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7 min
Historias de terror
Reales |
08.04.15
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Sinopsis

Relato extraído de la vida real. Te invito a leer mis otros relatos.

Ese día me levanté muy temprano, desayune algo muy rápidamente y en cuanto pude salí a buscar a los amigos en la “cuadra”. Todos estábamos de vacaciones y nuestra mejor distracción era ir a la calle a jugar beisbol con esas pelotas de esponja, usando nuestras manos como el bate o al futbol con pelotas de plástico y las porterías simuladas con unas cuantas piedras.

Aquella calle en la que solíamos jugar tenía casas solas, solo uno que otro edificio y nada más una casa grande con jardín que pertenecía a los papas de Salvador y Emilio, los que muy pocas veces jugaban con nosotros.

En esa época, el tiempo pasaba rápidamente, sin detenerse. Solo a la hora de la comida parábamos el juego para ir a nuestras casas. Comíamos con gran rapidez, casi sin masticar, la meta era terminar para regresar pronto a la calle y por supuesto al juego. Por la tarde jugábamos pero con alguna tensión, ya que podía pasaba la Julia (camioneta patrulla con policías) y si nos atrapaban, nos llevaban a la Delegación. Así que más de una vez tuvimos que correr para salvarnos. La casa de Mario y Checho era la más segura ya que su puerta estaba siempre abierta.

Después de jugar cuando ya no había luz suficiente nos reuníamos en la casa de alguno de los que tenían tele para ver algunos programas. Otras veces íbamos a la casa de Memo León y Alma quienes eran mayores que nosotros, para platicar con ellos, Memo era estudiante de Medicina y León era artista que dibujaba, pintaba y hasta hacía esculturas. Alma era maestra de primaria, a todos nos gustaba mucho y nos entusiasmaba la sola idea de estar cerca de ella.

Otras veces cuando ya no había nada que hacer se proponía contar historias de  terror. Ese era mi “coco”, siempre que oía la mentada propuesta empezaba a sufrir, las imágenes de todos los horribles personajes que aparecían en los cuentos y leyendas se agolpaban en mi mente; empezaba a oír ruidos extraños y en alguna ocasión hasta llegue a ver cosas que los demás jamás vieron.

Pero como no quería quedar mal con  nadie, mucho menos con Alma, siempre terminaba yendo. Recuerdo que esa vez nos reunimos varios: León, Memo, Checho, Mario, Andrés, Salvador, el “Güero” y por supuesto Alma. Todos subimos por aquella escalera vieja y cansada que le faltaban algunos travesaños en la cual debíamos sostenernos con cuidado porqué se corría el riesgo de astillarse.

Ya en la azotea no había absolutamente nada, era solo el techo de una casa vieja, que tenía unas cuantas coladeras y algunos ladrillos que nos servían para sentarnos. Como ya eran más de las nueve de la noche no había luz alguna, ya que el poste de luz más cercano estaba como a 50 metros de la casa de los hijos de Don Pancho.

Comenzó la ronda de historias y yo hice mi mejor esfuerzo por no demostrar miedo, pero después de dos participaciones llegó la historia de Alma y empecé a sentir frío en la nuca y un cierto cosquilleo en todo mi cuerpo.

Almita contó la leyenda del Callejón del Diablo y en su relato mencionó que el callejón tenía árboles por los dos lados y que sus ramas eran tan largas que llegaban hasta muy cerca del piso y que en ese oscuro y tétrico corredor por las noches se aparecía… el Diablo.

Dijo Alma que nadie se atrevía a pasar por ahí, solo “El Julio” un violento criminal que se apostaba en ese lugar para aprovecharse de sus víctimas. Pero una mañana encontraron su cuerpo horriblemente mutilado. En ese momento, la gente empezó a asegurar que “El Julio” había sido castigado por el Diablo, quien lo hizo pagar por sus pecados, lo acuchilleo y luego arrastró a lo largo de todo el callejón, dejando sangre por todo el empedrado.

Cada vez mi temor era mayor, en cada ruido, en cada sombra que yo veía me imaginaba al demonio ampliamente descrito por Alma. Así que no me aguanté y dije:

  • Creó que ya es demasiado tarde, yo he estado todo el día fuera de mi casa. ¿Por qué no le paramos y seguimos otro día?

Todos se rieron y burlaron, dijeron que yo era “muy gallito” para las peleas pero  muy “zacatón” para las historias. Con todo y la burla, se decidió que ya era hora de terminar y efectivamente ahí le paramos, solo tres historias.

Bajamos las escaleras uno a uno, lentamente, con gran miedo, sobre todo yo. Y le dije al “Güero”:

  • Qué te parece si tu y yo que vivimos cerca nos vamos juntos, ¿va?

Y así fue, tuvimos que caminar tres largas “cuadras” hasta llegar a la esquina en la que el “Güero” se iba a su casa y yo a la mía. Esos 70 metros de distancia se me hicieron como kilómetros.

Cada paso, cada metro me cuidaba de las sombras, de los ruidos y sobre todo de la posibilidad de que alguien o algo me nos saliera al paso.

Aunque mis piernas las sentía entumidas, hice un esfuerzo, caminé de prisa y por fin llegue a casa. Tuve que tocar, pues ya todos estaban dormidos, la puerta estaba cerrada, además yo no tenía llaves. Como no me abrían, golpeé la única ventana que tenia la casa y que daba a la recamara de mi hermano Isidro. Él molesto salió de su cama, me abrió la puerta no sin antes reclamarme llegar a esa hora y haberlo despertarlo. Sus regaños no me interesaron, entré de manera directa a mi cuarto.

Encendí la lámpara. Conforme me movía para quitarme la ropa, mi cuerpo proyectaba sombras que yo les daba diversas formas en mi mente. Así mi ansiedad se fue transformando en miedo.

Aún no me acostaba cuando oí un ruido extraño y una sombra más que me hicieron sobresaltar, mi corazón se aceleró fuertemente, mi respiración era cada vez mayor y empecé a sentir un fuerte dolor en la nuca. Al voltear me di cuenta que… era mi perro que buscaba un lugar para dormir.

Intente tranquilizarme lo más que pude, pero el perro empezó a ladrarle fuertemente al viejo ropero. Di vuelta de inmediato y solo vi como alguien cerraba lentamente una de las puertas. El perro no dejó de ladrarle al ropero y sus ojos se iluminaron con un fuerte color rojizo.

No aguante más, me metí con rapidez a la cama, me cubrí con la cobija e intente dormir, pero empecé a temblar cada vez con más intensidad. No pude dormir nada esa noche.

Por supuesto no volví a ir a esas reuniones, le pedí a papá que Isidro y yo intercambiáramos cuartos. Ni de esa forma se arregló nada, el perro siguió ladrando mientras estuvimos en esa casa.

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Mi nombre es Gabriel Ramos y me gusta leer y escribir. Últimamente he escrito relatos breves y algunos cuentos cortos. Agradeceré sus comentarios y sugerencias para mejorar.

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