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2 min
Indirectas
Reales |
20.11.14
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Sinopsis

Indirectas que no son advertidas

Indirectas

A la princesa le pasan desapercibidas las indirectas, procuro vocalizar y realzo las palabras que me parecen relevantes para que advierta entre ellas un doble fondo bajo el que se esconde un mensaje que tiene que ser descifrado, pero no se da cuenta. Me consuela pensar que  es por ingenuidad por lo que no son tomadas en consideración, quedando perdidas como un soplo de aire en el viento.

Se me podría reprochar que no hable con más claridad, pero es que lo que ha de saberse ya se sabe con toda seguridad. Quizás sea en mí una virtud leer entre líneas, o intentar anticiparme a lo que la princesa desea antes que lo desee, y si parece demasiado pretencioso, cuando menos enseguida que lo insinúe. Y espero ingenuamente una cierta reciprocidad.

Pero basta de lamentaciones, para una princesa es una prerrogativa hacerse la distraída y sólo entender aquello que le interesa, mientras que para un plebeyo, para alguien llano del pueblo, humilde y sencillo, es un deber entender una mirada aún vista de soslayo cuando proviene de su alteza.

Dejo veladamente el mensaje de un deseo, observo y espero a una reacción retardada que no llega, en ocasiones insisto de forma sutilmente entendible, pero sin ser demasiado explícito, porque podría caer en la repetición, o lo que es peor, en la porfía a ojos de una princesa con demasiada altanería y un cierto grado de impropia rebeldía, con lo que el deseo quedaría  perdido para siempre y cualquier nueva tentativa sería tomada como tozudez.

A veces me revelo, y caigo en esa tozudez, y me doy de morros contra las murallas de un torreón, hasta que quedo convencido que no hay nada que hacer y olvido.

 

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