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22 min
Instantánea - PARTE V
Suspense |
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Sinopsis

Relato policial que narra las intrincadas peripecias de un agente encubierto de narcóticos, quien tras caer preso de las adicciones, regresa a la escena en muy extrañas circunstancias.

INSTANTÁNEA

PARTE 5 – Láminas de menta.

 

 

 

 

Durante un tiempo no volvimos a mencionar el tema. Consolidamos nuestra rela­ción amistosa a partir del intercambio de experiencias algo menos trascendentales, como suele ser generalmente. Pero lo que para mí había sido una conversación disparatada, para Fausto había sido la génesis de un proyecto. No lo había de­mostrado, pero silenciosamente se había volcado de lleno a hacer lo que mejor hace: emprender. Nos agarró por sorpresa, de la única manera que puede agarrarte un sujeto así; alguien que mientras tú te dedicas a comer y mirar deportes por televi­sión, planea el redescubrimiento del mundo a través de su particular prisma multico­lor. Y un día cualquiera, simplemente te lo tira encima para ver qué opinas. Como el día en que jugábamos a las cartas y bebíamos jugo de naranja, sin sospechar que ésa sería la tarde que cambiaría el rumbo de nuestras vidas.

—Compré un laboratorio —lanzó en el medio de la partida. La aseveración no tenía nada de extraordinario, al menos no para un multimillonario que pasaba más tiempo comprando y vendiendo empresas que durmiendo.

—Muy bien, Fausto —le felicité—. ¿Alguno conocido?

—No, uno pequeño, hacen genéricos sin marca. Ideal para mis pretensiones.

Cuando Fausto dice pretensiones, detrás de la palabra se esconde una investi­gación exhaustiva de mercado.

—Así se hace. Cuéntanos de qué se trata esta vez —le animé.

—Creo que tenemos que hacerlo, lo he repasado mil veces y no puede fallar.

Roger y yo apartamos la vista de los naipes para mirarlo.

—¿Tenemos que hacer qué? —preguntó Roger.

—Una droga, tenemos que inventar una droga y lanzarla al mercado.

—¿A qué te refieres exactamente con una droga, Fausto? —pregunté.

—¿A qué más? A alguna sustancia sintética que genere felicidad —afirmó—. Roger, amigo, tú me has abierto los ojos. Tenemos una oportunidad al alcance de nuestras manos y hay que aprovecharla.

—¿De qué estás hablando, Fausto? Te van a encerrar de nuevo en el quinto piso si te escuchan —dijo Roger.

—No, no. Escucha bien. Una droga sintética que emule el proceso de felicidad, que la maximice. Algo radicalmente nuevo, algo superior.

—Pero mira que eres excepcionalmente rico para ser tan payaso —mencionó Ro­ger y arrojó las cartas—. Si no existieran los antidepresivos, las anfetaminas, la cocaína, la heroína y la completa lista de drogas que andan dando vueltas por el mundo, diría que eres un visionario. ¿En qué demonios estabas pensando? ¿Qué crees que hace la droga sino eso?

—Roger, no entiendes. Tú tienes un concepto, una idea. Has descrito una necesi­dad humana de una manera tan perfecta, que podemos ir a saciarla mejor que na­die. No importa que exista el producto ya, importa cómo lo vendes. Yo tengo un plan para salir a comernos el mercado, para decirle al cliente: esto es lo que estabas buscando, aquí está, ven y paga por ello.

—Se te ha cortado la irrigación cerebral, Fausto.

—No, escuchen. Láminas de menta –dijo en voz baja, con los ojos bien abiertos y los dedos formando un rectángulo sin uno de los lados—. Envasadas como una go­losina, pero con la receta mágica de la felicidad dentro. Fáciles de llevar y consumir, libres de la constante preocupación de cómo y dónde. Felicidad instantánea al alcance de la mano, donde quieras y como quieras.

—Lo dice en serio —le comenté a Roger.

—Oigan, no estoy bromeando, ya compré el laboratorio, y voy a hacerlo con o sin ustedes.

—Fausto, vender droga es delito, ¿comprendes eso? —remarcó Roger.

