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14 min
Instantánea - ÚLTIMA PARTE
Suspense |
16.10.14
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Sinopsis

Relato policial que narra las intrincadas peripecias de un agente encubierto de narcóticos, quien tras caer preso de las adicciones, regresa a la escena en muy extrañas circunstancias.

INSTANTÁNEA

ÚLTIMA PARTE – Sin brújula.

 

 

 

18

 

 

Reventó como un sapo, sí. La diferencia de presión le hizo estallar varias de las cápsulas y murió de sobredosis inmediata. Dicen que tenía los ojos estrellados y que le drenaba espuma por la boca. La policía estatal en destino lo depositó en la morgue; teníamos no más de un día hasta que decidieran abrir una investigación. El delito era sofisticado, pero evidente, no admitía ninguna otra hipótesis que no fuera narcotráfico. Estábamos complicados. 

Hice las valijas esa misma madrugada, era tiempo de salirse. Tenía una cuenta bancaria llena de dinero, más del que podría gastar durante los siguientes quince o veinte años. Tití estaba desesperado, y no sé qué se le cruzó por la cabeza para pensar que Mark Volatis pudiera estar presente en una reunión con la brújula. Mark Volatis estaba muerto, y los muertos no hablan, ni participan de reuniones. Lo llamé a Fausto.

—El huésped reventó, Fausto. Hay que salirse de esto ya. La brújula quiere orga­nizar una reunión con nosotros, y no creo que vaya a terminar bien. Desvanécete, antes de que te encuentren.

—Tranquilo, Jaime, tranquilo. ¿Cómo es lo de la reunión? —preguntó.

Lo de la reunión. Fausto es tan imprevisible, que a veces mete miedo. De repen­te, así como así, analizaba la alternativa de llevar a cabo la reunión con las ocho personas que más ganas tenían de matarnos en el mundo. Dos días atrás analizaba salirse del negocio porque estos mismos tipos querían traficar la instantánea fuera de la frontera.

—Fausto, ¿estás loco o qué? Nos van a llenar el cuerpo de plomo —le dije.

—Salgamos de esta con clase, Jaime —me dijo—. Tengo un plan, ¿de acuerdo? Na­die saldrá herido.

Yo quería salir con clase, pero de la ciudad. Se ponía difícil explicar mis razones; desenmascarar a Jaime Bournet, para que Mark Volatis aparezca en acción. El cuento de la agencia, la experiencia con el Pez Gordo; la historia sólo iba a compli­car aún más las cosas. Me tenía que evaporar, pero sin la compañía de Fausto iba a terminar mal. Tarde temprano llegarían a él y finalmente a mí. Rastrear a Mark Vo­latis era imposible, pero a Jaime Bournet, lo dudo. Tuve que pensar en alternativas.

—Tití, ¿cuáles son mis chances? —le consulté.

—Esta gente no te conoce, Mark. Cámbiate el nombre y estás a salvo. Después de todo, tú mismo me dijiste que Volatis había muerto, me imagino que andarás usando otro nombre.

—Sí. Tengo otro nombre —aseguré. El que me dieron mis padres, de hecho. Aho­ra sí que la mierda me ha salpicado hasta el árbol genealógico, pensé. Como si no bastara tener una identidad jodida, terminaba de joder a la otra, la verdadera.

No supe qué hacer, pero tampoco tenía mucho para meditar. La suerte estaba echada. Fausto quería realizar la reunión en una sala de convenciones que tenía en las afueras. Se lo hice saber a Tití y éste a los puntos cardinales. Hasta pasada la reunión, no supe cuál era el plan de Fausto, ya que éste no tenía intenciones de revelarlo.

—Tú te quedas tranquilo —me decía—, que yo me encargo de esto, ¿de acuerdo?

Me encargo de esto. Fausto era brillante, pero hablaba como si tuvie­ra que lidiar con un grupo de vendedores de golosinas desmotivados. No comprendía la gravedad del asunto. La brújula entera venía a taponarnos el culo con balas, y él quería calmarlos con oratoria y gestos comerciales.

El tiempo pasó rápido. Cuando todavía seguía pensando en qué hacer, tenía el día encima. Ya no me quedaba nada más que rogar porque la muerte no fuera dolo­rosa. De alguna forma, sabía que mi vida no podía terminar de otra manera. Yo solo le había marcado el camino a la parca. Era como  jugar a la ruleta rusa constante­mente; en algún momento encuentras la bala que lleva tu nombre.

