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22 min
Instantánea - PARTE IV
Suspense |
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Sinopsis

Relato policial que narra las intrincadas peripecias de un agente encubierto de narcóticos, quien tras caer preso de las adicciones, regresa a la escena en muy extrañas circunstancias.

INSTANTÁNEA

PARTE 4 – El infierno después del infierno.

 

 

8

 

 

El blanco inmaculado tiene una razón, más allá de mis reservas. Intentan evadir toda percepción lúgubre que pueda agravarte la depresión en el proceso de recupe­ración. La habitación es un rectángulo constantemente iluminado. Las paredes, la cama y la puerta están forradas de goma espuma. La letrina, la bañadera, el lavabo y todos los grifos son de goma. O sea que si quieres matarte, terminas no más que haciendo el papel de estúpido. Ahí te dejan encerrado dos semanas, para que resuelvas tu problema adictivo contigo mismo. Te dan de comer tres veces al día, arrojándote desde una rendija del techo alimentos empaquetados y botellas plásticas de agua.

No se lo recomiendo a nadie. La abstinencia es el descenso a los in­fiernos de Dante, es sentir que un fuego te come las entrañas de a poco y nada puedes hacer al respecto. El primer día de encierro pierdes la voz de tanto gritar e insultar. Te vuelves inesperadamente agresivo (he ahí el capricho de amoblar el cuarto en forma flexible), y empiezan las ráfagas de carcajadas y llantos, una de­trás de la otra. ¿Qué es lo que se siente? Se siente que te han arrebatado el sentido de la vida, que la razón por la que existes se ha esfumado en un despojo tirano de terceros, que atentan contra la genuina libertad del espíritu humano. Te han quitado todo. Ya no vale la pena seguir viviendo.

Hasta ahí la parte psicológica, que se prolonga durante dos o tres días en los que no comes ni duermes, mientras tu aspecto va sufriendo una metamorfosis cadavéri­ca que poco distaba, en mi caso, de los sujetos con los que solía tratar en mi primer empleo en la AA.  Pero como somos de carne y hueso, lo peor todavía no llega hasta que tu organismo reconoce que tu sistema de estímulo y respuesta ha cambiado. Y les garantizo que no somos más que una especie de computadora química que calcula un algoritmo complejo cada tanto, y que cuando identifica que el balance se ha perdido, reacomoda la ecuación como le place. A la mierda Sigmund Freud y su colección catedrática de libros cuando te llega la etapa cruda de la abstinencia, porque el que manda es el almacenero genético que te corre por las venas y lleva la cuenta de las hormonas en tu metabolismo. El razonar es un privilegio que nos otorga el cuerpo porque quiere y cuando quiere, pero si vas a entrar en el mundo de las drogas, no te engañes, porque no la dejas razonando.

La ansiedad es el síntoma prima. Se te viene encima como un alud y te arrolla in­tempestivamente. Comienza a picarte el cuerpo de una manera sofocante y te rascas, te rasguñas, te arrancas la piel hasta quedarte en carne viva. A ver si me ex­plico: te pica hasta el orificio del culo. El pellejo se te plaga de manchas que arden como las brasas cuando las cubre el sudor, y sudas, transpiras como un cerdo en el matadero. Te desnudas y deambulas por el cuarto histéricamente, olfateando el he­dor de la porquería que eliminan tus poros. Golpeas las paredes y vuelves a rascarte. Repites el mismo insulto un centenar de veces, como si estuvieras comple­tamente loco, pero no te detienes, no hasta que empiezan los temblores. Los temblores y el frío que te congela la transpiración hasta dejarte petrificado. Entonces empiezas a desmayarte ocasionalmente. El tiempo, ya en esa etapa, es una dimen­sión indescifrable. No sé cuánto duermes entre pesadilla y pesadilla, pero sólo recu­peras la conciencia cuando vomitas, porque te cagas y te meas encima sin siquiera percatarte. En el ínterin alucinas. Yo veía constantemente al Pez Gordo entrando en el cuarto con la cabeza reventada; se me acercaba y posaba la Mágnum sobre mi frente.

—Eres un encubierto —me decía, y después apretaba el gatillo.

