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6 min
Ira
Terror |
25.03.15
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Sinopsis

De la saga de los siete pecados capitales, se desprende esta historia. Quizá un poco diferente a las anteriores, quizá con un tinte más realista; pero estoy seguro que mis letras les harán imaginar esta escena al pie de la letra. No juzguen al escritor por este texto, porque está escrito con pincelazos de realidades alternas donde los niños siguen siendo abusados y masacrados sin misericordia. Lee, disfruta y comenta. Gracias por tu lectura.

 

IRA

Ha pasado mucho tiempo desde aquel día, lo recuerdo muy bien, aún siento el calor en mi espalda, aún siento el roce de aquellas manos. Hoy ya nada es como antes; pero aún así me gusta lo que veo. Yo también fui un niño iluso como tú, que le gustaba jugar, saltar y corretear por todos lados. Me ilusioné con las estrellas y con viajar a la luna en un cohete espacial. Deseé una bicicleta para sentir la emoción de la velocidad en mis manos. Quise volar por el cielo como todo niño. Quise sentarme en las nubes y ver caer la lluvia. Yo también fui niño, yo también fui inocente.

 

Viví en una región muy pobre, había días que no encontrábamos nada en la mesa que sustentara nuestra hambre. Teníamos que salir a la calle y pedir, esperando que alguien tuviera compasión y nos diera un pedazo de pan. Éramos solo dos, mi padre y yo. Mi madre nos había abandonado. Ella había hecho su vida con un hombre pudiente. Siempre que ella me miraba me rogaba que me fuera a su lado; pero algo me detenía y no era mi voluntad.

 

Yo también tuve una infancia, yo también fui inocente. Tenía ocho años recuerdo, el sol golpeaba brutalmente la pequeña casa de láminas en donde vivíamos. En las calles se escuchaba un silencio que mataba la alegría de cualquiera. Había calor, mucho calor. Estaba jugando con un olote, arrastrándolo en el suelo, simulando que era un automóvil y entonces mi papá llegó. Me tomó de los brazos violentamente. De su boca salía un hedor a alcohol que me causaba náuseas. Me arrastró  hasta la casa de láminas, sacó su cinturón y sin razón alguna comenzó a azotarme. La hebilla impactaba contra mi cuerpo lastimándome gravemente, yo nada podía hacer, era un niño, era indefenso.

 

Mi frente, mis brazos y mi espalda entera sangraban por el impacto de la hebilla. Lloraba, lloraba mucho por el dolor que sentía en las heridas que habían dejado aquellos azotes injustificados. Aquello no fue suficiente; porque en el corazón de aquel hombre que se hacía llamar mi padre no existía la compasión. Me tomó del cuello y me tumbó sobre el catre que conformaba la única cama que había dentro de aquel puñado de láminas mal colocadas. Escuché el sonido de un cierre al bajar, mi ser se estremeció al sentir la mano de mi padre arrancar con violencia el pequeño y sucio short que en aquel día tenía puesto. Seré un poco gráfico de aquí en adelante, espero no les moleste; pero aquella experiencia marcó toda mi vida. Ya no tengo  vergüenza de nada, ya no poseo pudor, la decencia ha huido de mí.

 

Me encontraba tumbado en aquel catre sucio y mal hecho, mi rostro no paraba de sangrar. La sangre  había entrado en mis ojos y eso me impedía abrirlos y mirar. La mano pesada y húmeda de mi padre estaba sujetando con gran fuerza mi cuello. Mis nalgas estaban desnudas y un frío helado recorrió mi espina dorsal. Sentí miedo, sentí angustia, sentí dolor. Mi padre comenzó a penetrar mi ano sin compasión, a pesar de los gritos que yo emitía, él no se detuvo. No sé cuanto duró aquel acto repugnante; pero para mí fue una eternidad, una eternidad que viví dentro de las arcas del infierno.

 

Me miró a los ojos y con esa voz ebria me dijo que jamás hablara con nadie de lo sucedido; porque si lo hacía, él me mataría. Salió apretándose el pantalón con el cinturón. Lloré, mucho lloré, no se imaginan cuanto lloré. Mi alma estaba destrozada, mi inocencia se había esfumado y el miedo invadió mi corazón.

 

Me quedé tirado en el suelo por mucho tiempo, mi ano no dejaba de sangrar y como pude me acerqué a una pila para lavar la sangre que no se detenía. La violación se repitió una y otra vez durante cinco largos años. Ya no era el niño inocente y alegre. Ya no era aquel infante ilusionado con las estrellas. Ya no quería una bicicleta, lo único que deseaba era la visita de la muerte para que me llevara lejos de ahí.

 

El día de mi cumpleaños número trece, no esperaba un regalo, no esperaba ropa, no esperaba calzado como lo hacían otros  niños de mi edad, ese día esperaba la visita de mi padre ebrio, dispuesto a violarme sin pudor ni compasión. Ya estaba cansado, ya me había hartado de aquella miserable vida que llevaba, así que me dispuse a cambiar mi destino. Ya estaba todo listo, ya tenía todo planeado, ese día comenzaría mi nueva vida.

 

Mi padre llegó ebrio como lo esperaba, gritó mi nombre y yo respondí, sabía lo que su alocada mente quería, así que me dispuse a darle lo que deseaba. Me recosté boca arriba en el catre que teníamos, en ese mismo donde muchas veces fui torturado y violado sin compasión. Abrí mis piernas, y cuando mi padre estaba a punto de penetrarme, cogí un pedazo de metal bien afilado que había escondido  a un costado del catre y de un tajo corté su miembro sin misericordia. Comenzó a sangrar sin cesar. Se revolcaba en el suelo, su piel en poco tiempo cambió de color estaba perdiendo mucha sangre por la herida y su dolor era agónico. No me contuve y tomé aquel pedazo de metal afilado y corte cuantas veces me fue posible. Su piel quedo inmolada, la sangre vertía por las heridas a borbollones y mi ser entero se satisfacía por eso. Me acerqué a su cuello y mis últimas palabras para él fueron: “Gracias por enseñarme lo que albergaba el infierno”, entonces… Corté su cuello y lo dejé morir.

 

Quise escribir esto para que comprendieran mis motivos. No pretendo que me entiendan a la perfección, tampoco quiero que se pongan en mi lugar, ni mucho menos que me tengan compasión, solo quiero que sepan, que si encontraron esta carta manchada con sangre, es porque yo he atado una soga a mi cuello y me he quitado la vida.

 

 

P. Cardona

   

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