Los esperamos en la sala de convenciones. Roger, para mi sorpresa, también ha­bía ido. Fausto dispuso las instalaciones para que la gente se sintiera confortable. La sala tenía una mesa rectangular gigante donde cabíamos todos y en cada plaza había un paquete de parches, como para que hiciéramos alarde de nuestra marca. Como si vendiéramos chocolates, pensé.

Llegaron todos juntos, Tití, los puntos cardinales y un guardaespaldas por cada uno de ellos. Diecisiete en total. Traían armas del tipo y el color que se les ocurra. En este gremio, las reuniones de distribuidores son como esos almuerzos multitudina­rios que realizan los granjeros en el campo, sólo que en vez de llevar facas, éstos cargan con revólveres, pistolas, ametralladoras livianas, y no hay que sorprenderse si alguno aparece con una granada. Si tienes agallas, ve y diles que las dejen afue­ra, a ver cuánto tiempo permaneces en pie. Fausto no sabía dónde nos habíamos metido, pero yo sabía que de ahí no salíamos.  

Nos presentamos brevemente, de manera cordial. Norte, Sur y Este de seguida tomaron la mercadería gratuita y se emparcharon. Buena idea, pensé y decidí hacer lo mismo, como para al menos morir feliz. Roger me tomó del brazo desde atrás cuando iba a colocarme el parche.

—¿Qué estás haciendo? —me susurró al oído.

Lo miré desconcertado.

—¿Cuál es el problema? —pregunté.

—Deja eso, no muestres debilidad. Los productores no consumimos.

—Genial —mencioné—. Ni morir en paz me permiten.

Nos sentamos todos a la mesa, mientras los guardaespaldas rodeaban la habita­ción. Tití se sentó a mi lado, Roger y Fausto en un extremo, Norte y Oeste en el otro. Me pareció gracioso que la brújula estuviera desordenada; estaba tan nervioso, que cualquier estupidez me hacía gracia.

Deberían haber visto a Norte, un cincuentón morocho, con la cara llena de cicatri­ces. Tenía dos ojos enormes que parecían agujeros negros. Se levantó y golpeó la mesa para detener el murmullo.

—Bien —empezó—. Espero que podamos resolver este problemita que tenemos, porque ahora las cosas han tomado un tono opaco, y a mí me gustan los colores vivos. Sus caprichos han tenido como resultado la muerte de una de nuestras me­jores mulas, y nos ha costado mucho dinero, sin mencionar las sospechas.

¿El tartamudo?, se me ocurrió, ¿eso era de lo mejor?

–Estamos contrariados –continuó, y movió las manos como incluyendo a todos los puntos cardinales–, nos preguntamos qué es lo que harán para aliviarnos ahora.

Sus ojos se petrificaron en Fausto y Roger. El tipo parecía una estatua, no se mo­vía, sólo los miraba. No sé si estaba pensando en qué decir luego, o si se había olvi­dado el discurso, pero me pareció que se hallaba un poco perdido. De pronto trasta­billó, y se sujetó de la silla. Algunos atinamos a pararnos. Norte comenzó a mirar ha­cia todos lados. Sudaba mientras buscaba continuar su discurso, pero no lograba reincorporarse. Noté que Roger apoyó la cabeza sobre su mano izquierda, y sin quitarle la vista al narcotraficante, murmuró.

—Pero qué mierda.. —dijo Norte, con dificultad. Giró la cabeza para mirarlos a Sur y a Este, y yo acompañé su observación. También parecían descompuestos.

Norte volvió a correr el rostro hacia el otro extremo de la mesa, al tiempo que lle­vaba la mano hacia su cintura.

—Nos han envenenado —murmuró, y sacó su arma.

—¡Ahora! —gritó Roger.

—¿Ahora qué? —pregunté yo, y las tres puertas se abrieron en un estruendo si­multáneo.

Nunca más voy a quitarme de la cabeza la cara con la que me miró Tití. Una do­cena de hombres vestidos de ninja, con rifles automáticos, coparon la sala repentina­mente. El ruido de las balas al pasar daba escalofríos. Tití me observó en cámara lenta, tímidamente, con una expresión de decepción tan grande que me partía el alma de la lástima. Yo le devolví un gesto confuso, contradictorio, no en­tendía qué era lo que sucedía.

