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16 min
Instantánea - PARTE VI
Suspense |
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Sinopsis

Relato policial que narra las intrincadas peripecias de un agente encubierto de narcóticos, quien tras caer preso de las adicciones, regresa a la escena en muy extrañas circunstancias.

INSTANTÁNEA

PARTE 6 – Peligrosa resurrección.

 

 

14

 

 

 

—Ahora te toca a ti —me dijo Fausto, el día que nuestras copas chocaron en el brindis de nuestro éxito.

Me tocaba a mí. A mí siempre me toca lo peor, pero vivo acostumbrado a ello. No voy a decir que me tomó por sorpresa, porque desde el momento en que vislumbré que el tema venía en serio, me puse a pensar en la forma en que llevaría a cabo mi parte del trato. Nadie me había obligado a participar, yo solo me había metido en el proble­ma, como usualmente hago. Tenía que comenzar con algo, encontrar un punto de partida, algún nodo que me permitiera expandir la red a su alrededor. ¿Y quién fue? Tití, ¿quién más? Tití es la Roma de mi geografía, todos los caminos conducen a él. No había otra alternativa, simplemente ésa. Mark Volatis se había ido del gremio con los pies para adelante y un epitafio en los obituarios del matutino; no podía regresar a los brazos de cualquiera. En primer lugar, porque con Culebra habíamos hecho tal zafarrancho, que de seguro toda la cadena de distribución había cambiado; mi agenda era un fajo de papeles obsoleto. Pero más importante que lo primero es lo segundo: si te fuiste del negocio por el túnel que proyecta la luz al final, tienes que tener mucho cuidado de volver.

Sólo hay dos tipos de fantasmas que regresan de la muerte en este negocio: los agentes antinarcóticos retirados y los distribuidores retirados que son ahora agentes antinarcóticos. Yo tenía que convencer a Tití de que no era ninguno de ellos, antes de que la bala me perforara el cerebelo. Mi parte del trato era la menos sencilla del proyecto. Sí, ya sé, yo no ponía un centavo, pero el riesgo siempre termina capitali­zándose de algún modo. Roger y Fausto arriesgaban dinero; yo invertía mi vida.

Volver a localizar a Tití en el mapa no fue difícil. Catherine Valley me ayudó a ha­cerlo, y no me pregunten por qué. Cath debe tener algo conmigo, deseos de lle­varme a la cama o algo por el estilo, porque siempre accede a lo que le pido sin pe­dir nada a cambio. Difícil de creer pero real, ésas son las garantías que ofrece la confidencialidad de la AA.

No había vuelto a tener novedades de Tití desde la masacre en la casa del Gordo. Siempre intuí, sin embargo, que volver al negocio para él iba a ser más que difícil. Las circunstancias se prestaban a la suspicacia, y si algo hubo de tener, fue suerte de que no lo asesinaran. Al tipo se lo lleva la policía justo el día en que un par de agentes de la AA revientan la Casa de TE. A la mañana siguiente lo sueltan. No sé a ustedes, pero a mí me sonaría a entrega, si fuera un distribuidor. Si no hubiese estado protegido por los popes de la noche, Tití no hubiera vuelto a caminar.

Apréndanse esta lección: en el círculo de los vicios, el respeto funciona como en cualquier otro; quién más experiencia tiene, más autoridad impone. La prostitución existe desde siglos y siglos antes de que alguien se enterara que masticar una plan­ta te hacía ver luces de colores, y eso, significa sabiduría. Los que manejan la noche no son los distribuidores de droga; los que manejan la noche son los distribuidores de vaginas. La droga es siempre una herramienta presente en la noche, un acceso­rio, pero el sexo, es el rey de todos los pecados. Las plantas de cocaína crecen porque los dueños de la noche lo permiten. No hablo de regentes de diez putas, me refiero a los verdaderos dinosaurios, los que manejan el negocio desde arriba, los in­visibles padres del vicio; los que si alguna vez llegan a tocarte, sólo dos cosas pue­den pasarte: irte muy bien o no irte nunca más.

A Tití lo tocaron para bien, desde muy joven. Tenían grandes planes para él en el negocio, pero circunstancialmente, terminó dedicándose a la droga, por la típica an­siedad juvenil. La distribución de la droga rápidamente te coloca en un pedestal y te otorga acceso a cosas que jamás en tu vida imaginaste alcanzar. Es un negocio que maneja mucha caja, y Tití no pudo resistir la tentación.

