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5 min
Huyendo De La Verdad
Varios |
23.02.15
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Sinopsis

Ojalá no le hubiera contado aquello a nadie. Sabía que tendría consecuencias, pero no pude resistirme a su mirada, y ella se había ganado mi confianza. Te preguntarás de qué hablo, así que te lo contaré desde el principio.

Todo empezó hace dos años. Era el cumpleaños de uno de mis amigos y habíamos salido para celebrarlo. No nos conformamos con nuestro pequeño pueblucho a las afueras de Córdoba, sino que queríamos disfrutar de un verdadero día de fiesta en la gran ciudad.

Habíamos estado en tres discotecas y eran ya las cinco de la mañana. Los cuatro éramos conscientes de nuestra imprudencia al conducir por encima del nivel de alcohol permitido. Creíamos que nunca pasaría nada, hasta que pasó lo peor.

Salimos de la última discoteca y nos subimos al coche. Conducía yo, y los demás se quedaron dormidos en cuanto se montaron en él. Aunque no iba muy deprisa, no tuve el tiempo suficiente para detenerme por completo cuando apareció aquel hombre. No sé si surgió de la nada o si los efectos del alcohol me impidieron ver que algo había allí. El hombre salió disparado tres metros; sin embargo, mis compañeros no se despertaron.

Todo ocurrió muy rápido. Salí del coche para ayudar a ese hombre y, en cuanto me di cuenta de que estaba muerto, retrocedí atemorizado. Tuve que actuar rápido, cegado por el miedo. Cambié mi posición con la de uno de mis amigos. Se oían voces, pero para cuando comenzó a salir la gente de sus casas ya había hecho el cambio y nadie pareció darse cuenta. Pronto llegó la policía y, sin ayuda de ningún aparato, supieron que estábamos borrachos. Arrestaron a mi amigo y se lo llevaron. A nosotros nos dejaron en nuestras respectivas casas dadas nuestras circunstancias.

Desde ese día no le había contado aquello a nadie hasta que la conocí. Era amable, simpática y, sobre todo, despertaba en mí algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Entonces, un día se lo conté y pareció sorprenderse. Mas todo cambió el día que encontré una placa de policía en su bolso, que se había olvidado en casa. Nunca me pude imaginar eso. Levábamos un año y en ese tiempo no había descubierto que me estaba engañando y, peor aún, nuestra relación había sido una farsa, algo que me dolía más que cualquier otra cosa.

Para celebrar nuestro primer año juntos habíamos organizado una cena romántica en casa. Ella vendría dos horas más tarde, y debía aparentar normalidad. Me duché, me coloque un frac que había alquilado para la ocasión y preparé la mesa para cenar decorada con dos velas.

Dos minutos antes de la hora se oyeron las llaves y ella apareció, impresionante, como siempre, con un palabra de honor azul turquesa. La cena transcurrió con tranquilidad hasta que llamaron al timbre. Por su expresión intuí que no era nada bueno. Fuimos a abrir la puerta y la sorpresa no pudo ser más grande cuando al otro lado de ella aparecieron dos policías. En seguida entendí qué pasaba. Ella los había llamado para detenerme porque sabía lo que había hecho, aunque algo extraño pasaba. Por más que los policías le preguntaban si ocurría algo, ella no contestaba y miraba hacia abajo. Se había arrepentido y eso me consolaba.

Nuestra relación había sido verdadera, ahora sabía que me quería. Sus besos, sus abrazos me animaban en los momentos más difíciles. Justo cuando más perdido estaba apareció ella de la nada. Cada vez que entraba por la puerta se me aceleraba el corazón y deseaba que llegara la noche para abrazarla en la cama y decirle al oído que era la mujer que necesitaba, la mujer que me hacía sentir como nadie, la mujer que me hacía sentir querido, en definitiva, la mujer de mis sueños. Sin embargo, por mucho que yo la amaba, no podía seguir evitando algo que, tarde o temprano, tendría que pasar. Debemos ser consecuentes con nuestros actos y no huir de los problemas que conllevan. Había sido muy egoísta dejando que encerraran a mi amigo y un cobarde por no decir qué había ocurrido exactamente. No podía seguir mintiendo, debía decir la verdad de una vez por todas.

Le solté a los policías la historia entera casi sin pensarlo. Entonces, me pusieron las esposas y me llevaron a comisaría. Ella no paraba de llorar mas estaba convencido de que lo entendería más adelante. Sacaron a mi amigo de la cárcel, que se acababa de enterar de la verdadera historia, pues estaba borracho ese día y había dado por hecho que conducía él; y encerraron al culpable, o sea, a mí. Aunque no me beneficiaba, por fin, se había conseguido una solución válida para todos.

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