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6 min
HISTORIAS DE BAR
Amor |
20.06.15
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Sinopsis

Nunca sabemos realmente como somos hasta que la vida se nos rompe. Aún así, la enfrentamos, la gozamos y quizá, sólo quizá, seguimos sin saber qué somos...

HISTORIAS DE BAR por Dorvas @ 2013-07-04 – 17:38:17   De viejas mesas gastadas por el paso de los años y descoloridas fotografías colgadas de las paredes. Volutas de humo sobre el trasluz de una ventana cargada de barrotes que se abre al patio vecinal. El olor a tabaco rancio, a vino agrio, a humanidad que se refugia del implacable sol y la canícula o, simplemente, de sus propios miedos. En el techo, un ventilador gira lentamente sus aspas moviendo las volutas de humo en una danza inentendible y sin apenas aportar el mínimo aire a la aplastante y cargada atmósfera del local.   Y allí está ella. Se para en el umbral, tal vez para acostumbrar su vista a la penumbra interior. Su silueta se recorta con la luz exterior y las gasas del vestido permiten ver con sus transparencias la redondez de sus caderas, el perfil de sus piernas y el vértice en el que se juntan allá donde se refugia su femineidad. Un cliente, sentado en una mesa en un rincón, la mira un instante con desinterés, gira la taza de café, ya frío, y devuelve la mirada al periódico deportivo. El otro cliente del bar en la axfisiante tarde, la mira más interesadamente. Le envía un saludo alzando hacia ella el botellin de cerveza y, mientras apura un trago, fija la mirada sobre su cuerpo. Si el camarero la vio o no, es cosa que solo él sabe porque no varió un ápice su postura sobre el taburete en el último rincón de la barra.   Entró en el bar con paso cansino moviendo el cuerpo con sensual languidez sobre los altos tacones. Rubia de rizado y vaporoso pelo en una melena redonda que enmarcaba una cara agradable a pesar del exceso de maquillaje, de la exagerada sombra de ojos y del intenso rojo de sus labios que atraían la mirada como un imán. Unos 45 años, tal vez algunos más y, aunque el ceñido vestido marcaba una incipiente curva en su vientre y, sobre todo, sobre sus caderas, resultaba todavía muy atractiva incluso, esas curvas, le daban una mayor sensualidad. Se sentó de forma indolente en un taburete de la barra dejando a la vista la casi totalidad de los muslos que el corto y vaporoso vestido veraniego no llegaba a cubrir. El generoso escote mostraba el profundo canal entre sus pechos por el que, en un sin querer, se deslizaba una atrevida gota de sudor.   Hace poco más de un año que se separó tras veinte de un matrimonio que no le aportó casi nada desde esa resignación de hacer siempre lo “socialmente correcto”, un asumido papel de mujer florero y un sexo oscuro, tedioso y conformista en el que siempre le tocó la peor parte. Ahora, con la separación, había despertado. Se sentía nueva, viva, llena de ganas de comerse ese mundo que acababa de descubrir y que le dijeron que siempre estuvo ahí. Sin embargo, se sentía y sabía torpe en el sexo, consciente de que había en ello todo un mundo de goces y placeres que no había conocido y que no quería perderse. Así que no lo pensó dos veces. Renovó todo su vestuario, compró la lencería más provocativa, se surtió de todo tipo de afeites y perfumes, leyó todo lo leible y vió todo lo visible hasta llegar a dominar toda la teoría de aquello que quería conocer. Se trataba entonces de llevarlo a la práctica y aunque le podía la vergüenza, estaba firmemente decidida a probar. Si el sexo era placer, ella se emborracharía de él hasta sucumbir en un coma sexual.   Cambió de ambientes y lugares visitando clubs y bares de copas. Pronto se dio cuenta de que no le iba a resultar difícil conseguir lo que quería, que aquella vergüenza que sentía le ayudaba muy mucho en el juego de seducción ya que excitaba a los hombres. Pero pasados unos meses aquello tampoco la llenaba. Demasiado fácil, demasiado previsible, falto de emoción y poco excitante. Ella necesitaba algo más. Los veinte años perdidos le pesaban como una losa y quería recuperar. ¿Qué?. Ni ella misma lo sabía.   Empezó a acercarse a los extrarradios de la ciudad, a vestir provocativamente, casi de escándalo a veces., a pasear por parques al anochecer, caminar por calles escondidas y a visitar sórdidos locales unas veces, verdaderos tugurios otras. Así empezó a tomar contacto con un sexo más basto, más duro, incluso más cruel y empezó a gustarle sentir como su cuerpo se crecía y aún desde la sumisión, el dejarse hacer, el satisfacer todos los deseos que le pedían, era capaz de sentir que dominaba la situación haciendo perder el rumbo, el sentido y el resuello a aquellos hombres que encontraba día tras día. Se sentía usada, dominada , pero todo ello la llevaba a sentir como su cuerpo se encendía, como subía y subía por un camino de placer creciente hasta alcanzar el climax de una explosión de mil colores que la dejaba exahusta y totalmente satisfecha una y otra vez. Había nacido para sentir el placer en su totalidad y solamente en ese sórdido ambiente en el que los hombres únicamente se centraban en si mismos, era capaz de encontrarlo. Así que allí estaba. Paseando del vaso de gin tonic cargado de hielo por la ardiente piel de su cuello con una insinuante sonrisa en su boca de labios rojos.   El hombre de la cerveza dejó la botella sobre la mesa y se le acercó lentamente recorriendo con una mirada ávida, cada centímetro de su cuerpo. Cuando llegó hasta ella, le sonrió abiertamente y él susurró unas palabras en su oído. Sus miradas se cruzaron. Ella, levantándose muy lentamente, comenzó a caminar mientras él la seguía a corta distancia con los ojos fijos en el vaivén de sus nalgas.   2013, Julio
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