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14 min
Enero en Nueva York
Fantasía |
14.09.13
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Sinopsis

Nunca sabes la sorpresa que puede depararte la decisión de seguir a un gato negro...

Voy a contar algo que sucedió hace veinte años, muy lejos de mi casa en Buenos Aires. Era enero en Nueva York. Frío, nieve, más frío. Se ve un cielo azul sin nubes, precioso, pero el majestuoso sol no calienta, es como si no estuviera. Estuve un rato en la tienda de Apple sobre la Quinta Avenida, mirando IPhones, IMacs, IPads, Ipods y muchas otras cosas que comienzan con “I”, hasta marearme. Había demasiada gente, todos estaban hablando al mismo tiempo y formaban una especie de caos ordenado o de orden caótico, como prefieran. También faltaba el aire, y todo eso, sumado a que no entiendo muy bien el inglés, me hizo sentir como si fuera de otro planeta.

Anochecía lentamente sobre la inquieta ciudad del norte. Salí del subsuelo ruidoso y lleno de artículos tentadores para tomar un poco de aire. Se me ocurrió entrar al Central Park, que estaba apenas a unos metros cruzando la avenida. Ya lo había recorrido varias veces, siempre me gustó, pero ahora, como necesitaba un poco de aire y de espacio, era el lugar perfecto para mí. En pocos minutos me hallaba a la orilla de un hermoso lago y un puente de piedra se recortaba contra la última luz del día.

Poco cuesta caminar en ese hermoso parque, aunque dentro del mismo hay un par de calles repletas de autos. Los caminos son sinuosos, suben, bajan, hay lagos pequeños y enormes, puentes preciosos, muchos árboles de todo tipo, fuentes con monumentos, esculturas, formaciones rocosas…pero con la noche todo adquiere un tono mágico. Cada objeto que forma parte del parque, ya sea natural o creado por el hombre, se transforma de noche en parte inconfundible de esa magia. No importa que la atmósfera sea tan fría, la magia aparece en cuanto se encienden las luces de los faroles, cuando aún no se fue del todo la luz del sol.

En apenas unos minutos la noche con su oscuridad se adueñó de lugar. Un patrullero pasó a mi lado por el camino. Este Central Park no tiene nada que ver con el de las décadas del 70 y del 80, el de Cruising, el de los asesinatos y las violaciones que se sucedían después de medianoche.

En un momento cruzó delante de mí un gato negro. No creo en las supersticiones, pero me sentí un poco impresionado por su mirada. Era una mirada salvaje, tensa, como pidiendo algo, pero de mala manera, con cierta desesperación. Lo seguí, no sé por qué motivo, quizás sólo fue por curiosidad.  El gato se dio cuenta, porque miró todo el tiempo hacia atrás, como queriendo asegurarse de que yo estaba siguiéndolo. Anduve tras él un rato largo. Se dirigió con paso muy seguro hacia el gran lago, hasta que estuvimos a la orilla. Las tenues luces de los faroles se vieron reforzadas por el cielo abierto que aún emanaba algo de luz sobre el gran lago y por las luces de los edificios que lo rodeaban por el oeste y del este. En ese instante se produjo lo que me pareció un auténtico prodigio: el gato se metió en las aguas del lago y nadó con gran desenvoltura. Ellos no hacen eso, nunca. Lo miré con incredulidad y sorpresa. Yo tenía delante una pequeña reja y luego el terreno bajaba hasta la orilla. No me sería difícil seguirlo, pero aunque me interesara, no tenía ninguna gana de meterme en el agua helada.

El gato miró hacia atrás como buscándome. Si, buscándome a mí. Maulló, y creí entender que me pedía que lo siguiera. Con ese frío no hubiese podido hacerlo, así que me negué, despidiéndome de él con un gesto.

Visité muchas veces ese parque, y puedo recordar perfectamente que en ese lago no hay nada más que agua, a lo sumo algún caño que por debajo del lago lleva agua hasta cierto lugar desde donde se desprende un chorro que sube bastantes metros. Y queda muy lindo para las fotos. Pero nada más. Esa noche vi cómo se iluminaba una especie de isla en el centro del lago. Debía tener unos diez metros de diámetro y era iluminada por un farol, y, si no veía mal, había una persona que tenía ese farol en su mano. Por un momento pensé que estaba viendo visiones, cosas raras, pero ese día no había fumado nada. Miré de nuevo y me convencí de que era real. Estaría a unos cien metros de la costa del lago. Yo sabía nadar, y podía hacer esa distancia en unos minutos, pero no quería morirme de frío. Miré a mi alrededor, y vi a varias personas que caminaban cerca de mí. Llamé a un hombre de unos cincuenta años, vestido de jogging gris,  que al principio me miró desconfiado. Le pregunté en mi pésimo inglés si veía algo en el medio del lago. Le dije que yo era corto de vista y que no veía bien, pero creía que había una luz. Me miró como se mira a un loco, se dio media vuelta y siguió su camino.

