cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

8 min
Ilia y Stasia
Amor |
15.11.12
  • 4
  • 5
  • 2195
Sinopsis

Ilia y Stasia follando como animales de bellota. Como si no hubiera un mañana. Y yo al lado, enterándome de todo. Nunca me lo he montado demasiado bien, pero creo que ahora he terminado de cagarla. Si alargara un poco el brazo y me lo propusiera, podría agarrarle el nabo a ese sinvergüenza.

 

 

Ilia y Stasia follando como animales de bellota. Como si no hubiera un mañana. Y yo al lado, enterándome de todo. Nunca me lo he montado demasiado bien, pero creo que ahora he terminado de cagarla. Si alargara un poco el brazo y me lo propusiera, podría agarrarle el nabo a ese sinvergüenza.

Para entendernos, Ilia es un ruso cabrón, feo como una endodoncia mal rematada y con el sutil tacto de una tuneladora a pleno rendimiento. Pero ahí está, bombeando mientras yo me entero de todo y me siento desdichado por lo que quisiera hacer y no hago.

Luego tenemos a Stasia, que está bien buena. También es rusa, de alguna manera, pero ahora lo llaman las repúblicas bálticas. Tócate el cimbel, Manuel. Naces en Rusia y treinta años después, tu patria ya no es tu patria, sino una suerte refrito extraño. Imaginaos a los capullos que nacieron en el imperio austro húngaro. Primero eran algo así como austríacos heterodoxos. Luego fueron invadidos y pasaron a ser alemanes por adopción y luego, tras la guerra, los aliados les retornaron a la única patria que se confiere a los pobres. La de soplapollas. Así está la humanidad siempre, cambiando de etiquetas constantemente para lo que, a fin de cuentas, siempre es la misma mierda. En fin, qué sé yo, a cagar.

Creo que Stasia es letona. Letona. Qué gentilicio, coño, parece un tipo de arenque o una clase de pingüino. Bien, pues resulta que Stasia tenía un futuro prometedor en el patinaje artístico. Ya veis, patinaje. Una más que probable futura estrella. Hay que joderse. El caso es que ella entrenaba todos los días ocho horas en la pista de patinaje, era disciplinada y eso, hubiera acabado llegando a donde se propusiera, hasta que una mañana de invierno fue con los amigos al lago helado de su mierdero pueblo letón dejado de la mano de dios. Y se pusieron a patinar. Después los amigos empezaron a dar el coñazo, os podéis imaginar, haznos una exhibición, haznos una exhibición. Esas cosas. Cuando uno destaca en algo, todo el mundo acaba tocándote los huevos. Qué ganas de ser el mejor sicario a sueldo para mirar socarrón a los amigos y decir, ¿qué, pringaos, una demostracioncita gratis?

Bueno, volviendo a lo de antes, Stasia estaba allí, sobre el lago helado haciendo sus piruetas y sus mierdas, pero claro, el lago no era una pista reglamentaria de patinaje. Pues resulta que en uno de esos giros con tirabuzón y toda la hostia se le quedó la punta de una de las cuchillas enganchada en una grieta, y por tanto la pierna clavada, con tan mala suerte que al hacer el movimiento del giro se partió la rodilla por cinco sitios distintos. Cinco sitios. Un hueso hecho mierda por cinco sitios distintos. No me imagino el dolor. O mejor, no quiero imaginármelo. Visualizad la radiografía. Su rodilla parecería un puñado de tabas. Y ahí terminó abruptamente la carrera de la buenorra de Stasia. La vida tiene estas putadas. Todo se puede ir a la mierda en un segundo. Sin embargo, no tengo tan claro que todo pueda convertirse en un puto cuento de hadas también en un segundo. Generalmente lo imprevisto suele operar para joder la marrana. Así es la vida. Lo malo pasa más que lo bueno, por eso lo bueno es especial, porque es más infrecuente. Te jodes y bailas.

Pues ahora estoy aquí, en un puto camastro, oyendo a Ilia y Stasia jincando como si no hubiera un mañana y me parece que estos rusos cabrones no se lo han montado tan mal, después de todo. Aquí el más tonto de todos soy yo, como siempre. Yo también tuve una novia y todo eso, no vayáis a creer. Nos pasábamos el día follando. El problema es que ella estaba como una puta cabra, y al final mi vida era un infierno. Lo malo es que, en ese aspecto, ya he perdido la esperanza. Como soy un degenerado sexual, mi polvo ideal tiene más en común con un pogromo nazi que con el amor pausado de los románticos y al final, siempre acabo encontrando lo me gusta con mujeres desquiciadas. El tema del sexo suele ir de maravilla y el resto, pues es un puto desastre. Ya sabéis, siempre hay un precio.

Ahora Ilia está bombeando a base de bien y tiene un nabo como un brazo, venoso y restallante como un salchichón bien curado. Y yo aquí, partícipe de todo. Como siga zumbando así, vamos a acabar todos cayéndonos de la cama. Maldito mandril. Cuando entra en guerra no hace prisioneros. Miro su minga y me da repelús. No está hecho mi paladar para los cuellos de pavo. Estamos en una pensión barata en la parte antigua de Kiev, y dormimos en un cuartucho, con dos camastros, uno a cada lado. Sólo hay una habitación, así que no pienso irme a dormir a la cocina porque este cabrón se pase el día follando. Ése fue el pacto que hicimos, si uno de los dos folla, el otro mira para otro lado. El problema es que Ilia ha encontrado a esta gachí y no para de apretar. Yo por mi parte, me la sacudo melancólico esperando tiempos mejores que no llegan nunca, claro.

