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10 min
Historia de un pobre mejillón
Humor |
07.07.21
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Sinopsis

La vida de un mejillón desde dentro...

La historia de mi vida es triste y funesta. Me recogieron del mar unos pescadores cuando estaba asido a la roca, me llevaron a un almacén junto a mis compañeros y desde ahí me metieron en mi nueva casa, en mi nuevo cubículo. En una especie de zulo metálico sin orificios, cerrado a presión y con una especie de líquido anaranjado que me cubría parcialmente.

Sí, en efecto,  soy un mejillón, y estoy en un plato listo para comer. Bueno, eso pensaba, pero visto lo visto ya no sé qué opinar.

Llevo aquí, posado en un plato transparente y con un palillo que me atraviesa, la friolera de 2 meses. He soportado el viento, el sol, la lluvia,  los picotazos y las miradas piadosas de los personajes que van transitando por la habitación y observan incrédulos cómo estoy sólo aquí en la repisa de la ventana.

No sé cómo explicar los que ha sido mi existencia. Sé que estuve unos meses en Carrefour, en la sección de conservas. Duré una semana. Luego pasé al estante principal, en el que, con grandes caracteres, se anunciaba que estaba en oferta, una oferta irresistible, ya que si comprabas una lata de tomate te regalaban una de mejillones (es decir a mí o a uno de los míos). Es triste decirlo, pero estábamos de saldo. Nadie nos quería ni  regalados. No éramos la primera opción de consumo, sino un una especie de lote en el que estábamos incluidos.

Yo me hacía una reflexión. ¿A dónde llegará mi penuria cuando hay clientes que no reparan ni en coger la lata de mejillones, cuando saben que, al llevarse el tomate, es gratuita?

De repente vi  a una señora oronda y con escasez de altura, que me miraba muy fijamente. ¡Parecía mi día de  suerte! Alzó su brazo, se empinó y... me pasó de largo,  intentando sin éxito coger el  bote de tomate. Lo volvió a intentar, tocó con sus dedos la parte inferior del bote de tomate Starlux, le dio un pequeño empujón para que cayera, pero no se percató  que yo le quedaba a la altura de su codo y ,al recoger al vuelo el tomate, dobló el brazo, propinándome un empujón tan fuerte que caí sin remisión al suelo.

Allí  sentí un tremendo golpe, unos cristales rotos y una masa de tomate triturado que me cubría completamente. Efectivamente, había quedado cubierto de salsa de tomate, del tomate deseado por la señora. La gente pasa por mi lado y me miraba con cara de asco. Un niño pequeño con un globo observaba, con la  mirada al techo,  el globo que sostenía con sus manos, e irremisiblemente me pisó, perdió  el equilibrio y cayendo al  suelo.

La madre enfurecida le soltó al niño un cachete en el trasero y es que no le perdonaba que fuera tan despistado y lo que era peor,  el no saber cómo iba a quitar esas manchas de tomate, con las que habian quedado impregnadas, el pantalón bermudas de color crema y la camisa blanca impoluta del Real Madrid.Esa ira contenida la pagó conmigo y me soltó un puntapié que me hizo deslizarme varios metros por el centro comercial, con tan mala suerte que me detuve  justo debajo de un estante. Allí en ese lugar  en el que  nadie me veía y donde la oscuridad era absoluta,  en esa, mi nueva casa, pasé toda la temporada de invierno. Ni recuerdo los días o meses que permanecí en la mayor de las soledades, sin nadie que me mirase, sin nada que mirar y sin posibilidades de ser consumido.

Afortunadamente, cada temporada había una renovación de estantes. Ya era verano y había que dar paso a los productos más refrescantes. Comenzaba el movimiento de estantes, hasta que al llegar al mío, el que me había estado cubriendo durante tantos meses. Unas personas con mono azul, comenzaron a desplazar ese expositor alimenticio, hasta que por fin vi la luz. Milagrosamente conseguí volver a integrarme en la vida comercial.

El gentil hombre que desplazó el armario, me recogió con lástima y me lanzó  al carro, junto a otros desperdicios que había encontrado en los lugares más recónditos.

Unos tienen la mala fortuna de ir al cubo de basura, otros al almacén y otros, los más afortunados, vuelven a los estantes. Estaba nervioso. No sabía el lugar que me correspondería. Esperaba que mi fecha de caducidad fuera  lejana y volviera  a estar de moda, aunque fuese en verano.

Afortunadamente me posaron en la sección de conservas, junto a las latas de caballa y pulpo con tomate, a un precio casi  irrisorio. Pasaban los días, pasaban los clientes y nadie reparaba en mí. Mi compañera, la lata de caballa, me abandonó hacía unos días. Unos chicos jóvenes hicieron acopio de conservas y junto a la lata de caballa, también compraron una de anchoas, otra de pulpo a la vinagreta, una de atún y alguna más, que no me dio tiempo a mirar. Pero yo seguía ahí, impasible.

