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6 min
Inadvertidos
Varios |
20.07.15
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Sinopsis

Un atraco a un banco perfecto.

 Estábamos en silencio en el coche, esperando el momento adecuado. ¿Cómo habíamos llegado a ese punto? Ya no me podía echar atrás, no la podía decepcionar. En menos de tres días habíamos organizado nuestro primer atraco a un banco. Y  allí, a punto de empezar todo, ya ni me acordaba cómo surgió la idea. En el retrovisor apareció el furgón con el dinero, cuando se bajaron los agentes mire al asiento de alado. Nuestros ojos se encontraron y a pesar de los pasamontañas, supe exactamente el gesto que dibujaba su rostro. Esperamos en silencio a que salieran los agentes de la sucursal. Las manos me sudaban tanto como la cara, empecé a pensar que me desmayaría deshidratado.

Todo empezó tres días antes, cuando esperando ser atendidos en una mesa de la antigua caja de ahorros, por casualidad, escuchamos como un cliente solicitaba al empleado, que tuvieran 8.000 € en efectivo para tres días más tarde. Ya... Ya sé que no es demasiado dinero, pero a nosotros no bastaba.

A los pocos minutos los agentes salieron de la sucursal y se montaron de nuevo en el furgón, cuando los vi irse por el retrovisor, el corazón me dio un vuelco. Nos miramos durante pocos segundos y sin decirnos nada, bajamos del coche, había llegado el momento.

Llevábamos pantalones negros, unos pasamontañas y dos anoraks de plumas de esos que abultan mucho, ajustados a la cintura. Yo tenía la esperanza de parecer, así más fuertes de lo que éramos. En pocos pasos alcanzamos la oficina, el corazón me retumbaba ensordecedor, mientras intentaba salirse de mi pecho y tuve que gritar más de lo necesario, para oír mi propia voz amenazando a los pocos clientes que había tan temprano en el banco.

Tal y como habíamos acordado, mi mujer fue directamente hasta la empleada de ventanilla, mientras yo vigilaba a los clientes y la puerta, los dos llevábamos una magnifica reproducción de la Beretta M92, de esas que lanzan bolitas, Marta las  había comprado el día anterior

- Son un regalo para mis nietos- le dijo al dependiente y luego le dedico su sonrisa más dulce. Nunca nadie sospecharía de ella, pues a pesar de tener el rostro ya cubierto de arrugas y la melena cana, a sus 80 años todavía conservaba ese brillo en los ojos y esa dulzura en la sonrisa que te enamoraban al instante.

-¡Ponga todo el dinero en la bolsa, y rápido, si quiere salir con vida!

Grite nuevamente, sujetando el arma con las dos manos, para que no se notara el temblor. Al oír mis palabras Marta saco del bolsillo una bolsa de El Corte Ingles y se la dio a la empleada, que gimoteaba nerviosa. Marta siempre guarda todas las bolsas de El Corte Ingles, dice que son  las más resistentes, no pude evitar sonreír al ver la bolsa y a pesar del pasamontañas ella lo notó, pues sus ojos me devolvieron la sonrisa.

Cuando la cajera le devolvió  la bolsa, a Marta se la resbalo. Oí un gemido de dolor y el golpe seco del dinero en el suelo, nuestros ojos se encontraron, pesaba demasiado para su artrosis. Mis nervios se aceleraron incontrolados, el sudor volvió a humedecer el pasamontañas, pero mi miedo por Marta me obligo a concentrarme. Me moví todo lo rápido que pude, recogí la bolsa y salimos  juntos hacia el coche. Habíamos madrugado para robarlo esa misma mañana, y ya empezaba a notar el cansancio y los nervios en mis envejecidas piernas. Alcanzamos el coche ya sin aliento y mientras yo conducía como un demonio hasta nuestro destino, Marta se despojaba de su disfraz.

Estuvimos en silencio todo el trayecto,  pues el ruido de nuestros corazones nos hubiera impedido escucharnos, latían nuevamente con la fuerza y la energía de los veinte años, pero ahora, acostumbrados el uno al otro, latían acompasados, con un solo ritmo, como un sólo corazón. 

Paré el coche en un solar no muy transitado. En el maletero llevábamos un carrito de comprar y en él escondimos anoraks, armas, dinero y todo aquello que nos delataba. En pocos segundos yo llevaba un bastón y Marta, convertida en una ancianita encantadora, empujaba con dificultad un carrito de la compra. Nos habíamos transformado de nuevo en los de siempre, Marta y Pedro los ancianos del tercero. Una pareja de silenciosos jubilados, que hace ya mucho tiempo fueron dos jóvenes trabajadores incansables, y ahora, que la artrosis carcomía nuestras vidas, éramos incapaces de costearnos el alivio necesario. Por nuestra apariencia era imposible saber que de nuestro amor  había surgido el coraje suficiente para proporcionarnos una vida digna.

 Ya estábamos a  cien metros del coche, cuando apareció un vehículo de la policía con la sirena desbocada. Pararon junto al coche robado, Marta y yo nos detuvimos a observarlos, las piernas no nos respondían, habíamos llegado muy lejos y si nos pillaban ahora sería el fin, la agarre con fuerza la mano y contuvimos la respiración.

Durante unos instantes los agentes miraron hacia un par de ancianos que curioseaban en la acera, pero realmente ni los vieron. Era una pareja más de jubilados, dos anciano cogidos del brazo para sujetarse mutuamente, de esos a los que  miras mil veces, pero no ves realmente nunca. Se metieron de nuevo en el coche y se marcharon a toda velocidad, en busca de un par de peligrosos atracadores.

Cuando el coche de la policía giro la esquina, volví a respirar, sentí como mi sangre circulaba de nuevo por las venas. A nuestra edad ya no contamos para nada, pensé aliviado.

 Mire a los ojos pardos de mi mujer y la pregunte

-¿Estas bien? ¿Te duelen mucho las manos?

- No mucho, siento que se cayera la bolsa- me contestó cariñosa

-No pasa nada mi amor, vámonos a casa- la sonreí con dulzura antes de añadir

-La próxima vez aparcaremos más cerca- y nos alejamos lentamente cogidos del brazo. 

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