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6 min
Ideálica
Amor |
12.09.16
  • 5
  • 1
  • 2032
Sinopsis

—Una mujer hermosa, una princesa de noble cuna llamada Ideálica, amable y educada, fue rechazada por el príncipe casadero de un país lejano.

            —¿Era tonta?

            —No, era lista. Aprobaba todas las asignaturas en junio.

            —Entonces, ¿por qué la rechazó?

            —Algunos hombres temen a las mujeres que destacan.

            —Ya lo sé. Ellos quieren ser siempre superiores.

            —Puede ser.

            —¿Cómo sigue?

            —Ella se lo tomó con tranquilidad. Donde hay uno habrá otro, debió pensar. Pero lo cierto es que en la región no había nadie más de sangre azul.

            —¿No se podía casar con un pobre?

            —No te adelantes. Los matrimonios entre personas de distinta clase social no suelen funcionar. Eres muy joven para entenderlo.

            —Sí que lo entiendo. El rico no sabe si lo quieren solo por su dinero y al pobre le da vergüenza porque no sabe usar los cubiertos en la mesa.

            —Chica lista. Si quieres, sigue tú con el cuento.

            —No, no. Sigue tú.

            —Durante un tiempo, Ideálica se puso a estudiar las flores y los pájaros del contorno y era feliz. Pero su madre, la reina Fastydia, la recriminaba: "Así nunca encontrarás marido". El rey Bonachón I, su padre, apostillaba: "Deja a la niña. Que hay mucho zote que no se la merece". —"¿Dónde estarías tú si yo hubiera hecho lo mismo?"—se revolvía la reina. Y el rey se tenía que callar porque recordaba sus desatinos de cuando era joven y sabía que Fastydia salvó la monarquía de caer derrumbada por su mala cabeza.

            —Ya sé por dónde vas.

            —No tienes ni idea.

            —Que las mujeres deben sacrificarse por el bien del país.

            —Qué barbaridad. ¿Tú lo harías?

            —¿Cuánto se cobra de reina?

            —¿Dónde queda tu altruismo?

            —Esa palabra no la sé.

            —Significa generosidad.

            —Una amiga mía dice que una cosa es ser bueno y otra tonto.

            —Ah, bien. Mañana, cuando te acompañe al cole, quiero que me la presentes.

            —Vale. Bueno, ¿qué hizo Ideálica?

            —Como le gustaba tanto la flora y la fauna le pusieron un profesor particular que era un sabio naturalista.

            —¿Se enamoró de él?

            —No. Era viejo. Ella lo respetaba y le daba el brazo para que se apoyara cuando salían al campo a recoger especies.

            —No me gustaría que pasara nada en la espesura.

            —¿Dónde has aprendido la palabra espesura?

            —Mi amiga.

            —Cada vez es más urgente que la conozca.

            —Te va a gustar.

            —Ya veremos. No pasó nada en el bosque, aparte de recolectar algunas hierbas raras y escarabajos desconocidos hasta entonces.

            —Se pondrían muy contentos.

            —Sí. Los llevaron a la cátedra de ciencias naturales de la universidad y a uno de los insectos le dieron el nombre de la princesa: Scarabaeus Idealix.

            —Eso sí que me gustaría. Que le dieran mi nombre a una araña.

            —¿Tiene que ser una araña?

            —Me da mucha pena que haya por ahí bichos sin nombre.

            —No te preocupes. Ellos no se dan cuenta.

            —Yo, sí.

            —Está bien. Ya llegará el día. ¿Sigo con el cuento?

            —No lo sé. Es triste.

            —¿Por qué?

            —Porque adivino que se va a quedar soltera, como una profesora que tengo. Y se le pondrá mal humor aunque le den el Nobel de Biología.

            —¿Eso crees? ¿Que las chicas que no encuentran el amor se vuelven hurañas aunque sean sabias?

            —He oído cosas en clase.

            —¿Qué cosas?

            —No puedo decírtelas.

            —¿Cómo se llama tu directora?

            —¿Por qué?

            —También tengo que hablar con ella.

            —Está divorciada y le va bien. Su ex-marido era el director de antes y ella le quitó el puesto aliada con el AMPA del colegio. Él se dejó el pelo largo y va a terapia reiki. En el claustro de profesores se discute mucho sobre qué fue primero, el divorcio o la destitución.

            —Dime una cosa, ¿te apetecería cambiar de cole?

            —Papá, te asustas enseguida por todo.

            —Me gustaría darte una buena educación.

            —Los cotilleos también forman parte del aprendizaje.

            —Tengo la impresión de que esas cosas que oyes en clase y no puedes decirme van un poco más allá de las alcahueterías inofensivas.

            —Desde que cumplí seis años hace que te evito algunas informaciones para que no tengas sufrimientos inútiles.

            —No puedo creerlo. Debería ser al revés.

            —Yo puedo soportarlo.

            —¿Y yo, no?

            —Es mejor que ya no te considere mi héroe invencible. Esa etapa de la niñez es muy engañosa.

            —Está bien. Pero te pago las matrículas y los uniformes, eso es algo ¿no?

            —Sí, lo es. Unas vacaciones en Gstaad tampoco estarían mal... Es broma, es broma.

            —¿Qué tal si acabamos el cuento de Ideálica?

            —Lo voy a hacer yo. La princesa se sacó las oposiciones de ayudante de cátedra y dio clases de Entomología I durante años. Cuando cumplió los cuarenta sedujo a una alumna de catorce que sacaba siempre A++. Tampoco se supo qué fue antes, si las buenas notas o el rollete lesbo-pedófilo. Al decano le dio igual, porque primero la suspendió de empleo y sueldo y después la echó acusándola de corrupción de menores. A raíz del disgusto se puso gafas, se recogió el pelo en un moño, para que no la reconocieran, y se ganó la vida dando clases particulares de organografía. En los ratos libres frecuentaba lo bajos fondos buscando prostitutas impúberes. Murió tirada en una callejuela por una dosis mal cortada de jaco.

            —Ya no eres mi hija. Estás desheredada.

            —¿No quieres saber qué fue del príncipe que la rechazó?

            —Ya tengo bastante.

            —Se casó y tuvo una hija. Y esa chica fue...

            —No me lo digas. Ya lo adivino.

            —Exacto. Su padre fue el que destapó el bollo contándoselo al decano. Más tarde, le dio una ataque y se quedó vegetal.

            —¿Y la chica? Miedo me da lo que me vas a decir.

            —Se escapó del palacio enfurecida. Pero se graduó en la universidad y llegó a escribir un libro: "Etología del escarabajo Ideálico (Scarabaeus Idealix), especie endémica del reino de Bonachón I y su esposa Fastydia". En la dedicatoria puso: A mi profesora la princesa Ideálica, de la que lo aprendí todo.

 

Nota final: El naturalista que fue ayo de Ideálica en sus comienzos murió a los 102 años. Desde hacía treinta usaba un andador para apoyarse. En él había grabado con un buril las iniciales S. I. En el asilo no tenían ni idea de qué significaban.

 

            —Buenas noches. Mañana hablaremos en serio de todo esto—le dije a mi hija apagando la luz.

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