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18 min
Hotel La Estrella
Suspense |
24.09.15
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Sinopsis

Un hombre llega a un extraño hotel a punto de ser derrumbado

Hotel La Estrella

 

Un hombre de aspecto desastrado caminó sobre una vieja carretera. Había algunos coches a los lados y un gato oscuro de color indeterminado pasó a su lado como una exhalación. Tenía algo de frío. Solamente llevaba una camisa de un color azulado y sostenía una maleta de madera clara pero llena de abolladuras. Se sintió cansado y se sentó sobre la misma maleta. Miró hacía la lejanía. Había bosques y llanuras cercanas. Estaba un poco alejado de la ciudad. Estaba en sus arrabales. Como si el tiempo y la historia se hubieran acabado para él. Llevaba un sombrero, se lo quitó y se fijó en un solitario edificio que era el objetivo de sus pesquisas.

-¿Es usted un policía? -Le preguntó un chiquillo que parecía estar más desarrapado que él.

-De eso nada.

-¿Un delincuente? -Le volvió a preguntar.

-Ya te digo que no. No soy nada de eso -dijo con molestia el hombre.

-Creía que en esa maleta llevaba un arma -dijo y el hombre le miró con simpatía- mira chaval. Lo que llevo dentro de esa maleta es mi corazón.

-¿Lleva un corazón dentro de una maleta? ¿No hace tic tac?

-Mi corazón es una maquina de escribir. Los dos pueden hacer tic tac.

-¿Quién es usted?

-Me llamo Josué Winding y vengo de tierras lejanas. Más lejanas de lo que tú te imaginas. Ahora busco alojamiento -Josué se levantó y dio un par de pasos pero el chico se le puso delante.

-Dicen que en esa casa vive una loca de pelo blanco y de dientes brillantes. Como si fueran de oro. Yo no iría.

Pero Josué era de corazón valiente. Dejó atrás al chiquillo y se adentró por unos caminos polvorientos, de barro seco. Había ladridos de perro y la luna era metálica y salada.

-Es cierto -dijo una mujer- aquí vivía una mujer de pelo blanco, pero le puedo decir que ni estaba loca ni tenía los dientes de oro. Faltaba más. Ya sé quien se lo ha dicho, se lo ha dicho alguno de esos pillastres que andan cerca del bosque. Solamente quieren tomarle el pelo a alguien, o apartarlo de su camino como si este camino fuese el camino de una tragedia. Pero usted aquí no estará mal, nada mal. Es un sitio de lo más tranquilo. No quiero saber lo que lleva en la maleta. Como si lleva un rifle. Cada cual es libre de hacer lo que quiere. Aquí viven un par de chicas. Y un hombre que camina por las noches. Estoy segura de que hará buenas migas. Ahora no me acuerdo de su nombre. A veces me pasa algunas veces. Es natural a mi edad ¿cómo dijo que se llamaba? Ah sí, ahora recuerdo, su nombre es Josué. Un nombre de lo más bíblico. Yo soy Madeleine Adagio, parase un nombre francés o algo parecido, pero la verdad es que nunca he salido de estos contornos. Es lo único que conozco.

Josué no se atrevió a decir nada. Había estado todo el tiempo de pie. La mujer de cabellos grises y ojos oscuros tenía unas marcadas mejillas como si pasase hambre. Pero sus manos eran grandes y nerviosas y se explicaba con ellas. La tal Madeleine se levantó de una amplia silla de color blanco y empujó una puerta sucia y pesada. Recorrieron un breve pasillo y Madeleine empujó otra puerta. Era la habitación que le correspondía a Josué. Lo único que había era una cama un poco hundida en el centro y una silla también blanca cerca de una ventana. No había ni tan siquiera un armario. Pero Josué estaba acostumbrado a lugares sin apenas mobiliario. Le gustaban los rincones austeros.

-Me gusta este sitio -dijo el poniendo la maleta sobre la cama. Luego la abrió y colocó la maquina de escribir sobre la silla. Encajaba perfectamente. La mujer se sorprendió, tal vez esperase algo más siniestro.

-Usted se dedica a escribir -dijo ella con hilo de voz.

-En efecto -respondió secamente Josué- un sitio silencio y apartado del mundanal ruido es lo que ando buscando.

-Por supuesto -dijo Madeleine- poco a poco por aquí van tirando casas viejas y muchos de los pillastres que andan por aquí son chicos que se han quedado sin hogar. Sus padres desaparecieron y se han quedado solos. No hay que juzgarlos duramente, señor Josué. En la vida nos vamos quedando solos ¿no se da cuenta?

-Claro que sí -dijo con tristeza Josué- yo mismo apenas recuerdo el lugar donde he nacido. He pasado por tantos paisajes y ciudades y he visto tanta gente que he llegado a olvidarme de mí mismo. Quizás sea por eso que quiero escribir. Para acordarme de las cosas que he ido olvidando en el camino.