—Ah, Roger, no me vengas con esa porquería, que somos grandes. Los tabacale­ros nos envenenan desde que tengo memoria y salen ilesos porque la ley es un poco menos taxativa que lo normal y en vez de prohibir la nicotina, estipula que es perjudicial para la salud.

—Aun así —reforcé—, es delito. Si nos agarran vamos presos.

—A ver, amigos, dejemos de lado el tema moral. Más allá de la ley, si sabes a quién endulzar, no van a agarrarte.

¿Cómo discutirle que no estaba del todo de acuerdo? Me hubiese gustado expli­carle que el Pez Gordo venía diciéndome eso hasta que yo mismo le agujereé la ca­beza. En el mundo de la droga no hay diezmo que te proteja, porque de vez en cuando, hay imperfecciones en el sistema. Un agente en el club de los siete, que no sabe de qué van las relaciones carnales entre los políticos y los dueños del cartel, termina haciendo de tu circo un fiasco. Preferí no mencionarlo, porque en este ambiente uno nunca sabe.

—¿Cómo estás tan seguro? —pregunté.

—Porque así es, Jaime. La droga no es legal en este estado porque a nadie le conviene. Los productores no quieren que aparezca la competencia y los que deci­den quieren continuar recibiendo un portafolio lleno de billetes cada vez que un pro­yecto de ley aparece para ser votado.

—Aun así, hay organismos que luchan contra el sistema, Fausto —afirmé.

—Todo circo, Jaime, organizaciones inventadas que autorregulan su eficacia. ¿Co­noces lo que es la doble A?

—Sí, conozco.

—Bueno, ¿acaso sabes qué es lo que les sucede a los agentes encubiertos de la organización?

Ni que lo digas, pensé.

—¿Qué?

—El setenta por ciento terminan siendo adictos y el otro treinta muere. La AA es un árbol que no crece, Jaime, lo podan constantemente.

—Ya basta —dijo Roger—, yo estoy dentro, sólo dime cuánto dinero quieres y no me cuentes más nada, que no quiero involucrarme en tus locuras. Me depositas las ganancias en una cuenta y eso es todo.

Fausto sonrío y le palmeó la mejilla. Yo me quedé pensando en la idea. Lo que decía era tan cierto, que por un momento me planteé abandonar todo para arrojarme a flotar por la galaxia que entre ambos habían hecho nacer. Al instante siguiente me decidí.

—Espera, espera —dije—. ¿Cómo vas a introducir el producto en la calle?

—Conocemos distribuidores. Entablaremos contactos, no sé. Todo es cuestión de dinero, ¿no?

—No, Fausto, la calle es difícil. Difícil y peligrosa. Si no entras en la red de distri­bución con los pies firmes, sales de ahí forrado en madera —aseguré.

Fausto y Roger me observaron con extrañeza.

—¿Y tú cómo sabes tanto de la distribución de la droga? —preguntó Fausto.

—Tú tienes tus experiencias y yo las mías —dije—. Yo no tengo dinero para invertir, pero puedo poner el producto en la calle en cuestión de semanas.

 

 

 

 

 

12

 

 

Hasta que no sucedió finalmente, no creí que fuéramos a hacerlo. No es que du­dara de que a Fausto le faltara estómago para llevarlo adelante, es que simplemente me costaba situarme en un negocio como éste. Cuando te envuelves con los locos, te lleva un tiempo acostumbrarte a su delirante forma de actuar. De una charla que podría haber tenido cualquier grupo de amigos borrachos, nosotros sacábamos un proyecto, y mis socios estaban decididos a involucrarse sin el más mí­nimo resguardo. Yo había pensado que una vez fuera del instituto sólo quedaría la anécdota, algo así como un elixir al que recurríamos para combatir el fastidio del en­cierro. Me equivoqué. Estos tipos de verdad que lo habían tomado en serio; iban por la conquista del cartel, sin importarles quién se les pusiera en el camino. Y yo, que no podía ser menos, detrás de ellos.

