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22 min
Instantánea - PARTE I
Suspense |
07.10.14
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Sinopsis

Relato policial que narra las intrincadas peripecias de un agente encubierto de narcóticos, quien tras caer preso de las adicciones, regresa a la escena en muy extrañas circunstancias.

 

INSTANTÁNEA

PARTE I   -   Gajes de un oficio peligroso

  

 

1

 

Todavía tengo gravada en la retina la expresión de fastidio de la señora, que desde su posición aventajada en altura y apoyando los codos sobre aquel pupitre magisterial, mirándome con indiferencia dijo: —Agente Bournet, ¿es usted adicto?

¿Que si soy adicto?, pensé como si fuera una pregunta cínica. Me quedé sin palabras, observando cómo ella se sacaba los lentes e introducía una de las patas en su boca, pretendiendo con ese gesto simular agudeza intelectual. Nunca entendí por qué la gente lame las extremidades de los anteojos y luego levanta los ojos para atisbar con aires de grandeza. Es un hábito vulgar, pero paradójicamente se asocia con un intrépido proceso intelectivo.

—¿Es usted adicto? —volvió a preguntarme, e hizo una mueca con sus labios mientras mordía el plástico—. Conteste la pregunta por favor.

¿Es usted una funcionaria diplomada o un mono de circo?, se me ocurrió al verle las morisquetas desganadas, pero claro que no se lo dije.

—¿Y usted qué cree? —lancé, en cambio. El payaso trajeado a su lado abrió los ojos como si yo hubiera orinado la túnica del Papa en pleno Vía Crucis. Recién en­tonces me enteré de que el sujeto no era un cuerpo inanimado.

¿Qué pregunta era ésa? Las estadísticas muestran que siete de cada diez agen­tes encubiertos de narcóticos culminan sus misiones siendo adictos. Los otros tres terminan duros en el fondo del río o invertebrados en el basurero de un callejón. Pero aun así te ponen un tribunal enfrente, con una vieja decrépita y un imbécil funcional a su izquierda, a quien si le cortan los hilos desde arriba se desploma como un muñeco de trapo en el piso.

Claro que era adicto, cómo no iba a serlo en el ambiente en que trabajaba, donde la vida vale lo que dos gramos de cocaína, en el mejor de los casos. El oficio mismo obliga a uno a convertirse en adicto o morir en el intento de teatralizarlo; y cuando te ponen el cañón de un Mágnum en la sien y te susurran al oído: Eres un maldito encubierto, más vale que no dudes ni un segundo en clavarte la aguja e inyectarte en el lugar indicado, porque si titubeas, o agarras la vena equivocada, el plomo en tu cabeza es instantáneo. Inmediatamente pasas al club de los tres.

Que si era adicto, me cuestionaban. Lo primero que piensan los distribuidores de los “nuevos” en el negocio, es que son agentes de narcóticos. Como para fingir ser adicto está uno, que a duras penas intenta sobrevivir psíquicamente a la amenaza constante de los criminales con quienes convive. Terminas metiéndote ácido sulfúri­co por la nariz, de ser necesario, con tal de que no se les ocurra siquiera creer que alguna vez diste una vuelta en patrulla, a los doce, con un primo segundo policía. Qué estupidez de pregunta.

—Las pericias indican que sí —contestó a mi retórica.

—No existe otra alternativa en esta profesión —dije. Ella me miró con sorpresa, como si mi posición fuera totalmente desacertada.

—¿Eso cree usted? —interrogó.

—No lo creo, lo sé a ciencia cierta. Es una elección de vida ó muerte.

—No, agente Bournet, una cosa es el consumo obligado como maniobra encu­bierta y otra es la adicción.

—Después del tercer día esos dos conceptos no se distinguen, señora Rief.

—Si es adicto, supongo que no.

—Si quiere vivir, señora —repliqué de inmediato—. No es fácil tener que lidiar con una amenaza de muerte constante, mirando a los cuatro costados y cuidando que el disfraz no se le salga a uno.

