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10 min
Historia de un sueño
Reflexiones |
17.09.11
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Sinopsis

Muchas veces la interpretación de los sueños resulta inquietante y muy interesante. Aquí tenemos un sueño hecho realidad o... más bien dicho, hecho relato.

 

Dio un paso.

Tomo aire y dio otro más. Y otro. Y otro. Pero al fin se rindió.

Primero se dejo caer de rodillas. Después se sentó en la caliente arena. Exhausto.

 

Llevaba tres días caminando sin parar por aquel desierto rocoso y lo único que había visto era arena, sol y piedra.

 

Se preguntaba a si mismo, realmente, ¿a dónde esperaba llegar? Y sobre todo... ¿por qué seguir?

 

-¿Por qué seguir caminando? ¿por qué seguir luchando contra mi mismo por dar un solo paso más? Si en este maldito desierto no hay nada...- Gritó en voz alta, aunque nadie le escuchó.

 

Se quedó paralizado por unos minutos, sin mover un solo músculo, sin pensar nada en concreto, y de repente se le ocurrió alzar la cabeza.

 

Divisó una gran ladera de arena y pensó:

 

-Bueno, ya que he llegado hasta aquí supongo que no me pasará nada por comprobar que hay al otro lado...-

 

Se incorporó con bastante esfuerzo.

 

-La última oportunidad que doy a este maldito desierto.-

 

No veía con mucha facilidad, hacía un viento fuerte que levantaba la arena, por lo que además de acortar su visión, le obligaba a taparse la cara con la manga de su camisa.

 

Trepó por la ladera, casi arrastrándose.

 

Dio un paso, se inclinó. Apoyó con las dos manos el resto del cuerpo y paró. Cogió aire. Dio un paso más. Y otro. Y otro más. Siguió trepando hasta que al final alcanzó la cima. Exhausto.

 

No vio nada. Absolutamente nada.

 

Esta vez se decidió a rendirse por completo.

 

Antes de comenzar a trepar tenía un resquicio de esperanza dentro de sí. Aún perdido en mitad de un gigantesco desierto, sin más compañía que la de si mismo y totalmente desorientado, sabiendo que tarde y temprano moriría, aquel hombre seguía teniendo esperanza. Quería tenerla. Pero ya no.

 

Estaba desilusionado.

 

-Pero que idiota... ¿y por qué me desilusiono? ¿a caso esperaba encontrar oro aquí arriba?... maldito ingenuo...- Se decía a si mismo en voz alta, como intentando convencerse de algo, aunque tampoco le escuchó nadie.

 

Sentado, se dejó arañar por la arena que levantaba el viento, aunque cierto era que aquella brisa estaba empezando a menguar.

Menguó hasta tal punto en el que ya no hubo viento y el desierto dejó contemplar su horizonte.

 

Y entonces, comenzó a disipar algo.

 

***

 

A lo lejos, consiguió distinguir lo que parecía la entrada a una cueva.

 

No tenía nada que perder.

 

-Total, incluso si hay dragones, ¿qué mas da? moriré igualmente...- Dijo medio riéndose.

 

Aunque lo que no sabía era que aquel dicho, se haría realidad, o al menos en cierto modo.

 

Un dragón.

 

Efectivamente, tal y como su sarcástica broma había predicho, dentro de la cueva había un dragón. Un enorme y morado dragón, durmiendo.

 

La primera reacción del hombre fue quedarse totalmente inmóvil, sin saber qué hacer.

 

Finalmente optó por salir corriendo.

 

Corrió y bastante, la verdad. Ni si quiera él se lo creía. Hace dos minutos no podía casi ni dar tres pasos seguidos. Parecía que estaba en un encierro de San Fermín, intentando que no le alcanzara un toro. Pero no, estaba en mitad de un desierto huyendo de una cueva gigante en la que se encontraba un dragón morado y cuando al final alcanzó la ladera, se escondió tras ella.

 

-Madre mía, realmente estoy loco, aunque quizás solo sea un espejismo.- Reflexionó.

 

-Sí, creo que aún sigo cuerdo. Será mejor que vuelva a la cueva otra vez. Seguro que no hay nada y me lo he imaginado todo. Será el calor. Sí. Seguro que es el calor.-

 

Una vez completamente auto-convencido, se incorporó. Pero sus músculos no aguantaron, y se desplomó.

 

-No debí haber salido de allí corriendo.- Debió pensar en ese momento.

 

Como ya estaba anocheciendo, decidió quedarse en ese pequeño escondrijo durmiendo y así de paso recuperar fuerzas.

 

Pasó la noche y el sol tomó el relevo.

 

Despertó ligeramente enterrado en arena, y muy debilitado, ya cumplía cuatro días sin comer ni beber, pero aún así se incorporó y se dirigió a la cueva.

 

Luchando contra sí mismo, consiguió llegar al borde de la entrada.

 

Tomó aire y asomó la cabeza.

 

Allí seguía el dragón durmiendo tan plácidamente.

 

El hombre enfureció.

 

Estaba harto de aquel desierto, lo único que había visto en aquellos cuatro días era un espejismo. No solo moriría allí, sino que además lo haría completamente loco.

 

Su cara enrojeció. Sus puños se cerraron con fuerza.