Así que regresó a sus raíces, como hijo pródigo. Luego de la debacle, le vetaron regresar a la distribución, pero se salvó de que le asignaran un número fijo en la lo­tería de la vendetta, básicamente porque los dueños de la noche se le pusieron de­lante. Le dieron lugar para que volviera a regentar los antros que solía manejar en sus primeros años, y con eso se mantuvo en pie.

Le seguí el rastro durante unas semanas, hasta memorizarme su itinerario. Tenía una sola forma de entrar sin despertar demasiada sospecha. Una forma arriesgada, pero la única que al menos me daría el beneficio de la duda. No podía aparecer en son de paz, porque iba a terminar con la cabeza llena de plomo; tenía que golpear fuerte desde el principio y después remar, rogando que la suerte me acompañara.

Saqué el disfraz de Mark Volatis del closet y volví a ponérmelo. Un fulanito me consiguió una Beretta 92 en muy buen estado en el mercado negro. Me faltaban las marcas en los brazos, y retrocedía un año en la vida. A falta de agujas, me incrusté tres parches de instantánea en el brazo y salí a por él.  Me estaba jugando el pescue­zo por enésima vez, la tarea favorita del señor Volatis. No será la primera vez que le esquives el bulto a la parca, me dije a mí mismo para tranquilizarme, pero mi lado cobarde pensaba en paralelo: espero que la pasada no haya sido la última.

Lo abordé por sorpresa desde atrás en la puerta de su apartamento, encañonándola la espalda.

—Abre la puerta —le susurré.

Cerré la puerta con el pie y le saqué el revólver de la cintura. Después lo desmayé de un culatazo en la nuca y lo até a una silla. Veinte minutos más tarde se despertó mirando el cañón de la Beretta. 

—Mark Volatis —dijo—. Tú deberías estar muerto, hijo de puta.

—Sí, gracias a ti —afirmé—. ¿Ése era el trato? ¿Nos tenían que matar a todos?

—¿De qué mierda estás hablando?

Redoblé la apuesta con un gancho en su mejilla. Su rostro se sacudió hacia el costado y se quedó ahí unos segundos.

—¿Qué ganaste, Tití? Cuéntame. Porque te he estado observando y no te veo en el negocio. ¿Lo hiciste sólo de cobarde que eres? ¿Nos entregaste de puro marica?

—No sé de qué estás hablando, Volatis. Tú eres el que apareció en los periódicos muerto y ahora resucitas milagrosamente.

Comencé a reírme.

—Te dijeron que había muerto, ¿eh? Te quedaste tranquilo pensando que nos ha­bíamos ido todos tres metros bajo tierra. Bueno, Tití, yo me mantuve en la superficie, y aquí estoy, vivo y con un arma apuntándote a la frente.

—A mí nadie me dijo nada, imbécil, tú saliste en los obituarios.

—Y te lo creíste. Te creíste el cuentito de la policía, ¿eh?

—Yo no hablo con la policía, y por eso no hablaré contigo. ¿Crees que soy estúpi­do?

Me levanté de la silla y fui hacia la mesa donde había dejado su revólver.

—La noche que yo esquivaba balas en la casa del gordo, si mal no recuerdo, tú estabas con la policía —dije mientras dejaba caer todas las balas del revólver—. No fue una noche placentera, Tití. Culebra sacó un arma y comenzó a tirar a quemarro­pa. —Coloqué una bala nuevamente en el tambor y lo hice girar. —No sé exactamente la razón por la cual dijeron que había muerto, pero se me ocurrió que fue para de­jarte tranquilo a ti.

Caminé hacia él con el revólver en la mano.

—Me hicieron un favor, Tití. ¿Entiendes? —le apunté—. Lo mejor de estar muerto es que no pueden culparme de tu asesinato.

Tiré del gatillo y nada, sonido hueco.

—¿Qué es lo que quieres? —me preguntó. Sudaba como un mono.

—¿Por qué nos entregaste? —pregunté.

—¿Eres estúpido o qué? ¡Yo no entregué a nadie! —gritó.

Tiré del gatillo nuevamente. Tití frunció el ceño y cerró los ojos con fuerza. Cuando escuchó el percutor golpear sin estruendo, volvió a respirar.

—Estás de suerte, Tití —dije.

—Espera, Mark, espera. Yo no lo hice, yo no entregué a nadie. Jamás entregaría a nadie, estaría muerto si fuera así.

—Exactamente. Comienzas a entenderme —dije y retraje el percutor.

—Yo no fui, Mark. No seas estúpido. Tú lo viste con tus propios ojos, Culebra era un maldito agente encubierto, nos engañó a todos.

—¿Ah sí?, ¿y qué hacías tú con la policía esa noche?