—Esos son los gajes de su oficio, agente. Ha sido entrenado para poder desen­volverse bajo esa presión.

—Sí, como los simuladores de vuelo —quise murmurar, pero por instinto lo dije en voz alta.   

—¿Disculpe? —mencionó ella, soslayando la mirada.

—Cuando falla la presión en un simulador, el avión se cae a pique, y luego de estrellarse, uno baja de la cabina y se toma un café. Así es el entrenamiento.

Regresó sus ojos hacia mí, y tras suspirar, se inclinó hacia delante para sermone­arme:        

—Señor Bournet, usted sabe que volverse adicto en el cumplimiento de su deber es una falta grave. Es pregonar a favor de todo aquello contra lo que está lu­chando. 

—Y ustedes saben que es inevitable. ¿Por qué existe entonces el programa de re­habilitación pos operación?

—Para evitar secuelas del consumo obligado como maniobra encubierta —contestó de memoria el infeliz lindero, que para mi sorpresa tenía cuerdas vocales. No sólo yo, ella también lo miró con desprecio, y él se sonrojó, como si hubiera violado su obligación de mutismo en la sesión.

—Es una farsa —dije y me levanté de repente—, una hipocresía, que la agencia no reconozca que una operación encubierta no puede tener éxito sin el daño colateral. No existe otra manera.

—¡Siéntese, agente Bournet! —inquirió Rief, señalándome con el índice—. Esto no es una corte donde usted se defiende de una acusación. Aquí no tiene ningún dere­cho de juzgar los mecanismos de la agencia. Esto es un tribunal disciplinario, y mi obligación es evaluar su estado psicológico y físico, para determinar el plan a seguir.

¿Y la marioneta contigua qué hace?, me pregunté. Resultaba que no me acu­saban, pero sí mencionaban que había cometido una “falta grave a mi deber profe­sional”; sutilmente agregaban que hacía apología de aquello por lo que luchaba por erradicar. Se sientan en un pedestal acolchonado a unos cuantos metros de distan­cia y tras veinte años de calentar la silla de una oficina, te miran desde arriba y te di­cen de qué trata tu oficio, cuando uno se ha jugado el pescuezo día tras día, durante los últimos meses; viviendo en condiciones que de sólo imaginarlas dan náuseas; compartiendo camaradería con sujetos de ultratumba, con quienes apenas si conge­nias en la orientación sexual, y con reservas. Pero yo era un adicto rebelado contra el sistema, un pobre y débil infeliz que no había hecho honor al genuino mandato de mi oficio, traicionándolo por la espalda, convirtiéndome en un individuo más de aquella calaña que mi orden buscaba desbaratar.

—Váyase a la mierda —le dije—, usted y el retardado a su lado.

Dejé mi placa y el arma en el pupitre, ante la atónita mirada de ambos. Antes de salir de la sala, cabeceé hacia la pistola y dije: —Métasela en el culo.

 

 

 

 

 

2

 

Soy Antropólogo Forense. Hace tanto tiempo que no ejerzo, que mencionarlo me resulta raro. Luego de recibirme y trabajar en un par de proyectos para organizacio­nes de derechos humanos, finalmente conseguí un empleo estable, uno bueno. Ingresé en el departamento de Antropología Forense de la Agencia Antinarcóticos; una especie de sueño cumplido a corta edad, por lo que significaba el ámbito de tra­bajo y la experiencia profesional que podía ganar en el mismo.

El departamento de Antropología Forense de la Agencia (comúnmente denomina­da “doble A”) es un lujo; posee una morgue propia y autárquica que mantiene una re­serva permanente de treinta cadáveres. Allí uno aprende a determinar los más diver­sos causales de deceso, desde la muerte súbita hasta la sobredosis coaccionada (el homicidio simple de más común utilización en el ambiente para simular un suicidio involuntario). Llevábamos usualmente una decena de casos en simultáneo; investi­gaciones que no sólo tienen por objeto el dictamen de muerte, sino que reconstruyen la escena circunstancial de la misma. Tratábamos desde muertos frescos hasta mo­mias, en el sentido literal de la palabra. ¿Qué es lo que hacemos? Estudiamos el móvil e identificamos el patrón de defunción, que bien puede ser criminal o no, tanto de cadáveres recientes como de cuerpos congelados durante años.

