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15 min
Instantánea - PARTE III
Suspense |
09.10.14
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Sinopsis

Relato policial que narra las intrincadas peripecias de un agente encubierto de narcóticos, quien tras caer preso de las adicciones, regresa a la escena en muy extrañas circunstancias.

INSTANTÁNEA

PARTE 3 – Un verano en el infierno.

 

5

 

 

Sí, señora Rief, soy un maldito adicto. Salga y grítelo a los cuatro vientos si así lo prefiere. Si tanto le place, presto testimonio de eso y de muchas otras cosas que se­guramente le llenarán el oído. Soy un cocainómano empedernido, que por las no­ches se desvive por dejar la blanca para irse un rato al país de las maravillas. No soy pituco, pero me espolvoreo la nariz; y también me pincho, debería saberlo. Me clavo la aguja que venga donde tenga espacio sin hematoma, y luego me recuesto a volar por la vía láctea. Usted no se imagina cómo planeo, como un pájaro libre. Así soy, libre. Libre de culpa y cargo de todo en lo que me he convertido.

Soy un gran fraude para la organización que me financia, es hora de contarlo. Me he dejado llevar por los vicios y las malas compañías, ¿qué puedo decirle? He sido un irresponsable agente en el cumplimiento de sus deberes; he faltado al profesiona­lismo. Creo que ni siquiera soy un agente encubierto ya, más bien me parece que Jai­me Bournet era un drogadicto encubierto cuyo nombre verdadero es Mark Volatis. Le digo esto, porque luego de investigar durante meses, finalmente lo descubrí. 

Este Mark Volatis no tiene paz, se la pasa de prostituta en prostituta, fornicando como un conejo. Todas las noches vuelca de asco en algún bar de mala muerte, mientras se reta a duelo con el primer pordiosero que le mira mal. Usted debería ver­lo, el sólo cruzárselo da miedo; anda con los ojos estrellados por la calle, perdido en su mundo de adicciones. No sé si llega a reconocerse en el espejo.

Y los amigos que frecuenta, ¡Dios mío! Una banda de criminales como él, que sa­len a envenenarse periódicamente; gente del hampa, personas a quienes les importa un bledo quitarle la vida a un ser humano. Unos delincuentes. Se la pasan de juerga en la casona del gordo ése al que llaman Pez; un tipo repugnante. He escuchado que en ese antro se ve lo inimaginable; es una especie de circo bizarro, donde circulan calañas de las más siniestras variedades. ¡El gordo ése se las trae, eh! Me enteré que Volatis se ha hecho íntimo amigo, que se la pasan juntos filosofando acerca del oficio delictivo. Le ha lavado el cerebro, no tengo dudas al respecto. Aparentemente, entre pinchazo y pinchazo, le cuenta de cómo la droga está avalada subliminalmente por la cúspide política. Le contó sobre el senador Millinghouse, de cómo al hombre le han rebotado en el senado, ya tres veces, su proyecto de legalización de la droga. Ahora Mark está convencido de que los senadores son, en su mayoría, accionistas del cartel, y eso lo ha desquiciado todavía más. El Pez le metió en la cabeza esa idea, que los grandes narcotraficantes buscan a toda costa impedir la regulación del mercado de las adicciones, y que tienen con qué. No sé dónde termina esto, pero no lo veo bien.

Jaime Bournet, según mis recientes hallazgos, se ha pervertido; ha perdido completamente la fe en la agencia y dudo que podamos recuperarlo. Está alie­nado, señora Rief, completamente. No llego a otra conclusión que no sea que este agente era en realidad un drogadicto encubierto. Le repito, su verdadero nombre es Mark Volatis, en buena hora lo venimos a desenmascarar.

 

 

6

 

 

Cuando te das cuenta, estás en el fondo, bien abajo, veraneando en el infierno, pero no haces nada por emerger. Te vuelves pesado, tu cuerpo se envuelve en un desgano permanente que te impide ra­zonar. Sabes que te destruyes por dentro, pero poco te importa. Siempre quieres un poco más y luego veremos. El club de los siete es un estado de gracia del que salir es complicado. Qué digo complicado, es imposible. A mí tuvieron que sacarme.

