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7 min
Intolerancia underscore - Javi Síncope
Terror |
12.05.15
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Sinopsis

Viaje interior

Era un hombre bellísimo. Hablaba sin dejar de sonreír, con una sonrisa tan frágil que parecía que fuera a romper a llorar en cualquier momento. El maestro pránico llevaba cinco años sin ingerir alimentos. Tal era su nivel de consciencia que no necesitaba comer para vivir.

Marisa estaba anonadada, jamás hubiera pensado que aquello fuera posible. Rodeada por esa gente tan espiritual en aquel retiro en las montañas, se sentía un poco como una intrusa. Antes de conocer a Julio, había vivido feliz sin preocuparse por los mensajes de las Pléyades o por el inminente cambio de dimensión que estaba a punto de producirse, pero Julio le había abierto las puertas de ese mundo y ahora sentía que debía hacer todo lo posible por elevar su nivel de consciencia para poder acompañar a su novio en aquel viaje de conexión con la energía del universo. 

 

Aquella noche, tras incontables vueltas en la cama, Marisa se levantó. Tenía que haberse encontrado en sueños con su novio en el acantilado de los amantes, pero se había dormido tan profundamente que no recordaba lo que había soñado. Al despertarse se había sentido muy culpable y no conseguía volver a dormirse. Marisa salió de la habitación y caminó hasta los baños.

Cuando encendió la luz del baño se encontró con lo último que hubiera esperado: el maestro pránico sentado sobre la tapa del wáter mirándola ojiplático con una magdalena en la mano. Vio el pánico en su cara, las migas alrededor de su boca, la bolsa de La Bella Easo a sus pies. La situación era tan embarazosa que Marisa no pudo más que disculparse y salir corriendo de allí.   

 

En la comida del día siguiente Marisa miraba desanimada su plato de quinoa mientras Julio hablaba con una mujer que se había sentado frente a ellos.

—Siento que el nivel de espiritualidad de este año es muy bajo —se quejaba la mujer— y encima las manzanas no son orgánicas.

—Eso me parece imperdonable —dijo su novio.

Marisa apartó la mirada y vio al maestro pránico entrando en la sala. Más que caminar parecía que avanzara flotando sobre el suelo. La gente se levantaba de sus sillas para recibirlo, aquella criatura excelsa que vivía de la energía pránica del universo los tenía cautivados. ¡Menudo morro tenía! Que lo que le había pillado haciendo con la magdalena la noche anterior no era precisamente la fotosíntesis. Aquel hombre era un sinvergüenza que les estaba tomando el pelo a todos. Tenía que contárselo a Julio, se dijo. Aunque enseguida se lo pensó mejor. Sospechó que a su novio le ofendería su escepticismo. Seguro que le diría que no había entendido nada y que daba igual cuántas magdalenas se comiera el pránico porque eso no tenía nada que ver con su verdadero mensaje. Sara acabaría avergonzándose de sí misma, pero no podría dejar de pensar que aquel tío era un fraude.

 

A la mañana siguiente, Julio la miró acusadoramente y le dijo:

—No te encontré en el acantilado de los amantes.

—Es que me quedé dormida y no conseguí soñar nada.

No era cierto. Había estado soñado que se comía una hamburguesa enorme con patatas y se había despertado justo en el momento en el que iba a pedirse la siguiente. Pero aquello no era algo que pudiera compartir con su novio.

—Parece que no quieres que encontremos la flor azul —agregó Julio—. Siento que no estás poniendo suficiente de tu parte… o a lo mejor es que simplemente no lo tienes dentro.

Eso pensaba Marisa, que no lo tenía dentro. El taller de sueños lúcidos no le estaba sirviendo de nada. Por mucho que lo intentara no conseguía encontrarse con Julio en el acantilado de los amantes para emprender la búsqueda de la flor azul, esa experiencia onírica que los conectaría cósmicamente y eternizaría su amor.

Marisa salió a dar una vuelta por el bosque. Necesitaba un momento de soledad. Al poco tiempo llegó a un precioso riachuelo y cuál fue su sorpresa al encontrar al pránico sentado bajo un árbol frente al arrollo. Su presencia la indignó de inmediato. En cuanto la vio el pránico bajó la cabeza avergonzado. Lo tenía a su merced. Sin embargo, al fijarse en él lo único que sintió fue pena. Ahí estaba solo, tristón, como un bello pierrot abandonado junto al río. Tal vez fuera un fraude, pero en aquel momento la verdad es que ella también se sentía un fraude. Sin decir palabra, Marisa se sentó a su lado y allí se quedaron un rato acompañándose en su tristeza.

 

—Espero sinceramente verte esta noche en el acantilado de los amantes —le dijo Julio con tono de un ultimátum.

Al cerrar los ojos, Marisa se encontró caminando por un paisaje agitado por el viento. El sol centelleaba en un cielo de un azul inmaculado. Algo más adelante se abría un abismo. ¡No podía creerlo! ¡El acantilado de los amantes! ¡Al fin lo había conseguido! No cabía en sí de felicidad. Julio estaría allí esperándola en algún lado.

Vio a un hombre vestido con una túnica brillante caminando al borde del acantilado. ¿Julio? ¡No, no era Julio! Era el maestro pránico, que se acercaba a ella sonriendo dulcemente. ¿Qué hacía él en su sueño? Antes de que pudiera decir nada, el pránico llegó hasta donde ella estaba y la abrazó con una ternura infinita, un abrazo maravilloso libre de cualquier juicio, que la hizo sentirse totalmente querida y aceptada. Envueltos en un halo de luz se elevaron por los aires y una ráfaga de viento se llevó sus ropas. Marisa se quedó abrazada a aquel hombre etéreo, sintiendo sus huesecillos bajo los dedos, sintiendo una conexión intensa, cada vez más cercana e íntima, sintiendo… Dios mío, ¿qué estaba sintiendo? ¿Qué es lo que estaba pasando? Fuera lo que fuera, era algo hermoso e inenarrable, y qué otra cosa podía hacer más que entregarse con todo su alma a ese encuentro mágico que se le brindaba aquel mundo donde todo era posible y todo estaba bien.

 

Marisa se despertó con una extraordinaria sensación de dulzura, para encontrarse con los reproches de Julio.

—Esta noche no he soñado nada. Es tu influencia sobre mí. Estás tan dispersa que ni yo mismo puedo conectar con mis sueños. 

—¿Tú tampoco has soñado nada? —dijo Marisa, pestañeando inocentemente.

Y mientras su novio seguía culpándola de todo, con aquella intolerancia underscore a la que la tenía acostumbrada, Marisa no podía dejar de pensar en cómo había vibrado en los brazos del pránico, en la energía cósmica que había fluido por su cuerpo, y en cómo, al extender la mano, había encontrado una hermosa flor azul entre sus dedos.    

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