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10 min
I don't like mondays
Humor |
08.07.15
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Sinopsis

Un lunes puede ocurrir cualquier cosa

Ángel miró de nuevo reloj de pulsera: las ocho y cuarto. Iba a a llegar tarde una vez más. ¡Con la prisa que tenía y el ascensor sin llegar! Seguro que la del octavo lo tenía retenido. De la próxima junta de propietarios no pasaba; iba a dar queja del comportamiento incívico de la tal Magdalena. Las ocho y diecisiete. Ya tenía que estar en la oficina preparando las carpetas para la reunión de las diez. ¿A quién se le ocurriría convocarla un lunes? Sólo a él, claro. ¡Menudo zoquete! ¡Con lo mal que estaría el tráfico en la ciudad después de un fin de semana tan cálido y soleado! 

Cansado de esperar el ascensor, bajó los cinco pisos que le separaban del garaje por las escaleras, casi saltando, casi volando, y se dirigió corriendo hacia su coche: un Volkswagen escarabajo con más años que la anciana que vivía en el quinto, pintado de negro que lucía el escudo de su equipo de fútbol en la puerta del copiloto. Antes de llegar, lo vio. ¿Cómo no? Magdalena, otra vez Magdalena, la vecina dichosa del octavo, había aparcado su Mini rojo descapotable atravesado para que no pudiese sacar su coche. Si es que a él no le engañaba. Dijese lo que dijese Eliseo, el portero, lo hacía adrede para... En fin, que Ángel estaba convencido de que la joven sólo quería, digamos, fastidiarle. Dudó si ir a buscarla hasta su apartamento y traerla de la oreja o esperar a que apareciese con su pinta extravagante. Se acordó de lo difícil que era a esas horas coger el ascensor y decidió aguardar a que hiciese acto de presencia. Mientras esperaba, su paciencia se iba colmando hasta rebosar. Recordó que la noche anterior el gato de la vecinita se había colado por la puerta de servicio, que dejó abierta mientras él bajaba a tirar la basura. El minino, con su mala idea habitual, se había zampado los boquerones que trajo de casa de su madre para la cena. ¡¡Puff!! Aquello no podía seguir así. La lista de quejas contra ella era ya interminable. 

El reloj marcaba las ocho y media cuando Magdalena  apareció con su calmado caminar. Ángel la vio llegar con la falda larga hasta los pies de flores fucsias y la blusa azul eléctrico, que había que tener mal gusto para combinar aquellos colores imposibles de emparejar; las sandalias planas de cuero y el sombrero de paja, que, pese a su ala ancha, no lograba ocultar su revoltosa melena pelirroja. La joven pasó ante él sin tan siquiera dignarse a dirigirle una sola mirada e hizo caso omiso de las gruesas palabras que Ángel le dedicaba. Sólo cuando ya estuvo sentada en el asiento del conductor, a punto ya de arrancar el coche, le miró y le guiñó un ojo en el que el rímel formaba espirales con sus largas pestañas. Un brusco acelerón le impidió oír las cariñosas palabras de Ángel; pero, antes se llegar a la puerta, el bonito descapotable se caló deteniéndose en seco y hubo de volverlo a poner en marcha en tanto que sus oídos se llenaban con los hermosos epítetos que le brindaba su impaciente vecino.

Ya de camino a la oficina, Ángel se relajó un poco al comprobar que no era tan denso el tráfico como había pensado. Puso la radio del coche para que la música disolviera su malhumor y la canción “I don't like mondays” acabó de arrancarle una sonrisa. Se unió a las voces de The Boomtown Rats, inventando la letra con su falso inglés y, por un momento, volvió a ser un muchacho rebelde y algo atolondrado de catorce años. El regreso a la época en la que todas las canciones parecían anunciar el mejor de los futuros le colmó de optimismo y el himno de su juventud le hizo olvidar la reunión que le esperaba aquella mañana con los trabajadores sociales de los centros de discapacidad que le enviaban los datos para que elaborase las estadísticas. Mandó al rincón del olvido la ficha que siempre cumplimentaban con errores, las tablas que tenía que confeccionar y que nunca cuadraban, los gráficos que quería Sonia, la jefa, el programa del ordenador que siempre se colgaba cuando tenía más prisa... Y Magdalena  dio paso a Leila, la trabajadora social del centro “El trébol de la suerte”. Nunca la había visto, pero desde hacía cinco años hablaba con ella por teléfono cada vez que le solicitaba los datos de ocupación del centro. Una sonrisa asomó a sus labios cuando recordó que, pese a solicitarle los mismos indicadores año tras años, era raro que supiera en qué casilla incluir los miles y miles de datos que guardaba en sus archivos.

—Un niño con problemas de movilidad pero con retraso mental,  ¿lo cuento dentro de los usuarios con discapacidad física o intelectual? —le preguntaba.

Ángel se quedaba pensando unos instantes y, luego, respondía:

—A efectos de nuestras estadísticas, tiene discapacidad intelectual. Mira, en el punto cinco de las instrucciones de la ficha se lee lo siguiente: “Dado un usuario determinado...” 

Leila no le dejaba terminar con sus protestas por lo que consideraba una afrenta contra su querido niño.

—No es justo, Ángel. Luisito es muy listo.

—Pero ¿no me has dicho que tiene un retraso mental? —preguntaba Ángel entre desconcertado y amoscado.