El Pez Gordo era insaciable, no tenía pausa. Cuántos kilos se habrá metido ese hombre en su vida; la fiesta nunca terminaba. Les conté de las noches de gala, pero al resto de la semana sólo le faltaba el rótulo para ser igual. No había raya que no acabara dentro de su fosa nasal ni ramera que le pasara por enfrente sin que se le agachara en la entrepierna. No sé cómo diablos se conservaba vivo, lúci­do y libre de enfermedades venéreas.

A mí me tomó cariño, tanto, que sin percatarme terminé viviendo en la Casa de TE. Y no puedo decir que eso era vida, porque hoy recuerdo menos de la mitad de mi instancia en el lugar. Vivía en un estado de inconsciencia solemne, ajeno al suce­der del alrededor. Cuando estás hasta la médula de porquería, te conviertes en un ánima orbital, circulas próximo a las cosas sin tocarlas. Estás ahí pero no lo comprendes, porque la existencia cambia; dejas de ser, te desdoblas. Juro que te observas a ti mismo desde afuera; sé que suena como una locura, pero es real. Te ves tirado con las pupilas dilatadas y perdidas en un punto fijo, como si fueras un mi­nusválido, pero no te interesa. Así te quedas, hasta endurecerte por completo; la respiración se te vuelve lenta y profunda y el sonido ambiental se convierte en un murmullo etéreo constante, que se distorsiona por momentos con los latidos del co­razón. Ése era mi estado la noche en que Culebra me giró la cabeza para que lo mi­rara. Apenas si podía enfocarlo; notaba que me decía algo, pero sólo veía que sus labios se movían pausadamente. El audio me llegaba en ráfagas cortadas.

—Bournet —escuché. Nada más.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que creí oír estruendos. En la casa del gordo era cosa de todos los días, a veces se le daba por sacar el arma y empezar a disparar al aire. Luego se hicieron más próximos. Un cachetazo me despabiló.

—¡Mírate, imbécil, van a matarte! —me gritó, y volvió a pegarme—. ¡Levántate, va­mos! —decía y me arrastraba del brazo.   

—¡Vamos, estúpido, vamos! —gritaba y tironeaba. Me llevaba en andas por el co­rredor. Yo flotaba sin entender.

—¡Despiértate, adicto asqueroso, que nos vamos todos al diablo! —volví a escu­char y sentí que mi cara se sacudía de derecha a izquierda de dos golpes violentos. Ensanché los ojos.

—¡Mira cómo estás! ¡Mírame! —gritó el gordo—, ¡mírame!

Me exalté. Recuperé apenas los sentidos.

—¡Nos van a acribillar a balazos, idiota! —dijo—. ¿Entiendes?

Asentí, pero no entendí nada.

—Toma, toma, sostén esto, sujétalo bien —me agarró la mano y me incrustó un re­volver—. Cuando entren por la puerta —señaló la entrada del cuarto—, tú le apuntas al cuerpo, ¿de acuerdo? —volvió a mirarme—. Le tiras a quemarropa, Mark, ¿entiendes?

—A quemarropa —repitió y volteó hacia la puerta—. Los vamos a agujerear apenas entren.

Se quedó delante de mí, hamacándose de una pierna a la otra, transpi­rando como un cerdo y diciendo una y otra vez: —A quemarropa, los agujereamos.

Yo levanté la mano y observé el revólver; sentía que volvía a desvanecerme. Llevé el cañón a su nuca y apreté el gatillo. Un baño espeso me empapó el rostro. El gordo, después de tantos años en el negocio, no había aprendido la primera lección.

Después me apoyé contra la pared y me dejé caer. Estaba exhausto. El éxtasis me envolvió otra vez hasta desdoblarme. De verdad que no miento, te sales del cuerpo y te ves desde afuera. Un sujeto entró en el cuarto empuñando una pistola; mientras me apuntaba daba pasos laterales. Yo me iba a orbitar.

—Suelta el alma —dijo. Es lo que estaba haciendo.

—Suelta el revólver, Bournet, vamos —repitió. No podía, mis dedos no respondían. Culebra entró corriendo y se detuvo.    

—Está dado vuelta —escuché—. Se va, se está yendo.

