se acabó. En menos de tres días ya se veía la desbandada de familias yendo con sus trastes a otras tierras. Ni siquiera les dieron sus padres la oportunidad de verse por última vez. La partida fue como un ventarrón que arrasaba hasta sus sentimientos puros.

Transcurrieron varios años. Tiempo y distancia los hizo olvidarse al creer que nunca más volverían a verse. Ella conoció a otro hombre y se casó meses después del noviazgo. Igual le ocurrió a él. Ambas parejas empezaron su vida hogareña más por costumbre que por afectos profundos trabajando en lo mismo que sus padres y antepasados: en las grandes haciendas de la región. Luego la llegada de los hijos y las amarguras y risas de cada día parecía condenarlos al olvido definitivo.

En una ocasión cualquiera, el fantasma sin rumbo de sus destinos junto de nuevo sus senderos. Y para sellar de manera eterna lo que en el pasado los uniera –ahora lo consideraban como una amistad bastante intima, demasiado grande que de alguna manera debía perdurar –se hicieron compadres. El encuentro tuvo la brevedad de unos meses. Otra vez la distancia los apartó y el río vertiginoso del tiempo siguió su curso imparable. Dejaron de verse varios años.

En una de las romerías de promeseros a Chiquinquirá, cuando aún la gente iba a pie de tierras distantes y unos pocos se daban el lujo de ir en tren, se encontraron en la catedral a la hora de la misa. Varias veces se miraron a los ojos a pesar de estar separados por la distancia de las  bancas  y el grupo de personas. Ambos percibieron ese brillo en cada mirada, resplandeciente como la luna de las noches de sus citas en el bosque de los pinos. En ese momento volvió a vivir el pasado, como si los años de separación no fuesen esa terrible muralla que los alejaba. Solo una seña fugaz cumpliría el prodigio de llevarlos de regreso a la frescura de esas horas tendidos sobre las hojas resecas del bosque de los antiguos pinos. El amor era un náufrago pedido en la soledad y ahora se aferraba al viejo madero con ganas de acercarse al litoral.

Pero ahora algo los hacia rechazarse. El compadrazgo era un vínculo tan sagrado que irrespetarlo les hacía pensar en una cosa demasiado temeraria. La desgracia podía caer encima; bastante oían hablar de castigos de Dios porque el amor entre compadres era algo semejante al incesto. Largo rato después, cuando había terminado la misa, se encontraron afuera entre la gente y el bullicio de las calles. Ella sin el marido ni los hijos; él también. Se pusieron a conversar largo rato. La desdicha, los sufrimientos, la pobreza, los hizo juntar mucho más ahora. La nostalgia los abrumó en ese momento, y el deseo de no volverse a separar y esos tristes anhelos ahogados en el remolino del impedimento eran peores que la cercanía de la muerte.

Entonces él no soportó más la angustia y decidió hablar:

--Ay, Isabel, como hecho menos aquellos tiempos cuando no éramos compadres.

Ambos volvieron a mirarse, ella también esperaba el calor de una frase así. Fue un instante en que lo demás perdió importancia. Para ella existía solo este hombre que los años y los trabajos duros a la intemperie empezaban a deteriorar. Para él existía solo esta mujer con los rasgos remotos medio perdidos en su rostro que al volver a relumbrar de amor empezaba a revelarse contra las huellas del tiempo. Ya ni el mundo, ni el marido ni los hijos, ni los temores obstaculizaron su deseo. También él se sentía igual, su ansiedad era tormentosa, tan inevitable como la muerte. Ella notó su desesperación. Se diluyeron las dudas y su voz ya más tranquila se oyó vibrante, sugestiva como un arrullo.

--Todavía podemos, hay que pensar que nadad pasó. Olvidémonos de todo.

Se fueron por una calle en busca de la salida del pueblo. Fueron dejando atrás las últimas calles, las últimas casas y al final todo vestigio del pasado reciente. Otra vez buscaban la soledad del campo yendo por un camino que no sabían, ni pretendían averiguarlo, adonde los llevaría. El deseo era irse más lejos, lo más distante posible. Llegarían a otro pueblo más pequeño sin detenerse nada más que a comer. Prosiguieron su marcha por otra carretera sin saber a dónde iría. Pasaron seis pueblos más, unas veces en tren, otras en camión y otras a pie. Cuando no les quedaba sino lo que llevaban puesto, en una pradera distante, alejados de todo impedimento, una tarde soleada empezaron a amarse tendidos sobre la hierba fresca, igual que en el pasado, con la misma pasión. Ya nada los separaba.

Y para siempre quedaron recostados en  la pradera al borde de la montaña, donde el pasto no ha vuelto a crecer, uno junto al otro porque la maldición se cumplió: quedaron convertidos en piedras enormes que por su tamaño y su peso nadie hasta hoy ha podido mover.

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