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5 min
Hoy te escribo esta carta
Varios |
30.06.13
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Sinopsis

Recuerdo aquel día, y sigo sin entenderlo. Por eso te escribo esta carta. Y necesito que me contestes. Lo necesito, ¿lo entiendes?

Recuerdo tu cuerpo, tendido sobre la cama. ¡Era tan bello!

 

Tu blanquísima piel de porcelana, recién depilada. Tu oscurísimo pelo, suelto, largo, ondulado, extendido sin ningún orden alrededor de tu cara, tu preciosa cara. Parecías feliz y relajada por primera vez en mucho tiempo. Los ojos suavemente cerrados, la boca entreabierta… todo en ti irradiaba tranquilidad.

 

Me acuerdo de haber echado un vistazo a tu habitación. Era la primera vez que estaba allí, ¿sabes? Jamás antes me permitiste entrar. ¿Por qué? No lo sé. A veces me daba la sensación de que me tenías miedo. Otras simplemente me despreciabas. ¿Por qué? Sigo sin saberlo.

 

“No eres mi tipo”, me repetías siempre.

 

“¿Y cuál es el tuyo?”, te preguntaba yo, día tras día. Habría estado dispuesto a cambiar totalmente por ti. Sin embargo, tú me ignorabas, te negabas a darme una respuesta. ¿Por qué? En realidad, eso ya no importa. Lo que cuenta es que ahora estoy aquí, contigo.

 

Como te decía, eché un vistazo a tu habitación. Me asombré de lo increíblemente bien que te definía. Estoy seguro de que si hubiese entrado en ella sin conocerte, me habría hecho una imagen perfecta de ti.

 

Tus estanterías estaban llenas de las novelas con las que siempre te veía en el parque, leyendo bajo el sol. Tu ordenador, con el Google Maps abierto; te encantaba viajar, y el otro día te oí hablar con una amiga de un viaje a las islas griegas. Toda tu ropa perfectamente ordenada dentro de tu armario, excepto tu camiseta favorita, esa de las mariposas, que de tantísimas veces que te la habías puesto tenía desgastados los dibujos. Dos cuadros pintados al óleo, ambos enmarcados, cada uno en un extremo de la habitación; debían de ser obra de tu hermano, el pintor, el artista, como tú le llamabas.

 

Quise seguir observando, conociéndote un poco mejor, pero entonces el timbre de la puerta me interrumpió.

 

“Sshh… No te levantes, ya abro yo”, te dije. Y eso hice. Lancé una última mirada a tu perfecto cuerpo y me encaminé hacia la puerta.

 

Miré a través de la mirilla y distinguí a un par de policías uniformados. No sabía qué querían, y no tenía ganas de hablar con ellos, pero no podía negarles la entrada a dos agentes de la autoridad.

 

“Buenas tardes. Agentes González y Miró. Buscamos a Laura Saavedra”, dijo uno de ellos —González, creo—enérgicamente.

 

“Ahora está dormida. ¿No podrían venir en otro momento?”, les pedí. Ellos se miraron, una mirada extraña, y negaron.

 

“Tiene que ser ahora. Enséñenos dónde está”. Claro está, yo no podía decirles que no, eran policías, y por eso tuve que interrumpir tu descanso. Les guié hasta tu habitación, donde aun dormías plácidamente. En cuanto te vieron, uno de ellos —Miró, quizás— corrió hacia ti y trató de despertarte bruscamente.

 

“¡Oiga, no haga eso!”, le reprendí. Por muy policía que fuera, no podía permitir que te tratara de ese modo, que interrumpiese tu descanso de aquella manera. “Trátela con cuidado”.

 

Me miró como si estuviese loco. ¿Te lo puedes creer? ¿Loco yo? Y entonces se acercó a mí, sacó sus esposas, y me las puso. Yo no entendía nada. ¿Me habían detenido? ¿Por qué? ¿Qué había pasado? No tardaron en explicármelo, aunque seguía sin tener ningún sentido.

 

“Luis Martínez, queda detenido por el asesinato de Laura Saavedra”. El policía siguió hablando, informándome de mis derechos y toda esa monserga que les obligan a soltar cuando detienen a alguien. Pero yo no escuchaba. Lo que acababa de decir era un sinsentido tan grande que me veía incapaz de pensar en otra cosa. Me acababan de detener por asesinato; por tu asesinato. Ridículo, ¿no crees? Tú estabas bien, en la cama, durmiendo. Siempre tuviste un sueño muy profundo, y ni con todo ese jaleo te habías despertado, pero eso no quiere decir que estuvieras muerta. ¡Y mucho menos que yo te hubiese matado! Como digo, era ridículo. Total y completamente ridículo.

 

Sin embargo, ni los policías, ni el fiscal, ni el juez —y a veces pienso que ni mi propio abogado— se dieron cuenta de esa ridiculez. Todos creían que estabas muerta y que yo te había matado. Creían por tanto que yo era un asesino. Y, no conformándose con eso, creían que además de asesino era loco, y me mandaron al manicomio.

 

No he vuelto a saber de ti, y por eso te escribo esta carta. Igual que te escribí las otras veinticuatro cartas. Los días aquí son largos, y tengo mucho tiempo para pensar. Y si no contestas esta vez, no me va a quedar más remedio que creerles. Eso es algo que no puedo permitirme, Laura, no puedo, ¿lo entiendes? Por eso necesito que contestes. No puedo pasar aquí el resto de mi vida creyendo que realmente te maté. No puedo. Simplemente, no puedo.

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  • Un relato desgarrador y bien contado. Se te encoge el alma y te pones en la piel del demente. Muchas gracias por compartirlo. Saludos
    Un relato magníficamente conducido; genial el comentario del narrador ("Era la primera vez que estaba allí..jamás antes me permitiste entrar ¿Por qué? No lo sé, a veces me daba la sensación de que me tenías miedo, o simplemente me despreciabas...") que vela de forma delicada todo el genio del cuento, contado por un loco de atar al que no detectamos sino al final. Saludos.
  • El creía vivir con un monstruo. ¿Se equivocaba?

    Como relato no es de los que más me gustan, pero es algo que en cierto modo necesitaba escribir desde hace tiempo, y a ser posible compartir. Gracias por leerme.

    Recuerdo aquel día, y sigo sin entenderlo. Por eso te escribo esta carta. Y necesito que me contestes. Lo necesito, ¿lo entiendes?

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