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10 min
Inopia
Varios |
13.12.14
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Sinopsis

La historia empieza en un glaciar, donde hay una sociedad que pica hielo. Todos viven felices, sin saber que el jefe escode un secreto oscuro... Un hombre, lleno de curiosidad, decide ir a ver que hay más allá de lo que el jefe les ha proporcionado.

Tras sus nueve horas de descanso diarias, se dispuso a continuar picando hielo en el glaciar. Hacia un día espléndido, y todo el mundo estaba contento. Entró a las nueve y procedió a escuchar un discurso de su jefe, lleno de palabras hermosas que, combinadas, creaban frases tales como “Viva nuestra tierra” o “Estoy feliz del gran trabajo que estamos haciendo”. Él pensaba que estas palabras de su jefe, el único que había ido más allá de la tierra helada, estaban fantásticamente combinadas, y resultaban agradables al oído. Esto le hacía pensar que a lo mejor su jefe había conseguido todo este vocabulario, lleno de palabras triviales que no servían para nada, como cafetera, coche o jet, elementos que no conocía, en su viaje a las afueras de la tierra helada. Eran vocablos que se le escapaban de vez en cuando. Cuando su jefe decía uno de estos vocablos, se disculpaba y rogaba que lo olvidaran. Todos creían que era debido a que le gustaba hacer ver que era igual que todos los demás, sin poder ni cultura. A veces él pensaba que algún día tendría que intentar ir más allá de la tierra helada, como su jefe, buscar nuevos horizontes, tal vez durante las vacaciones, en la época del deshielo, cuando todos emigraban en busca de lugares más fríos para evitar fundirse y volverse parte del deprimente paisaje de deshielo, todo lleno de absurdas flores, alegres sin motivo, y malvados rayos de sol. Por suerte todo el mundo conseguía huir hacia el otro lado de la tierra sin sufrir daños. Una vez a salvo, creaban una efigie del sol y le tiraban bolas de nieve, confiando en que un día se iría y los dejaría en paz, y creaban ídolos de la luna, a la que adoraban. Durante aquellos felices días, se dedicaban a lo que era conocido como “La caza de la foca”. Cazaban focas y se las ofrecían en sacrificio a la Luna durante la noche. Después se iban a dormir, y, a la mañana siguiente se encontraban que la luna, sigilosamente, se había comido las focas sin que nadie se diera cuenta. Después el jefe y sus cinco ministros se disponían a dar un discurso, en el que vitoreaban a la luna. Y después todo eran vítores, alabanzas, rezos, agradecimientos y pequeñas ofrendas a la luna, por haberlos salvado de la hecatombe provocada por los Invasores, seres desconocidos, malvados, a los que por suerte lograron expulsar aprovechando la oscuridad que provocaba la luna al asustar al sol. Y durante esos vítores, los cinco ministros y el jefe aprovechaban para irse a sus cabañas y hablar sobre temas políticos, y predecir cuando iba a terminar la época del deshielo. Y mientras, todo eran risas y cantos de júbilo entre los suyos. Él estaba contento, aunque deseaba, aunque sólo fuera un pequeño instante, asomarse a la parte de su pequeño mundo que estaba afectada por la época del deshielo. Decidió que este año lo haría. Cada día que picaba en el glaciar pensaba en cómo debía de ser el paisaje de la época del deshielo. Al final llegó el gran día y todos procedieron a empaquetar sus cosas y irse al otro lado de la tierra helada. Cuando llegaron allí, procedió a comentarles a sus amigos su decisión de ir a ver el glaciar durante la época de deshielo. Sus amigos lo intentaron persuadir de muchas maneras, temiendo su muerte. Pero él les contó que necesitaba saberlo, incluso si tenía que poner su vida en juego. Partió, no estando seguro del todo de si iba a volver algún día. Pasó noches terribles, llenas de viento y el color blanco por todas partes, echando en falta las hogueras en las que cocinaban las focas antes de sacrificarlas. En aquel momento, deseó ser una de estas focas, dorándose a la luz de la luna, en la que tenía fe. Al final después de largos días de travesía, con escasas reservas de comida, llegó a un paisaje que no había visto nunca. Era un paisaje lleno de abetos. Estaba encima de una planicie de color verde, que le hacía cosquillas en los pies. Estaba muy contento y bailaba y cantaba. Entonces miró hacia arriba y vio, atemorizado, a el enemigo de sus amigos, su jefe y toda la gente que conocía: el sol. Entonces se dio cuenta de que sus rayos no eran malvados, sencillamente producían un calor que hacía que se sintiera bien. Entonces se avergonzó; estaba traicionando a los valores que le enseñaron en la escuela, a los de sus amigos, incluso a su jefe. Pero pensó, ¿y que importa? Ya no tenia que volver con ellos, tenía al sol, que en realidad era su amigo, no su mayor miedo. Decidió vivir allí, la planicie verde resultó ser comestible, y tenía que recuperar el tiempo perdido que había pasado sin el sol. Durante el día, se revolcaba en la hierba, jugaba con ella y alababa al sol. Por la noche, se burlaba de la Luna, de sus ideales y de todo en lo que había creído hasta entonces. Un día, jugando, se alejó más de lo