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7. Historias de taberna
Fantasía |
22.06.15
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Sinopsis

Pasen a la taberna Erregure, en ella encontrarán una comida caliente, buena música, un refrescante cerveza y algún que otro chisme...

Las sombras se alargaban a medida que el sol bajaba y poco a poco la penumbra se iba adueñando de Daero. A través de la las ventanas y las chimeneas se podía apreciar que los primeros fuegos para pasar la noche estaban siendo encendidos. Era a esa hora, a la puesta de sol, cuando la jornada de trabajo de la mayoría de los hombres de Daero terminaba, y era a esa hora, cuando se reunían en la única taberna del pueblo antes de cenar, en Erregure.

Mas que una simple taberna, se podría describir a Erregure como un salón, un gran salón. Gruesos muros de roca mas dura que la montaña, grandes dimensiones, tres plantas y tejado de pizarra, hacían de la taberna casi un fortín. Entre semana se servían comidas al medio día y bebidas por la noche, pero el fin de semana se congregaban las gentes de toda la comarca. Prestigiosos músicos y artistas del espectáculo habían pasado por allí. El ambiente en el salón principal era estupendo. Cuatro chimeneas, una en cada esquina, ardían a fuego vivo siempre, dándole una buena iluminación y temperatura a la estancia. Los constructores del edificio se aseguraron de que tuviera una buena ventilación, y nunca se acumulaba demasiado humo, si la cosa iba bien. Una larga barra se extendía de punta a punta en la pared oriental y numerosas mesas cubrían el resto del salón. Las paredes estaban cubiertas por múltiples trofeos de caza y exquisitos tapices con motivos heráldicos y mitológicos.

Esa noche era una noche diferente. El ambiente era sombrío, distante, se respiraba un aire enrarecido. Esa noche solo una de las chimeneas ardía, las lenguas de fuego danzaban devorando los troncos en su interior e iluminaban titilantes la gran estancia en semi-penumbra. El frío hacia acto de presencia en las tres únicas personas apiñadas en una esquina de la barra: El Herrero, un pastor y El Abuelo. Absortos en sus pensamientos no hablaban entre ellos, solo miraban la copa de vino que tenían delante. Finalmente, como el cristal resquebrajado cayendo al suelo, se rompió el silencio.

-Supongo que habréis oído lo del hijo pequeño de Tzon – dijo el pastor casi en un susurro. El abuelo levantó la vista de su copa y clavó la mirada en el joven, frunció el ceño a la vez que se le tensaba la mandíbula.

-Si. El día antes del incidente iba con mi nieto. Los dos se internaron en la montaña. Baset tuvo suerte y se refugió en una cueva, pero el otro chico… - cada palabra del anciano sonaba con un deje de amargura en cada silaba.

-Dicen que le faltaba la cara… - intervino El Herrero. El Abuelo bajó de nuevo la mirada hacia su copa, el pastor permaneció atónito ante lo que acababa de escuchar.

-Es cierto – respondió el abuelo – yo vi el cuerpo.

Un silencio tan pesado como la losa de una tumba volvió a imperar en la estancia, el crepitar de las llamas sonaba sordo.

-Hay muchas cosas en esa montaña que desconocemos… - con cautela, El Herrero intentó cambiar de tema – se han visto luces en la cima en noche cerrada, gritos de demonios que retumban por todo el valle cuando las gentes duermen, personas que desaparecen en mitad de una súbita niebla y que jamás se las vuelve a ver. Es un lugar peligroso el monte Arrego.

-Y luego esta ella – el pastor tartamudeaba – la dama de fuego. Dicen que se pasea por el cielo en un carro envuelto en llamas y que a todo hombre que ve le da muerte, a veces, seduce a jóvenes mozalbetes y los atrae hacia su cueva para aparearse con ellos, tras lo que días mas tarde aparecen muertos también, con las partes arrancadas – el miedo en la voz del pastor hizo que se le acentuara la tartamudez – Ubotan nos ampare.

El Abuelo se levantó súbitamente del taburete arrastrándolo hacia atrás ruidosamente y escupió en el suelo.

-¡Aahh, tonterías! Sois peor que un corrillo de viejas, no tenéis ni idea de lo que estáis hablando – sorprendidos, el pastor y El Herrero guardaban silencio – Ubotan… Ubotan no significa nada, es un nombre vacío para un dios oriental importado que se ha puesto de moda en las cortes de las grandes ciudades y que pueblerinos estupidos y supersticiosos como vosotros adoran ignorantes, sin saber exactamente por que – El Abuelo respiraba con una mezcla de enojo y excitación – Yo me preocuparía mejor por ese siniestro individuo que llegó antes de ayer, ese “cazador”. Ese es un problema de verdad.

-No veo el por que – respondió El Herrero aun tenso.

-Un cazador no ronda las casas de los vecinos, un cazador no hace interrogatorios exhaustivos, un cazador no lleva la flor de lis roja…- Justo pronunciaba El Abuelo la ultima palabra, se abrió la puerta de la taberna con un sonoro golpe de par en par. Un chico joven se asomó gritando

-¡Corred, corred! ¡Don Julien y su sequito han detenido al Cazador!

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