Así de bien se la pasa en la abstinencia. Dos semanas que parecen años de re­posar sobre clavos envenados en la punta. Qué mierda me vienen a contar que te preparan en el entrenamiento. La prueba final de COCME es una carrera a cien me­tros contra un paralítico comparada con la realidad. No se lo deseo a nadie, salvo a la señora Rief, que bien se merece saber por lo que debemos pasar los agentes antinarcóticos, antes de juzgarnos bajo el aval de un manual de instrucciones.

Un día te despiertas, y simplemente tienes hambre; toda una novedad para un organismo que no ha hecho otra cosa que rechazar en el último tiempo. Volver a injerir es un redescubrimiento. Te vas normalizando lentamente, como si fueras un espectro que de a poco se reincorpora al mundo material. Al cabo de un tiempo, el mismo imbécil que te dio encierro, abre la puerta y te invita a salir. Lo hace sin los guardas, porque uno se siente tan diminuto en ese momento, que con la moral a cuestas es imposible atacar a alguien a modo de venganza.

¿Recuerdan la suite lujosa que mencioné? La buena noticia es que te la vuelven a dar, pero no la disfrutas hasta luego de un lapso prolongado, porque en el medio no entiendes de qué se trata la vida. Recuperar el sentido de la felicidad es un pro­ceso largo. Yo tuve la suerte de dar con excelente compañía en el instituto, y eso ayudó a que me adapte más rápido de lo normal. No importaba hasta dónde la embarrara cada vez, siempre parecía que me tocaba un ángel aparte para velar por mí.

 

 

9

 

 

 

Lo más molesto de la etapa posterior a la abstinencia son las migrañas. Según di­cen, el proceso de desintoxicación es gradual, y las toxinas permanecen dando vueltas en la cabeza hasta su completa eliminación. Lo malo es que no te permiten hacer nada al respecto, porque en la rehabilitación te prohíben el consumo de cualquier sustancia adictiva, nociva para el organismo. No puedes injerir ningún tipo de analgésico ni beber alcohol, y ni siquiera te permiten usar vinagre en la ensalada. Eso sí, te dan vía libre para que fumes todo lo que quieras, como si no se tratara de una adicción. El argumento radica en que la nicotina es adictiva pero no ataca agresivamente el hipotálamo, como si el vinagre sí lo hiciera. En fin, la gente ahí dentro fuma como si fueran murciélagos, y entre las migrañas y el humo, no la pasas nada bien.

Apenas sales del cautiverio, las autoridades del instituto procuran que vayas re­cuperando la vida social. ¿Cómo? Comienzan con sesiones de terapia grupal, a cargo de la doctora Olga Triván, una señora cuarentona muy amable y comprensiva. Tan deprimente como se lo imaginan es; la típica escena de sillas formando un círcu­lo de experiencias personales, donde cada uno emite su opinión bajo la moderación de la diplomada. El tópico de la primera sesión es tan evidente que produce vergüenza ajena: ¿qué es la droga? Ahí vamos.

¿Qué es la droga? A ver si te sabes ésa. Consenso popular casi unánime: la dro­ga es el Demonio.

Lo escribió Marx hace tantos años, que afirmarlo suena a cliché, pero es real: la religión es el opio de los pueblos. Y más aún: la religión es el sustituto inmediato del opio, y de ahí que si te sacan el opio, te vuelcas a la definición metafísica de qué es la droga. Va de nuevo: la droga es el Demonio. La gente tiene que aferrarse a algo, después de todo, y la mayoría parece caer en la doctrina de la fe, donde lo malo es negro, lo bueno es blanco, y todo el universo se resume en una gama de apenas dos colores. Bueno, te tengo novedades del mundo real en el que vivimos: la cocaí­na es blanca y el demonio no es negro, es rojo. A menos que me asegures que te clavaste una aguja porque te obligó un señor de piel colorada, no me vengas con el cuento de Lucifer y la concepción etérea del mal materializada en una sustancia que terminas metiéndote por la nariz. No soy un escéptico, soy tan sólo un realista. Los problemas hay que asumirlos aceptando nuestra imperfección humana, en vez de andar echándole la culpa al cornudo que lleva el tridente.