De repente ¡bum!, el rostro de Tití estalló en mil pedazos y su cuerpo acéfalo se me vino encima. Lo sujeté. Sentía cómo las balas se le metían por la espalda, y por arriba de su hombro vislumbré a uno de los narcotraficantes disparándome.

—¡Al suelo! —gritó Roger, y me sacudió hasta tirarme. El escudo humano se cayó sobre mí. Me quedé ahí, sin entender qué diablos sucedía, empapándome con la sangre de Tití; aturdido por gritos y los estruendos.

Habrá sucedido en un minuto, pero para mí fue un viaje a la luna, ida y vuelta. Los ruidos de repente se detuvieron y sólo se escucharon pasos.

—¿Listo? —preguntó alguien.

—Eso parece —recibió como respuesta.

—Buen trabajo, muchachos —le escuché decir a Roger—. Atención, central, ¿me copian? Proyecto DA, fase final, concluida con éxito. Repito. Proyecto DA, fase final, concluida con éxito.

Me levanté de inmediato y atiné a correr. Una estupidez, pues no había lugar ha­cia dónde huir. Fausto me agarró con fuerza y me contuvo en sus brazos.

—Está bien, Jaime, está bien. Ya terminó, ya terminó —me decía, mientras intentaba zafarme. Tengo un plan, me había dicho, pero nunca creí que fuera ése.

—Cálmate, Jaime, cálmate.

Me faltaba el aire. Dejé de moverme por un momento y me soltó.

—Vas a estar bien—–me aseguró, clavándome la vista y no sólo eso. Sentí un pin­chazo en el estómago. Bajé la cabeza y encontré su mano amurada a mi cuerpo, a través de una jeringa.

—Tranquilo, vas a estar bien –repitió, y no recuerdo más nada.

 

 

 

 

19

 

 

 

—Agente Bournet —escuché a lo lejos, entre zumbidos— ¿Puede oírme?

Abrí los ojos. Frente a mí tenía dos dedos chasqueando borrosamente, y tras ellos, una figura desenfocada que me hablaba.

—Eso es. Tráiganle agua —dijo el sujeto—. ¿Cómo se siente?

Parpadeé un par de veces para enfocarlo. Era un tipo de traje, de impecable pre­sencia. Estaba sentado frente a mí.

—¿Dónde estoy? —pregunté.

—Ah, eso no importa ahora, lo importante es que ya está a salvo. Felicitaciones.

—Aquí tienes —me dijo el que me puso el vaso de agua enfrente. Bebí un sorbo largo.

—¿Felicitaciones? —pregunté—. No sé por qué me felicita, yo no tengo nada que ver con esto.

—¿No se acuerda de mí? —me preguntó.

Lo miré detenidamente. Sí me acordaba, era el mismo sujeto que andaba con Thomas Seeker aquella vez en la morgue. El elegante, el misterioso.

—¿Quién demonios es usted?

—Mi nombre es Charles Simons. Soy agente de inteligencia y director de la opera­ción DA.

—Operación DA... ¿Qué carajo es eso?

—La operación DA es un proyecto confidencial de inserción en el mercado de narcóticos, señor Bournet.

—Muy bien —dije—. ¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Bueno, usted ha sido la piedra angular. Nuestra misión era ingresar a la red de distribución como una parte oferente, y hoy la hemos finalizado con éxito.

—¿Esto es una broma, no? —pregunté.

—No, Jaime. No es broma. La operación ha resultado exitosa gracias a su partici­pación, y a la de los agentes Leman y Tarso —dijo, señalando a los dos sujetos a su costado.

Los agentes Leman y Tarso parecían Fausto y Roger para mí. No me entraba en la cabeza lo que el hombre me decía.

—¿Usted me está diciendo que la Agencia Antinarcóticos se ha metido en el nego­cio de la droga para participar?

—Bueno, la AA es una organización poco autárquica, más bien controlada, diría yo. La operación la preparamos con la agencia de inteligencia, en colaboración con algunas personas de la AA.

—¿Y han estado jugando con mi vida todo este tiempo?

—Señor Bournet, usted es un agente encubierto, imagino que conoce los gajes de su oficio —dijo. Similar discurso al de la señora Rief. Recién entonces entendí por qué esa vieja decrépita no me había enviado a la cárcel. Las cosas comenzaron a cobrar sentido, y me molesté.

