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10 min
"Hope" y el mar del inconsciente (12a. parte)
Drama |
04.03.15
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Sinopsis

continuación de mi relato.

 Albert extrae de entre sus ropas su celular. Busca el número personal de su mayordomo y le pide que lo recoja en el aeropuerto.

Media hora después su mayordomo Duretti llega caminando hasta él. 

-Ya estoy aquí, doctor Shellen - dijo el mayordomo,- disculpe la tardanza.

- No te preocupes, Alfonso. Vámonos.

- Permítame, le llevo su maletín. Apóyese con cuidado en mi hombro, doctor.

-No, estoy bien. Caminaré solo.

   Albert entra a su auto en lo asientos de atrás. El vehículo se aleja del aeropuerto rumbo a casa.

-¿Desea ir a algún lugar en especial, doctor? - preguntó Duretti viéndolo por el retrovisor.

-No, Alfonso. Tengo hambre, pero deseo comer en casa, por favor.

-Como desee, doctor.

  En todo el trayecto Albert no pronuncia una sola palabra. Sólo se limita a obcervar por la ventanilla, escuchando los ruidos cotidianos de los autos y trausentes. Al llegar a casa baja del auto con paso apresurado y se dirige al interior.

- Ordenaré que le preparen algo de comer, doctor -dijo Duretti,- ¿Desea algún platillo en especial?

-No - dijo Albert- Puedes sorprenderme. Esperaré en el comedor.

- Bien, doctor.

  Shellen se sienta a la mesa con las manos apoyadas en el mentón, viendo por la enorme ventana que inunda de intensa luz diurna el comedor. Su mido en sus pensamientos, no nota el imparable correr del tiempo, hasta que la sirvienta le trae la comida y el cálido olor de los alimentos lo hace volver a la realidad.

- Gracias, Kendrah- dijo Albert con una sonrisa sincera, que le extraña a ella alvverlo tan cambiado. La sirvienta se da vuelta, disponiéndose a volver a la cocina, pero voltea sorprendida; Shellen la toma de la mano.

- Kendrah...- dijo Albert sin soltarla de la mano- Quiero pedirte perdón... En todos estos años me he comportado como un imbécil.

- No se preocupe, doctor. Todo quedo en el pasado. Lo que debe ver ahora es por su salud.

- Me gustaría que me perdonaras.

- Lo perdono, doctor, en verdad. Ahora coma, enseguida le traigo una buena copa de coñac.

-No... No, ya dejé de tomar alcohol. Tráeme mejor un vaso de agua ó jugo bien frío, por favor.

- enseguida, doctor.

  Albert la obcerva volver a la cocina, sintiendo que un peso desaparece de su alma. Come con gran apetito disfrutando cada bocado con gran placer. Shellen siempre estaba acostumbrado a acompañar sus comidas con un buen vino pero descubre con regocijo que no le hace falta.

  Satisfecho después de una abundante comida, se dirige a su estudio. Camina obcervando los objetos que decoran la estancia. Recorre con los dedos la textura metálica de la armadura samurái, deteniéndose en la expresión de la máscara. Camina hacia la chimenea y advierte que la foto de su fallecida esposa está bocabajo. La limpia con la manga de la camisa y la coloca en su lugar.

-Amor- dijo Shellen en voz alta,- hacía tiempo que no pensaba en tí. Pero no te preocupes, linda, pronto estaremos juntos.

 Recorre con la mirada las fotos de sus finados hijos y una sonrisa surge de sus labios.

-¿Ustedes habrían sido doctores como yo, si vivieran? - dijo él.

  Se sienta en su sillón favorito, frotándose los ojos un momento. "¿Cuánto tempo más viviré?" se preguntó Albert "Hope" me inyectó vida pero ¿Para qué?"

  Shellen cierra los ojos. Sube los pies en un taburete, dispuesto a tomar una reconfortante siesta. "¿Encontraré las respuestas antes de morir?" pensó.

- Doctor, puedo pasar?- dijo Duretti al otro lado de la puerta.

- Pasa, Alfonso- dijo Albert,- ¿Qué se te ofrece?

- Tiene una llamada de parte del doctor Summers.

- ¡Ah, gracias!  Pásame el teléfono. Hola buenas noches, Greg- dijo Albert contestando el teléfono- ¿Cómo estás?

-¡Hola, hola, cabrón! - Contestó Greg al otro lado de la línea- ¿Dónde te habías metido, wey? ¡Hace meses que te creíamos muerto!

- Me fuí un rato a... Pensar las cosas.

-¿Y dónde te fuiste, que no te encontramos por ningún lado?

-A pasar un rato por Indianápolis para aclarar mi mente.

- Y nosotros que pensábamos que te habían matado, enterrado, violado, etc. Aunque no es ése orden, je, je.

-¡Ja,ja,ja! No, amigo. Decidí alejarme de todo. De mi pasado, de mi profesión... De mi enfermedad. Olvidarme de todo e intentar encontrar... No sé, algo.

-A propósito de tu enfermedad... ¿Cómo sigues?

- Albert guarda silencio por unos momentos. Pasa el auricular a su otro oido y respira prufundo.

- No lo sé, Greg- contestó Albert- No lo sé y sinceramente no quiero enterarme.

 -¿Y... Tomaste algún tratamiento allá en Indianápolis?

- No. Decidí dejar todo por la paz.

-¿Có... Cómo? -dijo Greg consternado,- ¡Pero éso es una irresponsabilidad de tu parte, Al! ¿Acaso no te importa tu salud, tu vida?

- No lo entenderías, Greg.

-¡Pues si no me lo explicas, no lo entenderé, carambas!

  Albert se frota los ojos. Respira profundamente como fastidiado, como buscando hilar en su mente las palabras adecuadas para que su amigo entienda.

