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7 min
Hoy debió ser uno de los peores días de mi vida
Suspense |
14.09.15
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Sinopsis

El relato narra el desasosiego comienzo y el inaudito final en un ordinario día cualquiera del protagonista.

<<< Hoy debió ser uno de los peores días de mi vida.

 Como era natural, mi día empezó como debía empezar, despedido a gritos en medio de la redacción, mis ahora ex compañeros miraban y se reían de mi desgracia, creen que no puedo escucharlos pero sus satíricos susurros llegan a mi oreja como un viento caliente y hediondo que me humilla y conspira sobre mi destino, creen que no puedo verlos, pero de reojo percibo desprecio y burlas, dedos huesudos que señalan, gargantas infladas de carcajadas y bramidos, si me decidiese a rajarlas podría ver como brota sangre aglutinada y seca que caería como una masa voluptuosa contra sus zapatos de cuero negro, y no importaría a nadie más que a ellos mismos los segundos que sus grasientos pulmones sigan luchando contra el imparable y agonizante desazón del oxígeno.

Me senté en un banco a las puertas de la redacción. Junto a mí se encontraba una caja con mis escazas pertenencias, ninguna con valor real.

Como era de esperar el mundo no me regalaría un segundo de autocomplacencia, mi mente era mi única compañera, mi único consuelo. Mi antiguo ayudante me halló y tomó la estúpida idea de acompañarme en mi rato de placer encontrado en un banco ahora usurpado por lo que parece ser un vasto intento de apoyo. Si supiese cuanto le detestaba… su estúpido peinado engominado hacia atrás por complejo de macarra, sus absurdas coletillas a la hora de hablar y  su asquerosa pronunciación de barrio pobre de las afueras creyéndose ser alguien que no era.

Últimamente he estado pensando algo, algo a lo que le llevo dando vueltas desde hace semanas, aunque extrañamente ahora le encuentro mayor relevancia. La superpoblación es un problema del que no se quiere hablar, porque la solución es inaceptable. En días como hoy desearía ser yo quien pulsase el botón de reinicio, ¿Quién es ese Dios al que se le ha dado la potestad de darle valor a la vida y a la muerte como si tuviesen el mismo?, ese poder debe tenerlo alguien con la cabeza fría y racional, alguien como yo en días como estos.

- Tú piensa que hasta en el día más oscuro una luz siempre brillará.

Aun no podía creer que esa fuese la última frase que escucharía del inepto de mi antiguo compañero, alguien con los cojones para soltarle eso a un tío con el peor día de su vida debía replantarse el despertarse mañana. Pero gente así cubre el mundo, y se despiertan cada día, más y más, gente con nada que decir, al que le encanta soltar palabras como si creyesen que tienen significado alguno, como sus miserables y anodinas vidas.

Mi mujer me ha dejado, era de esperar, más miradas de desprecio que besos traen el distanciamiento, eso y una orden de alejamiento por intentar quemar la casa estando borracho la semana anterior. A pesar de todo, y contrariando lo expuesto en el juicio, fue una de las mejores noches de mi vida, eso sí fue un buen día. Es curioso como el alcohol nos da la fuerza suficiente para hacer lo que más deseamos, al encontrar nuestro propio demonio al final de la botella… y luego lo juzgan como droga. ¿Quién juzga a quién en este mundo pútrido?

Mi hija no quiere verme, es normal, cree que no soy nada, y no la culpo por ello, creció siendo la madre su única tutelar mientras yo me pasaba los días y noches trabajando para llevar dinero a casa, ese mismo dinero que ahora usa para pagar a su abogado para destruirme, ese dinero que se vuelve contra mí, es curioso, pensaba que el dinero es lo único que nunca se vuelve contra uno, siempre se busca más y más.

Encuentro una cajetilla de tabaco en un cajón de la mesilla de noche de mi ahora ex mujer, se ve que fumaba a mis espaldas tanto como yo fantaseaba con otras cuando, entre las sábanas de ceda, me daba la suya. Había dejado de fumar hace 12 años, me costó cerca de 9 meses dejar de fumar en su totalidad, pero si quieren destruirme, deberán permitirme un último cigarro antes del apocalipsis; no hay mejor día que este para volver a las malas costumbres.

Subo a la azotea conversando con mi mente, solo ella me entiende y comprende, aunque me deteste siempre me acompañará. El viento se levanta frio y trae consigo susurros insidiosos. Me siento en la cornisa de donde me cuelgan los pies al vacío y los balanceo. Me enciendo el cigarro a la tercera cerilla, sujetándolo entre mis labios agrietados y secos, ayudándome formando un semicírculo con mi mano izquierda.

Bajo mis pies las personas caminan de un lado al otro, los coches les siguen igual a mayor velocidad, los pájaros son los únicos que vuelan sin dirección bajo mis pies balanceantes. Y como surgido de un pensamiento súbito un camión cisterna vuelca, el ruido es atroz, los pitidos, gritos y alarmas cargan el ambiente, pero yo solo miro atento desde lo alto de mi cornisa. De la cisterna del camión un líquido negro espeso brota con fuerza de entre las grietas cubriendo la carretera, algunos coches se encuentran volcados y en su interior las personas gritan histéricas en busca de una ayuda que no llegará, nadie se atreve a adentrarse en aquella espesura negruzca como el carbón, y es natural, el camión transportaba gasolina, y una simple fricción, una tenue llama sin fuerza, o una débil descarga eléctrica podría hacer explotar esta y las calles circundantes, cubriendo la tierra con llamas, tal y como nos espera en el infierno.

Hoy debió ser uno de los peores días de mi vida.

Contra toda sospecha me encontraba equívoco. Mi hija cree que no soy nada, y nunca se ha encontrado más errada, hoy he hecho lo más importante de mi vida, he cumplido mi destino puede decirse, vino a mi como el viento frio cargado de susurros satíricos riéndose de mí.

En el mundo hay sobrepoblación, y no ayuda que el mundo esté más vivo y pútrido que nunca.

Hoy ha sido un buen día para juzgar y ser juzgado. Vuelve a mí la estúpida frase de mi antiguo ayudante. Y veo esa luz brillar entre tanta oscuridad, y nunca las letras y hechos han sido tan literales.

Me incorporo y doy un pequeño salto de mi cornisa hasta el suelo del tejado, me guardo la caja de cerillas en el bolsillo de la chaqueta, le doy la más larga de mis caladas, miro al cielo rojizo y expulso de mi garganta nubes sin forma ni destino. Miro mi cigarro, le queda una pequeña calada más, pero decido que este es un buen día para terminar con los malos hábitos, estiro fuerte el brazo y el cigarro vuela tras de mí cayendo por el edifico en dirección a los gritos, en dirección a personas que caminan sin rumbo soltando palabras carentes de significado, directo al pequeño mar negro que cubre la carretera.

Y en el día más oscuro, una luz brilló en todo su esplendor.

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