Cuando vienes de un proceso de rehabilitación, en la agencia te reciben como el hijo pródigo. Otra dosis de hipocresía a la que debes acostumbrarte. Pobre mucha­cho, ha caído en la adicción, como si no supieran que somos siete de cada diez. A mí me asignaron un trabajo de escritorio acorde a mis antiguas funciones: “supervi­sor de investigaciones forenses”. Debo confesar que no estaba mal; el puesto de verdad tenía sustancia, pero yo ya estaba involucrado hasta la médula en el ne­gocio de Fausto y Roger, y por extraño que parezca, algo similar a una deuda de ho­nor, respeto a la palabra, o como quieran llamarlo, me arrastraba hacia ellos. Así que renuncié, argumentando vulnerabilidad psicológica al entorno de trabajo; algo así como que el ambiente me traía recuerdos insalubres. Cuando te vas del lugar con esa excusa, te ponen encima un buen fajo de billetes y te hacen firmar unos cuatro kilogramos de formularios y declaraciones. Que renuncias a tus derechos de indemnización por daños físicos y/o morales; que te obligas a mantener la boca cerrada por el resto de tus días; que entiendes a la perfección las consecuencias de las operaciones que has llevado a cabo y otra docena de cosas que terminas certificando frente a un notario.

Puse el autógrafo y me fui, con una buena torta de dinero en el bolsillo, que me enorgullezco en asegurar no gasté en estupefacientes. Nunca más me metí porque­rías. No sé si es porque tuve una etapa corta de adicciones o qué, pero a mí la reha­bilitación me sirvió de por vida. Bueno, sí, alguna que otra vez tuve que probar lo que ahora vendo yo, pero es una propensión al consumo estrictamente profesional.

Durante tres semanas estuve analizando la posibilidad de ponerme un negocio propio, una oficina privada de investigaciones forenses o algo por el estilo. Un traba­jo para tener un refuerzo, porque en realidad, el tema del nuevo proyecto me dejaba algunas dudas. Jamás se me llegó a ocurrir que fuéramos a tener el éxito que inme­diatamente tuvimos. El mercado de la droga es muy difícil de penetrar, y si tienes la suerte de hacerlo, lleva un tiempo prolongado. Pero debo aseverar que si el cerebro que te marca el camino es Fausto Hillarpy, cierra los ojos y aprieta el acelerador a fondo, porque si chocas, al abrir los ojos estarás en el cielo. Puedo parecer repetitivo acerca de él, pero es que no dejaba de sorprenderme. Evidentemente su fortuna te­nía poco y nada que ver con la suerte. El hombre estaba en el más mínimo de los detalles, y el tiempo, era una dimensión que estrujaba hasta hacerlo encajar en su itinerario de planes.

Nos convocó a Roger y a mí para que fuéramos a cenar a su casa; dijo que tenía interesantes novedades acerca del proyecto, pero más que novedades, lo que tenía era la versión oral del plan definitivo. Le faltaba el moño y el paquete, nada más.

—Dopamina —dijo mientras cenábamos—. ¿Saben lo que es?

Sí, yo alguna idea tenía. Había estudiado todo el funcionamiento hormonal y neu­rológico humano en la facultad, pero de ahí a generar relaciones con lo que nos pro­poníamos, y con una botella de vino encima, había tres o cuatro horas de distancia; algo así como unas ciento ochenta veces más de lo que le llevaba a Fausto.

—Es un neurotransmisor —contestó Roger.

—Exacto —dijo Fausto—, un neurotransmisor. El sujeto del laboratorio con el que estoy trabajando ha estado investigando y me dijo que puede armar algo, algo bue­no.

—¿Quién es el sujeto? —interrumpí.

—Un bioquímico que trabaja para mí, un muchacho genial.

—Fausto, ¿le has dicho de qué viene esto?

—Jaime, ¿qué quieres que haga? Este tipo es lo que necesitamos, está involucra­do en el proyecto al cien por cien.

—Pero apenas lo conoces, Fausto.

–—ye, Jaime, a ver si me lees los labios. Este tipo está con nosotros, ¿de acuerdo? ¿O vas a ponerte tú a sintetizar una droga?

—¿Cuál es su nombre? —pregunté.

—Yo ya lo investigué, está limpio —dijo.

—Dame su nombre, vamos —insistí.

—Mierda que eres incisivo. Edward Barrel se llama. ¿Está bien?