 

-Se acabó.- Masculló.

 

Y entonces salió corriendo hacia el dragón, al mismo tiempo que alzaba al cielo un estruendoso grito de furia con los brazos en alto y con la boca casi echando fuego. Valga la redundancia.

 

Fue en ese preciso instante, cuando el enorme dragón se despertó.

 

Aturdido, giró la cabeza y observó como un desgraciado hombre de un tamaño veinte veces menor al suyo corría poseído en su dirección.

 

El hombre alcanzó al dragón y empezó a darle patadas y puñetazos.

 

El dragón, sin inmutarse lo más mínimo preguntó:

 

-¿Le ocurre algo, señor?-

 

El hombre siguió desahogándose con el rígido torso de escamas del dragón y al final, exhausto, se desmayó.

 

***

 

El hombre se despertó en una cama muy mullida, pero lo que más le llamó la atención no fue la increíble comodidad de aquel colchón, sino que ya no tenía sed ni hambre y curiosamente se sentía con mucha fuerza.

 

Se levanto de la cama y empezó a saltar y a correr de punta a punta de la cueva. Efectivamente estaba milagrosamente recuperado puesto que no recordaba haber comido ni bebido nada en absoluto.

 

-Veo que ya estás mejor.- Dijo el Dragón, que lo observaba desde el mismo lugar de siempre.

 

El hombre detuvo su ejercicio físico y se acercó al Dragón, está vez en son de paz.

 

-Bueno, supongo que habré muerto o algo por el estilo, pero no tengo mucha idea, y de todas formas aunque si estoy vivo estaré hablando con una pared de piedra, me aventuro a preguntarte si tu sabes algo más de lo que me está pasando.-

 

El dragón sonrió.

 

-Te está ocurriendo todo lo que tu quieres que ocurra. Tu has venido a este desierto a encontrar algo y como estás perdido has decidido que un dragón morado te resuelva las dudas.-

 

-¿Qué?- El pobre hombre no entendía nada, como de costumbre.

 

-No me andaré con muchos rodeos.- Dijo el Dragón con determinación. - Tu amigo se fue hace mucho tiempo. Quizás ha llegado el momento de aprender a superarlo.-

 

 

El hombre comprendió de lo que le estaba hablando el dragón.

 

Tras unos segundos, contestó:

 

-Pero eso es injusto para él. Yo pude ayudarle, y en vez de eso me quedé con los brazos cruzados.-

 

-No te sigas atormentando más. Erais jóvenes. Mirate. Mira tus manos tersas y suaves, mira tu torso y tus piernas, toca tu cabeza y comprueba por ti mismo tu abundante cabellera negra.

 

Así eras tu, querido amigo, un joven inconsciente, inmaduro, igual que tu amigo. Decidisteis tomar caminos diferentes y cuando él necesitó tu ayuda, os habíais alejado demasiado.-

 

-Si yo no le hubiera dejado escapar... si hubiera sido lo suficientemente maduro como para no provocar una sola discusión, le habría salvado de caer en ese mundo oscuro y tenebroso.-

 

-Sólo nosotros mismos somos responsables de nuestras propias acciones, y nadie más. Él murió, pero estoy seguro de que cuando alguien le preguntó: ¿Quién es ese chico? El respondió:

 

Un amigo.

 

Y eso es al fin y al cabo lo que cuenta.-

 

El hombre quedó callado, pensativo, mirando al suelo... pero comprendió que no era el momento de mirar al suelo. Ya no.

 

Era el momento de mirar bien arriba y seguir adelante.

 

-Creo que ya has saldado las dudas que te atormentaban y puedes volver.- Dijo amablemente el Dragón.

 

-¿Pero cómo? No te entiendo...-

 

-Te digo que si quieres el café con leche o sin leche.-

 

-¿Cómo?-

 

-Pues muy fácil papá, con leche o sin leche, tampoco creo que sea muy difícil la pregunta.-

 

El dragón, la cueva y el desierto habían desaparecido y ante él una muchacha joven y guapa le hablaba.

 

Se percató que estaba en un porche antiguo, sentado sobre una silla de madera. A su al rededor, había más casas idénticas a esa y había gente por todos lados, haciendo deporte, paseando y charlando.

 

Miró sus manos, y comprobó que ya no eran tersas y suaves, si no arrugadas y temblorosas. Su torso encorvado y sus piernas huesudas. Palpó su cabeza y no encontró gran cosa tampoco.

 

-Agustín, ¿estás bien? Estábamos hablando y de repente te has quedado atontado por unos segundos...- Dijo una mujer, sentada en otra silla de madera al otro extremo del porche.

 

-Tranquila mamá, debe ser por la medicación.- Puntualizó la joven.

 

Pero entonces el hombre habló:

 

-Sí, sí... estoy bien, solo que estaba reflexionando sobre una cosa que pasó hace muchos años...-

 

-Bueno, pues entonces, ¿el café con leche o sin leche?- Repitió su hija.

 

-Con leche cariño... con leche.-

 

El anciano sonrió feliz, pero sobre todo satisfecho.

 

 

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  • me ha gustado mucho el giro y el porqué de la historia...
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    Desesperación de un joven enamorado.

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