Se me hizo evidente que solamente yo podía ver esa isla, esa luz, y a esa supuesta persona que sostenía el farol. Me hice cargo de ese supuesto privilegio. Debía seguir al animal de cualquier manera posible. Me había elegido y sentía que tenía una obligación con él.

Siempre fui muy sensible con el frío. Me saqué, mientras temblaba, el abrigo, la bufanda, el pulóver, los zapatos, y los dejé hechos un bollo al lado de un árbol, esperando que nadie los tocase ni se los llevase hasta que pudiera regresar a recoger todo. Atravesé la pequeña reja, bajando por el desnivel hasta la orilla. Entré al agua sin pensarlo, sólo vestido con mis pantalones, mi camisa y las medias. Me moría de frío, pero mucho más de curiosidad por saber qué quería ese misterioso gato que me llevaba a esa isla inexistente. Aparentemente nadie en el parque me observó, y si alguien me vio, no le importó y no dijo nada.

Debajo del agua me sentí desfallecer. Nunca llegué a acostumbrarme a ese frío mortal. El gato negro me estaba esperando flotando en el agua. Supuse que por su naturaleza él debía sufrir más que yo. Cuando me vio cerca suyo recomenzó su camino hacia la isla.

Llegamos en menos de cinco minutos. Por suerte no estaba tan lejos, aunque reconozco que soy muy mal nadador y me costó lograr el objetivo. El gato, apenas subí a la isla, volvió a meterse en el agua y emprendió presuroso el camino de vuelta, tal vez deseando llegar a la costa del parque y secarse lo antes posible. La mujer que sostenía el farol me acercó la frazada con la que ella se estaba cubriendo para que me calentara un poco. Se lo agradecí.

Miré atentamente a la dama a la luz del farol. Era rubia, de pelo ensortijado, pálida, ojos muy claros, muy delgada, bastante alta, casi como yo, que mido un metro ochenta. Vestía de blanco, un vestido largo desde el cuello hasta los pies. No le vi anillos ni pulseras ni gargantillas, ningún adorno. Estaba descalza, también. Parecía de otra época, como si fuera del siglo XIX, como si hubiera salido de La Familia Ingalls. Me miraba extrañada, como si fuera yo el que estaba de más en ese lugar. Abría los ojos bien grandes y me miraba fijamente. Como no parecía animarse a hablar, pensé en decirle algo, cualquier cosa, para romper el hielo, y sólo me salió, en español:

-¿De donde eres?

Ella me miró como si se hubiera sorprendido de que yo pudiera hablar. No me contestó en seguida, con su mirada parecía investigarme, recorrerme todo, con curiosidad, sin maldad. Con una voz muy suave y muy dulce me contestó en perfecto castellano:

-Soy de acá, de este lugar.

Pareció dudar, miró a su alrededor y dijo:

-Exactamente de este lugar.

Yo no sabía si expresar todo lo que sentía o dejarla hablar. Como casi siempre suele ser efectivo, la dejé hablar todo lo que quisiera. Yo sólo escuché muy atento. Después de dos o tres frases sin importancia comenzó su relato.

-Fui castigada, mi familia no soportó mi mal comportamiento. Por eso me enviaron hasta aquí, con mi gata. Pero ella no está castigada, por lo que puede pasear por el parque todo lo que quiera. Es una gata muy valiente, única en su especie.

-Me porté muy mal. Estaba casada, fui infiel, y mi marido me denunció al Gran Tribunal. Ellos me dieron este castigo. Nadie me defendió. El nuestro es un mundo muy cruel.

-Me enamoré locamente. No tengo la culpa. Era un muchacho muy hermoso, bondadoso, sincero. Sabía que mi marido, oficial del ejército, nunca me iba a perdonar si me descubría, y aun así, todos los viernes a las cinco de la tarde, me encontraba con el muchacho. No vivía sino para que llegue ese día y esa hora. Era lo único que daba sentido a mi vida.

-No pude defenderme. No me dejaron hablar. En cinco minutos me declararon culpable y tres minutos después ya sabía mi castigo. No es justo.

Su rostro era bello, pero no había forma de que pudiera decidir qué edad tenía. A veces le descubría finas arrugas, pero otras veces no, su piel parecía tersa y casi perfecta. Decidí preguntarle algo, ahora que sabía lo que le había pasado.

-¿Qué pasó con el muchacho de los viernes?