-Yo le comprendo, Josué y le apoyaré y le ayudaré en todo lo que pueda.

-Es una pena que la ventana no sea algo más grande -dijo Josué- me gusta ver el corazón de los paisajes, como tiemblan los árboles con el viento de la noche. El viento es como una sangre invisible ¿no le parece? -Pero Madeleine poco sabía de finezas poéticas. Le sonrió y quiso marcharse de la habitación- ¿porqué se va? Me parece que no hemos discutido el precio de la habitación.

-Es mas económica de lo que usted se cree, Josué -dijo ella- podrá pasar varias noches aquí hasta que se canse y busque otro lugar. -Entonces Josué se sentó en la cama. Era más blanda de lo que pensaba.

-Pero dígame -dijo Josué- ¿que otras criaturas viven en este hotel? He visto el nombre del hotel. El hotel Estrella. Es poético. Usted es poética. Me gusta la soledad de este cuarto. Si pudiera no saldría de él hasta el día de mi muerte.

-No crea que uno se muere tan fácilmente -dijo con desidia Madeleine, apoyándose en el quicio de la puerta. Ya sé que todo el mundo dice que tarde o tempranos moriremos. Pero creo que más que muerte lo que hay es transformación. Los otros huéspedes son Anita, y Conchita que se quedaron solas en estos lugares, yo las recogí maternalmente y no espero nada de ellos. En cuanto al otro es como un perro sin amo. Pero sé de buena tinta que dentro de poco nos transformaremos. Yo en un gato oscuro, ellas Anita y Conchita en otros dos blancos gatos que se vean en la oscuridad. En cuanto al tercer huésped, como le he dicho acabará siendo un solitario perro. De eso no me cabe la menor duda. 

Josué Winding no estaba demasiado seguro de lo que Madeleine le había dicho. No le parecía que fuese una locura, porque la verdad era que a lo largo de su vida había visto demasiadas locuras. Animales que se hacían hombres, hombres que se hacían animales que luego vagaban por los bosques y los desiertos y por las calles de ciudades desiertas. Hacerse animal había sido la única manera de sobrevivir, pero ¿cómo hacerlo? Josué pensó que su cuerpo era un laboratorio químico que se transformaba cada día. Cada día era diferente al anterior y los pelos de los brazos se le erizaban cada vez que caminaba por las noches o cada vez que llegaba a un destino diferente. No era miedo. Era la excitación de ver algo nuevo. Era como volver a nacer. Así que era posible volver a nacer como un gato o una salamandra o una jirafa. Daba lo mismo. O un insecto. Una libélula o una mosca dentro de un escaparate de antigüedades.

Y una vez que Madeleine se hubiera marchado, él se levantó de la cama y miró a la máquina de escribir como si fuera su amante perfecta. Pero la verdad era que hacía decenios enteros desde que no había tenido a una amante de verdad. A la cabeza se le vino las imágenes de las dos mujeres que vivían con Madeleine. La tal Conchita, la tal Anita. Bajó unos cuantos escalones y se internó por un estrecho pasillos. Al final una luz. Era la cocina. Entró en ella y solamente vio dos grandes gatos blancos y al fondo, junto a la ventana a Madeleine que le sonreía como una bruja.

-¿Es esto de lo que me hablaba? -Le preguntó Josué.

-Sí, de eso mismo. La siguiente seré yo. Lo que no sé es cuando seré gato. Estoy un poco triste. Me imagino vagando por las habitaciones de esta casa. Luego la tirarán. Ya tengo los papeles. No tardarán mucho tiempo. Pero la verdad es que me alegro de haberlo conocido, Josué.

Josué no le dijo nada. Se confirmaba la profecía que había vaticinado la propia Madeleine ¿eran aquellos dos gatos o gatas las únicas inquilinas del hotel La Estrella? Era para él imposible de confirmarlo. Salió de la cocina y salió del edificio. Era noche cerrada. Asomaba la luna y las estrellas y el viento había amainado. Los caminos se veían de un color claro y hasta él llegaba el olor de la hierba y de las madreselvas. Al darse la vuelta se vio con un hombre que ocupaba la silla blanca donde había visto a Madeleine Adagio. La mujer que por lo visto se iba a convertir en un gato negro.

-Yo ya sabía de esas historias y las daba por ciertas. Me las contaba todos los inviernos mientras nos calentábamos en el fuego de la chimenea. No me extraña. Cada vez que tiran una de aquellas viejas casas que ahora no existen, sus habitantes se convertían en gatos, en perros, en ratoncillos que iban a formar parte de las huestes que habitan el bosque cercano. Algunos chiquillos se salvaban. Pero no se sabe  porqué. -El hombre que tenía cara chupada y larga nariz como la de un zorro, se levantó de la silla y le tendió la mano a Josué- por estos andurriales me conocen por Simon Archipiélago. Vivía cerca del río pero de esa etapa de mi vida no quiero hablar.