Ya estaba perdiendo la esperanza cuando...un distinguido personaje, bien trajeado se acercó con sigilo. Miraba a un lado y a otro. Parecía no querer llamar la atención o que le diese vergüenza que alguien le pillase cogiendo una lata de mejillones. Con rapidez y disimulo, estiró el brazo, mirando hacia otro lado. Sentí cómo me agarraba torpemente, haciendo amago de lanzarme al carro, pero parecía arrepentirse. Me volvió a depositar en el mismo sitio, pero no parecía convencido de su acción. Comprobó el precio de otras latas, de mis congéneres, pero tampoco le convencían, así que volvió a asirme con sus manos y esta vez sí , caí en el carro.

Aquella fecha sentí una enorme satisfacción. A un lado y a otro , encontré patatas fritas onduladas, ganchitos, aceitunas, berberechos y hasta una tarta. Era mi día de suerte, sabía que iba a ser  consumido en una celebración de cumpleaños, de aniversario o algo importante,  imaginé.

Ya quedaba poco para salir del inmundo centro comercial en el que había estado recluido buena parte de mi existencia conservera. Me encontraba aplastado en el fondo del carro, un carro con ruedas que se deslizaba con destino a la línea de cajas.

Era como un ligero cosquilleo lo que sentía, no en vano acababa de ser pasado por el lector del código de barras que llevaba adherido a mi funda y desde aquí fui arrojado a una bolsa transparente y finalmente depositado en el maletero de un destartalado vehículo.

Apenas sin darme cuenta, llegué a mi destino final, que no era otro que un edificio de oficinas algo caduco.

Sentí una explosión de libertad, cuando mi “salvador” abrió el cubículo por la parte superior y me volcó sobre un plato trasparente de cristal. Me situó en el único sitio libre que quedaba, en una mesa ya atestada de alimentos y decorada con muy mal gusto.

El personal se arremolinaba  alrededor de la tabla. Parecían hambrientos comenzando a engullir con ansia y desesperación todo cuanto encontraban. Yo me situaba en el vértice de la mesa, pero nadie reparaba en mí. Comían sándwiches, patatas, aceitunas, cebolletas, jamón y hasta pepinillos, pero nadie mejillones, nadie saboreaba en su paladar, para después triturar y engullir el exquisito manjar de color anaranjado.

Casi no quedaba comida, pero nadie parecía que tuviera ojos ni estómago para un pobre mejillón.

Había alguien que vociferaba:

— ¡Quita las sobras de una vez!,   ¡¡Si, si saca la tarta y retira el maldito plato que no hace más que estorbar!

¿Pero qué se habrá creído el tipo éste?, reflexioné… Llamarme desperdicio o maldito plato. Tan recatado y elegante que parecía cuando me recogió del centro comercial y ahora me consideraba poco menos que una molestia. Pues se podía haber ahorrado el comprarme, ya que seguro habría mucha gente interesada en disfrutar de mi placentero sabor,  y sin insultar.

Alguien me agarró del plato sobre el que estaba posado, abrió el antiguo ventanal y me depositó sobre la repisa.  .

Y aunque parezca mentira ahí sigo, sufriendo las inclemencias meteorológicas y observando la cara de estupor  de las personas que accedían al cuarto al que iluminaba mi ventana. Era ridículo, pero tenía la impresión de que en esa era donde recibían a los personajes importantes, en visitas esporádicas. Me miraban con cara de entre asco y asombro, luego de incredulidad, me olfateaban y salían despavoridos, arguyendo cualquier excusa.

Y ésta fue  la historia de mi existencia, que esperaba concluyera pronto. Mis esperanzas de ser consumido se habían desvanecidos, así que imaginaba que mi destino sería en el mejor de los casos  la basura, si es que alguien tuviera a bien  quitarme de esta mi ventana.

3 años más tarde

Hoy hay visita. El director general de la compañía se desplazó por 1ª vez en los últimos 10 años para ver las instalaciones y lo hizo por sorpresa. El servicial y elegante empleado hacía los honores de enseñarle las instalaciones.

El primer sitio que visitaba (y el único), era la sala de invitados, el cuarto Vip, la más lustrosa de cuantas existían en el  ruinoso edificio.

Entró, observando la ventana,  y  quedándose asombrado, impávido: 

 

—¡¡PERO QUE ES ESTO!!

El distinguido personaje que normalmente tenía salidas para todo , se quedó en blanco. No sabía dónde meterse, tampoco  que contestar, intuyendo que sus días en la empresa habían concluido por culpa del maldito mejillón, aunque con gran dificultad y balbuceando acertó a decir:  

-...es que tuvimos una celebración y…

—No digas más— replicó el Director General.

 

Desde mi ventana noté como le brillaban los ojos, como le embargaba la emoción. No sé qué le ocurría. Imaginaba un despido inmediato por no haberme recogido de esa ventana.

Pero no. Parecía haberse vuelto  loco. Sonriendo exclamó:

—- ¡¡ES LO QUE QUERÍA, ES GENIAL!!¡¡ DISÉCALO!! Definitivamente, quiero que ésta sea la imagen corporativa de la empresa. Es lo que andaba buscando— sentenció el Sr. Director

Y ahí continúo. No me han comido,  pero soy famoso. Ahora me llaman “MEJI” y aparezco como logotipo de la empresa en sobres, certificados, luces de neón, baldosas,… Y sigo en mi plato dentro de un expositor en la sala Vip. Soy el centro de atención, no sé si para la  satisfacción,  o la repugnancia, de todos cuantos acceden a este sala para ver a un pobre mejillón convertido en estrella.

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