 

Las  mañas del oficio te quedan de por vida, nunca se pierden. Pásate un par de meses en el ambiente de las drogas, con tipos que te encañonan por pura gracia, con malandrines que terminan siendo agentes antinarcóticos; con agentes antinarcóticos que terminan siendo malandrines; con sangre y sesos revistiéndote el rostro, y ahí verás que los delirios de persecución sirven de algo. Si vas a confiar en alguien, ten el arma cargada y al alcance de la mano. Pero sí, Edward Barrel estaba limpio, le pedí el favor a Catherine Valley, de la oficina de averiguaciones de la AA, y los resultados lo dieron por desconocido. Quizás terminara siendo un hijo de puta, pero un agente encubierto de seguro no era.

 

—Edward dice que la dopamina es un SIMPA-NO-SÉ-QUÉ, y que actúa sobre el sistema nervioso simpático, generando la sensación de gozo y satisfacción —conti­nuó Fausto.

—No es, actúa, actúa como un simpaticomimético. La dopamina es un neuro­transmisor que generalmente se asocia al estímulo-respuesta del placer —dijo Roger.

—Ahí lo tienes, eso es. Él dice que para nuestro objeto, es el fármaco perfecto, y que no le costará mucho elaborar un compuesto sintético que intente emular la sen­sación que buscamos.

—Dihidroxifenilalanina —mencionó Roger.

—Perdón —dijo Fausto.

—Es el sintético que se utiliza para emular la dopamina, generalmente usado en pacientes con Parkinson. Se suministra a través de un fármaco llamado levodopa, un precursor biológico de la dopamina, porque la dopamina no puede atravesar la barrera hematoencefálica.

Como ustedes están ahora, estábamos nosotros. Mirándolo con desconcierto.

—¿Qué les sucede? ¿Por qué me miran así? —preguntó Roger.

—¿Cómo sabes todo eso? —pregunté.

—Porque soy un genio. ¿Cuántas veces debo repetirlo? —contestó.

—Sí, sí, bueno con la bioquímica —saltó Fausto—. No me importa qué carajo vaya a hacer Edward, pero me dijo que incrementando receptores y segregando más dopa­mina, y no sé qué de los inhibidores, iba a llegar a algo muy pronto. Así es que yo ya compré el geriátrico.

Roger y yo nos miramos y comenzamos a reírnos. ¡Un geriátrico! De repente, en­tre toda esa maraña de compuestos bioquímicos y especulaciones sintéticas, de ese complejo universo de palabras imposibles de deletrear, y aún más difíciles de en­tender, aparecía la palabra geriátrico; surgía incomprensiblemente de la nada. Un geriátrico, ¿un geriátrico?, pensé.

—¿De qué se ríen? —preguntó Fausto.

—¿Para qué queremos un geriátrico? —consultó Roger.

—Pues para la prueba de campo, ¿para qué más? —contestó, seriamente.

 

 

 

 

13

 

 

La prueba de campo… No es algo de lo que esté orgulloso. Sé que suena hipó­crita, pero es real. Quizás no me atrevería a aseverar que estoy arrepentido, porque en el medio del asunto hay algunos atenuantes que me sirvieron de consuelo, pero al fin de cuentas, sí, debo reconocer que haberse arrojado sobre un grupo de viejos fue una solución un poco morbosa.

Morbosa, aunque rápida. También hay que darle la derecha a Fausto en los aciertos. En la bioquímica, el trabajo investigativo en seres humanos es tan comple­jo, que lanzar un producto legal lleva varios años. Nosotros teníamos un estupefa­ciente y una ansiedad que nos llevaba puestos. Vimos la oportunidad y la tomamos, simplemente eso. Tener a Fausto en el equipo te garantiza esa especie de omnipo­tencia, la de tomar lo que necesites sin pedir permiso, cuando quieras y donde quie­ras. El hombre compró un geriátrico. ¿No les había dicho yo que era un pragmático?

Ya me sé el cuento de la moral y el de la conciencia que anda dictando lo co­rrecto a los susurros. Bueno, si esta vez dijo algo, nosotros no la oímos. Nos lanza­mos sobre los ancianos a revolucionarles el metabolismo, a darles un poco de felici­dad en sus últimos tiempos y tras haberlos visto con mis propios ojos, no tengo por qué arrepentirme. Es más, estoy seguro de que más de uno, si le hubiéramos expli­cado de qué se trataba, hubiese realizado el salto por sí solo. Para convencerse hay que estar ahí, hay que ver a un viejo de ochenta años endulzado hasta la médula de alegría, gritando y bailando alrededor como si fuera un adolescente. Es maravilloso, sensacional; es todo lo que un buen nieto puede desearle a su abuelo en el final de sus días.