previsto, y vio algo que no había visto jamás. Un campamento, y lo más importante, gente como él, tal vez con la piel un poco más rosada, con ropas bastante extrañas comiendo y recolectando redondas rojas por fuera y blancas por dentro. Muerto de miedo, se escondió detrás de un árbol, temiendo que le encontraran. En el último instante decidió huir desesperadamente, pero lo vieron y lo empezaron a perseguir. Corrió con todas sus fuerzas pero lo cazaron como a una de las focas que antes doraban y lo metieron dentro de un saco. Dentro del saco, mientras lo arrastraban por dónde antes se revolcaba felizmente, oyó palabras que nunca había oído como “comunistas”, “capitalismo”, “Canadá” y “Alaska”. Entonces recordó un cartel que vieron un día durante “La caza de la foca”. Era un cartel podrido, en el que se podía leer, de forma casi imperceptible, Alaska. Su jefe, cuando le preguntaron que significaba, soltó una risa nerviosa y contestó que no tenía ni idea. Al fin lo desataron y pudo volver a sentir el calor del sol, todo lo que tenia en aquel momento y absorbió cada rayo que le enviaba. Lo subieron a una especie de engendro metálico, que poco después descubrió que era un coche y lo llevaron hasta una especie de casa, aunque en vez de ser de madera era de piedra. Lo dejaron allí en una pequeña habitación. Allí, recluido, encontró un bloque de hielo, que empezó a picar instintivamente. Cuando lo fueron a buscar, sólo quedaba polvo, polvo y una alma apagada, que había vuelto a su antiguo y triste ser. Dos hombres rosados vestidos con ropas extrañas lo llevaron hasta una gran sala. Allí le presentaron a un hombre también rosado que parecía y los hombres rosados le contaron a aquel hombre que él era “el comunista extraviado”, “que no sabían cuando ni cómo había escapado de aquella terrible prisión invisible”. El hombre les dijo que debían volver a sus habitaciones, que pospondrían la investigación de aquel pobre hombre tras la guerra contra aquel “bastardo hipócrita” y sus “perros fieles e infelices”. Lo llevaron de vuelta a su habitación, donde permaneció durante permaneció durante días. Le ofrecían foca para comer y para cenar, y, convencido de que había sido devuelto a su horrible antiguo ser que adoraba a la luna, sacrificaba su cena. Un día, oyó a los hombres rosados decir que iba a empezar la guerra, y que el comunista no estaba seguro allí en Canadá, que tenían que llevárselo a Alaska con ellos durante la guerra contra los comunistas. Le volvieron a meter en el engendro metálico y le contaron que era un coche. Entonces se sorprendió que no le pidieran perdón por haber dicho coche y no le hubieran rogado que lo olvidara, así que lo recordó, y empezó a sospechar que no había vuelto realmente a su antiguo ser y costumbres, que tenía derecho a adorar al sol y no a la luna, y que no tenía que sacrificar a focas si no quería y que nunca más tendría que volver a picar hielo si no le apetecía. Lo llevaron fuera de su querida planicie verde, de vuelta al horrible paisaje blanco, renunció al calor para volver al frío y dejar de ver al sol para empezar a ver la maldita luna. Los hombres rosados que le acompañaban también parecían nerviosos, aunque no supiera porqué, aunque suponía que ellos también preferían la planicie verde. Al fin lo bajaron del coche, y, de improviso, se escondieron debajo de un arbusto al lado de su aldea, donde el jefe les estaba dando un discurso a sus antiguos amigos, les contaba que debían acabar con los invasores de piel rosada, que la luna los ayudaría. Él permaneció escondido, atemorizado, sin saber que hacer sin entender nada. Cuando se fueron a dormir todos, vieron salir de la aldea al jefe y a los cinco ministros, que empezaron a devorar las focas. Y entonces unos cuantos hombres rosados aparecieron empezaron a disparar y abatieron a dos de los ministros, y el jefe y los otros tres ministros escaparon y se refugiaron en los bosques. El jefe gritó: “¡Subid al jet!” y entonces de entre los árboles vio aparecer a un pájaro enorme, que se iba hacia el sur. Varios hombres gritaron: “¡Maldito! ¡Ya nunca lo vamos a encontrar!”. Y entonces los amigos salieron de las cabañas, y al ver la masacre, creyeron que habían matado al jefe, y volvieron a entrar y salieron enloquecidos con puñales. Y los hombres rosados sacaron escopetas. Y hubo locura, escopetas, puñales, gritos, sangre y amigos muertos. Entonces se lo llevaron al coche, de vuelta a Canadá. Durante el trayecto, oyó a los hombres rosados hablar de repoblación, renacimiento y vuelta a los tiempos pasados. Al llegar, lo llevaron de nuevo a la gran sala, delante del hombre rosado importante, al que llamaban canciller, que le contó lo ocurrido durante todos aquellos años. Y él se puso a gritar y a llorar delante del canciller. Lloró por su inopia, por la de sus amigos fallecidos. Lloró por la tierra helada, en realidad Canadá y Alaska. Lloró por sus falsas creencias y por su ingenuidad al creer en Andrew Santos, millonario y ex-propietario de la mayor cantera de hielo del mundo, actualmente en paradero desconocido, también conocido como el jefe.

 
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