-¿Pero quién es usted? -Le preguntó Josué que de pronto se veía en el derecho de defender a la pobre de Madeleine ¿qué le habría pasado? ¿Se habría convertido en otro gato negro que vagaría por los callejones cercanos?

-Cálmese -dijo de pronto Simón Archipiélago- no se tiene que preocupar por esa señora que lo ha recibido. Hace tiempo que hago lo posible por defenderla de los ataques del ayuntamiento. No quieren otra cosa que derribar su pobre casa. Si eso sucede ella seguirá el destino de otros que se vieron sin morada. Haciéndose pequeños o no tan pequeños animalillos que corrieron por el bosque. Pero por desgracia yo no tengo demasiado poder. Y es posible que le arrebatan sus posesiones a esta pobre mujer.

Josué se quedó de lo más pensativo. Las palabras de Simón se le quedaron grabadas en el corazón como las rodadas de un coche sobre el barro. Sintió algo de tristeza por aquella mujer que al final de sus días se iba a convertir en gato oscuro, negro y escurridizo, mezclándose con las tinieblas de la noche. Miró hacia las ventanas de arriba pero no vio a nadie. La casa estaba en completo silencio y en aquellos momentos Josué no sabía que hora podría ser, quizás ya pasase de la medianoche. Una hora que partía la noche y el día. Por su parte Simón rebuscó en sus pantalones luego en su chaqueta y sacó un cigarrillo un poco retorcido. Lo encendió y el humo se extendió en aquella oscuridad como una niebla pasajera.

Luego hizo ademán de levantarse.

-¿No está usted un poco cansado? -Le preguntó a Josué.

-Llevo la vida viajando de un lado a otro. Creo que me acostumbrado a las incomodidades de los traslados. Además arriba hay una cama estupenda que me está esperando. Además todavía no he cenado.

-Conozco un sitio estupendo. Pero hay que alejarse de aquí, estará a un quilómetro de distancia. ¿Qué le parece? -Y Josué entonces se encogió de hombros.

-La verdad es que me da igual. Tomaré un té que me pueda preparar Madeleine. -Y Simón seguía sentado en su silla sin mover un solo músculo. Como si fuera una estatua de esparto. Como si la noche no le afectase ni los cambios de los huéspedes. Si es que era verdad. Si es que era cierto que existían los milagros.

-No creo en los milagros -dijo Simón- me quedaré aquí hasta que despunte el día. Soy un filosofo.

Fue a la tarde siguiente cuando aparecieron de forma amenazadora las máquinas. Parecía que tenían vida propia, respiración propia. Daban miedo. Hacían temblar el suelo y el aliento de los que estaban cerca. Pero Josué se mostró inflexible. No había visto a Madeleine en todo el tiempo en que había estado en el hotel La Estrella. Como si se hubiera desvanecido. Le daba miedo que los vaticinios se hubieran cumplido. Que fueran ciertas sus palabras y que ahora estuviera haraganeando por ruinas de casas destruidas por esas mismas máquinas. Hombres no había. Las habían dejado, enfriándose en la tarde. El sol se estaba poniendo como quien corta el horizonte y en él se cayese la bola naranja del sol.

Estuvo paseando por algunas estancias, por algunas habitaciones de aquel hotel pero no vio a nadie. La llamó por su propio nombre pero Madeleine no contestó como si sus labios estuvieran sellados y ella escondida en una rendija como una araña que no se rinde.

-De acuerdo -dijo en voz alta Josué-  si queréis que me vaya no tenéis nada más que decírmelo. -Y el recorrió algún pasillo con algún mueble desmañado. Como si el tiempo se hubiera detenido sobre el como un manto de viejo polvo. Sonreía porque se daba cuenta de que tendría, de que no podría hacer nada más que seguir con su eterno viaje. Le daba lástima de no poderse despedirse de Madeleine. Pero sintió como entre sus piernas se frotaban dos grandes gatos blancos, maullando. El cogió uno de ellos y lo puso cerca de su cara- ¿es que de veras sois Anita y Conchita? Me hubiera gustado haberos conocido cuando erais dos lindas muchachitas, ahora por desgracia no es queda demasiado tiempo. -Luego dejó el gato en el suelo y salió a la calle. En el suelo estaba la silla blanca donde había vislumbrado a Madeleine. Pero la silla estaba aplastada. Quizás por las máquinas o porque quizás Simón, el viejo Simon, la hubiese roto en un momento de locura.

