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3 min
Inalcanzable
Reflexiones |
20.10.14
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Sinopsis

¿Durante cuánto tiempo ninguno de los dos comprendimos nada? Sólo éramos dos niños, dos niños que jugaban y disfrutaban con lo que más adelante jamás tendrían. Dos ancianos que revivían aquellos recuerdos que latían en su propio e inalcanzable pasado, dos almas que creen alcanzar una eternidad que sin embargo queda demasiado lejana.

Pero entonces, cuando nuestras miradas se cruzaban, sentíamos que toda aquella desolación de nuestro jóven y marchito espíritu afloraba, como un guerrero imbatible e infatigable, que mece sin miramiento la helada hoja de la muerte, perforando el metal y hendiendo el alma. Y entonces, yo y él, yo y ella, todos nosotros sentíamos las dentelladas de nuestras propias tinieblas, y allá, en nuestras solitarias y angustiosas islas, entre las gélidas paredes de lo que creímos nuestro único hogar, allá sollozabamos y suplicabamos. Tal vez a un dios hasta la fecha ausente, o acaso a nuestra propia e inmisericorde conciencia.

Sueños, quimeras, anhelos y esperanzas cultivadas por otros, y por nosotros, necesitábamos una compensación, era lo justo, pero sabíamos que no la habría, y entonces sucumbíamos hacia el abismo. Ahora, en esa glacial oscuridad que devora nuestra carne y lo poco que ya queda de aquellos que fuimos, ahora entendemos que todo aquello que una vez nos dijeron, todo lo que una vez amamos, todo lo que una vez sentimos, todo se ha hundido en lo más hondo de una inmensidad incolmable y enigmática, que atestigua indolente nuestra eterna derrota, y parece susurrarnos nuestra intrascendencia. Ese infierno se expansiona, y como si fuese una monstruosa pesadilla a la luz del día, me devora.

Y es entonces, cuando esa noche helada tritura y mutila nuestro carnal espíritu, cuando ambos buscamos los labios de aquel otro que sentimos amar o que decimos amar, para así mitigar y olvidar ese llanto sin consuelo y sin esperanza ya de encontrarlo. Todo esto sigue dentro de mí, y de ella, mientras nos besamos, mientras sentimos la piel y la carne del otro, mientras bebemos de nuestro exiguo y finito fuego.

Y cuando terminamos, ambos quedamos fatigados y entristecidos, toda esa campaña delirante y sangrante no había podido acabar con los insalvables abismos que nos separaban. Estábamos solos, a cientos de oscuridades los unos de los otros, tinieblas, noches perpetuas y sin estrellas, horrores innombrables y océanos de sangre, bestias humanas y bestias del mundo despojadas de todo, y perdidas en un mundo que jamás sería nuestro ni suyo. Entonces ambos nos levantábamos y nos marchábamos sin decir ya palabra, pues si con nuestros besos, si con nuestra pasión y nuestras confesiones no habíamos podido salvarnos, las palabras no podrían. Estas no eran ya más que patéticos espectros nacidos del horror que padecíamos, una fantasmagoría que nos recordaba con su halo de desdén e indiferencia la amarga certeza que latía en la frágil y majestuosa condición humana.

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    Rápida reflexión sobre temas sentidos y reflexionados en tiempos imprecisos y disconexos.

    La noria gira y gira, las ráfagas de este viento invernal nos calan hasta los huesos y ya nos queda muy poco tiempo. El adiós es inevitable, pero ella no lo sabe y yo dudo de si decírselo. Ella me lo pregunta, dudo, y resuelvo a contárselo sin pormenores, en el último instante... la miento.

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