—No lo sé, te juro que no lo sé —comenzó a llorar—. Vinieron a buscarme y me llevaron con ellos. Me encerraron, sin explicaciones. Me dejaron en un cuarto toda la noche y al otro día me soltaron.

Estaba quebrado. Jamás en mi vida imaginé que iba a verlo a Tití de ese modo.

—Ya basta de mentiras, Tití. Se te acabó el tiempo.

—Creo que fueron los popes... Ellos tienen conexiones con la poli —dijo—. Nunca se los pregunté, pero no pudo haber sido de otra manera.

—¿De qué popes hablas? ¿Los puteros? —pregunté.

—Sí. Deben haberse enterado de que iba a haber una redada; la policía siempre les pasa informe de las cosas gordas. Me sacaron del juego para que viva. Tiene que haber sido así, Mark —sus ojos se llenaron de  lágrimas—. Yo no entregué a na­die, viejo. Mátame si quieres, pero yo no fui.

Le apunté unos segundos más. Podría haber seguido jugando, pero no quería que el circo se tornara notorio. La bala falsa había sido todo un éxito. Abrí el tambor, y la dejé caer en mi mano. Tití siquiera se percató de la monería. Pretendí hacerme el consternado y me senté frente a él, agarrándome la cabeza en posición encorva­da. Me quedé así un rato largo; al teatro hay que darle tiempo para que sea convin­cente, para que parezca real.

Ya estaba adentro de nuevo. Ahora había que remar.

 

 

 

 

 

15

 

 

 

No sé cuánto tiempo pasó hasta que volvimos a hablar; veinte, treinta minutos quizás. Tití me miraba y yo a la pared.

—Salté por la ventana en el medio del tiroteo —dije de repente—. Nadie me siguió. En la calle se corría el rumor de que la policía te había encerrado, y no tuve otra alternativa que desaparecer. Estuve a la deriva un par de días. Cuando encontré mi nombre en el periódico no supe qué pensar, pero definitivamente me confirmó que ausentarme un tiempo era lo que tenía que hacer.

—¿Dónde fuiste? —me preguntó.

—Aquí y allá —contesté—, refugiándome con viejas amistades.

—¿Cómo fue la cosa?

—¿Cómo fue qué?

—En lo del gordo, la noche del ataque.

—Fue violento. Aún no logro entenderlo porque estaba dado vuelta. El gordo me despertó a cachetazos, gritando y disparando a los cuatro costados. “Culebra”, gritaba todo el tiempo, “Culebra, ese hijo de una gran puta”. De repente hubo una balacera terrible y yo me arrojé por la ventana, lo hice porque estaba drogado; caí desde tres metros al césped pero no me dolió. Eso sí, el golpe me despertó, me dio la adrenalina que ne­cesitaba para estar lúcido. Y corrí, corrí y seguí corriendo sin mirar atrás.

Nos quedamos en silencio un tiempo más. Probablemente Tití estuviera proce­sando la historia que le contaba. Yo perfeccionaba el arte dramático.

—¿Por qué me mataron? Sigo sin entenderlo. Todo este tiempo creí que era para engañarte a ti. ¿Qué otra razón podría haber? —me pregunté en voz alta.

—Tal vez fue un encargo —balbuceó Tití.

—¿Un encargo?

—Esto está todo podrido, Mark. El cartel se reinventa a sí mismo cada tantos años. Los productores necesitan renovar la cadena de distribución para sustentar el poder, para que la calle no se les vaya de las manos.

—¿Estás diciendo que todo esto lo armaron los dueños del cartel con los anti­narcóticos?

Tití largó una carcajada.

—Mark, todos beben del mismo cántaro. El cuento del bien y el mal es para la mu­chedumbre; la Agencia Antinarcóticos es una organización pantalla. Todos corren para el mismo lado, para el lado del dinero.

—Aun así, ¿por qué? ¿Por qué mentirían acerca de mi muerte?

—Porque el trato debía ser ése. Matarlos a todos. Seamos sinceros, Mark, tú no eres nadie en este negocio. El objetivo principal era el gordo y el resto un escollo. A nadie le importa si tú estás vivo o muerto. Te dan por muerto y siguen adelante; na­die pregunta nada, nadie pide pruebas de tu cuerpo.

—El Pez Gordo era un pesado en este negocio —dije.

—Por eso lo liquidaron, para fragmentar el poder nuevamente. El gordo sabía que iba a terminar así, viejo. Tanto circo en su casa no podía tener otro final. Aquí hay muchos intereses en juego, y mucha gente importante involucrada como para que un delirante lo eche todo a perder con su frivolidad. La calle está dominada de nue­vo, lo hicieron inmediatamente; reacomodaron la distribución como si se tratara de un tablero de ajedrez. 