Su cara mostró mucho dolor. Sus ojos enrojecieron.

-Lo mataron. Lo ejecutaron delante de mí. Es un mundo cruel, lleno de gente cruel.

Le dije que lo sentía, que lo lamentaba mucho. Pero después le pregunté qué clase de castigo era este, estar en una islita, en medio de un lago.

-No se trata de eso. Yo vivo en el año 3013, y el castigo es volver mil años hacia atrás, y permanecer en el mismo lugar durante diez años. Quizás me perdonen luego de ese tiempo, y pueda volver. Si es que sigo viva.

Como observó la incredulidad de mi rostro, y seguramente vio alguna sonrisa extraña que haya podido dibujar en él al escucharla, prosiguió.

-Por eso mandé a mi fiel gata a conseguir a alguien con quien conversar. No podré salir de esta pequeña isla, y mi gata no podrá traerme mucha comida. Necesito ayuda para poder sobrevivir. ¿Usted será capaz de proporcionármela? Espero que pueda hacerlo.

Yo seguía lleno de incredulidad. La miraba y no lograba comprender muy bien lo que me decía.

-Entonces, ¿quieres que crea que vienes castigada del año 3013, que te confinaron a esta islita por diez años, y que te tengo que traer alimentos por todo ese tiempo? Antes de contestarme dime cómo vas a hacer para quedarte acá. Todos te verán cuando sea de día, va a venir la policía, los bomberos, te sacarán de acá y te encerrarán en un manicomio antes de que puedas terminar de contarles tu historia.

Ella sonrió con tristeza.

-Nadie me puede ver, nadie puede ver esta islita. Vine al centro de este lago porque dentro de mil años éste será el exacto lugar donde se encuentre la cárcel principal del imperio. El imperio puede castigarte volviendo atrás en el tiempo a todo tipo de delincuentes, pero únicamente al lugar exacto donde te encuentras. Por eso no mandan a nadie al mismo año el mismo día. Quizás este mismo espacio lo ocupe otro mañana, y otro pasado mañana y así cada día, pero viviremos en tiempos distintos, en universos paralelos que jamás se van a cruzar.

-Si nadie te puede ver, ¿por qué yo te veo?

-Tengo el poder de hacerme visible ante quien yo quiera. No pueden evitarlo. No pueden impedir que siga teniendo ciertas habilidades. Como por ejemplo hablar perfectamente el idioma de mi interlocutor, aunque nunca lo haya escuchado siquiera. Podría favorecerte con algunas de esas habilidades si me traes comida.

-Interesante. Pero no quiero favores. Sólo vine por curiosidad, pero si quieres a alguien que te traiga comida dile a tu gata que contacte a alguien que viva cerca del parque. Yo vivo en Buenos Aires, muy lejos de aquí.

La mujer se quedó pensando en silencio un largo rato. Parecía como si estuviera definiendo qué podía decirme y qué no. Tal vez después de lo que le dije me echaría de allí y con sus poderes me dejara ciego, o paralítico. Las cosas que se me ocurren, pensé. Al rato volvió a hablar, esta vez pausadamente, como midiendo las palabras.

-Buscaré a otro, no te preocupes, pero te agradezco que vinieras. Antes de irte, debo decirte algo importante. Estamos en el año 2013, y por lo que recuerdo de los libros de historia del siglo maldito, esa ciudad de Buenos Aires será destruida por una bomba dentro de 20 años, el 5 de Julio de 2033. Según los libros, esa ciudad y otras formaron una liga que se opuso al predominio de China sobre el subcontinente sudamericano. Mientras que Brasil apoyó al gigante asiático, así se lo llamaba entonces. Los chinos destruyeron primero Caracas, luego Lima, finalmente Buenos Aires, en tres días de sangre y fuego en los que murieron millones de personas. El día de hoy, quiero decir, en el año 3013, de Buenos Aires no queda casi recuerdo. La zona está aislada, la radiación va a comenzar a irse recién dentro de 50.000 años. Lo siento.

Yo no sabía si estaba hablando con una loca, con un oráculo o con alguien que quería jugar conmigo. Me sentí mal. Le dije que me tenía que despedir, porque igualmente no le sería útil. Y que le indicara al gato que le trajera un legítimo norteamericano, si es posible neoyorkino. Le comenté también que lo sentía mucho y que quizás la visitara si volvía a Nueva York. Era mentira.

Volví muerto de frío a la orilla del lago, recogí mis ropas, que por suerte habían quedado tal cual las había dejado, y me vestí raudamente. Mi cabeza daba vueltas, no podía pensar que todo eso fuera verdad. Decidí volver a la mañana siguiente. Si no la veía, aceptaría que todo había sido un mal sueño.

