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5 min
Invierno.
Amor |
08.03.13
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Sinopsis

Julia espera todos los días a que Carlos, su prometido, cumpla su promesa: volver de la guerra.

El sol se escondía tras las nubes mientras el viento soplaba, azotando los cabellos de Julia, que como cada tarde, estaba sentada en el banco que estaba frente a su casa.

Estaba helando, pero ella no le importaba. Esperaba que llegase su amado, tal y como le había prometido.

Miraba con interés al horizonte, para ver si lo veía a lo lejos, para comprobar si veía su sonrisa mientras la miraba sólo a ella, como si el resto del mundo no importara, como si nada más que Julia existiera.

Julia cerró los ojos, imaginando como Carlos, de veintitrés años, pelo rubio y ojos marrones, iba a su encuentro, la tomaba de la mano y se la llevaba a pasear por los jardines como hacía antes de partir.

Una oleada de felicidad la embargó al imaginárselo. Sonrió.

No se volverían a separar, ya todo habría acabado. La espera, la añoranza. Todo sería reemplazado por la felicidad para entonces.

En primavera, cuando los árboles estaban en flor, ellos dos quedaron por última vez.

-No te vayas-le pidió Julia.

-Tengo que ir, defenderé mis ideales y a mi patria.

Ella lo abrazó, entre sollozos. Se negaba a decir adiós. A Carlos casi se le partió el alma al verla así.

-Prometo escribirte-dijo él para tranquilizarla.

Julia lo miró a los ojos.

-¿Y quién me va a decir a mí que lleguen las cartas?

Carlos sonrió, aunque la alegría ni mucho menos le llegó a los ojos. Sólo quería consolar a su novia.

-Tengo contactos que harán que lleguen. No te preocupes por eso.

Ella se atrevió a besarle. En ese momento no importaban los protocolos, ni si alguien los veía. Sólo quería aferrarse a un sueño. Al sueño de que él volvería, de que recibiría las cartas y a su amor.

Entonces él se fue y ella se quedó sola en casa, esperando con ilusión al invierno.

Cada carta que recibía, la leía una y otra vez. Ella le contestaba a todas y se las daba al cartero. La petición siempre era la misma: "Haz que lleguen deprisa".

Había veces en las que no recibía ninguna carta de Carlos y eso la angustiaba. Apenas podía dormir por las noches, pensando que algo había pasado.

Pero la llegada de una nueva carta siempre la llenaba de fuerza y de ganas de seguir luchando y de vivir.

 

Mi queridísima Julia:

Hoy, como todos los días, ha sido un día vacío sin poder deleitarme con tu presencia, con ver el color de tus ojos y el sonrojo de tu rostro cuando te robo un beso.

También, por otra parte, lo hemos pasado mal. Las cosas no van bien por aquí, mi amigo Rubén ha caído a causa de una herida de bala. Pero tranquila, no te inquietes, estaré bien.

Ya nos hemos cambiado de campamento, de ahí que la dirección desde donde te mando la carta sea distinta. Ya cada vez falta menos para que vuelva a casa y para poder verte. No puedo esperar más. Te echo mucho en falta, cuando llegue no te dejaré sola ni un segundo, no quiero perderme nada más de ti, quiero despertarme cada día y verte. Sueño contigo y cuando me despierto, la angustia me embarga por dentro, porque estás muy lejos. Sin embargo, a pesar de todo, mi corazón está donde estás tú y si sigo con vida, es por ti, mi sol. Te mando flores, aunque no sé en qué estado llegarán. Son violetas. De todas formas, la intención es lo que cuenta. Nada puede compensarte mi ausencia y no dejo de agradecerte cada día el amor que me profesas, el tiempo que me esperas.Esta es la última carta que escribo, ya que el próximo mes estaré contigo. Prometo estar en el banco frente a tu casa a las seis. Una vez más, y juro que por última vez te lo pido, espérame.Con todo el amor de mi corazón,

Carlos.

 

Seguía segura de su promesa, él nunca le había mentido.

Había pasado casi un año, ¿él seguiría igual? Le ponía nerviosa sólo pensar en ello y a la vez eso la impacientaba cada vez más. Llevaban juntos desde que prácticamente eran unos niños, soñando con el mismo futuro juntos, que era casarse, mudarse a una casa en medio de la pradera y tener muchos hijos.

Entonces, lo vio. El rostro con el que había soñado cada noche, los ojos que siempre la miraban sólo a ella con ese brillo especial, la sonrisa más perfecta del mundo. Se acercaba lentamente, ella se ponía en pie y se aproximaba a él también. Sin embargo, cuando Julia abrió los ojos, todo se desvaneció.

Julia siempre se sentaba cada tarde de invierno en aquel banco a esperar a su amado desaparecido y se autoconvencía de que llegaría, de que él nunca incumplía una promesa, de que a pesar de que nunca más tuvo noticias de él, llegaría.

Las lágrimas corrieron por su rostro arrugado a causa de la vejez. Nunca se casó, como las otras jovencitas que perdieron a sus pretendientes en guerra. Jamás renunció a la idea de que algún día de invierno aparecería ante sus ojos y tampoco tuvo a nadie en su tiempo que la obligara a casarse.

Ella siempre se sentaba cada tarde allí, con su vestido amarillo y con la última carta que el joven un día le envió en la mano, nevase o lloviese.

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