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4 min
Inflables
Terror |
04.10.15
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Sinopsis

Las decoraciones en el día de brujas son lo más inolvidable de la noche. Especialmente, aquellas del señor Joe.

La casa al final de la calle Mapple pertenecía al señor Joe. Era un hombre entrado en años, canoso, pero de temperamento venerable. Cuando yo todavía iba a la escuela primaria, recuerdo perfectamente que en las noches de Halloween nos regalaba gran cantidad de dulces. Su porche siempre estaba abierto para los niños, con una taza de chocolate caliente y deliciosas galletas horneadas para deleitarnos en el frío típico de la estación. Era maravilloso jugar en la bicicleta, tras un agotado día en el colegio, y observar a lo lejos las múltiples decoraciones que poco a poco el señor Joe iba colocando en los alrededores de su usual elegante hogar.

El auxilio con los disfraces, la creatividad a la hora de realizar cualquier actividad que implicara voluntarios, incluso los detalles que tenía con las personas, hacían a Joe el principal exponente de la fiesta en nuestro pueblo.

Sin embargo, lo más impresionante eran las decoraciones que colocaba todo el día de Halloween hasta la media noche. Eso era lo que le daba su aura de magia, de leyenda. Esos inflables tan reales, que parecían impresiones de personas vivas, aunque iluminadas por una serie de colores provenientes de su interior. Se movían al son de aire que bombeaban las turbinas de sus posaderos, bailando de forma alegre, en sus rostros realistas una sonrisa perpetua. Nadie sabía exactamente de que estaban hechos, pero aquellos que los veían de cerca aceptaban que era una obra de arte singular.

Si, sin lugar a dudas, era el abuelo sustituto de muchos. Quienes, como yo, no teníamos una relación remotamente cercana con nuestros parientes de sangre, éramos sus preferidos, a quienes dedicaba más conversaciones y paseos por su casa, donde nos mostraba el taller donde todavía practicaba la taxidermia que tanto dinero le había dado a él y a su fallecida esposa, la señora Mia. Los animales, los instrumentos y demás habían pasado múltiples veces bajo nuestras manos y miradas, así como los grandes refrigeradores que ocupaban la mitad del sótano.

Escuchar “¡Viene el Rey Calabaza! ¡Ya viene el Rey Calabaza!” en voz temblorosa mientras montaba una de las lámparas de calabaza en el cerco exterior, era sin dudas el aviso para sacar los abrigos, recolectar leña y empezar a preparar las diversiones para la Noche de las Brujas. El señor Joe era apreciado por todos los niños pequeños, los padres y muchas ancianas casamenteras que estaban enamoradas de su calidez, sus ojos azules y su enigmático amor por el 31 de Octubre.

Sin embargo, como toda historia de bondad, había aquellos que no encontraban agradable al señor Joe. Eran pocos, sin duda. Hombres trajeados, que nunca participaban en las actividades del pueblo, adolescentes problemáticos que solo veían en el señor Joe a un lunático, quizás un peligro. Eran ellos quienes a veces veíamos discutir con el anciano por tonterías, y en quienes sospechábamos caían la autoría de las múltiples bromas que ocurrían a lo largo del año.

Nos parecían odiosos, terribles. Los niños advertíamos a nuestro querido amigo sobre sus nombres, donde vivían, y sugerencias de que acciones tomar. Nos apasionaba protegerle de los males, de hacerlo feliz siempre. Lo amábamos.- Ya verán, después de Halloween, no molestarán más.-Nos decía, al tiempo que nos ofrecía una deliciosa tarta. Joe en verdad era bueno, nos enseñaba a nunca guardar rencor.

Efectivamente, no conocíamos la magia que utilizaba, pero tras las fiestas, las personas que más le habían irritado, molestado, incluso ofendido a uno de sus favoritos, no volvía a ser vista y se le consideraba desaparecida. Pese a que nosotros nos alegrábamos, el señor Joe siempre asistía a las reuniones con las familias, dándoles apoyos y diciendo que perdonaba el mal que le habían hecho.

Llegaba a perdonarles hasta tal punto que, años después, se podía ver el inflable de uno de ellos, danzando en la noche de Halloween.

 

 

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