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7 min
INSEGURIDAD (Reparado)
Varios |
29.12.17
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Sinopsis

Cambié el narrador, y cambiaron algunos detalles. Tal vez a los demás no les guste; pero a mí sí. Así es como debió estar.

¿Quién era ese hombre?

No lo sabía, y eso era lo que le incomodaba.

Lo único que sabía  es que antes de ese martes nunca lo había visto. Tal vez ni siquiera se habría fijado en él si no fuera por el incidente.  Uno de esos tipos anónimos y vulgares a los que uno prefería no ver, hacer como que no existieran. Mantener alejado. Nunca tener como amigo. Desde el comienzo supo que era un hombre extraño, aun cuando hablara poco, o se mantuviera en silencio.

Lo vio esa neblinosa mañana de junio en la custer que iba a Surquillo, en busca del abogado. Ahora se daba cuenta que no se habría fijado en él si no lo hubiera sido por la discusión con el cobrador.

          — Como quiere pagar con eso, escuchó que decía.

          — No tengo otro, haz cambiar, dijo el hombre.

          — ¡Haz cambiar!, repitió el cobrador con fastidio

Se miraban con furia y odio, como dos perros a punto de pelear. Le llamó la atención su cara oscura y desagradable, marcada por el acné, sus ojos pequeños y amarillentos, sus labios negros. Su pelo falsamente rizado como hecho a propósito para acentuar su fealdad.  Sostenía entre sus dedos un billete nuevo, de cien soles, que el cobrador se negaba a tomar. Las personas de la custer miraban la escena con fastidio. Obreros aburridos de ir a su trabajo en la mañana. Otros reclamaban a gritos su incomodidad al chofer. Cuando el cobrador volteó hacía él supo que también causaría una molestia: solo tenía un billete grande, de veinte soles que el cobrador se negaría a tomar. El pasaje costaba un sol, y no tenía sencillo. Cuando el cobrador le extendió la mano, se lo dio rápidamente; pero antes que reclamara algo le dijo de prisa:

      — No tengo otro. Cóbrate del señor si quieres también.

El feo del frente lo miró con desagradable fijeza. El cobrador contó las monedas del vuelto, y se lo extendió con una mueca de desagrado. Él recibió el cambio, y antes que el extraño pensara alguna tontería dijo:

      — Siempre les falta sencillo en las mañana. Ya algún día me pagará.

Y se puso a mirar por la ventana. Sentía la mirada del tipo como un peso sobre él.  Tuvo que hacer un esfuerzo para no mostrar su incomodidad.

     — Gracias, escuchó que le decía.

Era suficiente; pero vio su mano extendida y le pareció demasiada solemnidad. Incluso le pareció que estaba conmovido, como si no estuviera acostumbrado a recibir favores o  la amabilidad de nadie.  Le estrechó la mano rápidamente y siguió mirando por la ventana. Estaban entrando al Ovalo Higuereta, por la avenida Tomás Marzano.

     — Si algún día necesita algo, escuchó que le decía.

Él volteó a mirarlo.

El hombre tenía un cartoncito blanco entre sus dedos. Una tarjeta. Como la de los profesionales. La tomó un poco extrañado, sin saber qué pensar.

    — Esos muertos de hambre, dijo estirando el labio inferior con desprecio, al cobrador.

Él asintió con un movimiento de cabeza, solo porque no sabía qué hacer.

    — Aquí me bajo, escuchó que le decía al poco rato.

Volvió a mirarlo. Habían pasado el túnel del Ovalo, y la custer se acercaba a un paradero, cerca de las Torres de Limatambo.  Lo vio abrirse campo entre las personas y descender. Vestía un pantalón jean azul, una casaca del mismo tipo, y un polo verde. Todo era nuevo, y sin embargo a él se le veía muy mal, como si fuera deforme. Tenía además un collar de plata en el cuello y algo que le pareció un anillo en la mano. Mostraba cierto lujo; pero no se imaginó un trabajo al que se dedicara. No al menos una profesión u oficio honesto. Tal vez comerciante, importador,  narco o caficho,  alguien que debía manejar mucho dinero.

Miró la tarjeta entre sus dedos y solo había un número telefónico en el centro y absolutamente nada más. Lo tuvo intrigado un momento; pero no pudo sacar nada claro. Podía ser solo un hecho anecdótico, algo que pasa en la vida y se olvida para siempre. Se metió la tarjeta en el bolsillo, y nada más.

No se le ocurrió que después reconstruiría esos momentos buscando el orden de su vida. Perdida de manera casi fortuita, solo para satisfacer su curiosidad.

El barrio vecinal del que era dirigente atravesaba una situación difícil. Desde hace unos meses, un inescrupuloso empresario, el Rey del reciclaje, había instalado uno de sus depósitos en un terreno cercado, sin el permiso de nadie. Enormes camiones repletos de desechos plásticos, cartones, papel y basura llegaban diariamente para descargar sus contenidos. Las ratas, moscas y cucarachas, la suciedad, y las enfermedades respiratorias también habían aumentado.

Los dirigentes vecinales habían tratado de hablar con el empresario; pero simplemente no les hizo caso. No estaba. No tenía tiempo. Tenía muchas cosas que hacer. No le importaba.

Ante la queja de los vecinos, el Rey solo tenía burlas y risas: que se quejaran con el alcalde si querían.

Tuvieron que recurrir a la municipalidad; pero el alcalde tampoco les hizo caso. Después de engorrosos trámites y papeleos demoraron en darse cuenta que no le importaba.

Ese empresario grosero y vulgar, dueño de múltiples depósitos parecidos en varios distritos del sur estaba asombrosamente bien relacionado con los municipios. Un pedido suyo era más eficaz que el reclamo de cientos de vecinos. Todavía quedaba la marcha pública y la toma de la carretera que preparaban cuando, buscando entre sus documentos, vio la olvidada tarjeta. ¿Quién sería ese tipo? Le había dicho que lo llamara si tenía problemas. Tal vez fuera abogado, pensó. Tal vez sabría de leyes, o tuviera amigos bien relacionados.

Con dudas, casi avergonzado por la curiosidad, marcó el número de teléfono.

Una voz ronca que no reconoció le contestó:

    — ¿Qué hay?

Supuso que era él.

    — Buenas tardes. No sé si se acuerda de mí. Lo vi hace un tiempo en una combi, yendo a Surquillo. Usted tenía problemas. Yo pagué su pasaje. Usted…

    — ¿Cuál es el problema?, escuchó que le decía.

Empezó a  explicar el asunto; pero antes que terminara lo interrumpió. Le pidió que le hiciera una descripción física del hombre, también que le diera datos: nombre completo, direcciones de casas, teléfonos, depósitos, horas de trabajo. Hizo lo que pudo. Preguntó si era abogado o si conocía políticos con quienes arreglar, y solo contestó:

    — Yo me encargo

 Y cortó.

Su seguridad le inquietó. Un oscuro presentimiento de alarma le oprimió el corazón. Trató de calmarse, y creer que solo era uno de esos “asesores” que arreglan las cosas con una llamada telefónica a un congresista, y esperó. Ya algo le decía que las cosas no iban a ir bien.

Lo supo con certeza cuando regresó del trabajo y los vecinos le dijeron que habían encontrado al Rey del reciclaje muerto, con una herida de bala en la cabeza. Nada más. Ni perros ni guardianes se dieron cuenta, a pesar de estar a unos pasos.

Y por más que lo piensa, siente que es mejor no preguntar, no saber. Y si es posible no volver a encontrarse con él.

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  • No hay por qué, Jesús Miguens, no lo dije por corresponder a tu gentileza. Lo dije simplemente porque ese texto tuyo me gustó más que los demás. La inapelablemente real, como se ve en las noticias, da más miedo que las fantasías. Tu cuento del presidente comiéndose a la oposición también me gustó. Creo que va por el lado que me interesa. Saludos.
    Gracias por tu comentario, en uno de mis relatos, no pasa nada por ser agnóstico, en Galicia mí tierra están muy arraigadas las leyendas sobre lobos... Y se convive a diario con meigas (brujas) que pasan consulta, yo no me declaro crédulo, y me gusta analizar las cosas... Pero hay temas que se escapan a nuestro entendimiento e incluso al de la ciencia. Y por su puesto que causa terror cuando veo las noticias sobre lo que cuentas. Un saludo
    Es para pensarlo. Creo que el final puede mejorarse. Gracias por sus sugerencias. Voy a tenerlas muy en cuenta. Gracias de nuevo.
    Buen relato. Yo lo terminaría en "Ni perros ni guardianes se dieron cuenta, a pesar de estar a unos pasos." Dejaría las preguntas para el lector. Claro, es una opinión muy personal. Abrazo.
    Buen relato aunque previsible, se deja leer hasta el final, por lo ameno de la redacción. Un saludo
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