—¿Ponen en riesgo la vida de una persona para simplemente salir a vender droga a la calle? ¿De eso se trata? ¿Querían un pedazo del pastel? Todas las muertes, los traumas por los que pasé, ¿todo para que ustedes terminen siendo la misma mierda contra lo que luchamos?

—Jaime —mencionó calmo—, no es tan simple.

—¡Son unos hijos de puta, unos hipócritas! —grité–. Así de simple lo veo yo.

—Agente Bournet, tranquilícese —me requirió, y se levantó—. Este estado se está cayendo a pedazos. La cúspide decisoria se ha infectado de corrupción y no hay nada que podamos hacer al respecto, al menos con métodos convencionales.

—¿En serio? —pregunté.

—Lo hemos intentado todo —aseguró—. Las vías políticas están completamente agotadas, los jefes del cartel tienen las plazas alquiladas en el congreso. ¿Entiende?

—No sé de qué habla.

—De legalizar la comercialización de droga, ¿de qué más?

—¿Piensan que con eso lo solucionarían?

—No sería perfecto, pero desde ya que mejoraría. Regularíamos el mercado del consumo, cargaríamos de altos impuestos a los productores. Al menos disminuirían las muertes y el cri­men. Sería un negocio más, en definitiva.

—Ustedes están locos.

—¿Locos? —repitió—. Señor Bournet, ¿usted sabe cuántos agentes de la AA se sa­crifican al año? ¿Tiene idea de las estadísticas?

Hasta ese momento no la tenía. Recién entonces me enteré.

—Siete de cada diez se vuelven adictos, y los otros tres mueren —continuó—. La AA es una máquina de producir muertos, un engranaje más de este sistema perver­so y corrupto. Hemos intentado detenerlo por medios democráticos, pero es imposi­ble, las bancas políticas están todas compradas.

—Millinghouse —dije, y Charles se irguió—. Es él quien está detrás de esto, ¿no?

—¿Usted conoce al senador Millinghouse? —preguntó.

—He oído hablar de él.

—El senador Millinghouse le ha dado el visto bueno a la operación, sí.

—Es por eso que no querían salir del estado con la porquería —mencioné.

—No es nuestra jurisdicción. La operación DA es de orden estatal.

—Envenenaron al pobre tartamudo. Lo mataron a sangre fría.

—Daños colaterales, Bournet. Los sacrificios son obligados para el éxito. Si la dro­ga atravesaba la frontera, toda la operación corría riesgo de destartalarse.

Es increíble lo iluso que puede ser uno. Había vivido engañado todo ese tiempo, inmerso en un mundo de cartulina.

—¿Y ahora qué? ¿Piensan que liquidando a la brújula y con una nueva droga en el mercado obtendrán algo? —pregunté—. Esta gente reacomodará el tablero a partir de mañana, no tendrán oportunidad de reinsertarse de nuevo.

—Somos el veinte por ciento del mercado estatal, Jaime. Estamos adentro. Ahora tenemos ojos, margen de acción, nos enteramos de todo lo que sucede; somos simplemente uno más. Regularemos el mercado a nuestra manera, como una fuerza más del mismo. Aún quedan algunos encubiertos que emergerán en la distribución.

—En otras palabras, somos socialistas —bromeó Roger, o como mierda que se lla­mara—. Intervenimos los mercados.

Comencé a reírme. Un recuerdo se me vino a la cabeza, y simplemente me re­sultó estúpidamente gracioso.

—¿Qué le resulta tan gracioso? —preguntó Charles.

—DA —dije—. Es la abreviación de dopamina, ¿no es así?

—Exacto —afirmó Simons.

—¿Qué hay de mí?

—Bueno, Jaime, usted ya es libre de hacer lo que quiera. Todo el dinero que ganó se lo queda, considérelo su sueldo. Se lo merece, hombre.

—¿Y eso es todo? —pregunté.

—¿Qué más? ¿Hay algo que necesite?

—¿Quién va a manejar la distribución de la instantánea? ¿Tienen gente que en­tienda del tema? —pregunté—. Es un terreno difícil, Charles. Una cosa es entrar, y otra muy distinta es quedarse. Si no lo llevan bien, este circo se les va a la mierda en meses.

Los tres se miraron y sonrieron.

 

 

 

 

 

FIN

 

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