Estaba adentro de nuevo, definitivamente. Debo confesar que no había imagina­do que el teatro saliera tan bien. Tenía un plan y una idea acerca de cómo ejecutarlo, pero las cosas se me terminaron dando mucho mejor de lo esperado. Tití solo se había convencido de sus palabras, y la hipótesis de mi resurrección ahora era de su propia potestad. Lo mejor que me podía pasar. Dudar de mí ya no era una especulación posible, porque las circunstancias en las que me encontraba eran la conclusión de su te­oría. Mark Volatis era ahora su versión, un muerto en vida al que nadie le importaba; un resabio de un plan ejecutado sin total efectividad, sin rumbo aparente. Creo que hasta me tuvo lástima.

—¿Necesitas dinero? —me preguntó luego de que lo desatara.

—No estoy holgado, pero sobrevivo —contesté—. Estoy bien, Tití, tengo algunas ideas para salir adelante.

—Puedo darte trabajo, si quieres. Algo para que te mantengas; tú conoces bien el negocio, y eres de confianza…

—¿Con las putas? —pregunté.

Me sonrió; en la mirada se le podía leer la resignación.

—Estoy fuera del círculo, Mark. Es lo único que puedo ofrecerte —dijo y se sentó—. Tengo suerte de estar con vida, seguramente mi nombre estaba en la lista de la limpieza también, pero alguien se encargó de negociar que siga caminando.

—Ni hablar de volver a la blanca, ¿no? —consulté mientras me sentaba frente a él.

—Olvídalo. Los popes me dieron el mensaje de que no vuelva. Al día siguiente de la masacre, todos mis contactos se desvanecieron. No tengo chances de regresar.

—Nos han cagado la vida a todos, Tití. ¿Qué se supone que haga yo? ¿Cambiar mi documento? Soy un muerto caminando.

—Déjame que arme algo para ti. Los popes entenderán. Te cambiaremos el nombre, te daremos algo…

—No, Tití, tengo algo mejor que regentar putas baratas.

—¿Pero en qué mierda estás pensando, Mark? Apenas muestres la cara te van a meter una bala en la frente. En este barrio los muertos no vuelven a tocar la puerta, ¿entiendes?

—Pensaré en algo.

Tití suspiró y metió la mano dentro de su chaqueta. Yo calculé el tiempo que me llevaría agarrar la Beretta y dispararle. Sacó el paquete mágico y lo puso sobre la mesa. Hacía tanto tiempo que no veía un raviol de cocaína, que debo confesar que se me hizo agua la boca. Hay quienes afirman que uno nunca deja de ser adicto, que en reali­dad es un viaje sólo de ida. Hay algo de cierto en esa afirmación. Mi experiencia me demostró que la cosa no se deja fácilmente, hay que pelearla toda la vida. Creo que tiene que ver con saber lo que se siente cuando te metes algo, sea lo que sea; la sensación se extraña. Cada vez que observas a alguien clavándose una jeringa o aspirando una línea, te remontas con nostalgia a ese estado de éxtasis, y ahí sí que tienes que empezar a tirar peso del otro lado de la balanza, porque si no te pierdes de nuevo. Es una sensación terrible, como luchar contra tu voluntad hacia la complacencia de un deseo que te supera. Y cada vez debes pensar en todo lo que dejas para agarrar lo otro; y ahí se te sube a la cabeza esa vocecita terrible que te dice: pero sólo por esta vez, ésta es la última. Si tienes la experiencia, reconoces que te miente, y tienes que decidir si eres su compinche en el chantaje de tu propia conciencia, o si eres su enemigo.

—No sé qué te traes entre manos, Mark, pero no vas a salir bien parado —dijo y separó dos líneas en el espejito—. Te cedo el honor —me invitó, empujando el espejo hacia mí.

Dos líneas blancas paralelas y el reflejo de mi nariz en el medio. La voz interior me animaba a que lo haga. En tres segundos ya no tendría ni rastros de remordi­miento. Sujeté el espejo y volví a empujarlo hacia él. Su cara se transformó en una contradicción.

—Ya no estoy en esta mierda —afirmé.

—¿De qué estás hablando?

—Estoy en otra cosa, Tití, en algo importante —dije y me levanté la manga para mostrarle los parches. Empezó a reírse.

—¿Qué mierda llevas ahí? Pareces un fumador patético.

—Esto —arrojé el envase de los parches sobre la mesa.

Lo agarró y lo miró por los cuatro costados.

—¿Qué carajo es esto? Parecen láminas de menta.

—Instantánea, Tití. El seguro de mi futuro. 

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