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5 min
Historias que me han contado (II). El conejo de la suerte
Humor |
25.02.14
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Sinopsis

Anécdotas que me han contado, aunque no puedo dar fe de su veracidad, ni de que se me contaran exactamente así...

Si el despertador había sonado desde luego él no lo había oído. Afortunadamente una vocecilla dentro del sueño acudió a su rescate, y tiró de su consciencia como un carrete iza el pez desde las profundidades: “¡Las 9!, aun llego aun llego!”.

Ese era un día importante para Tomás, una entrevista de trabajo no se tiene todos los días, pero solo tenía media hora para llegar donde le habían citado. Rápidamente se puso la ropa del día anterior, que había dejado esparcida en todos los rincones de la habitación, el pantalón debajo de la cama, formando un ocho plegado listo para meter los pies y tirar hacia arriba, la camisa encima de una silla, solo se puso ropa interior limpia, no fuera que, como le decía su madre, tuviera que ir al hospital y quedara como un cochino.

Se tomó el café mientras se lavaba los dientes, formándose un café espumoso a modo de capuchino con sabor a menta, se peinó rápidamente mojándose con la ducha la cabeza, y de esta guisa goteando y con la cara llena de surcos grabados por la almohada se dirigió presto a la entrevista.

Ya nada puede salir mal, pensó. Tomás era optimista, siempre pensaba que detrás de algo malo venía algo bueno, algo así como una justicia pendular, un toma y daca, una de cal y una de arena vaya. “Toda va a ir estupendamente”, se decía, “tengo aún quince minutos para llegar, está hecho”, y efectivamente según sus expectativas el autobús no tardó ni un minuto en llegar, y para variar no se detuvo en la parada del bar para que el conductor tomara su café, de manera que cuando aun faltaba un minuto llegó a las oficinas donde le iban a entrevistar.

Era un edificio imponente, todo acristalado con ventanales ahumados. Tomás entró por la puerta giratoria, el pelo aún le chorreaba, así que mientras daba un par de vueltas en la puerta se pasó un pañuelo de papel por la cabeza apretando fuerte. “Mejor que la gomina pensó”, aunque a decir verdad el pañuelo le había dejado pelusillas blancas que parecían propias de la acumulación de varios meses de caspa. No obstante imaginarse repeinado le daba seguridad, como a quien se la da llevar los zapatos resplandecientes.

Tras subir en el ascensor a la planta quince, acudió a las oficinas de la empresa. Había que entrar sin llamar, algo propio de los lugares de mucho ajetreo. Tras un mostrador había una azafata con un aparato de auricular y micrófono, que preguntó “¿qué desea?”, Tomás no contestó, creía que estaba hablando por teléfono, evidentemente aun no se había despertado del todo, iba aun un poco encapsulado. Le volvió a preguntar, ahora mirándole a los ojos. La primera voz no le salió, más bien parecía una puerta abriéndose crepitando. Carraspeó unas cuantas veces, bombeando las mucosidades acumuladas, mientras la secretaria le observaba con cierta inquietud.

Finalmente pudo decir que había ido para una entrevista de trabajo, y le hicieron pasar a una salita de espera, con revistas del mes corriente, todo un lujo. Pidió un bolígrafo para rellenar los crucigramas y esperó, aunque solo unos minutos, porque enseguida le llamaron.

Pasó a un despacho enorme, donde le recibió un empleado repeinado, lo cual no le disgustó, pensó que seguro que iban a estar en sintonía, y le hizo sentarse en un sillón bajo, delante solo había un sofá, sin mesa alguna, donde se sentó el hombre repeinado y enseguida dos personas más, una señora con cara de pocos amigos y un señor calvo y con pajarita.

El caso es que después de sentarse empezó a notar como un picor a la altura de la pantorrilla de su pierna izquierda. Era una sensación molesta, pero en el sillón estaba demasiado expuesto, no le parecía que quedara bien rascarse mientras le estaban hablando y observando tan atentamente. Pero por otra parte ese picor no le dejaba concentrarse en lo que le decían, solo pensaba cómo conseguir sofocarlo, ya que iba acrecentándose, tanto que casi oía al picor decir “ráscame, ráscame”.

Así estuvo unos minutos interminables, mientras de fondo los tres escrutadores seguían hablando pasándose la palabra unos a otros, mientras Tomás observaba hierático con los ojos bien abiertos, como si no pasara nada.

Pero acto seguido el picor cambió. Notó claramente cómo algo bajaba por su pantorrilla, se movía, era algo vivo, algo asqueroso se había metido por su pantalón y ahora estaba en su tobillo, así que casi instintivamente se agachó rápidamente y metió la mano por el camal, agarró algo y lo sacó gritando: ¡una rata, una rata!.

La señora y el señor calvo salieron corriendo, mientras el empleado repeinado observaba ojiplático cómo Tomás sujetaba unos calzoncillos sucios, que colgaban de su mano cual conejo cogido de las orejas.

(Moraleja: quitarse los calzoncillos junto con el pantalón ahorra tiempo, pero hazlo solo cuando la ocasión lo merezca...)

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