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8 min
Howard Baker
Terror |
10.06.15
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Sinopsis

Un escritor atormentado, una novela sin terminar, un oscuro cementerio y tan sólo objetivo; son los que llevan a este personaje a cometer una locura con el fin de ponerse en la piel de su propio relato... Pero ¿Encierra peligros un cementerio de noche?¿Qué podría ocurrir si solo se encuentran él y un misterioso enterrador? Adéntrate por tu voluntad y descubre si debes de temerle a los que ya no se encuentran en vida. (RELATO RESUBIDO, PUES MI ANTERIOR CUENTA FUE ELIMINADA DEBIDO A QUE ERA COMPARTIDA.)

Todo era noche desde la única ventana encendida de una ciudad dormida. En aquella habitación se encontraba un poeta que enmudeció, el cual hace tiempo podía hacer el amor a las palabras con la sutileza de una gota de rocío resbalando por el pétalo de una rosa, pero ahora, inspiración lo dejó tan solo como el Cristo del Abismo en la bahía de San Fruttuoso. El océano de su imaginación se secó, el ardor de su corazón se congeló y la vitalidad de sus entrañas se tornó en infierno y azufre, más tarde, en nada…

Howard Baker iba de un lado a otro de la habitación esperando un rescoldo de algo que pudiera hacer que sus musas volviesen. Deambulaba como un tigre que sufre de estereotipia a causa de la cautividad. Finalmente, llegó a la conclusión que lo que necesitaba eran emociones o vivencias que llegaran como lluvia de abril a tierra seca. 

En Howard brotaba una locura perversa sembrada por los meses en lo que no pudo escribir nada, así que desenterró de su baúl un montón de novelas planificadas que jamás llegó a escribir. Buscó por todas ellas y cogió una en la que sólo ponía el título; “Cementerio Eterno” y una lista de personajes con algunos rasgos físicos detallados. Agarró la carpeta, cogió sus pertenencias y se dirigió al Cementerio de los Espinos. Una vez allí, saltó la puerta de foja que custodiaba la figura de dos ángeles llorones. Howard Baker caminaba por el cementerio observando los nichos y las fotos de los que allí yacerán por siempre. Sólo se escuchaba la estridulación de los grillos, el craqueo de alguna lechuza lejana y el sonido de las pisadas del agónico escritor. Éste se paró en el nicho de Catherine Baker, su hermana mayor, y a la que nunca llegó a conocer puesto que murió antes de que él naciera. En la sepultura, la foto de la joven Catherine miraba inexpresiva. Debajo, grabado en la lápida, reinaban sus días de vida; “1970-1986” y más abajo un epitafio que rezaba; “Vine para ser olvidada, me fui para ser recordada.” El escritor decidió tumbarse encima del nicho a la espera de que sus musas irrumpieran en él con la fuerza de un ciclón, pero lo único que irrumpió y que le provocó un fuerte sobresalto fue la voz del enterrador.

— ¡Usted, quítese de ahí ahora mismo! ¿No ve que está prohibida la entrada al cementerio a estas horas? —

El enterrador, era un hombre enjuto y encorvado que a pesar de su alopecia tenía una melena canosa que descansaba sobre sus hombros. En su boca, solamente cinco dientes y todos de ellos podridos, pero lo que más llamaba la atención eran sus enormes y delgadas manos con venas extremadamente marcadas.

—Perdón, no quería molestar. Sólo deseaba pasar la noche con mi hermana. —

— ¡Mentiroso! Seguro que eres un profanador de tumbas, un saqueador sin respeto ni dignidad que destrozan todo a su paso por cuatro miserables joyas. — Dijo el enterrador con gran furia mientras levantaba su pala para arremeter contra Howard.

— ¡No! ¡No! ¡Espere, por el amor de Dios! Soy Howard Baker, el escritor de “El Infierno del Miedo” sólo pasaba por aquí en busca de algo que me inspirase para mi próxima novela. —

El enterrador bajó la pala y le quitó de un plumazo la carpeta que Howard guardaba bajo el brazo. “Cementerio Eterno”, leyó detenidamente.

—Mmmm, veo que es verdad. Eres el escritor de “El Infierno del Miedo”. Gran novela, aunque con un final un poco tópico. ¿En qué puedo ayudarle? — Preguntó el enterrador.

—En nada, solamente déjeme aquí por esta noche. Puedo pagarle. Le juro que no me moveré de aquí y que antes de que nos azote el alba ya me habré marchado. — Respondió.

—Está bien, pero sólo por esta noche, y guárdese su sucio dinero. — Se echó la pala al hombro y se marchó entre las lápidas mientras silbaba.