Josué había tenido la feliz idea de meter su máquina de escribir en su maleta de madera y salir a la calle con ella antes de que ocurriese alguna desgracia o que la olvidase. Le pesaba, le tiraba del brazo pero de pronto se sentía enormemente feliz, a pesar de lo cansado que estaba. Había pasado toda la noche casi sin dormir. Observando la estrechez de las vigas, la blancura de los cristales, el olor intenso a flores viejas. Pensó en escribir algunos poemas, pero tenía los dedos también cansados. Trabados. Como si fuesen de madera y ni los pudiese mover. Casi sin sensación o tacto en ellos. Pero no se asustó. Permaneció con los ojos muy abiertos hasta que despuntó el alba.

Y en aquella tarde o casi anoche cuando salía del hotel de Madeleine, ya de forma definitiva (se había acordado de dejar en un mostrador un billete de diez euros y sobre él una bola de nieve pero sin nieve) se encontró con una mujer, algo más joven que Madeleine. Ciertamente atractiva pero no tanto como para que Josué de fijase en ella. Acariciaba un gato oscuro que tenía en la frente lo que parecía una estrella blanca. La mujer sonreía frente al hallazgo.

-Vivo no muy lejos de aquí siempre he pensado que estos gatos vagabundos traen algo de suerte. Ha venido como si me conociese de toda la vida.

-¿Conocía a Madeleine? Ella me ha dado cobijo durante esta noche pero para decir la verdad no he pegado ojo.

-¿Madeleine? Creo que ha cerrado su hotel y ha cogido el tren hacia alguna ciudad calurosa del sur.

-¿Está segura del todo?

-Eso era lo que me decía ella. Decía que iba a hacer algún tipo de viaje antes de que el ayuntamiento tirase con su vieja casas. Ya están todas vendidas y solamente faltaban que llegasen las máquinas que las demoliesen. Era cosa de tiempo. Ella me dejó su gato Estrella ¿No le parece que ha sido un bonito detalle. Ha sido su manera de despedirse de mí. Espero que tenga suerte. Quería ir a Sevilla o a Málaga pero no sé si sería sitio para ella. Ella que tanto le gusta la oscuridad y el silencio.

-Una mujer extraña -dijo Josué pensando en las historias y en las patrañas que la buena de Madeleine le había contado acerca de las transformaciones de los hombres en animales del bosque.

-¿Qué piensa hacer esta misma noche le preguntó la mujer? -Ella se apresuró a poner el gato en el suelo y luego este se escurrió hacia la maleza y desapareció en ella.

-Cogeré un tren -le dijo Josué- mi vida es un poco itinerante. No suelo parar demasiado tiempo en el mismo sitio.

-Me encantaría llevar esa clase de vida, pero la verdad es que mi salud no le permite. Estoy recluida en mi habitación la gran mayoría del tiempo. Después paseo un poco o hablo con alguien. Tomo algo y regreso a casa. -No muy lejos de donde se encontraban había la luz azulada de un cartel de neón donde se anunciaba la presencia de una taberna. Sin decirse una palabras ambos se dirigieron hacia la taberna. No había demasiada gente. Ni tan siquiera gato alguno. Pero por fin Josué se sintió a gusto consigo mismo. Bebió hasta emborracharse. Estaba cansado de tantos cuentos. Había salido tambaleándose de la taberna y había olvidado su maleta con su máquina de escribir, y hasta por algunos momentos tuvo la tentación de dejarla allí como la extraña Madeleine había hecho con sus gatos. Pero volvió y cuando regresó la puerta de la taberna estaba cerrada. Empujó un poco y la logró abrir. Cogió la maleta de madera y estaba a punto de marcharse cuando oyó unas voces y unos ruidos y se dio la vuelta en una esquina vio a la mujer desnuda, besando a un hombre no muy alto, de breve barba y sin sus pantalones. Sus muslos era gruesos y sostenía un cigarrillo en los labios. Lo tiró y besó a la muchacha. Después cerró la puerta y Josué se vio en la tesitura de quedarse o salir de la taberna. Le resultaban desagradables los gemidos de la mujer, pero le habían quedado grabados en su memoria los espléndidos pechos de ella. Después volvió a la calle. Vio las máquinas que al día siguiente habrían de dar cuenta con la vieja construcción del hotel La Estrella.

Empezaba a anochecer de verdad. Se topó con la figura de Simón Archipiélago. Pero este no tan siquiera le saludó. Marchaba de forma marcial, con los ojos mirando hacia adelante. Se alejó y se perdió en la lejanía, entre unos edificios viejos. Josué se encogió de hombros y cargando con su maleta fue trastabillando, haciendo eses, dándose cuenta en aquel momento de que no había pagado sus vinos y se había emborrachado gratis pero lo último que deseaba era volver a entrar en aquella taberna y volver a ver a aquella mujer copulando con aquel hombre con forma de elfo. 

Siguió caminando y dejó atrás el hotel la Estrella. Prendió un cigarrillo y agradeció la calidez del humo en su cuerpo.

 

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