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7 min
Intento de asesinato
Amor |
06.03.15
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Sinopsis

Si los autos hablarán, cuántas historias tendríamos por acá. Esta es una real, o quizá no, juzgue usted...

 

 Giró las manillas de la regadera, el sonido le hizo apretar el estómago, sus nervios estaban a flor de piel.  El vapor llenó por completo el pequeño cuarto. Estaba como hipnotizada. Tomó la barra de jabón y comenzó a blanquear su cuerpo, a prepararlo. Repitió tres veces cada parte del ritual: champú, acondicionador, exfoliante, hidratante. Cada hueco, cada redondez… todo tenía que oler a jazmín, pues aquella sería su primera tarde.

Llegó diez minutos antes de la cita, no sabía si por ansias, o por miedo a nunca llegar.

Cuando le vio estacionar supo que ese hombre sería su perdición. Quiso arrepentirse, salir huyendo, pero sus piernas la llevaron  directamente a sus brazos.

—Deja te veo —le dijo, encendiendo la lucecilla ámbar de la portezuela— ¡Cuánto tiempo y tú negándote! ¿por qué me hiciste sufrir tanto? Tú estrategia funcionó señorita, ahora te deseo más que el primer día que  te conocí.

Se acercó y sin pedirle permiso la besó en los labios.

—Vámonos a otro lugar, quiero tocarte toda, y toda es toda…

Nadie le había dirigido así en las cosas del amor y del sexo. ¿Por qué ese hombre la estaba llevando al precipicio? Mientras lo veía de reojo, sintió como su entrepierna se iba humedeciendo. ¿Cómo  era posible que fuera perfecto sin serlo? Esa pregunta era de esas cosas de mujeres, que nadie entiende, ni  siquiera las mujeres.

Navegaron por el mar de automóviles  buscando un puerto seguro para presentar su desnudez. Notó como  a él le temblaba una mano, aunque trababa de disimularlo aferrándola fuerte al volante. Como en una guerra de apaches se lanzaban  palabras y miradas  tan penetrantes como flechas. Y sus  risas y labios entreabiertos  les recordaban la razón por la que estaban ahí. Una cita pactada que tardó casi seis años en llegar.

Estacionó entre un muro y un local de venta de pinturas ya cerrado —Aquí está perfecto, Amor.

¿Amor? ¿Por qué me llama amor?, apenas me conoce. Pensó cerrando los ojos y acercándose de nuevo a su boca.  Esa boca pequeña que se le perdía entre sus carnosos labios.

— ¡Te deseaba tanto  mujer! ¡No sabes cuánto soñé con este momento!

Y con la agilidad de un amante experto comenzó a desnudarla. Le besaba los hombros y el pecho marcándola con su saliva. Recorriéndola de norte a sur, de sur a norte, demorándose en sus curvas más profundas. Cuando sintió que sus treinta y nueve  grados le quemaban la lengua, reclinó el asiento del copiloto y sin aviso alguno se despojó de sus vaqueros. Se quitó la camisa mostrándole el hermoso mapa de un cuerpo bien cuidado.

—Ven siéntate en mi. ¡Se te va olvidar hasta dónde estás corazón!  Y así fue. Sintió como dos cuerpos se volvieron uno y cerró fuerte los ojos para que no se le escapara por ellos  todo el placer que estaba sintiendo. Con la cabeza hacia atrás sentía como su largo cabello rozaba esas piernas fuertes como si fuera un pincel sobre un lienzo y eso  le excitaba aún más.  Cuando abrió los ojos la experiencia fue  completamente embriagadora: ahora era él quien tenía  la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados,  y se mordía el labio inferior  ahogando el éxtasis que sentía. Bailaron a un mismo ritmo con las piernas entrelazadas en todas las posiciones posibles.  Afuera las luces de los autos que pasaban los acompañaban como si estuvieran en la pista de una discoteca.

—Te voy a hacer gozar cómo nunca antes “Gitana”.

 Cuando la tuvo debajo, dominada,  le brillaron  aún más los ojos, como si tuviera un par de gotas suspendidas en ellos.

—Me gusta estar adentro de ti, no te dejaré ir  mi morena, así te quiero tener siempre.

Esas palabras fueron como chispa que enciende pólvora y mordiendo su dedo índice se lanzó con aquél hombre por la pendiente, alcanzando así el estallido del orgasmo que le regaló tantas contracciones a su vientre, imposibles de contar. Tras darle una pausa la  tomó por atrás, hundiendo la cara en su cabello  y  rozándola con la barba crecida de ese día, lo que la hizo subir de nuevo la montaña de la excitación y cuando se arqueó de placer, él no pudo sino regar abundantemente su interior. Entonces los dos murieron por cuatro segundos y así enredados piel con piel, volvieron a la vida, resucitados por sus aromas y sudores.  

Hubiera querido meterse así desnuda entre sus brazos a retozar mientras le regresaba el corazón, pero él no le ofreció el regazo,  así que se fue vistiendo de a poco. Se miró en el espejito de la visera y se arregló el maquillaje y el cabello  con los dedos. De su bolsa sacó una cilindro  color turquesa y se lo ofreció:

— ¿Qué es? —le preguntó cauteloso con los ojos muy abiertos.

–Agua, es sólo agua.

Él abrió la botella  para no tomar directamente del succionador.  Y entonces a ella se le oprimió el corazón. ¿Qué pensó? ¿Por qué tan escrupuloso con la botella?  ¿Qué sabía de él, de sus costumbres, de sus gustos? Nada, no sabía nada. Era un total  desconocido. Un desconocido que ahora la conocía cómo nadie.

Volvió de sus pensamientos cuando el celular de él sonó indicando la llegada de un mensaje.

—Es de tu socia. La niña ya salió de su clase de baile y me pidió que pase  a recogerla ¿Nos vamos?

Así suelen ser los paseos en la Rueda de la Fortuna, pensó ella, una larga fila para disfrutar tan solo tres  minutos en el aire.

—¡Discúlpame, bonita! Yo quisiera poder estar más tiempo contigo, poder llevarte a un mejor lugar, pero para ser honestos, ambos tenemos candados ¿no? Tu sabes, no tenemos mucha oportunidad, esto es lo que nos toca si queremos estar juntos.

 Terminó de abotonar su camisa y como pudo la volvió a acomodar dentro de su pantalón. Puso el motor en marcha y condujo de vuelta al estacionamiento dónde estaba el de ella.

—Morena, no te voy a dejar ir, te seguiré los pasos.

 Luego un largo silencio.

–¡No te quiero querer! No soportaría enfermarme de nuevo de ese mal, –dijo ella con total resolución.

—¡Pues conmigo ya te amolaste! —le dijo mientras la atraía hacia él besándola–. Te llamo pronto corazón.

Ese  último beso le supo tan dulce, como los confites que le gustaban tanto y que comía en secreto. Sonrío.

De regreso a casa  recreó en su mente cada caricia, cada detalle. No hubiera querido dejarlo ir. Ese hombre tenía razón, ya era demasiado tarde, lo probó y ahora quería más. Se llevó las manos a la nariz y pudo percibir su aroma. Entonces recordó algo que le provocó al instante un escalofrío. Lo leyó una vez en una revista de nutrición y salud. “…el arsénico, un veneno letal casi insípido, con olor a almendra…” Entonces lo comprendió, ya no le quedaba duda, él era ese veneno que la iría matando lenta y suavemente. 

Pies Descalzos.

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