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5 min
Incompleta
Varios |
24.04.14
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Sinopsis

            Aquella mañana invernal, Helena llegó a la librería muy temprano, ¡una hora antes que abriera! El termómetro marcaba poco menos de seis grados; la niebla que se extendía por las largas avenidas de la ciudad era tan densa que apenas podía distinguirse algo entre ella, pero eso a Helena no le importaba. Se trataba de su primer día de trabajo y estaba tan emocionada como un niño en la mañana de navidad, rodeado de tantos regalos que no podía elegir cuál abrir primero.

 

            Aspiró profundamente el aire que circulaba en el interior del edificio. Cuando uno va caminando por ahí y de repente detecta el dulce olor de una flor, casi instintivamente intenta hallarla con la vista para su mayor deleite. Así era para Helena el olor del papel impreso de los libros, una embriagante fragancia que le incitaba a tomar un libro y comenzar a leerlo en ese mismo instante. Pero como cada flor tiene un diferente aroma, corría de estante en estante, tomaba un libro al azar, leía unas líneas también al azar y repetía el proceso. Pensó en sí misma como un colibrí que revoloteaba alegremente sobre un inmenso campo de claveles.

Se gozaba con cada línea, cada palabra, cada puntuación. Era capaz de percibir en un fragmento tan corto la maestría con la que había sido escrita la obra entera. Era su trabajo ideal. Prácticamente había nacido para ello.

 

            Luego de darse gusto por toda una hora —esa era la razón por la que había llegado tan temprano—  cambió el letrero de cerrado a abierto, se sirvió una taza de chocolate caliente, tomó un ejemplar de “La jirafa del cuello encogido”, se sentó en la silla tras la mesa de recepción y así inició su primer día de labores.

 

            Transcurrió gran parte de la mañana. La jirafa comenzaba a ver las cosas desde una perspectiva diferente, y aún para ese entonces ningún cliente había aparecido. Helena estaba al tanto de ello, pero le prestaba más atención a la historia de la jirafa que al negocio, así que no le perturbaba demasiado.

 

            Poco antes del mediodía apareció el primer cliente. Aparentaba la misma edad de Helena y tenía todas las pintas de ser un estudiante universitario. Cuando preguntó por el libro que buscaba quedó más que comprobado.

 

- ¿Tienes el libro de cálculo diferencial de McHill?

- No, amigo, lo siento —respondió Helena sin quitar sus ojos de las últimas líneas del emotivo final de la jirafa— Esto es una librería.

- ¿Por ser una librería no deben haber libros de cálculo? —exclamó el chico desconcertado.

- McHill no es un autor de libros. Él solo escribe manuales —explicó Helena sin dejar de leer.

- ¿Manuales? —se preguntó el chico a sí mismo.

- Sí, manuales —insistió ella. Finalmente sacó el separador de entre las páginas, cerró el libro y le mostró la cubierta a su primer cliente. ¡No quería perder la oportunidad de educar a un ignorante!— ¿Ves esto?

- La jirafa… —el chico no alcanzó a leer el título completo, Helena lo retiró de su vista demasiado pronto.

- ¿Ves esto? —preguntó ella retóricamente mientras señalaba los estantes detrás de sí, todos llenos de libros.

- Eh… —el chico pensó en algo inteligente que responder, pero Helena no le dejó.

- Cada una de esas cosas que están ahí apiladas, ¿sabes lo que son? —el chico pensó en responder “libros”, pero temió estar equivocado y guardó silencio— ¡Exacto! Eso es lo que son. Cada uno es un mundo del que podemos formar parte. Hay mundos en los que puedes unirte a la tripulación de piratas mas ruines que puedas imaginar y buscar el ansiado tesoro en aquella isla perdida; hay mundos en los que puedes ser un infame asesino que intenta ocultar su crimen mientras que la policía le interroga en la mismísima escena del crimen. —En ese momento Helena giró su cuerpo y extendió los brazos ante los estantes, como si fuese lo más maravilloso que pudiera existir. Para ella lo era— Hay mundos en los que puedes ser un detective de lo más genial, encargado de resolver un misterioso crimen dentro de un tren; hay mundos en los que puedes personificar a una prestigiosa abogada que lucha contra el cáncer, mientras que su esposo no soporta el terror que le causa la idea de perderla; ¡mundos en los que puedes crear universos a tu antojo sin siquiera darte cuenta! Un “libro de cálculo”, como tú le llamas, solamente te dirá “esto se resuelve así”, “haz esto de esta manera”… ¡Solo es un instructivo! ¡Una serie de pasos a seguir! ¡Un manual! Un libro de verdad es una ventana por la que podemos echar un vistazo a miles de mundos inimaginables. ¡Es más! Un libro puede ser una puerta por la cual podemos entrar a esa infinidad de mundos, e inmiscuirnos en lo más profundo de la historia hasta llegar a vivirla. ¿Es que tu pequeña y finita mente no alcanza a comprender esa sublime gran verdad?

 

            Helena finalizó su discurso con un gran brillo en los ojos, pero en cuanto notó que su cliente se había marchado ya, ese brillo se opacó lentamente hasta desvanecerse. Suspiró tristemente con decepción y miró su reloj. Era hora de almuerzo, así que se marchó, no sin antes tomar un mundo para leer: “El Perfume” fue la elección.

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Me gusta mucho leer. ¿Por qué estaría aquí si no? jajaja Lastimosamente ya no tengo mucho tiempo para ello, ni para escribir tampoco. Pero bueno, hay que hacer un esfuerzo.

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