La catarsis se prolongó durante un par de horas. En la terapia grupal, la opinión es una especie de posta que uno le endosa al que sigue en el círculo. Yo no quería discutir, con la nube de humo y el dolor de cabeza me bastaba, así que directamente expuse estar de acuerdo y de inmediato le tocó a mi compañero lindero. Al menos alguien tenía algo interesante para decir.

Roger Carlson, sentado a mi lado, era un sujeto de peculiaridad notoria. Cuando hablaba, toda la expresión facial se resumía en labios y cejas, las únicas partes que se movían en su rostro. Abría los ojos como un demente y se mantenía estático ob­servando un punto, mientras exponía sus ideas.

—Bueno, Roger, y para ti, ¿qué es la droga? —preguntó por enésima vez, Olga.

Aún recuerdo la respuesta de memoria.

—La droga es un bien escaso que simula la satisfacción de una necesidad no acreditada por el ser económico, y cuya utilidad marginal de consumo por unidad es excesivamente alta.

 No hacía ni falta que Olga dijera nada, con verle la cara bastaba para darse cuenta que la mujer se había perdido en la mitad de la definición.

—¿Cómo es eso, Roger? —preguntó, como si necesitara una traducción.

—Así de sencillo como suena —aseguró él—. Cuando no podemos identificar ade­cuadamente una necesidad, no sabemos cuál es el bien que debe satisfacerla. La droga simplemente emula el proceso de satisfacción con un altísimo grado de efica­cia.

—¿De qué tipo de necesidades hablas?

—Bueno, si pudiera precisarlo, serían necesidades acreditadas —contestó como si fuera obvio. La sala completa se contagió del aire desorbitado de la señora.

¿Qué les puedo contar de Roger? El tipo está tan loco, que efectivamente es un genio. La vida le ha dado una capacidad de análisis abstracto muy por encima de la media, y sí, sus ideas son sumamente disparatadas para la mayoría de los mortales, pero si te detienes a pensar con agudeza sus razonamientos, terminas aceptando que son verdaderos. No estamos hablando de un filósofo charlatán, estamos ha­blando de Roger Carlson, Doctor en Economía, Física y Matemáticas, además de Magíster en “Termodinámica para Sistemas fuera del Equilibrio”; no sé qué carajo querrá decir, pero suena complicado. El hombre se pasó la vida estudiando, porque dice que trabajar le aburre de sobremanera. Terminó el colegio a los doce y a los dieciséis era ingeniero. A los veintiuno, ya Doctor en  Economía, le ofrecieron un empleo para modelar caminos aleatorios orientados a la localización de pozos petrolíferos activos; y a los veinticuatro, era dueño de una empresa de extracción de crudo. A los veinticinco se hizo drogadicto.

En definitiva, Roger Carlson está completamente loco, pero su visión aparente­mente absurda del mundo le ha permitido comprender y explicar muchas de las rare­zas que nosotros, los simples seres humanos promedio, preferimos obviar tras la se­gunda cerveza, sobre todo si dan un buen partido por la televisión.

—Y tú, Roger, ¿tienes alguna sospecha de cuáles pueden ser esas necesidades ocultas que te han llevado a endrogarte? —continuó Triván.

—Quizá sea el hecho de que soy un genio; que todo me resulta sumamente senci­llo; ya no encuentro ningún desafío, ninguna necesidad por satisfacer. Mi tasa margi­nal de utilidad por la satisfacción de todas las necesidades conocidas es ínfima —aseguró.

—¿Y esa es la razón por la que te drogas?

—Claro.

—O sea que, si te entiendo bien, tú propones que tendemos a drogarnos para sustituir una situación de felicidad que debería brindarnos la común satisfacción de las necesidades.

—Podría exponerlo así.

—¿Y qué hay de la gente, que sin ser superdotada o millonaria también se droga? Me refiero a personas que todavía tienen cientos y cientos de necesidades por sa­tisfacer —consultó la doctora.

