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2 min
Imaginación e imágenes
Reales |
21.05.18
  • 4
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  • 1359
Sinopsis

En un tren, un autobús, en medio de un parque. Aquel que no admite lo que ha ocurrido acaba explotando a través de la peor de las iras. Aquí va este microrrelato.

     Empiezan a subir al vagón, entran a empujones un grupo de diez niñas. Entre ellas juegan e intentan canturrear canciones de moda. Una de ellas me mira, al fondo del vagón. Creo verla, invito a mi mente a recrear a Lucía en ella. Está ahora ahí, presente ante mí. Ella, con su mismo rostro menguado. Compartiendo miedos infantiles.

     Así quedo absorto, embebido por mi propia imaginación, colocando el rostro de aquella a quien anhelo en cuerpos ajenos. Avergonzado, me reincorporo en mi asiento. Agito la cabeza pero el ruido a mi alrededor no me deja concentrarme. La recuerdo, llegando a mi oficina, jugando con la grapadora y llamando la atención de mis compañeros. Su encanto nos distraía a todos. Un par de viajeros gritan –a todo pulmón- sobre acontecimientos irrelevantes. Pero desisto, empiezo a cerrar los ojos, mi respiración aumenta, crece. Hiperventilo. Ahora el que grita a todo pulmón soy yo, histérico.

     –Silencio, silencio, silencio. Callaos, intento leer tranquilo –grité mirando el suelo, sin dirigirme realmente a nadie-.

     Como era de esperar nadie respondió, nadie siguió hablando. Yo ni siquiera estaba leyendo. No estaba bien. Lucía. Lucía ya no estaba. Así, de la nada, algo tan frágil y a la vez tan sólido. Cuando me quise dar cuenta estaba llorando en medio del vagón, temblaba y susurraba palabras inconexas a la vez que la gente empezaba a separarse de mi alrededor. Quizás pensaran que estaba drogado. No les culpo, yo también me habría alejado. Y ahí permanecí solo. Lejos del resto de viajeros, aislado por mi propia tensión. Mi hija estaba muerta. Pero aún no podía admitirlo.

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