- Mi enfermedad ya está muy avanzada -dijo Albert,- nunca tomé tratamiento alguno y no sé... Por miedo, sobre todo a replesalias de parte del mafioso Oliver Pratt, escapé lejos...

- No recordaba a ése maldito gángster. ¿Sabes? Ése perro vino algunas veces a buscarte al hospital, preguntando por algún medicamento, pero todo  mundo sabía que vanía a buscar venganza, a buscarte a tí.

- Me lo imagino, Greg. Por ésa razón huí de todo.

-Incluso una enfermera me dijo que siempre lo veía armado.

-¿Alguna vez lo viste desarmado? Bueno, eso ya no importa. Hace meses que le dejé de temer. Estoy esperando pacientemente mi muerte.

-¿Y esperarás ahí, sentado como siempre en tu estudio, con los brazos cruzados?

-Tal vez. La verdad ya me resigné a morir... Sí, eso es...

  Ambos guardan silencio por varios segundos.

-¿Sabes? -dijo Summers después de un rato,- va a ser muy aburrido para tí esperar a que ese momento llegue, solo, en tu estudio.

-¿A qué te refieres? -preguntó Albert.

- Tu profesión era tu vida, Al. Preferías estar en tu consultorio atendiendo a tus pacientes, más que cualquier otro lugar, ó ¿acaso me equivoco?

-No- dijo Albert suspirando,- no te equivocas. Amaba mi profesión, tanto como amé a mi esposa. Pero, ¿Qué puedo hacer? Prácticamente soy un enfermo terminal y... No creo que el jefe Mills me permita ejercer de nuevo.

-Podrías intertarlo.

-No lo sé... Tal vez no haya nada para mí en el hospital, ninguna esperanza por qué vivir...

-...Tal vez para tí no, pero...¿Qué tal esperanza de vida para alguien más?

-¿Dices... Ayudar a alguien, hasta que llegue mi muerte?

- Velo como una manera de expiar tus pecados, Al.

  Shellen tamborilea los dedos sobre el decansabrazos del sillón. Una idea relampaguea en su mente "¡Sí, a éso se refería Hellen, eso es!" Pensó.

-Supongo que tienes razón, Greg- dijo Albert disimulando su emoción- oye, lo pensaré, amigo. No vemos luego, tal vez mañana intente ir al hospital.

-Hazlo, Al. De todas formas el jefe Mills ya sabe de tu "resurrección". Yo te apoyo.

- Gracias. Hasta luego, Greg...

  Albert se levanta súbitamente del sillón, caminando en círculos alrededor de el, pensando en voz alta.

-¡Sí, eso es- dijo Shellen emocionado,- eso es lo que debo hacer. ¿Cómo no lo pensé antes? Terminar mis días atendiendo a la gente que más lo necesita. Pero...¿Y las personas que no tienen recursos para pagar las consultas, las intervenciones y todo eso?

  Shellen se rasca la cabeza pensando mientras continúa caminando. Accidentalmentebtropieza con un valioso jarrón, al cual estuvo a punto de romper. Lo mueve molesto, pegándolo a la pared.

-¡Maldito jarrón, casi lo rompo! -murmuró Albert,- casi lo rompo. Si no fuera tan valioso, ya me hibiera deshecho de él. ¡Espera, eso es! Puedo pagar de mi dinero lo que la gente necesite y en caso de urgencia, puedo vender cosas que no me sirvan, como este jarrón, ó la armadura Samuráí! Con eso lograré ayudar a las personas que pueda, hasta que muera... Ahora ya es tarde para ir al hospital- dijo mirando el reloj de madera labrada que casi marca las ocho de la noche.- Pero mañana puedo ir a hablar con el director Mills, a ver si puedo regresar al hospital.

   Shellen sale de su estudionpara colocar el teléfono en su base. Camina pensando en el dinero del banco que también ayudará. El señor Duretti lo saluda al pasar frante a él y Albert lo obcerva por un instante.

-Alfonso- dijo Shellen dirigiéndose al mayordomo,- ¿Puedes venir un momento, por favor?

-Dígame doctor, ¿Qué desea? - dijo Duretti.

-Ven, siéntate aquí- dijo Albert señalando el sofá y sentándose en él.- Hace unos días me preguntaste en dónde había estado, a qué regresé ahí, en fin, todo lo que hice en estos meses. Bien, ya es hora de contarte todo lo que pasó y sobre todo lo que pienso hacer en un futuro próximo.

  Shellen le narra todo lo que vivió en Indianápolis, desde cómo se refugió en el alcohol para escapar de su pasado, hasta la increíble historia de La pequeña Hellen y su misterioso gato "Hope" y su intención  de ayudar asus pacientes, sin cobrarles nada. El mayordomo lo escucha con atención sin interrumpirlo por cerca de una hora.

-... Y eso es lo que pasó en mi vida en los últimos meses- dijo Albert.- Te conté esto porque espero tu ayuda y apoyo.

- algunas cosas se me hacen difíciles de creer, doctor, pero supongo que pasaron. Por otro lado, me alegra mucho que haya cambiado su manera de ser y pensar. También quiero decirle que cuenta cin mi apoyo incondicional. Trataré de ayudarlo en lo que pueda.

-No esperaba menos de tí, Alfonso. Bueno ya son las nueve con veinte. Me iré temprano a la cama, ya quiero que amanezca.

- Muy bien, doctor. Que descanse, nos vemos mañana.

  Albert se dirige a su alcoba, pero se detiene en las escaleras.

- Alfonso- dijo Albert.

-¿Dígame, doctor? -contestó duretti.

-Puedes llamarme Albert, por favor- dijo Shellen sonriendo.- Buenas noches.

-Buenas noches... albert.

 

                                    C O N T I N U A R Á . . .

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