—A ver, señora, no hay que ser simplista —remarcó Roger—. Yo no he dicho que la gente se droga por ser superdotada, ni que lo hace porque es millonaria. Las perso­nas se drogan porque no encuentran la forma de satisfacer una necesidad que yace oculta. Ahora bien, una necesidad puede ser difícil de encontrar porque alguien ya ha agotado el universo de necesidades, como ser un millonario, o simplemente porque la persona no logra descifrar con exactitud qué es lo que necesita. Póngalo de esta manera: un sujeto de escasos recursos, cuyo padre lo abandonó de niño, puede drogarse para emular la satisfacción de una necesidad inconclusa, que en este caso podría ser la necesidad de cariño.

Interesante teoría, ¿no? ¿Disparatadamente rebuscada? Sí, puede ser. Con Ro­ger no se puede esperar otra cosa que sentirse totalmente enajenado al principio, porque la exposición de sus ideas te desplaza al mundo de lo abstracto, al menos, para la gran mayoría de los que estamos acostumbrados a vivir con los pies sobre la tierra. Pero hay que reconocer que los que saben elevarse, como él, terminan te­niendo un encanto particular que al fin de cuentas despierta simpatía, y hasta admi­ración. Yo lo admiré desde un principio, quizás porque fue el único en definir el pro­blema de la adicción desde un plano cien por ciento científico, en vez de andar husmeando en la caja esotérica de lo desconocido, para encontrar alguna justifica­ción que exceda nuestro entendimiento. Así nos conformamos generalmente, echándole la culpa de nuestros vicios a causas sobrenaturales, que ni vale la pena intentar comprender, porque no son de este mundo. Y finalmente, ¿quién es el loco? ¿El que busca explicar un comportamiento humano por medio de una hipótesis econométrica o el que le atribuye la responsabilidad a Satanás? Ustedes saquen sus conclusiones, que yo me quedo con las mías.

 

 

10

 

 

Y ya que desatamos la controversia del Demonio, hablemos de Fausto Hillarpy. No me mal interpreten, no es el engendro de la maldad, ni mucho menos. Lo relacio­no con el diablo, porque sin ser viejo, es sabio. Fausto es lo que podríamos denomi­nar un visionario, una persona que ve más allá de los hechos y atraviesa el umbral de las ideas con una velocidad inaudita. En cierto sentido, es lo opuesto a Roger, porque es un pragmático. Su mejor cualidad es la simpleza de análisis, la capacidad de crear vínculos sencillos entre hechos evidentes. Un gran oportunista, un sujeto que le saca agua a las piedras y se la bebe. Lo conocí en el instituto junto con Ro­ger, y tras intercambiar dos o tres palabras, enseguida supuse que la droga le había masticado las neuronas.

En aquél entonces andaba obsesionado con la teoría conspirativa de la nicotina, y de lo único que hablaba era de eso. Aseguraba que el instituto no podía pertenecer a ninguna otra organización que no viniera del rubro tabacalero.

—A ver si me entiendes —me dijo de repente—, te enchufan los cigarrillos por la nariz. Esta gente está intentando que reemplacemos el consumo de las drogas con la nicotina. Es el negocio perfecto.

—¿Te parece? —le consulté, burlándome.

—Pero claro que sí, hombre. ¿Qué mejor lugar que éste para captar clientela en el rubro tabacalero? Piénsalo un instante. Sólo te permiten calmar la ansiedad fu­mando. Apenas te dan tres comidas al día, pero cigarrillos, los que quieras. Son los tabacaleros, viejo, los tabacaleros. Siempre han sido los pioneros en la inducción del ser humano hacia la adicción, y lo bien que lo hacen. Estos tipos son muy inteligen­tes, mucho más que los reyes del cartel, y mueven más dinero, de hecho. Estos ma­tan de a cientos de miles y encima les cobran el servicio. ¿Suena increíble, no? Pero es cierto. Tienen comprados a todos los gobiernos del mundo para que el sui­cidio de los seres humanos sea legal y lento, e incluso parezca pintoresco. A ver, ¿tú cómo te llamas?

—Jaime.