Roger y yo casi no pisábamos el lugar, el que más andaba por ahí era Fausto. Roger no quería involucrarse demasiado, y a mí, sinceramente, me daba lo mismo. Preferí la distancia por las dudas, siempre es mejor que no conozcan tu cara cuando estás metido en algo que huele mal. De cualquier manera, recibíamos in­formes de situación todas las semanas. Fausto había puesto a alguien de su con­fianza a manejar el circo dentro del geriátrico, alguien a quien definitivamente no le importaba la longevidad.

Lamentablemente, la instantánea no pudo ser concebida como originariamente la habíamos idealizado. ¿Recuerdan el cuento de las láminas de menta, no? Bue­no, no pudo ser. Los neófitos siempre terminamos viajando en sueños más allá de las posibilidades, y esta vez, el que nos puso los pies sobre la tierra fue Edward Ba­rrel.

—No, ¿láminas de menta?, imposible —dice Fausto que le dijo—. Lo que estoy pre­parando no puede administrarse en forma oral, porque antes de que se meta en la sangre, lo destruye el hígado y otros órganos.

Por un momento creímos que nuestro sueño se desvanecía. Edward aseguraba que la única manera de administrar su combo agonista —así le llamaba— era me­diante la infusión intravenosa continua; mediante agujas, para los que hablamos castellano básico. Ése era prácticamente el fin, la tumba de nuestro proyecto. A Fausto le dio por decir que ya no teníamos producto, que vender un polvito que se quema e inyecta en la sangre era un fracaso, algo a lo que todo el mundo ya estaba acostumbrado. Debía de ser extremadamente bueno como para que los distribuidores lo encontraran atractivo, porque de cualquier otra forma, siquiera se fi­jarían. Necesitábamos algo para sacudir el mercado, para reinventar el concepto del consumo mucho más allá de los efectos que la droga finalmente ocasionara. Llevó algún tiempo, también algo más de dinero, pero finalmente lo encontramos. Mejor dicho, Edward lo encontró.

Fausto lo torturó de tal manera, que Barrel terminó poniéndose a la altura de las circunstancias, y hay que decir que de modo insospechado, el muchacho se plantó en su posición hasta dar en clavo. No quiso reconfigurar su combo, por mero afecto profesional, muy a pesar de que nosotros hiciéramos hincapié en que lo más importante era el formato del producto. No hubo caso, Edward aseguraba que sintetizar una droga para ser administrada de forma oral iba a reducir la calidad drásticamente. Fausto se cansó de discutir con él, al punto de casi despedirlo, cuando el sujeto se las trajo con la nueva idea. Mismo formato, tamaño y envase, distinta aplicación. Parches dérmicos. Pequeños rectángulos que se adherían a la piel e inyectaban dosis continuadas de la droga. Económicamente, no eran una ganga, pero hay que sacarse el sombrero frente al encanto. No hace falta describir la fascinación de Fausto; desde el primer momento en que los vio, se enamoró de ellos.

—Funcionalmente perfectos —nos dijo—. No hay que siquiera mostrarlos, te los pe­gas en el cuerpo, debajo de la ropa, y ahí vas, instantáneamente alegre.

Funcionaban bien; muy bien. No me pidan que les explique qué tenían dentro, pero lo que había preparado el fulano éste te situaba en la cima del mundo. No hace falta realizar comparaciones y no sé si efectivamente puedan existir. Cocaína, heroí­na, instantánea; todas se sienten de forma diferente. La instantánea produce una sensación característica, la que queríamos nosotros: saciedad. Te incrustas dos o tres parches y al rato sólo te sientas a disfrutar. Te importa una mierda lo que suce­da a tu alrededor, y los problemas se evaporan de tu cabeza. Ya no necesitas pensar en nada, simplemente disfrutas. Dejas de tener ese constante acecho de necesitar de algo para ser feliz; la felicidad está ahí, en tu brazo, tu pierna, tu pecho; adherida a tu piel y administrando dosis en miligramos, maximizando la satisfacción instante a instante. ¿Entienden? Instante a instante. Felicidad instantánea, algo por lo que una importante cantidad de gente pagaría dinero.

