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4 min
INVIERNO
Varios |
19.08.16
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Sinopsis

Recordando el invierno en soledad.

Por las ventanas del sur veo aproximarse los nubarrones oscuros y tupidos desde poniente, que es por donde vienen siempre los de lluvia. Por el este no hay ventanas, aunque seguramente vería algo semejante, una ampliación de lo anterior. Por el norte aún permanece casi despejado el cielo azul-grisáceo, salpicado de gaviotas y de algodones vaporosos adelantándose a la borrasca. Y por el oeste contemplo largamente y con pesar el deterioro constante de la vida, los muros hábilmente construidos, casi bellos, rezumando humedad y podredumbre entre el manto de musgo, la soledad y el silencio.

El hormigón, el ladrillo y la piedra se vuelven con el frío peores que el hielo y, con solo tocarlos, uno puede quedar congelado al instante; es tal la impresión que la piel se arruga y las extremidades se sacuden con temblores incontrolables y crujen con gran dolor, pues se tornan rígidas y casi imposibles de articular.

Ni tengo ganas de salir a la calle con este frío, ni puedo; porque es tanto lo que me pesan y me abultan el trasero y la panza que mis piernas flacuchas ya no logran sostenerme; y mis brazos perezosos son tan cortos que tampoco me sirven de gran ayuda. Mi cuerpo se ha vuelto oblongo y ridículo, semejante al de un escarabajo pelotero. Siento que todo en mí es dulce y macilento, apetitoso suflé de exquisitos aromas de almíbar y de canela.

Como todos los días, desde la llegada del invierno, comienza a llover y los chorros de agua clara descienden por los cristales mientras el aire gris y húmedo se filtra por las paredes, castigándome sin piedad. No puedo calentarme de ningún modo porque no tengo calefacción  -cuando hace buen tiempo me parece que con mi capa sebosa no habrá frío que me afecte, agobiado en esos instantes por los sudores y el sofoco, de modo que siempre me coge desprevenido el último solsticio del año- y, si me cubro con una manta, el vientecillo puntiagudo la atraviesa como si fuera nada.

Empiezo a tiritar y lanzo un grito desesperado que se transmite por el viento y lo calienta brevemente, constatando con desagrado cómo detrás de una ventana próxima alguien se alarma y mira desconcertado en varias direcciones, intentando identificar el origen del chillido, como de rata acorralada. Interrumpo mi lamento, avergonzado y más dolorido aún por el frío.

Cuando ya no puedo soportarlo más echo mano de la botella de anís y me acurruco con ella en un rincón, saboreando el fuego hiriente, tan inesperado en su virginal transparencia. Siguiendo la costumbre de otros seres poblados de angustia me voy embriagando con ese fluido de miel y de confusión que, si bien no te conduce al olvido ni te calienta en exceso, al menos te hace sentir reconfortado, cálido y risueño en medio de las tempestades cotidianas y también de las más trascendentales.

Llueve con insistencia y determinación. Cuando escampa algún instante los muros rezuman más y más agua, destilan amargas humedades. En los jardines las palmeras abanican la gelidez quebradiza de la atmósfera y los rosales se tronchan al cristalizarse sus tallos, entumecidos por la acción de la ventisca. ¡Ay de mí si no fuera por estas paredes y estas ventanas que al menos logran frenar las dentelladas y los zarpazos más brutales!

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