—Bien, Jaime, te tiro unos números y tú decides. ¿Sabes cuantas personas enve­nenan sus pulmones en el mundo? Claro que no sabes. Mil millones de imbéciles. ¡Mil millones! ¡Qué mercado más impresionante! A diez centavos el cigarrillo, por cin­co cigarrillos promedio, ¿sacaste la cuenta ya?

Me quedé mirándolo.

—¡Quinientos millones de billetes al día, Jaime! Quinientos millones. A ver si te convences de una vez.

—Eso es mucho dinero.

—¿Cuántos de esos infelices mueren al año, eh? ¿Tienes el dato? Yo te lo paso, mil millones de almas se van tras la estela de humo, un año tras otro. Mil millones, Jaime. ¿Tú eres judío?

—No, no soy judío.

—Bueno, ¿sabes cuántos judíos mató Hitler? ¿Lo tienes a Adolfo? El del bigote corto con pinta de marica.

—Muchos.

—¿Muchos? Apenas seis millones. Seis años de la industria tabacalera. Fumicidio, Jaime, FU-MI-CI-DIO. La gente se prende un cigarrillo y se revuelca de placer, sin saber que cada calada es un pequeño eslabón de un gigantesco sistema perverso. –De repente bajó la voz y comenzó a acercarse mientras me miraba a los ojos–. Porque, ¿quieres saber verdaderamente de qué se trata todo esto? Entre tú y yo. Control demográfico, Jaime, sólo eso. Ganan dinero haciendo el trabajo de garanti­zarnos la disponibilidad de recursos, porque si no el mundo se va al carajo, ¿en­tiendes?, AL CA-RA-JO.

Luego se alejó de nuevo y encendió un cigarrillo.

—Esta gente ha estado ahí toda la vida y son muy buenos haciendo lo que hacen. Son los mejores. Hacen fortunas, Jaime, FOR-TU-NAS.

Caló el cigarrillo largamente y corrió la mirada de mi rostro, para observar tras mis espaldas.

—¡Eh, Roger! —le gritó—. Interesante teoría la tuya, viejo. A ver si me la explicas mejor en el almuerzo, que me muero de hambre.

 

Sí, una experiencia como pocas, así es Fausto. Hijo único, a los doce años se quedó solo, completamente solo. La familia Hillarpy había emigrado de sus tierras natales por motivos ideológicos y en el lugar de destino no tenían más que una fortuna. Sólo eso, dinero, porque eran literalmente millonarios. Lo que para muchos es el objetivo de su vida, para Fausto fue una herencia temprana. La orfandad le tra­jo aparejada la potestad fiduciaria de una corporación metalúrgica importante. El testamento de sus padres había hecho especial hincapié en que la tutoría del mu­chacho estuviera a cargo de James Ewans, uno de los miembros del directorio y amigo cercano de la familia. Y así fue. Fausto pasó gran parte de su infancia en la corporación, sumido en los problemas propios de una organización laboral, hasta alcanzar la mayoría de edad. Una vez acabado el fideicomiso, el joven pudo ejercer su derecho propietario, y vaya que lo hizo. Vendió el cien por cien de su monstruosa empresa y compró veinte pequeñas; organizaciones dispersas por alrededor del globo planetario, dedicadas a rubros completamente desconocidos para él.

—Sí, James sabía mucho de la metalurgia, y seguramente nos hubiese ido muy bien —contaba Fausto—, pero yo no quería eso, yo quería inmensidad; oportunidad; globalización. Quería repartir mi dinero en proyectos que explotaran exitosamente, porque lo bueno de invertir dinero es esto: pierdes lo que pusiste, ganas cifras in­sospechadas. ¿Entiendes?

Le fue bien, él asegura que nada fue suerte, y si analizamos los hechos, creo que tiene toda la razón. Repartió su dinero en proyectos que de sólo mencionarlos invi­tan a reírse. Una productora y distribuidora de sandalias en Ghana; una firma dedi­cada al desarrollo de software en Finlandia; una productora cinematográfica en India; una empresa de video juegos en Japón, y la lista así sigue, por más disparata­da que suene. Para todas y cada una de las inversiones había una razón, una visión que atravesaba las fronteras geográficas y temporales.

—¿Por qué Ghana? —le pregunté—, sandalias en Ghana. ¿Cómo es que se te ocurrió algo así?

