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4 min
IGLESIAS
Reales |
22.08.21
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Sinopsis

Estoy realmente cansado de ver iglesias. Durante este viaje debemos haber visto unas cien iglesias, capillas, catedrales, concatedrales o santuarios. Mi padre conduce y la copilota, mi madre, localiza las construcciones religiosas con su ojo de halcón mientras empieza conversaciones y lee el paisaje.

     Mis hermanas y yo vamos detrás entre sacos de dormir, cojines y maletas de ropa. Es el viaje de vacaciones de este verano y andamos de ruta por esa geografía con forma piel de toro que algunos llaman España. Vamos con nuestra tienda de campaña y todos los bártulos necesarios. No sé cómo mis padres se organizan para meter en este Renault Megane, aunque se le añada el cofre, todo lo que llevamos. 

        Hace un tiempo fuimos a París cuando tuvo lugar la ola de calor que se llevó por delante varios miles de vidas. Recuerdo que en el camping, de noche, era prácticamente imposible dormir. Aún por encima, mis hermanas cerraban la cremallera de la tienda y parecían preferir la muerte por golpe de calor a compartir la noche con un par de bichitos. Hay bichos, decían mientras yo sacaba el tapiz y el saco de dormir para pasar la noche fuera y oía la cremallera cerrarse de nuevo.

        Este año no hace tanto calor, pero la tortura viene por otro lado. Circulamos por una carretera comarcal llena de curvas y bosques a ambos lados. Hay un río ahí abajo. El paisaje es precioso y me entretengo imaginando al Hombre Araña colgándose de los postes de la luz y sorteando los coches que vienen en sentido contrario. De pronto, el corazón se me encoge, pues he visto a la izquierda el campanario de una iglesia de una aldea en ruinas. Parece que ni campanas quedan. No miro mucho para que mis hermanas se estén calladas. Una está narrando el viaje en una grabadora y la otra está interpretando un mapa de carreteras. Ni mi padre ni el ojo de halcón de mi madre, que está entretenida mirando hacia el otro lado, se han dado cuenta. El campanario desaparece cuando la carretera hace un quiebro.

        Respiro aliviado. Menos mal. Otra iglesia sería demasiado. No soporto estar sentado en el atrio mientras mi padre saca fotos a  los canecillos con toda la pachorra del mundo. Mira, ese canecillo representa un hombre tocando una flauta. Me dan ganas de decirle que me tira de un pie lo que unos tipos hace cientos de años hacían con las piedras. No es que tengo nada en contra de los curas o que esté de acuerdo con que la iglesia que mejor ilumina es la que arde, ni mucho menos. No es eso, es otra cosa. Se trata del aburrimiento que me provoca ver edificios que no me despiertan el menor interés. Si fuesen castillos aún tendría un pase. Me gusta dibujar castillos y campamentos romanos. Eso sí. Los romanos eran los putos amos, no hay duda. Pero la panda de miedosos escondidos en una iglesia rezando ante imágenes de vírgenes y santos es más de lo que puedo aguantar.

        Nos vamos alejando del lugar. Estoy hasta contento. Me pongo a silbar y el Hombre Araña es cada vez más ágil y rápido. Pero la felicidad es efímera, pues la carretera empieza a curvarse y curvarse. Y a cada curva una molestia invisible me atenaza hasta que nos damos de bruces con el campanario. Mi madre grita que hay una iglesia y mis hermanas levantan la vista y sus ojos se cruzan con los míos y un gran JODER de neón parece alumbrar mi mente.   

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  • A veces ver tanta iglesia harta. Pero las iglesias que son unos monumentos tan importantes como un castillo, forman parte del legado cultural de Occidente, y en ellas has mucha documentación histórica. Las iglesias son el símbolo cultural, que ha estado muy vinculada a la mentalidad de la gente.
    Yo tb soy más de ver castillos y ruinas romanas. Buen relato.
    Hola Andy, primero que todo quiero agradecerte que hayas vuelto y segundo felicitarte por tus relatos que muestran tus mejores ideas y reflexiones Mucho ánimo
    Muy buen cuento. Me gustó. Saludos.
    Qué bueno Andy ! Con toda la pachorra del mundo ... a saber a dónde llevarás a tu esposa e hijos .... a ver riachuelos ? JAJAJA... Un abrazo.
    Muy bueno, debería haber un tope de visitas diarias a los mismos edificios! Pero castillos, tenemos un montón... quizá se podrían repartir las visitas en beneficio de todos! Un saludo, Andy.

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