Sí, me iba. Y quizás no volviera. La escena desde afuera se fue oscureciendo hasta quedar yo solo en un círculo luminoso, como cuando en el teatro quieren dar­le protagonismo a un actor. Me quedé observándome a mí mismo, esperando por mi muerte.

Abrí los ojos y la boca súbitamente, una ráfaga de aire se me coló por la gargan­ta y de repente un cuadro de imagen estalló ante a mis ojos. Tenía un dolor pun­zante en el pecho. No sabes cuán rápido puede latir tu corazón, hasta que te in­yectan adrenalina. Tenía la jeringa clavada y Culebra se echaba para atrás.

—Marchémonos ya —dijo.

Entre ambos me acarrearon hasta el auto; yo todavía me estaba incorporando. No entendía mucho, pero por lo menos respiraba. En el viaje no hacía más que mirar por la ventana; no podía calcular el tiempo que había pasado sin enfocar los objetos con tanta nitidez.

—Lo dejamos en el hospital. Que lo vayan a buscar —mencionó el que conducía.

Culebra volteó y extendió el brazo sujetando una franela.

—Límpiate el rostro, Bournet. Parece que metiste la cara en un pastel de cerezas.     

Me froté con la franela, y al mirarla, noté que tenía los sesos del gordo en las ma­nos. Fue lo más cerca que estuve de la muerte.

 

 

7

 

 

Los mataron a todos, menos a la servidumbre. A ellos, incluido Peter, los encerra­ron en un cuarto. Con el Pez se fueron 220, el Penta y dos amigotes productores. Tití se salvó, porque aquella mañana lo había arrestado la policía. Lo soltaron al día siguiente, pero no pudo volver al negocio; todas las sospechas estaban puestas en él. Yo me salvé de casualidad. Si no fuera por la inyección de adrenalina, me iba di­recto al club de los tres, con sobredosis de por medio. A Culebra no lo volví a ver, ni siquiera tuve tiempo de agradecerle; no sé ni su nombre, de hecho. Quién iba a pen­sar que era un encubierto.

Estuve tres días en el hospital, contestando preguntas desde la cama; atado al colchón mediante cables. Fue un desfile de agentes. Venían y pedían datos irrele­vantes, y yo que apenas recordaba lo que había sucedido en el último tiempo. Re­sultó que hacía ya más de seis semanas que no sabían nada de mí. Diana Caskin había dado informe de la situación, recomendando mi rescate inmediato, y por suerte, Culebra estaba de incógnito para realizar la tarea. Tuve un poco de miedo a la represalia de la AA, porque yo la había embarrado hasta el fondo. La Agencia, para sacarme de la misión, tuvo que sacrificar dos contactos claves en el cartel, Cu­lebra y yo. Eso no significa otra cosa que dinero y tiempo desperdiciado, amén del alboroto público, porque reventar al gordo y súbditos no era un pormenor. Era una alarma importante para el resto del círculo, que a partir del hecho reacomodaría las fichas en el tablero. Meses y meses de trabajo a la basura, y yo en el medio, como el epicentro de la discordia.

Pensé que me enviaban al reformatorio, pero finalmente no sucedió. No supe por qué. El día que me dieron el alta, una señorita vestida de traje vino a visitarme a la habitación, una psiquiatra de la AA. Me dio indicaciones acerca del procedimiento a seguir, para que mi readaptación a la sociedad fuera gradual y poco traumática. Se sentó a escuchar mis preocupaciones más inmediatas, y yo, al ver que salía media­namente ileso del altercado, sólo me manifesté intranquilo por mi seguridad.

—Mark Volatis ha muerto, señor Bournet —dijo, y dedicó varios minutos a ense­ñarme una variada colección de artículos que así lo reportaban en el periódico. Los leí todos con atención.

—A partir de este momento, usted entra en el programa de protección de la Agen­cia. Un tribunal disciplinario decidirá la mejor forma de proceder —comentó.

—¿Me harán cirugías y cosas así? —recuerdo que le pregunté.

La doctora ensayó una mueca de duda. Conocen esa expresión, cejas levantadas, labios prensados y la mirada soslayada.

—Ellos le informarán —dijo, y me entregó un sobre lacrado. Luego me saludó y se marchó.