—¡Oh, sí! Eso dicen los test de inteligencia que le han hecho, pero deberías verlo. ¡Tiene unas ocurrencias...! Es un cielo. Verás. El otro día, vino a mi despacho y...

Y se enredaba en mil historias que terminaban por aturdirlo. 

—Entonces, lo pongo dentro de los usuarios con discapacidad física —acababa diciendo la joven haciendo caso omiso de las explicaciones que le daba Ángel —. ¡Qué bueno eres! Seguro que eres un padrazo para tus hijos: cariñoso y juguetón.

—No tengo hijos, Leila. 

Comenzaba en ese momento un coqueteo lleno de palabras de doble sentido.

Sonrío al pensar que aquel día, por fin, la iba a conocer en persona. ¡Llevaba tanto tiempo soñando con la mujer que se escondía tras la alegría cascabelera de Leila! Unas veces la imagen inventada por su mente traviesa se confundía en su fantasía con la de Lauren Bacall, sugerente y misteriosa, que con una caída de párpados capaz de derretir el Polo Norte. Otras veces era el rostro de Meg Ryan el que se le aparecía cuando oía la aterciopelada voz de Leila. Ocurría esto en los momentos en los que la joven se olvidaba de las estadísticas que había de mandar y le hablaba de Pepón, el niño con Prader-Willis que robaba la merienda a los demás compañeros del taller de marquetería para comérsela a escondidas debajo del viejo abedul que había en el patio del centro. Pese a su insaciable glotonería, no había día en que no regalase a Leila con un trocito de chocolate o un gajo de mandarina. Otras veces era Micaela la que protagonizaba sus historias: una niña que, como su nombre anunciaba, tenía cara de muñeca. Ojos grandes, azules y redondos, rodeados de espesas pestañas, la boca bermellón que formaba una gran O mayúscula cuando algo la sorprendía, siempre señalando con su dedo regordete todo lo que veía y preguntando hasta cansar a cualquiera “Y eso, ¿qué es?”. Y Nando, “el tirillas”, un adolescente desgarbado con Síndrome de Down que se empeñaba en hacer carreras mientras empujaba la silla de ruedas de Niní, como llamaba a la bella Nadia y como todos acabaron llamando a la quinceañera con Espina Bífida que acudía al centro sólo un día para hacer fisioterapia mientras el resto de la semana estudiaba tercero de la ESO en el instituto. Los chicos del centro andaban un poco enamoriscados de Niní aunque ella no hiciese caso más que de Edu, el joven invidente que improvisaba con su guitarra canciones de amores desgraciados que hacían llorar a las jovencitas del centro, a las cuidadoras, a Paquita, la profesora del taller de tricotosa y hasta a doña Maruja, la directora. Leila se emocionaba contando sus historias y a Ángel le cosquilleaba el corazón cuando las oía de boca de la dulce trabajadora social. Imaginaba a la joven rodeada de esos seres maravillosos, disfrutando de una dicha reservada únicamente para un puñado de privilegiados.        

Un camión atravesado en mitad de la calle le devolvió de golpe a la realidad. Con una imprecación, intentó sin éxito apagar su frustración tras frenar de golpe. Otros diez minutos de retraso crisparon sus nervios y, cuando llegó a la oficina, ya había olvidado la alegría que le transmitiesen la música y el recuerdo de Leila.

Ya en su despacho, le recibió la mesa a rebosar de papeles inservibles que no se atrevía a tirar a la papelera. Los puso todos, sin pararse a ordenarlos, sobre la silla del confidente, más que atestada de carpetas, y abrió el ordenador para comprobar la lista de asistentes a la reunión en el archivo que había preparado la semana anterior. Luego, cogió su botella de agua y bajó de nuevo por las escaleras hasta la planta baja, corriendo según su costumbre, casi saltando, casi volando, y ya en la sala de reuniones le esperaba impaciente Sofía, su jefa.

—¡Vamos, vamos! —le dijo intentando ocultar su irritación por la larga espera —Vete repartiendo las carpetas por la mesa mientras yo enciendo el ordenador e introduzco el pendrive de la presentación.

—”E introduzco el pendrive. ¡Será pedante! —pensó Ángel —Tanto estudiar el Sistema Límbico en la Facultad de Psicología para oír estas cosas y acabar repartiendo carpetas”.

Alicia, la otra psicóloga del departamento, se asomó por la puerta.

—Ya han llegado los primeros. Son los representantes del centro “El trébol de la suerte”.

¡Leila! Por fin iba a conocerla. Un revoloteo de mariposas en su interior le hizo saltar de gozo. Y, entonces, ocurrió. Acompañada por otras dos jóvenes, entró por la puerta con su falda larga hasta los pies de flores fucsias, su blusa azul eléctrico, su sombrero de ala ancha y su revoltoso cabello pelirrojo ¡Magdalena, la vecina del octavo! Alicia la acompañó hasta el fondo de la sala, donde estaban esperando Sofía y Ángel, e hizo las presentaciones. El psicólogo medio se ocultó tras una columna para no ser visto:

—Sofía, te presento a Magdalena Almoheda, la trabajadora social del “Trébol de la suerte”.

—Encantada, Magdalena.

—Llámame Leila; así es como me llaman mis niños en “El trébol de la suerte” —dijo Magdalena con su encantadora voz mientras daba un beso en cada mejilla de Sofía y le guiñaba a Ángel un ojo en el que el rímel formaba espirales con sus largas pestañas.

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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