Cuando fui de nuevo a la orilla del lago, ya no estaba. Sin embargo, por más que lo intenté con todas mis fuerzas jamás pude olvidarla, ni a ella ni a sus palabras.

Hoy estoy en mi casa de Buenos Aires, es el día 3 de Julio de 2033. Tengo ya 73 años. Los chinos acaban de volar Caracas. 

Rolando Castillo

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  • Atrapa el relato sin duda, Rolando. Tiene la mágia suficiente para animar a seguir leyendo, en el límite entre lo real y lo imaginario y con una narración magnífica. Tiene bien merecido la elección como relato del mes. Eso si, yo que tú me iría unos días de vacaciones por lo que pueda ocurrir.- Un saludo
    Original sin duda, no es una historia de fantasmas del pasado como parece al principio, si no una de ciencia ficción futurista, que esperemos que no se plasme en realidad
    Me gusta ese giro inesperado de la historia que te lleva al futuro y no al pasado que es en lo que primero se piensa. Me gusta verla en mi mente como una película que va pasando a medida que leo. Así que mágicamente conozco al narrador, al gato, el puente de piedra , la isla y la mujer. Hecho de menos la cercanía al relato. Planea una sensación de desapego, de lejanía del autor con el relato pero no hace el relato menos interesante. Me gusta.
    Me resulta muy grato leerte y las descripciones de los ambientes están muy conseguidas,el final es lo mejor.Enhorabuena.
    muy entretenido y sorprendente, me ha gustado montones
    Muy bueno. Me ha gustado mucho.
    Un buen relato futurista narrado con fluidez y buen ritmo que a medida que avanza nos sorprende con giros inesperados. Un largo viaje desde el futuro de la chica condenada para advertir del peligro amarillo. El notable final realza y potencia la historia. Saludos.
    Muy buen trabajo, con prosa fluida que facilita la lectura. Me dejó un buen sabor de poca. Los personajes están muy bien caracterizados, dejando un halo de misterio. La trama nos otorga muchas sorpresas. Sobre todo ese final como un hachazo, en sentido positivo, claro.
    Insuperable como siempre, Rolando. Se te ha echado en falta este tiempo sin publicar. Un saludo.
    Tienes todavía 19 años para largarte de Buenos Aires: haz los preparativos para el caso o comprate un bunker que baratos deben estar luego del colapso de las profecías mayas. Un escrito fenomenal. Al inicio me costó seguirle el ritmo pero a medida que progresas en la lectura la historia te envuelve de forma magistral. Cinco estrellas bien merecidas
  • ¿Qué sucede cuando comparas tus sueños de juventud con la realidad? Pueden pasar muchas cosas, y en esta reflexión reconozco que no me fue muy bien. Al menos en este caso.

    Un drama sin tiempo ni frontera, universal, que han sufrido y siguen sufriendo muchos hombres, por culpa de la ambición y la falta de escrúpulos de otros hombres.

    Nunca sabes la sorpresa que puede depararte la decisión de seguir a un gato negro...

    A veces una vida normal y segura de un matrimonio puede transformarse en una historia de violencia, si se pretende seguir para siempre con las costumbres habituales, enterrando muy profundo los sentimientos de cada uno.

    Una historia de persecución, argucias y distracciones. Con esos ingredientes las cosas pueden terminar muy mal, aunque a veces también se pueden obtener compensaciones inesperadas.

    Todos podemos afrontar dificultades que a veces parecen imposiblesde superar. Sin embargo siempre existe alguna forma de enfrentarnos a ellas. Y a veces se obtienen excelentes resultados, dependiendo del camino que elijamos para hacerlo.

    Cuando se vive como un esclavo maltratado una buena opción es pensar en escapar y tratar de cambiar de vida. Pero cuando sabes lo que quieres, la opción de escapar es la única posible.

    A veces, una mirada dice muchas cosas. Buenos Aires es una ciudad enorme, una de las más grandes del mundo. En el centro de la ciudad convergen millones de personas todos los días, personas que no se miran, y allí puede suceder de todo. Peleas, robos, persecuciones, son cosas de todos los días. Esta es sólo una pequeña historia de tantas que suceden.

    La envidia, uno de los sentimientos humanos más potentes, pocas veces favorece la claridad del pensamiento. Esto sucedió hace muchos siglos en un territorio muy lejano, pero hoy pasan las mismas cosas.

    Cuando elijas qué hacer debes hacerlo bien. Si eliges un trabajo equivocado, o para el que no estás preparado, te pueden pasar estas cosas como ésta.

Soy escritor, básicamente. Historiador, fotógrafo, empleado para sobrevivir, pero escritor ante todo.

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