“Aportar información científica, detallada y concluyente del deceso, a partir de los signos observados en el cuerpo”. Ésa es la definición formal de las funciones, y en efecto lo que realizábamos con entusiasmo. Básicamente, proporcionar evidencia de muerte para esclarecer casos pendientes de resolución. Carpetas y carpetas de in­formación para que los agentes tengan luz al final del camino; para apoyarlos en convencer a algún juez estatal de capturar e incriminar a un delincuente; para que les abran una nueva línea de investigación sobre un distrito en particular, o simplemente para obtener una orden de redada. En definitiva, es lo que mantiene vivo al sistema; la prueba fehaciente de que la droga es un cáncer social y que su erradicación merece la existencia de un organismo. Éramos los que muestreábamos y aportábamos el índice que surge de dividir: cantidad de muertos por uso de estupefacientes sobre cantidad de muertos totales; el mismo que le llega mensualmente al gobernador del estado en apenas una línea resumida.

Trabajábamos codo a codo con los agentes de la AA, tipos en su mayoría parcos y enigmáticos, con aires más desinteresados que la grandeza. Simplemente te igno­ran. Entran y salen de la morgue como hormigas; se ponen los guantes y hunden las manos en las entrañas de los difuntos como si fueran expertos, y luego las sacan con expresión de fastidio, simulando enojo por la pérdida de tiempo. No pretendo que entiendan mi posición, pero que a un forense le toquen el muerto es como que a un repostero le metan los dedos en la torta.

Gente difícil, sí. Había veces en que tras un reporte oral, ellos te miraban achi­nando los párpados con una mueca sagaz, mientras se acariciaban el mentón. En ese instante, la adrenalina comenzaba a fluir por el cuerpo, con el convencimiento de haber aportado algún tipo de información crucial, y la seguridad de que por fin iban a compartir los secretos de un caso policial novelesco, del tipo que consagra a uno como detective. Entonces daban media vuelta y se retiraban sin siquiera dar las gracias. Yo quedaba estupefacto, con ganas de ir a buscarlos y golpearlos, al menos para enseñarles lo que el respeto profesional significaba.

Tal vez fuera esa repetitiva ignorancia la que inconscientemente hiciera que los admirara. Puede parecer enfermo, pero a veces sucede. A veces uno quiere con­vertirse en lo que los otros se esmeran por demostrarte que no puedes ser. Es una necesidad de autorrealización humana, querer pertenecer a un círculo social del que constantemente te rechazan; demostrarte a ti mismo y al resto que puedes hacerlo, que puedes ser uno de ellos.

Andaban ocasionalmente a los murmullos, susurrándose al oído los más secretos y valiosos hallazgos, siempre en presencia del menos merecedor de saberlos, o sea, yo. Otras veces se comunicaban con señas gestuales o con palabras en códi­go, y después me miraban, escrutando mi atención, como si quisieran cerciorarse de que no fuera yo un espía. Como la vez en que Thomas Seeker sacudió la puerta de la morgue y entró como siempre, sin saludar. Lo acompañaba un sujeto de traje, de impecable presencia, alguien que jamás había visto. Se dirigieron a un cadáver que había ingresado la noche anterior; nada especial, un ex agente descarrilado que ha­bía muerto de sobredosis, sin signos de coacción. Se colocaron enfrentados a uno y otro lado de la camilla y examinaron al difunto visualmente, sin tocarlo. El extraño giró la cabeza para mirarme detenidamente, y luego regresó la vista al cuerpo. Asin­tió en silencio y levantando las cejas le preguntó a Thomas: —¿Crees que sea un co­nejillo de indias del proyecto DA?—. Lo dijo así, primero la “D” y después la “A”.

