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4 min
III
Terror |
19.04.15
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Sinopsis

Al igual que un niño que lanza un cuete sobre un nido de hormigas y luego se sienta a ver como los pequeños insectos arden, ¿Creen que a Dios le importará si algún día nosotros dejamos de creer? ¿Le importará si ve como volamos nuestro montón de tierra? ¿Hará algo para evitarlo o al igual que ese niño se sentará y nos verá arder?

Las calles estaban llenas de cuerpos en descomposición. Entre ellos habían amigos, familiares, vecinos, gente importante, gente tanto inocente como culpable. Todos muertos, unos sobre otros. Los pocos que quedaban pasaban el resto de sus días encerrados en sus derrumbadas casas, tapiando puertas y ventanas, y alimentándose de los pocos restos de comida que alguna vez guardaron inconscientemente sin saber por qué realmente. Ninguno pensó que alguna vez pasaría tanta hambre ni tanto miedo. 
El último de los hombres que había sobrevivido a los horrores de la Segunda Guerra Mundial había muerto hacía años. En las calles se leían carteles con las palabras "BIENVENIDOS, NADIE AQUÍ SALE Y NADIE AQUÍ ENTRA" "ÉL NOS MINTIÓ Y MIREN EN DÓNDE ESTAMOS AHORA" "NO VIVIRÉ DISPARANDO SUS ARMAS, MORIRÉ ESCUPIENDO EN SUS CARAS" y muchas otras. La pequeña rebeldía que se había formado al principio se había esfumado en pocas semanas. Muchos habían sido colgados.

La noche era lo peor porque en las noches la muerte se llevaba a los enfermos y a los ancianos, no habían faros en las calles por lo que los incontables cadáveres eran cubiertos por la oscuridad, eso era bueno, pero a veces, cuando los sobrevivientes lograban conciliar el sueño, una persona gritaba a lo lejos, a veces eran varias, luego se oía el ensordecedor sonido de los disparos y bombas y esas voces anónimas se callaban. 

Niko no podía dormir, su madre había muerto dos horas antes, una herida en su pierna se había infectado y ella había pasado días con una infernal fiebre. Al final ella no sabía quién era ella, ni tampoco sabía que él era su hijo, simplemente se la pasó gritando "Dios nos olvidó cuando vio que nosotros sólo queríamos quemar el cielo. Él nos dio la espalda cuando supo que nosotros sólo queríamos beber sangre" Niko procuraba que ella no hablara tan fuerte para que nadie los oyera mientras él mismo trataba de ahogar sus propios sollozos. Cuando ella finalmente murió él se sintió aliviado. No tendría que tratar inútilmente de salvarla. Él estaba sólo.
  En medio la noche, fue a su habitación, quitó una de las tablas chuecas de la ventana y vio el cielo por primera vez en semanas, el cielo estaba quieto y no había luna esa noche. Entonces vio un pequeño parpadeo. Sus ojos miraron fijamente hacia esa pequeña luz parpadeante, incrédulo. Él había leído de estrellas fugaces en los pocos libros que quedaban. Había escuchado sobre el poder de los deseos. De las plegarias. De cuando Dios aun vivía. 
 Niko miró al brillante punto en el cielo y pidió un deseo. 
"Haz que todo acabe" le dijo a la luz que se hacía más grande.

Bajó a la sala y se sentó junto al cadáver de su madre, cerró los ojos y empezó a llorar meciéndose hacia adelante y hacia atrás.

En el cielo, la luz se hacía más grande y más brillante. Un tremendo ruido llenó las calles, más fuerte que las armas y que las granadas ocultas en el suelo que a veces estallaban por cuenta propia como si se hubieran hartado de esperar a que alguien las pisara.
Entonces la estrella cayó en medio de las ruinas y todo se iluminó. Las pocas casas que quedaban de pie se borraron de la faz de la tierra como columnas de arena ante una fuerte ventisca. Los árboles quemados, los autos volcados y que siempre estaban en llamas, los tanques quietos y muertos. Y claro, las montañas de cadáveres en las calles y parques. Todo se borró en un segundo. Finalmente.

La Tierra giraba lentamente sobre su eje como siempre lo había hecho y como probablemente lo haría por muchos otros millones de años. Los continentes que alguna vez habían brillado y parpadeado ahora eran negros y áridos cubiertos por nubes verdosas y tóxicas. Una enorme nube de hongo sobresalía en algún lugar. Un lugar que ya no importaba.

En el espacio, rodeado de cientos de trozos de metal inútiles, flotaba un satélite. En su superficie se leía la frase "LA DIVINA HUMANIDAD HABITA ESTE PLANETA Y LO HARÁ POR OTROS MIL AÑOS. FUIMOS ELEGIDOS POR ALGO MÁS GRANDE QUE DIOS...Y SEGUIREMOS EXISTIENDO MUCHO DESPUÉS QUE DIOS MUERA"

La Tierra sólo siguió girando.

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