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5 min
IaCann. El humanoide. Capítulo II
Ciencia Ficción |
27.03.21
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Sinopsis

En un futuro muy distante, la humanidad ha evolucionado a niveles insospechados. Sin embargo, se encuentra en la sujeción. IaCann, un joven soldado del Ejército de la Reconquista, ha sido llamado por una figura misteriosa para que cumpla su gran misión

II

El humanoide

No era algo desconocido para IaCann toparse con sorpresas en los mundos que exploraba. Los argernas cibernéticos eran especialistas en burlar el riguroso examen de los escáneres del Ejército de la Restauración. En más de una oportunidad se vio obligado a hacer micro-saltos a través del hiperespacio para salvar la vida. Un riesgo latente que bien podría haberlo desintegrado. Su casco y armadura ligera carecían de la robustez para soportar el desdoblamiento del espacio-tiempo y, sin embargo, el acoso y la persecución de los cibernéticos no había cesado. Tampoco estaba capacitado para el ataque porque una arcana directiva, la llamada Ley Cero Extendida, se lo impedía. La tenía incrustada en su ADN. Él era un humano scout de la estirpe gaiana, a la que los antiguos eruditos adjudicaban el elevado mérito de haber sido los verdaderos arquitectos del superorganismo Galaxia, el antiguo Imperio Galáctico. Todos los registros acerca de estas cosas no existían más, ni las copias de las copias, ya por el paso del tiempo o ya por la mala voluntad de los invasores argernas.

Sin embargo, la excepcionalidad de los gaianos era demasiado evidente para que fuera ignorada, y la existencia de la Ley Cero Extendida había permanecido viva gracias a la transmisión oral de su pueblo. Por supuesto que esta realidad había sido demostrada muchas veces por la ciencia, pero eran los propios gaianos quienes la embellecían con sus propios cantos de gesta: “Un humano no puede perjudicar a la Humanidad ni, por omisión, permitir que la Humanidad sufra daño”. Y luego: “Un humano no puede perjudicar a Galaxia ni, por omisión, permitir que Galaxia sufra daño”. Para acabar, en un remate romántico, casi místico: “Un humano no puede perjudicar al Universo ni, por omisión, permitir que el Universo sufra daño”. Por ello, un gaiano era incapaz de atacar a un argerna. Y por ello, los rectores gaianos fueron incapaces de enfrentar la amenaza argerna en su tiempo, a pesar de que el propósito inicial de la creación del Imperio Galáctico era el de defenderse como un solo organismo contra futuras invasiones de galaxias cercanas, como la de Andrómeda, la más próxima del Grupo Local.

IaCann sobrevolaba el terreno boscoso, escudriñando con su visión de radiaciones de baja intensidad que penetraba a través de la vegetación; la información que recibía de los foofighters, aunque exacta, no era concluyente. Mientras más avanzaba con su sobrevuelo a lo largo de la zona, más le urdía el presentimiento de que algo inminente estaba por ocurrir. Era tonto, pero por primera vez sentía un poco de miedo. Le parecía extraño que de pronto un silencio absoluto se apoderara del lugar. Los animales, criaturas con poco autocontrol, estaban muy quietos. Sentía temor; no era el típico temor que se le tiene al enemigo; era algo más fuerte, más lejano, más recóndito, un terror indefinible.

Aquello era un aviso. Sus sensores trabajaban al máximo.

―¡Unidad IaCann!

El grito había sido tan fuerte que le desestabilizó el vuelo. Era el capitán JavNFT por el comunicador.

―¿Me puede decir de una vez por qué no se ha reportado al Ala del Comando Aeromóvil?

―Hay una presencia en el planeta, capitán ―le contestó, ofuscado―. Puedo sentirlo.

―Otra vez usted con sus corazonadas ―le reprochó―. Se lo he dicho antes: apéguese al entrenamiento. El informe de la nave asegura que en este mundo no hay signo de civilización alguna. Vuelva. Es una orden.

―Sospecho de la astucia de los argernas, capitán. Recuerde que no sería la primera vez que nos hacen una emboscada.

―No haré bajar a un comando artillado solo porque usted tiene un presentimiento, Unidad ―dijo categóricamente el capitán mientras le hacía una seña al operador de teletransportación―. Lo entiende. No me haga perder tiempo ni recursos.

―Déjeme hacer un último vuelo de reconocimiento ―le rogó―. Estoy seguro de que hay algo o alguien aquí abajo. Lo vi con mis propios ojos. Tenía aspecto humanoide.

El capitán hizo detener al operador y, ladeando la cabeza, agregó:

―Mi error, lo admito. Le han asignado demasiadas misiones y su tiempo de regeneración ha sido muy corto, Unidad. No volverá a pasar. Se lo prometo.

―No, no ―le respondió IaCann―, nada de eso. Esto es algo serio. Se lo juro: he visto a un humanoide sobrevolar la campiña. Por favor…

―Por última vez ―le contestó con tono de desesperación―: El destino de la misión está atrasado, ¡por culpa suya! El planeta ha sido cartografiado y proclamado como un recurso más para la Federación. Tengo que seguir. ¡Y no discuta una palabra más conmigo! ¿Entendió?

No acababa de finalizar la frase el capitán cuando el humanoide, propulsado por una corriente iónica, se internaba bajo las faldas de un montecillo. IaCann se sobresaltó. Lo que veía era real. Aquello era un ente físico verdadero. Sin escuchar la perorata que el capitán se lanzaba por el intercomunicador, IaCann tomó rumbo hacia la colina.

―...No me haga teletransportarlo hacia la nave ―se escuchaba la voz lejana del capitán―. Créame, no seré muy amigable con usted...

El gaiano se encontraba en un estado contemplativo que le impedía observar aquellas órdenes y volaba como un automata bajo el control domótico de su creador.

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