Seeker observó pausadamente al muerto, luego a su colega y finalmente a mí. Se quedó clavándome los ojos, como si quisiera decodificarme las retinas. Volteó de nuevo al sujeto y sin contestar, dibujó una expresión indescifrable en el rostro.

—Sí, estoy de acuerdo contigo —dijo el de enfrente y se marcharon.

¿Pero de acuerdo con qué? Ni siquiera eso querían que escuchara, ni un “sí” ni un “no”. Como si yo supiera lo que significaba el proyecto “DA” y la misma salvaguardia de la operación dependiera de mi conocimiento acerca de si el ex agente era o no un conejillo de indias del mismo. Se comportaban como una manada de sicóticos compulsivos, y a decir verdad, me molestaba tanto, que no quería otra cosa que ser uno más de ellos. Quería dejar de estar al margen todo el tiempo y tener acceso al secretismo de su círculo. Ya no soportaba la sensación de que me apartaran al costa­do del camino para ver cómo ellos lo recorrían indiferentes. Yo no era más que un engranaje simple de una organización compleja; la pieza que se reemplaza de un momento para otro sin que la máquina deje de funcionar. 

Me volví obsesivo tras la meta, y la ansiedad misma de dichas circunstancias me llevó a obrar de maneras insospechadas. Si me preguntaran por qué quería con­vertirme en un agente antinarcóticos, probablemente no sabría qué contestar. Qui­zás porque era una necesidad propia de la naturaleza social que mi psiquis precisa­ba satisfacer. Tal vez haberme detenido a pensar acerca de ello fríamente hubiese tenido como consecuencia el cese de mi búsqueda frenética. Pero no sucedió. Después de todo, es similar a la droga: los pensamientos compulsivos son procesos adictivos de la mente. Si uno analiza los daños colaterales de los narcóticos, descartarlos surge como la primera opción, y aun así los consumimos.

Mi cerebro iba a estallar si no dejaba de pensar en ello. Por las noches tomaba al menos dos pastillas para dormir, e incluso así me desvelaba en conversaciones imaginarias, ensayando el discurso para cuando se me diera la oportunidad de mani­festar mi interés. Consumía dos litros de café al día y fumaba no menos de cuarenta cigarrillos. Mi cabeza se había vuelto un sonajero doloroso con una sola idea dentro, que rebotaba en las paredes cefálicas como una pelota de goma. Así que opté por dejar de dar vueltas y decidirme a actuar; de alguna u otra forma tenía que deshacerme de esa obcecación enfermiza que me devoraba entre jaquecas. Un día arrinconé sutilmente a Seeker en la morgue y se lo dije sin titubear: —Quiero ser agente. ¿Qué debo hacer?

Al tipo no se le movió un pelo. Creí que iba a abrirse paso como le era usual, tan sólo ignorándome, pero en vez de eso me preguntó: —¿Con quién lo has hablado?

 —Con nadie, eres el primero al que se lo comento.

Se quedó con la cabeza asintiendo en pequeños movimientos, observándome, para mi sorpresa, sin desprecio. Luego levantó el brazo izquierdo y chequeó la hora. Le estoy haciendo perder el tiempo, pensé yo.

—Vamos a almorzar —dijo él.

 

 

 

 

3

 

Encendió un cigarrillo y me señaló, dejando una estela de humo.

—Voy a decirte la verdad —lanzó—: desde el momento en que te conocí, supe que tenías pasta, aunque nunca me enteré de que tenías intenciones de traba­jar en esto.

Me quedé atónito. Mi mecanismo de defensa aún me llevaba a pensar que me había invitado a almorzar para regañarme con el estómago lleno.

—Tienes agallas, eres metódico, deductivo, y sabes quedarte callado en los mo­mentos indicados —prosiguió—. Todas esas son cualidades que nosotros, los agentes —hizo una pausa para señalarse—, debemos tener encarnizadas.

Yo lo sabía, sabía que podía ser uno de ellos. Tenía la plena certeza de poseer las condiciones fundamentales para ingresar en la logia de los enigmáticos.