 

Así que fuimos a meterles la porquería a los viejos. Insisto, el hecho tuvo muchas más consecuencias afortunadas que trágicas, aunque de las últimas haya habido bastantes. Pero la pasaron bien, mejor de lo que la hubieran pasado sin nosotros; y los que no, de cualquier manera, ya no tenían mucho más tiempo para “pasarla” si­quiera.

¿Cómo nos movimos dentro del geriátrico? Cuento sólo por lo que escuché, porque a decir verdad, jamás estuve presente en la administración de la droga. Se utilizaron parches en los ancianos que traían vendajes, que según tengo entendido, eran varios. Los viejos se golpean, se caen, se rompen algún hueso; en definitiva, siempre hay que aplicar o cambiar vendajes. Pegábamos los parches en los extre­mos inmediatos de las vendas y luego los vendábamos como si nada. Los vetera­nos ni siquiera se enteraban. También había otra minoría a la que administrábamos la droga sin parches, por flujo intravenoso, simplemente para verificar la efectividad del sintético. Eran los menos, porque eran quienes andaban conectados; los más enfermos, por llamarles de alguna manera. Le inyectábamos la instantánea mezcla­da con el suero.

La prueba de campo fue un éxito. A las pocas semanas de investigación, descu­brimos que Edward había hecho sus deberes aún mejor de lo que esperábamos. Te­níamos, seguramente, el geriátrico más feliz del estado, y antes de que se nos fuera de las manos, decidimos dar por finalizada la etapa. No por las muertes; los decesos en un geriátrico son inevitables, y con o sin drogas en el medio, la tasa de mortandad prácticamente no se modifica. Nunca me lo dijo, pero estoy seguro de que ésa es la razón por la cual Fausto eligió el lugar. Un geriátrico es el ámbito perfecto para realizar una prueba biológica del estilo. Deténganse a pensarlo por un momen­to: los viejos que orbitan el lugar no son otra cosa que almas olvidadas por familia­res, quienes están a la espera del llamado trágico lo antes posible, para ya no tener que escuchar las quejas de sus ascendientes. Las expectativas no son otras. Nuestro problema, precisamente, era que los viejos andaban felices revoloteando por ahí, gritándolo a los cuatro vientos. Los parientes empezaron a sospechar y tuvi­mos que salirnos.

Aun así, con apenas mes y medio de investigación, recabamos toda la informa­ción que necesitábamos. Tampoco es que pretendíamos saber a la perfección la adaptación del organismo a la instantánea; simplemente queríamos asegurarnos de que la droga fuera efectiva, adictiva y relativamente poco destructiva. El mix óptimo del producto, le llamaba Fausto.

—El cliente tiene que regocijarse al punto de querer repetir la experiencia nuevamente —me dijo—. Pero tenemos que tener mucho cuidado de no matarlo de inmediato. ¿Entiendes?

No matarlo de inmediato, ahí subyace la supervivencia del negocio. Para el caso, debimos estudiar las contraindicaciones del consumo y procesar la información. Si se te muere rápidamente el cincuenta por ciento de la muestra, arroja la porquería a la mierda y empieza de nuevo, porque no funcionará.

Las contraindicaciones eran las que esperábamos, las mismas que Edward había pronosticado. Como regla número uno, no hay que darle instantánea a alguien que sufre del corazón, porque le estalla a los pocos minutos. Se quedan agazapados en el suelo, temblando como un conejo degollado, y aquí lo menciono como testigo ocu­lar. Por lo demás, lo normal: taquicardias, jaquecas, transpiración, falta de apetito, disminución de la capacidad motriz, esquizofrenia e inmovilización parcial o total en dosis elevadas. Muerte si se llega a la sobredosis.

Las estadísticas fueron lo bastante generosas como para que nos pusiéramos contentos. ¿Adivinen qué? De cada diez viejos que sometimos, 3,2 fallecieron. 6,8 experimentaron abstinencia. Hubo un parche, que por algún extraño motivo infectó el brazo de un anciano, y no tuvimos otra alternativa que amputárselo.

 

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