—Porque en África, Jaime, un importante porcentaje de la población va descalza. Hay algo de cultural en ello y mucho de pobreza. El tema es que en la época en que me decidí a invertir, muchas empresas de explotación minera estaban incrementando su participación en el territorio, y supuse de inmediato que la demanda de calzado iba a incrementarse exponencialmente. Tú sabes, por contagio cultural principalmente. A los que nos radicamos en tierras con culturas muy diferentes, nos cuesta horrores aceptar la diferencia. Así que, bastante bien terminó saliendo; logré un contrato de exclusividad con una empresa europea de extracción de cobre, para abastecerle de calzado en toda África.

Hay que seguirle el ritmo a este hombre, pensé. Los detalles imperceptibles para cualquiera de nosotros, para él son oportunidades. Está a la pesca, de eso se trata. Observa agazapado constantemente y vincula, relaciona datos y hechos con una velocidad sinceramente impresionante. ¿A quién otro que a él se le podría haber ocurrido el tema de lanzar una nueva droga en el mercado? Era una locura. Por mo­mentos yo sentía que debía levantar del suelo los tornillos que se le iban cayendo a Fausto y a Roger, porque cuando ambos coincidían en un tema de conversación, era como presenciar la colisión —siempre con consecuencias inesperadas— de dos nue­vos planetas de una galaxia inhóspita. Dos nuevos planetas, sí, llamémoslos: De­mencia y Delirio.

¿Cuándo chocaron por primera vez? Creo que el Big-Bang se ocasionó en aquél almuerzo.

Recién nos estábamos conociendo, y el tema de conversación no podía ser otro que la controversial teoría de Roger acerca de la tendencia humana a satisfacer ne­cesidades inescrupulosamente. Fausto se puso incisivo, quería volverse un experto en el tema.

—A ver, Roger, expláyate, hombre. ¿Somos meros seres económicos orientados a la satisfacción de necesidades? —preguntó Hillarpy.

—Somos eso, sí. La economía nos corre por las venas, no hay nada que podamos hacer al respecto. Estamos constantemente a la búsqueda de la marginalidad utilita­ria. Somos entes que tratan de maximizar la utilidad instante a instante.

—¿Somos animales? —pregunté yo.

—No mucho más que eso. Lo que nos diferencia de los animales es que algunos podemos entender lo que nos sucede. Somos estímulo y respuesta química, nada más.

—¿Y qué tiene que ver la química con la economía?

—En nuestro caso, todo. El organismo humano es un sistema de oferta y de­manda de hormonas, ¿qué más? Es todo lo que hacemos; segregamos mensajeros químicos que se sintetizan o se inhiben, para darnos algún tipo de sensación. Estí­mulo y respuesta, eso es todo. El cien por ciento de lo que hacemos tiene como fin replicar ese proceso una y otra vez y así maximizar la utilidad de la respuesta.

—No me digas que también eres bioquímico.

—A decir verdad, no me recibí.

—Roger, esto es muy interesante. ¿De eso se trata, de hormonas? —consultó Fausto.

—Bueno, en realidad de neurotransmisores —contestó Roger.

—Neurotransmisores… Me estás matando, Roger, a ver si te explicas.

—El lenguaje cerebral, Fausto. Todo el estímulo y respuesta de nuestro organismo se realiza mediante la comunicación entre neuronas. Al proceso de comunicación se le llama sinapsis y al mensaje, neurotransmisor. Así se sencillo.

—Muy bien, entonces lo que hacemos es intentar maximizar los mensajes felices, ¿no?

—De eso se trata la vida humana. De recibir buenas noticias. Veo que lo has en­tendido.

 

¿Y tú lo has entendido? Porque lo que voy a contarte de aquí en adelante es lo más disparatado que probablemente hayas escuchado en tu vida. Hay que tener imagina­ción para haber llegado al punto en que llegamos; imaginación y tripas. Pero así es el universo, nada podemos hacer al respecto. Una vez cada millones de años, dos planetas inmensos coinciden en la trayectoria y el estallido genera una nueva galaxia. Bueno, esta es la galaxia donde vivo.

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