—Pero —la palabra golpeó huecamente mis sentidos—, ¿verdaderamente sabes de qué se trata esto? —preguntó.

No analicé del todo la respuesta a dar, contesté con un simple monosílabo: —Sí.

Seeker sonrió y levantó la mano para ordenar la comida. De ahí en adelante, poco le importaba si verdaderamente sabía yo o no de lo que se trataba ser un agente de narcóticos.

La verdad es que no tenía ni idea. No te enteras qué significa hasta que no te en­cuentras con la mierda hasta el cogote, esforzándote por mantener la cabeza en la superficie para respirar. Yo me creía un afortunado porque me habían dado la oportunidad de ser un agente encubierto en el cartel de la droga. No era un tema de suerte, tampoco de capacidad. Hay momentos en los que uno piensa que ha dado con lo que tanto buscaba, y luego descubre que en realidad aquello lo buscaba a uno. Había que ser estúpido para aceptar un trabajo en el que la estadística no miente. Siete de cada diez terminaban con la nariz blanca y los brazos pinchados; a los otros tres los había estado atendiendo en el puesto que abandonaba.

Todo comienza con algo parecido a una “inducción”, o sea, te inducen a ser un adicto, pero lo disfrazan bien. Te envían a un complejo situado en una localidad re­mota, en el medio de la nada, a realizar un entrenamiento furtivo de tres meses. Allí aprendes desde lo que es la droga hasta la relación freudiana que existe entre el apetito sexual contenido y la adicción. Te dan clases de todos los tópicos: Química, Criminalística, Procedimiento Investigativo Científico, Psicología, Filosofía y Ética, Historia de las adicciones y hasta Teatro. Es básicamente una academia de tiempo completo, con una carga diaria de doce horas, seis días a la semana, sin contar el tiempo que hay que dedicar al estudio. Sí, te toman exámenes de cada materia, y si no apruebas el curso completo, te envían a hacer el papeleo de la AA, en algún puesto administrativo.

Es un trimestre en total cautiverio. Por las mañanas, de 7:00 a 12:00, dictan cla­ses orales donde más vale que prestes atención, porque el rigor no es el mismo que en la universidad. Por la tarde, a partir de las 13:30, entrenamiento físico y práctico, incluyendo: Tiro y Balística, Artes Marciales, Estrategia y Táctica de Acción, y aquí va: “Consumo obligado como maniobra encubierta”, mejor conocido en el ámbito como COCME.

El primer día es genial. Te dan una pistola semiautomática y te dejan disparando indiscriminadamente a un blanco lejano, y al caer la noche, es inevitable que te desveles frente al espejo del baño, frunciendo el ceño y repitiendo una y otra vez: Bournet, Jaime Bournet. Portar un arma es una experiencia inexplicable; alguien que conozco diría que es una necesidad no acreditada del ser humano, no sabes que la tienes hasta que finalmente empuñas la pistola y cierras un ojo para sincronizar el objetivo con la mira, y luego sientes el poder de tu dedo índice rozando el gatillo. En ese instante eres el que decide la suerte de algo o alguien, sea lo que sea a lo que apuntes; experimentas la potestad de que el cambio dependa exclusivamente de ti, y según el blanco, el cambio puede resultar drástico. No importa si se trate de un pacifista o un militar, si existe una persona que no experimente una suerte de euforia sujetando un arma, entonces no es humano.

El primer mes pasa rápido, sobretodo porque te distiendes disfrutando de la sa­tisfacción de esas “necesidades latentes” que menciono, que finalmente terminan siendo muchas más que el sólo hecho de dispararle a un muñeco. Las artes marcia­les, por ejemplo. De repente te enseñan que en una pelea mortal, con dos golpes puedes fulminar a un sujeto. Primero lanzas un golpe muy fuerte a la caja toráxica (siempre es recomendable una patada, porque en la lucha cuerpo a cuerpo, si no quieres que te desarmen el rostro de un cabezazo, es conveniente mantener distan­cia), con el objeto de romper una o dos costillas; luego el oponente queda totalmente desvalido por la falta de aire, y ahí usas tus opciones: o le hundes el tabique en el cerebro o le quiebras el cuello desde atrás, con algo de asfixia previa. Así de senci­llo es. Aún no lo he probado, pero me han dicho que funciona.

