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6 min
INFIELES
Amor |
17.03.15
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Sinopsis

En ocasiones la vida en pareja, el tiempo transcurrido, los hijos, el trabajo, el hastío, el cansancio, y un sin fin de excusas que sin duda pueden escucharse tras las puertas de la mayor parte de las casas de este mundo, provocan un cambio en el comportamiento de las parejas. A veces los resultados, resultan dramáticos.

Estaba sentado encima de la cama de ese hotel circunstancial. Las manos en la cara tapando los ojos cerrados, apretados, buscando las respuestas que pasaban incesantes e inclementes por su cabeza.

Los codos en las rodillas, el pantalón del traje color tostado por las rodillas. La habitación completamente en silencio, la cama apenas desecha. El abrigo encima de la silla testigo inmutable de la escena.

Cientos de risas pasaban por su cabeza, escenas del tiempo transcurrido, del tiempo vivido, de las posibles ocurrencias que le quedaban por vivir.

La camisa blanca en el suelo. La corbata encima del televisor pequeño que reposaba sobre la cómoda. Le recordaba el pequeño apartamento que alquiló con su mujer mucho antes de casarse en un pequeño pueblo de la costa amalfitana, cuando decidieron recorrerla unas vacaciones. Una lágrima resbaló por su cara en ese momento.

Había aparecido de nuevo en su vida después de tanto tiempo. Un mensaje privado en su Facebook. Una invitación de amistad. Los recuerdos aflorando a su mente. La piel estremecida como en tiempos. El sabor de lo oculto, lo morboso del mal llamando a la puerta. Lo prohibido.

El espejo devolviendo mil mensajes de juventud permanente, de tiempo que se evapora sin remedio y necesidad de dar rienda suelta al ardor de la sangre.

El pelo alborotado, el pecho ardiendo. Componía su indecencia desde el reloj y sus anillos poco a poco.

Atrás el momento de dejar los coches en el parking de la entrada. De recibirse con dos besos a la luz de la mañana, frente al mundo que les observaba ajeno a todo y a todos. Pasando delante de la cara de todos y cada uno de los hombres y mujeres que podían dar fe en cualquier momento de su situación pecaminosa y reprochable.

Dos cafés humeantes en la mesa de la cafetería decorada con gusto, sillones Luis XV en un rincón resguardado de miradas.

Un beso furtivo tras su pelo moreno, acompañado del recuerdo de una gracia. Segundos después su cuerpo se dejaba hacer debajo de la pericia del torso desnudo de ella. De sus pechos morenos y grandes. De sus manos ávidas, de su deseo contenido. Del dolor de una vida joven encerrada en la vida de su madre. Del dolor de no sentirse amada por su marido. De sentir que la vida rodeada de hijos y pesar le marchitaban poco a poco la juventud de una piel brillante y con deseos de amar y ser amada.

La mano izquierda de ella se coló ágil por el cinturón que le separaba cual muro de sus intereses más primarios, más lascivos. Jugó con su premio. Se movió cada vez más intensa, más rápido, más ávida de su premio con las manos de él sobre su culo vestido de vaquero intrépido.  Y encontró su premio y el de él en breve.

El vaho en el frío ambiente de la habitación no impidió que se tumbara unos breves segundos a su lado piel con piel y jugase con el vello de su pecho antes de salir corriendo dejándole atrás sentado en el pie de la cama con cara de pánico detrás de su conversación culpable.

Terminó de poner los gemelos en su camisa y de atarse el nudo de la corbata. Cogió la chaqueta bien doblada encima de la silla y vio en el suelo el sujetador negro de ella.

Lo recogió del suelo y lo llevó a su nariz. Aspiró profundamente y reconoció su perfume dulce. Una erección volvió a estremecerle recordando las caricias recibidas momentos antes. Como un acto reflejo lo retiró rápidamente reprochando el impulso venido a sí sin su permiso, atrevido y vulnerando todos los cortafuegos establecidos para evitarlo.

 

Lo guardo en su bolsillo interior. Pagó la habitación sin levantar la vista del mostrador. Y se metió de nuevo en el coche. Un nudo en la garganta. El pecho ardiendo. Miles de recuerdos agolpándose en su mente con las manos en el volante de cuero negro. El patio del colegio. Las risas de los fines de semana. Los viajes con el grupo. Su esposa vestida de blanco. Sus hijos corriendo por el jardín…

Ella conducía agitada, con el pelo suelto, liberada de limites establecidos, con una medio sonrisa en la boca, excediendo los límites de la carretera, los límites del mundo, los límites de los convencionalismos sociales, de su familia, de sus amigas superficiales, de los cafés sin sentidos, de los libros de fantasías sexuales que apuntan pero nunca cumplen.

Miró los números que señalaban la hora en el display del reloj. Su pié derecho ejerció más presión sobre el pedal. Una punzada en el pecho la sacó de su ensoñación,  sino estaba en casa su marido haría algunas preguntas. No estaba orgullosa de lo que acababa de hacer, pero necesitaba sentirse joven de nuevo, y deseada por unas manos conocidas, por unas manos que recorrieron su piel tiempo atrás cuando era apenas una adolescente con sueños. Unos sueños apegados al amor, unos sueños apegados a mil fantasías que compartieron. Unos viajes que se apagaron en el pesar de las obligaciones y que les alejaron para que sus vidas se bifurcaran y se olvidaran.