El contenido del sobre era la versión impresa de lo que ella me había explicado, con un anexo resumido de políticas generales de la AA. También tenía un extracto de mi cuenta bancaria, donde me habían depositado el sueldo durante la asignación. Me lo gasté en cocaína y anfetaminas, el alimento que me mantuvo en pie durante las dos semanas que anduve a la deriva, hasta que la carta de citación me llegó. No sabía qué esperar de aquella entrevista; sólo después de insultar a la señora Rief, tuve la casi certeza de que no me iba al reformatorio, sino derecho a la cárcel. Pero tampoco sucedió, y eso sí que no pude explicármelo. Se me ocurrió que la vie­ja, quizás en un acto autocrítico, había decidido aceptar la responsabilidad de la Agencia sobre mi estado psicológico, y pasar por alto mi verborragia brutal. Me envió a una rehabilitación de seis meses en un instituto privado de primera clase. Ahí es que se puso divertido.

Recuerdo que lo primero que pensé fue: voy a parar al instituto y allí me en­cuentro con un distribuidor que me conoce. Muerte instantánea. Pero no, el lugar que me tocó trabaja con la AA desde hace años y cuidan todos los detalles. Se sa­ben vida y obra de quien ingresa en el programa y automáticamente rechazan peti­ciones de personas vinculadas al cartel.

El primer día es como arribar a un hotel de lujo. Te registras en el lobby, mientras que un botones lleva tu equipaje a la habitación. ¡Y qué habitación! Suites de cien metros cuadrados con todas las comodidades imaginables. Te dejan descansar unas horas para que te aclimates al lugar y te relajes, a la vez que le tomas confianza. Luego te llama por teléfono el encargado del instituto para darte la bienvenida per­sonalmente e invitarte a tomar una copa con él en su oficina. Suena bien, el tipo es demasiado carismático como para negarse, y el circo está armado de una manera tan espontánea, que no parece protocolo. Te vistes y te diriges al quinto piso, donde está su oficina.

Me llamó la atención que en el lugar hubieran tantas oficinas. Cuando salí del ascensor, me encontré con un corredor plagado de puertas laterales, y recuerdo que me pregunté cómo era posible que tanta gente trabajara en un instituto de rehabilita­ción. Ahí es que apareció, sobre el final del pasillo, el sujeto en cuestión.

—¿Jaime? —preguntó a lo lejos, con su dedo índice señalándome.

—Sí —contesté yo, y comencé a dirigirme hacia él.

El tipo aguardaba por mí con las manos en los bolsillos y una expresión de incon­fundible alegría. Evidentemente al fulano este le encanta su trabajo, pensé al apro­ximarme. Él se desplazó hacia la derecha y apenas abrió la puerta de su oficina.

—Ven, brindemos por tu pronta recuperación —dijo mientras señalaba el interior de la habitación con su mano izquierda.

Yo ya arribaba a su posición, cuando dos gorilas aparecieron a mis espaldas. Sin­ceramente, no sé de dónde salieron; probablemente de alguna de las varias puertas que había en el lugar. Todavía retengo en mi memoria la cara del encargado cuando estos dos mastodontes me inmovilizaron. La sonrisa se le desdibujó, y de repente, pasó de ser el amigote compinche al padre castrador.

—Esto es por tu bien, Jaime —aseguró con una voz grave y cortante, inmutable en su postura, rígido y seguro como un nazi presenciando una ejecución.

Luego abrió la puerta por completo, y las bestias me arrojaron dentro del cuarto. Literalmente, entré volando, pero la superficie de aterrizaje impide que te hagas daño en absoluto. Cuando levanté la cabeza, me enfrenté al blanco inmaculado, el blanco más perfecto que jamás he visto en mi vida. Definitivamente, pensé, si quie­ren que te olvides de la cocaína, le han errado al decorado.

Y yo que creí que la etapa final de COCME era terrible. Ahora, a la distancia, re­memorar haber sido tan iluso me causa gracia. No existe en este mundo entrena­miento que te prepare para afrontar la abstinencia. Le llaman síndrome, pero la pala­bra le queda chica. Yo le llamo trauma, el trauma de la abstinencia.

 

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