De repente, la locura que acecha a todos los escritores invadió de nuevo a Howard. Pensó que lo mejor para escribir una novela sobre un enterrado vivo, era experimentarlo en su propio ser. Así que llamó al enterrador y le propuso un plan a cambio de una suntuosa suma de dinero. Consistía en desenterrar a su hermana y en que lo enterrara vivo a su lado por esta noche. El enterrador accedió alegando que estaba loco de remate, pero que lo enterraría en una tumba del siglo XIV que estaba dotada de un sistema para avisar al enterrador cuando alguien era enterrado vivo. El mecanismo era fácil, simplemente una cuerda que iba desde el ataúd hasta una campanita que sonaría cuando tiraran de ella.

El viejo y enjuto enterrador empezó a cavar con una energía que no hacía justicia a su débil cuerpo. Cuanto más profunda era la fosa, la tierra se tornaba más húmeda y blanda. Siempre repetía el mismo movimiento, metía la pala en la tierra, con su talón la introducía aún más y luego la levantaba cargada de arena, raíces, piedras y lombrices, para dejarla caer detrás de sí y fuera del foso. En uno de sus repetidos movimientos la pala por fin tocó la dura madera del ataúd y sin más vacilación abrió éste. Apartó con cuidado los restos del cadáver anterior, ya todo hueso, y le pidió a Howard Baker que procediera a meterse dentro.

— ¡Vamos! No tengo todo el día. Y no olvide tirar de la cuerda que acciona la campanita cuando crea que es suficiente. — Dijo el enterrador con una sonrisa que mostraba sus cinco dientes.

Howard se metió en el ataúd al lado de los restos del anterior propietario y el enterrador cerro con fuerza la tapadera.

Todo estaba oscuro, podía sentir como la tierra caía sobre la caja de pino, el calor iba en aumento y cada vez se le hacía más difícil respirar. Howard dejó de sentir la tierra caer y supuso que el enterrador había terminado.

Ahí dentro perdía la noción del tiempo, apenas habían pasado veinte minutos y a él se le hicieron como tres horas interminables y agónicas. Veinte minutos insufribles que dictaminaron que era suficiente y que hicieron que Horward tirara de la cuerda en repetidas ocasiones.

En el exterior, el silencio solamente era roto por la estridulación de los grillos y el craqueo de alguna lechuza lejana. A fuera no se escuchaba nada más, ni siquiera la respiración del enterrador, menos aún, el sonido de la campanita…

La ansiedad se apoderó de Howard, que comenzó a golpear el ataúd con todas sus fuerzas, pero era demasiado estrecho y le impedía golpear con contundencia. Maldijo mil veces al viejo enterrador clamando tan alto como le era posible. Hsta que preso de la agonía se desmayó quedando sumido en la inconsciencia.

En el cementerio, se podía ver cómo la cuerda que accionaba la campana estaba cortada, pero no parecía un corte hecho adrede, sino un corte debido a lo gastada, podrida y raída que estaba la cuerda por el paso de los años. Junto al trozo de cuerda putrefacta se hallaba el nicho de Allan Delacroix (1809-1883) y un epitafio que rezaba; “Aquí yace Allan Delacroix, de profesión enterrador…”

Horas después despertó Howard más sosegado, así que buscó entre sus bolsillos algo que pudiera servirle de ayuda, pero sólo encontró un mechero, el cual intentó encender para lograr ver algo. Tras varios intentos, por fin encendió y pudo comprobar que la cuerda estaba podrida, lo que le produjo una gran desesperación. Intento buscar algo en el ataúd a pesar del reducido espacio, pero solo había huesos y entre ellos el cráneo de un hombre que sólo tenía cinco dientes, con los cinco podridos... Howard explotó en estertor, en angustia, así como en pavor. Trató de salir de allí por todos los medios posibles, sus ensangrentadas uñas rasgaban la dura madera de pino haciéndole profundos arañados, hasta que éstas se desprendían de la piel con gran violencia y dolor, las gotas de sangre caían sobre su rostro aumentando su agonía y su terror. Howard, a la desesperada intentó quitarse la vida golpeando su cabeza contra el ataúd repetidas veces, pero había caído en la experiencia más terrorífica que puede caer un simple mortal. Ser enterrado vivo.

Mientras tanta, en el oscuro, solitario y antiguo Cementerio de los Espinos, los grillos mantenían su incesante canto y la lechuza voló elegantemente hasta posarse con suavidad en el nicho de Allan Delacroix, y ahora de Howard Baker, quizás para escuchar mejor los gritos agonizantes y casi imperceptibles que llegaban desde las profundidades del infierno. 

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