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4 min
Incendio y Lluvia
Varios |
11.03.15
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Sinopsis

Cuando llovía me sentía motivado para seguir adelante y me escondía en los lindes del bosque con aquel perrillo que me había seguido. 
La cara quemada de los árboles me aterrorizó tras los meses y tuve que despegarme de aquel lugar. Los gusanos empezaban a pedir aquella tierra.
Más allá las zarzas blancas habían empezado a cubrir el camino. ¿Cuánto tiempo hace que nadie viene por aquí? ¿Fui el último tras el incendio?
Camino abajo por lo que quedaba de bosque la cabaña seguía intacta tal y como la dejó el vagabundo: a medias, con las tres bigas y el techo de botellas de cristal y barro a medio hacer cubriendo una de las esquinas. 
El labrador me miró entonces. no pude contener la vergüenza y el desanimo. 
Nos quedamos allí durante cerca de quince minutos, no por mí, sino por él. no me atreví a entrar, y el perro no hacía más que buscar algún rastro de su amo. Salía y entraba de la cabaña, daba vueltas a su alrededor, gimoteaba y escarbaba a un lado y a otro. una de las paredes de la casa había caído con el incendio y todo estaba lleno de hollín, hollín que corría en riachuelos por la lluvia. 
Se me heló el corazón al pensar que en todos esos meses, esta era la primera lluvia y por fin las marcas empezaban a desvanecerse. 
Un escalofrío me endureció la espalda, no podía seguir en ese sitio. Notaba una mirada proveniente de todas partes clavándose en mi mirada, desgarrándome por detrás, por delante y desde dentro. Era la lluvia, pero también mi sudor frío el que me turbaba. De golpe la lluvia empezó a pesarme sobre su tacto constante contra la mochila y contra la ropa. Se me aceleraba el pulso y no podía seguir allí. ¿Por qué tuvo que intentar aquella gilipollez el puto vagabundo? El mismo se buscó lo que le hizo Guillermo. de no ser por el mismo, ahora seguiría vivo.
Me esfumé de allí. pensaba que podría soportarlo, pero era mentira. 
Notaba las manos de ese tipo encorvado y agitado clavándose en mi garganta, pidiendo a los dioses justicia. 
Salí de allí sin correr, pero caminando tan rápido como pude. Dejé al labrador, gimoteando y aullando. Bajo un desnivel se oían todavía las gallinas. Las jaulas en el huerto del vagabundo las había abierto antes de que Guillermo prendiera fuego a la casa de aquel tipo como venganza. Yo le pedí que no lo hiciera, pero no me hizo caso, y lo único que se me ocurrió fue rajar las mallas de las jaulas de los animales para que huyeran. El imbécil del vagabundo quizás se mereciera algo de todo aquello por lo de Laura, pero los animales no tenían ninguna culpa. 
Lo único que sabía es que al día siguiente Laura dejó de respirar en el hospital y que sentía que nada había valido la pena. Yo no aguanté más ninguno de aquellos sitios y decidí alejarme durante meses, pero la culpa me perseguía como aquel maldito perro con su sonrisa de piedra. 
Cada vez me sentía más abochornado, destruido y paranoico. Notaba las manos gélidas de la sucia muerte persiguiéndome incesante por aquellos caminos por los que la última vez salimos corriendo. Si me quedaba quieto, el fuego me consumiría a mi por dentro.
Tras pasar unos zarzales nuevos el bosque pasaba del negro tosco a un verde espeso, y tras bajar por uno de los antiguos muros para delimitar el territorio de los campesinos, empezaba el cortafuegos. La lluvia paró entonces, y me sentí aliviado al ver un coche del guardabosques moviéndose por allí. Vida tangible. Algo de lo que podía estar seguro. No era algo que me apuñalara desde dentro. 
Un tipo salió del vehículo y sin despegarse de la puerta me preguntó si necesitaba ayuda, que si necesitaba salir del bosque. Subí sin pensármelo dos veces, y a poco de avanzar el coche, una sombra blanca salió de entre el sotobosque. El guarda frenó en seco. El labrador, con una manga llena de tierra y sangre colgando de la boca nos miraba justo delante nuestro. en aquel momento supe que estaba perdido. 

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