Ilia, el soviético. El padre de Ilia era un peón de mierda moscovita, escasamente cualificado. Después de la gran guerra, durante la reconstrucción, se marchó a Berlín a ver si encontraba un buen trabajo o por lo menos dejaba de pelarse el culo de frío en los gulags como chico de los recados. No consiguió ni una cosa ni la otra, porque acabó de oficial aduanero en la frontera con Berlín oeste. Se congelaba a base de bien durante nueve horas al día, haciendo el capullo con las señales que indicaban a los coches que llegaban que debían detenerse. Se quedaba allí, de pie, con un uniforme ridículo, a pocos metros de la barrera de púas, enlazando constipados con la única compañía de una hilera de postes telegráficos rematados con un foco cutre. Todos los días veía una carretera amplia que acababa rematada, a lo lejos, por la puta puerta de Brandemburgo, que era de lo poco que había quedado en pie después de los bombardeos aliados. Un monumento bastante cutre y zafio, por cierto.

Así que, bueno, el padre de Ilia nunca hizo fortuna y por eso ahora mi compañero de piso es un menesteroso, porque la riqueza de cuna se hereda y la pobreza es un estigma marcado a fuego en las billeteras del proletariado. Pero al menos se hincha a follar. Después de todo, no se está tan mal a la sobra del árbol del ahorcado.

A las diez de la mañana o así, cuando estos dos energúmenos comienzan con el tercero, se me hinchan las pelotas así que me bajo a la cafetería para beber café y dejar de tener tan presente mi fracaso en el plano amatorio.

Sentado en la barra de formica miro afuera y el invierno ucraniano es como un grano en el culo, infectado. La parte vieja es un asco. Enfrente hay un edificio descuajaringado, eso sí, lleno de andamios. Aquí sólo tienen pasta para los andamios, así que, una vez los ponen y se aseguran de que la estructura aguanta, lo dejan abandonado. La vida puede ser maravillosa, si eres ingenuo. Yo no estoy a la vuelta de todo porque, en realidad, nunca me he marchado.

Miro los posos de mi café turco y me pregunto qué mierdas acabamos haciendo todos con nuestras vidas.

Por qué será el mundo un sitio tan cabrón.

Y no hallo respuesta, claro.

Sólo sé que es demasiado fácil perderse y que después, no hay dios que vuelva. De buenas intenciones están los manicomios llenos.

Luego, al salir, me llega un tufo a cebolla frita del hindú de al lado. Pronto empiezan a preparar su ponzoña estos tíos.

Al menos espero que el babuino de Ilia haya terminado. Mientras subo los escalones pienso que estaría genial escamotearle algún polvete a la buenorra de Stasia. De ilusión también se vive, ¿no?

Pues yo soy un hombre muy ilusionado. Soy pura esperanza, qué leches.

A cagar.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Y de ruso, el nihilismo asombroso que despliegas en ese cúmulo de desaliento tan bien transmitido.
    Escribe tus comentarios...Es como si la figura del narrador se fuera moldeando a fuerza de lo que que percibe, también un aviso de que siempre puede ser peor.
    Está cojonudo, que leches.
    Espectacular, lleno de reflexiones interesantes. El uso de lo chocante artístico y del humor negro encuentra grado de maestría en tus manos. Bien
    Me recuerda a algunas cosas que leía en los noventa en algunos fanzines "mu" underground. Lástima que haya dejado las drogas (algunas) porque sin ellas este tipo de historias no surten el mismo efecto, pero está bien toparse con un texto de estos de vez en cuando. Le rejuvenecen a uno el espíritu.
  • He vuelto para marcharme. Y os odio a todos.

    Tu, tu, tu, tu, tuuuu...

    Por qué no escribes nada últimamente. ¿Y quién cojones lo va a leer, a quién le interesa lo que tenga que decir?

    Ilia y Stasia follando como animales de bellota. Como si no hubiera un mañana. Y yo al lado, enterándome de todo. Nunca me lo he montado demasiado bien, pero creo que ahora he terminado de cagarla. Si alargara un poco el brazo y me lo propusiera, podría agarrarle el nabo a ese sinvergüenza.

    Chupo de un coco. El coco tiene la parte superior abierta y dentro le echan un mejunje rollo hawaiano. El líquido es azul y parece como una pequeña piscinita. Qué gracia, una piscinita. Un pelo del exterior del coco se sale y cae en la piscinita. Ahí va un pelo de coño tropical a joder la depuradora de mi mierda de cóctel.

    This is the new shit: http://bufondevoz.blogspot.com.es/

    Es a veces la existencia un exabrupto tan obsceno.

    Broum, broum! Un rugido que parece un eructo aguardentoso, y luego se cala. Bufidos. El contacto sonando como una carraca masajeando carne picada.

    –¡No dispares a Little Bill, no lo hagas! –grita una lavandera. –¡Está en el suelo, no puede defenderse! ¡Disparar a un hombre así es de cobardes! –dice un cuatrero. Y yo disparo. Un poco por ver qué pasa. Otro poco por aburrimiento. Algo tendré que hacer.

    Vivo gracias a la voluntad de mantenerme en las posiciones perdidas de la vida: soy un idealista en el desierto.

  • 52
  • 4.47
  • 426

Soy mi propio abuelo viendo a mi infancia jugar

Tienda

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta