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7 min
Insomnio
Suspense |
16.02.13
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Sinopsis

Nuestro protagonista por fin pudo conciliar el sueño

John padecía insomnio, o lo que es lo mismo, la imposibilidad de conciliar el sueño al acostarse. Este trastorno le causaba tales problemas y preocupaciones que su vida se había convertido en una autentica tortura, un suplicio diario. La falta de descanso le ocasionaba un nulo rendimiento en el trabajo, algún que otro accidente de circulación,  afortunadamente sin consecuencias, despistes continuos, falta de concentración e incesantes dolores de cabeza. No tenía ganas de nada, únicamente de poder descansar, de acostarse en su confortable colchón, en su almohada de plumas y tapado con una sábana de seda  que le cubría el cuerpo. Pero desgraciadamente ese momento soñado era el más terrible del día. No era capaz de dormir. No podía conciliar el sueño.

Llegó un día en el que por fin asumió que tenía un problema y acudió al especialista. Quizás lo hizo demasiado tarde, porque entre otras menudencias  fue despedido de su trabajo por falta de rendimiento, así como, y lo más grave, su mujer se separó de él por que se había transformado en un tipo insoportable, nada que ver con el que conoció antaño. Así fue como una mañana después de no dormir apenas  nada, arrancó su vehículo y lo estrelló contra un árbol. No lo había visto. Afortunadamente el único desperfecto que causó fue en el automóvil y ninguna persona se vio afectada por el accidente. John sólo sufrió una pequeña contractura en la espalda. Se quedó quieto inmóvil en el asiento del vehículo. Pensó largo rato, que lo suyo no era un simple trastorno, que lo que le ocurría era una terrible enfermedad, la más cruel aquella en la que el mejor momento del día, el descanso, se convertía en una auténtica tortura, por lo que era un hombre cansado, sin energía y sin ganas de afrontar el día ni sobretodo la noche.

Se puso en manos de un facultativo que le dio una serie de premisas aconsejables para que  pudiera conciliar el sueño. John redujo el consumo de café, ya que la cafeína estimulaba el sistema nervioso. La última taza que tomaba lo hacía después de comer. Sustituyó el tabaco, por unos parches de nicotina.  Prescindió del licor de manzana nocturno, al ser el alcohol un depresor del sistema nervioso que aunque facilita el sueño provoca despertares nocturnos además de adicción. Sus cenas se reducían a una ligera ensalada, ya que como le indicó el doctor, una cena demasiado copiosa hacía que el sueño fuera menos profundo. Comenzó a practicar  ejercicio antes de acostarse. Una  hora de carrera continua diaria hacía que su cuerpo estuviera más fatigado para afrontar la dura etapa de intentar dormir.

John había convertido el descanso en una auténtica prueba, en una combinación de pautas previas para dormirse. Se encerraba en la habitación, regulaba la temperatura de la misma a 23ºC, cerraba la puerta, bajaba la persiana y retiraba de la habitación todo objeto que pudiera hacer ruido por nimio que fuera. Paraba el ventilador de techo, retiraba el despertador e incluso se quitaba el reloj que emitía un tic tac casi imperceptible aunque ante el silencio se convertía en insoportable. Se acostaba siempre a la misma hora y media hora antes de hacerlo bebía un vaso de leche caliente  y se ponía el pijama. Siempre todos los días hacía lo mismo, seguía la misma rutina. Era lo que le habían aconsejado los facultativos que hiciera y se lo estaba tomando al pie de la letra.

Cuando llegaba la hora de acostarse se sentía terriblemente cansado y con hambre, ya que cenaba bastante livianamente. A pesar del silencio de la habitación y de las condiciones inmejorables para conciliar el sueño, no lograba hacerlo. Se metía en la cama y comenzaba a dar vueltas en la misma. Probaba dormirse boca arriba y no daba resultado, a un lado y continuaba despierto, al otro y seguía sin dormirse. Notaba hasta las imperceptibles arrugas de la sábana que se plegaban en su cuerpo, produciéndole molestias en su sensible piel .Aunque no tenía reloj sentía el paso de los minutos. Intentaba pensar en cosas sin importancia, pero eso no le aburría excesivamente. Contó ovejas, pero al llegar a 1000 pensó que ese truco debía dar resultado únicamente en los niños. Y seguía pasando el tiempo y lo que era peor no descansaba.  Y así hasta que comenzaban a penetrar en la habitación los primeros rayos de sol lo que ineludiblemente daba paso al  levantase una mañana más sin haber conciliado el sueño.

 

John cada día se sentía más débil y cansado. Comía poco y el exceso de ejercicio le había hecho que su peso fuera cada día menor. Tenía una cara cadavérica con todas las facciones terriblemente marcadas. Sus ojeras eran bolsas y sus migrañas cada vez más frecuentes. Pasaban las semanas y tenía la esperanza que en poco tiempo y llevando esta pauta comenzaría a recuperar su sueño y su vida le daría una nueva oportunidad. Debía ser fuerte y aguantar hasta que ya no pudiera más.

Una noche más, pasadas cerca de 4 semanas desde que comenzó su rutina,  se acostó tan cansado como siempre, después de realizar el ejercicio y cenar una ensalada. Sin demasiadas esperanzas se acostó suponiendo que, como todas las noches vería amanecer sin haber podido ni tan siquiera conciliar el sueño un instante. Pero esta noche su cansancio era exagerado. Incluso notaba que deseaba dormirse, que no tenía ni tan siquiera fuerzas para pensar en por qué no se dormiría una noche más, no era consciente ni de que se encontraba en la cama. Parecía que lo estaba consiguiendo, que hoy era la gran noche, la primera, el inicio de su nueva vida. Por fin tenía sueño y se iba a dormir. La sensación era de lo más  placentera.

Sentía  su cuerpo flotando mientras se adentraba por un túnel, era oscuro. Mientras,  más adentro, perdía la percepción de su cuerpo. Ahora estaba como en un océano de quietud, de calma, de silencio, de descanso, estaba feliz, y tenía una paz indescriptible, estaba en estado de gozo...y allí, en la lejanía,  al final del túnel,  una luz potente.   Se había dormido, lo había conseguido por fin,  estaba soñando…

Allí permanecía John  tumbado en esa cama del hospital, inmóvil, con una cara de felicidad y de descanso como nunca se le había visto. Y mientras, a los pies de la misma, una persona con bata verde certificaba… la hora del deceso,  el día de su fallecimiento.

  • John Barnes. Hora de la muerte. 3 horas 45 minutos. Descanse en paz. Por fin ha alcanzado el sueño eterno.

………………………………………………………….

 

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  • Pues fue peor el remedio que la enfermedad, pobre hombre. Aunque el insomnio es terrible para el que lo padece.
    La descripción del insomnio y de los métodos para solucionarlo me parece muy buena. Quizás el final me parece que podría estar redactado de otra forma más convincente. Saludos
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