 

Ambos llegaron a casa. Ella pasó feliz después de comprobar que todo estaba en su sitio .Compuso su camiseta y su pelo. Su cara era radiante. Sus ojos brillaban. Y al rozar sus pechos componiendo su figura, los momentos vividos al roce de la piel hacían que se estremeciera con un breve y momentáneo placer que hacia que su labio inferior se escondiera entre los dientes evocando.

Él se mantuvo en el coche buscando una historia plausible. Los hombros con el peso de la culpabilidad delataban el gesto. Su cara era el reflejo de la mentira. Nunca supo mentir, y su esposa lo sabría sólo con mirarle a los ojos, sólo con besarla. Decidió decírselo nada más entrar y acabar con esa mentira asumiendo las consecuencias.

 

  • Cariño, te dejaste el sujetador en el hotel. ¿De verdad no hay otra forma de que recuperemos la pasión? No me encuentro bien haciendo esto.

 

Ella rió. Acarició su cara y cogiendo su sujetador negro de encaje le beso los labios tiernamente y dijo.

 

  • Te quiero.

 

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  • Gracias Mendiel por tu comentario y por tu valoración. Estoy contigo, no creo que el exceso justifique en ciertos momentos el término. Saludos.
    Muy bien narrado y entretenido, engancha y no es necesario sacar los pies del plato para fomentar la pasión....a veces. Saludos.
    Gracias Gustavo por tu comentario. ¿Dónde mejor que con quien tanto nos conoce y hemos compartido, verdad? jeje, Al final nos han sufrido y hemos sufrido, hemos reído, y superado en según qué momentos muchas cosas juntos, a lo largo del tiempo que estamos juntos. Es genial volver a estar enroscado como adolescentes con nuestra pareja ¿no?
    Gracias por tu comentario La Rosa Blanca. La verdad es que como decía en la sinopsis, a veces, es complicado poder llevar las relaciones al lugar que queremos, y reavivar la pasión vivida en el comienzo de las relaciones nos exige un extra. Según mi parecer, creo que es digno de mención los esfuerzos que como la pareja del texto, se hacen por no extinguir la llama de la pasión, no venirse abajo y continuar luchando por la pareja, por el ser amado, aunque se tengan adversidades y momentos de hastío.
    Hace tiempo vi un vídeo parecido, un matrimonio con hijos, primera hora de la mañana, todos corrían apresurados para marchar cada uno a su destino, colegio, trabajos... Se veía todo tan normal hasta que se le ve salir a él del coche y lo próximo es una habitación de hotel, el ambiente de ensueño, luz tenue.... Ella aún conduce y piensas, parecían el matrimonio perfecto, pobre, como la engaña... Hasta que ella aparca y en la calle tintinean sus altos y finos tacones, la siguiente escena es ella en el ascensor, sale, un largo pasillo enmoquetado y toca a una puerta, abre un hombre con máscara que la sujeta con la mano bajo su nuca dejando al aire el largo cabello y la besa, se besan con pasión, como si hubieran deseado esa cita toda su vida, el resto no lo cuento porque "es largo" jajaja, pero eran ellos, no había mentiras ni segundas personas, solo ellos y me encantó... Me lo has hecho recordar aunque nunca lo olvidé y lo recomiendo, gracias ;) ...
  • En ocasiones la vida en pareja, el tiempo transcurrido, los hijos, el trabajo, el hastío, el cansancio, y un sin fin de excusas que sin duda pueden escucharse tras las puertas de la mayor parte de las casas de este mundo, provocan un cambio en el comportamiento de las parejas. A veces los resultados, resultan dramáticos.

    En ocasiones nuestro alrededor nos confunde. Nos concede unos valores, y unos criterios que nos acercan a un abismo del que no podemos salir desafortunadamente. Un relato narrado en primera persona sobre la situación de una mujer joven en un entorno laboral de hombres. Una mujer que quiere crecer y confunde la forma de hacerlo, y para cuando se da cuenta, es tarde.

    La adolescencia, esa gran incomprendida, plena de incomprendidos que incomprenden. Esa edad en la que experimentar y crecer forman parte casi de una misma idea. Esa etapa en la que piensas que lo sabes todo, y apenas has comenzado a andar. Atrevida, e inconstante, fugaz y sin embargo eterna, forjadora de futuros. El lugar para conocerse y experimentar la sexualidad incipiente.

    En muchas ocasiones, las historias forman parte de nuestra propia vida. Otra veces, es nuestra vida la que se conforma de historias. Y para algunos, puede darse la situación de que ambas se mezclen al punto de no distinguir bien ambas.

    La soledad de la noche, la soledad del alma, la angustia de las noticias que no se quieren recibir, y de las decisiones que no se quieren tomar. La noche se acaba y se cierne sobre los hombros las primeras luces de la mañana. La decisión debe estar tomada, y sigue presente ese silencio, compañero de viaje.

    Los sueños a veces son incluso más reales que la propia realidad.

    En nuestra adolescencia hemos vivido situaciones de diversa índole. Todos podemos recordar aquella chica o chico que nos gustaba y que no nos atrevimos prácticamente ni a mirar, pero que deseábamos fervientemente que se cruzara con nosotros para poder sentir esas mariposas. Esta es un historia de adolescentes, como la tuya, como la mía, como la de cualquiera.

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Escribo casi desde que tengo uso de razón. Escribo para expresarme. Me expreso mejor y con menos dobleces cuando escribo que cuando hablo. Es una necesidad y una liberación.

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