Luego llega el segundo mes, y aquellas necesidades no advertidas por nuestra psiquis, como cualquier necesidad, dejan de motivar, por el sólo hecho de estar sa­tisfechas. En ese momento comienzas a notar que correr diez kilómetros diarios no es tan divertido, y que llegar a la cena arrastrándote de dolor y cansancio es más bien un suplicio que una forma de vida. Por las noches, te obligan a observar una hora de videos testimoniales donde te enseñan los daños colaterales de las diferentes adicciones. De todo un poco, desde gente mutilándose frente a una cámara, hasta sesiones forenses donde te muestran, por dentro, el resultado final de un organismo sometido a los excesos. Lo hacen para que los agentes generen aversión psíquica a los estupefacientes, y a decir verdad, muchos de mis compañeros se la pasaron vomitando las primeras veces, pero yo, que soy Antropólogo Forense, convivía con ese tipo de cosas. No me agregaba nada que no fuera aburrimiento, aunque algunas veces interés profesional.

El tercer mes es el peor, el más difícil. Es donde verdaderamente demuestras si tienes madera para el oficio, sobretodo porque COCME duplica las horas de cátedra, y la exigencia también. Durante dos tercios del trimestre es una asignatura tole­rable, te hacen probar todo tipo de drogas en dosis mínimas, para que puedas distinguir los efectos que surten cada una. Te inyectan constantemente químicos neutros en diferentes partes de ambos brazos como una maniobra de simulación adictiva. Si llegas a la calle y tu epidermis no se viste de manchas rojas, no tienes chances de entrar en el negocio. Te enseñan a vomitar de mil maneras para expulsar toxinas; te capacitan para esquivar una sobredosis, etc. Todas actividades donde la curiosidad juega un papel importante para que uno lo lleve sin esfuerzo. Pero el tercer mes el tema se pone pesado. Para aprobar el entrenamiento, es necesario sí o sí dar la prueba final de COCME, que en términos académicos lo definiría como un “trabajo práctico”. Se basa en un aislamiento semanal, en una celda subterránea. El ejercicio tiene como fin que experimentes y toleres el “síndrome de la abstinencia”. Primero te dan un combo químico sintético que te ataca la funcionali­dad renal y pancreática; la secreción hormonal de las glándulas endocrinas disminu­ye estrepitosamente y tu cuerpo empieza a experimentar cambios terroríficos. Al co­mienzo del encierro duermes como un niño, pero con el paso de las horas, las pesa­dillas te despiertan; tu metabolismo se va al reverendo diablo y pierdes la noción completa del tiempo. Mientras vomitas y te cagas encima sin poder controlarlo, la vi­sión se te empieza a nublar y frecuentemente te desmayas. Hasta ahí lo más leve, luego viene lo realmente traumático. La escasez de neurotransmisores produce una drástica reducción de la sinapsis en el cerebro, y en cuentas claras, te vuelves lite­ralmente loco. Es como si tu cabeza dejara de recibir instrucciones, como si tu cuerpo y tu mente ya no estuvieran comunicados, y en estado de pseudo incon­ciencia, tus funciones motrices responden al capricho de un titiritero. Sientes incesa­blemente un apetito desordenado insatisfecho que llega a dolerte físicamente. Es la peor tortura que un hombre puede experimentar.

Un día antes de que culmine el encierro, el sistema comienza a estabilizarse, y tras ello, te sacan y te someten de inmediato a un examen psicoanalítico. Si no lo apruebas, a llenar planillas a una oficina intrascendente. Si lo logras, felicitaciones, y suerte mediante, a elegir entre dos caminos: el club de los siete o el de los tres.

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