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26 min
IRA, EL ATLANTE
Fantasía |
06.03.08
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Sinopsis

“Más cuando se agotó en ellos la parte divina porque se había mezclado muchas veces con muchos mortales y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las circunstancias que los rodeaban y se pervirtieron, y al que los podía observar les parecían desvergonzados, ya que habían destruido lo más bello de entre lo más valioso, y los que no pudieron observare la vida verdadera respecto de la felicidad, creían entonces que eran los más perfectos y felices, porque estaban llenos de injusta soberbia y de poder.”

Critias, Platón



      Hace miles de años, existió una civilización que compartía la esencia divina del creador. Habitaban en una isla del Atlántico, en las puertas del Mediterráneo. Allá donde las Columnas de Hércules se erigían como el Límite del Mundo, nacía una raza, una especie que estaba avocada a la extinción, a su propia destrucción. Eran los atlantes.

      Cuando Evenor, uno de los hombres nacidos de la Tierra, pisó la Atlántida, en aquel remoto tiempo desprovista de vida alguna, lo hizo de la mano de su esposa Leucipe y, allí, en aquellas nuevas tierras, confinados en la gran ínsula, dieron a luz a la que sería la madre de la estirpe de todos los reyes Atlantes, Clitoé. Como hija única creció y vivió, hasta el día en que sus padres perecieron y ella contrajo matrimonio con el dios con quien formaría la primera sangre original de la Atlántida.

      La expansión y crecimiento de aquellas tierras rodeadas de aguas bravas, fue favorecida por los dioses y en su suelo se esparció la vida de la madre naturaleza, proveyendo de alimento y salud a todos aquellos que moraban casi diez mil años antes del nacimiento del mesías profetizado, Jesucristo.

      Platón trató de mostrar una historia verdadera en sus diálogos del Timeo y el Critias y muchos le tomaron por fantasioso, fabulador de mitos. Fue Critias el protagonista de estas conversaciones que entablaba con su maestro Sócrates quien trataba de desvelar el origen de tan fantástico continente perdido. El discípulo contaba la leyenda de un niño que escuchó la historia que su padre narró sobre la Atlántida y, éste, a su vez, prestó oídos a la voz de Solón, venerado legislador ateniense. Los datos apuntaban a una civilización extinta por su codicia, a una tradición perdida de orígenes remotos y ubicación imprecisa. Muchos situaron la isla, ya en tiempos modernos, frente al estrecho de Gibraltar, considerada como una fantasía de algunas mentes con deseo de ver un misterio resuelto.

      Muchas generaciones se beneficiaron de la sabiduría de sus habitantes, de sus facultades y aptitudes cuasi divinas. Pero el tiempo, hizo que su parte humana consumiera aquella celestial, avocándolos a la destrucción de su propia alma y lanzándoles a un destino con fecha de caducidad. La sociedad de grandes virtudes sobre la que siempre habían estado asentados se fue desmoronando. Sus cuerpos etéreos se fueron consolidando y adquiriendo el tacto recio de la carne, perdiendo el hilo que les unía con el creador y olvidando su verdadera naturaleza. Algunos hombres, en su renuncia a la presencia divina que moraba en ellos, se unieron a las más bajas criaturas terrestres, combinando su anatomía con la de animales y otras bestias. Su escasa moral y sus altos valores a favor de la superficialidad y el materialismo, no hicieron más que agravar las bases de su comunidad, ahora emanando pestilencia y podredumbre en el más amplio sentido de la palabra.

      Aquel lugar utópico se transformó, en poco tiempo, en una odisea para los seres más prestados al vicio y la depravación, al culto de poseer cuanto más mejor y a todo cuanto supusiese una satisfacción terrenal del placer más inmediato y egoísta. Su esencia traslúcida se fue volviendo cada vez más opaca, más pesada y deslustrada. Las energías que les envolvían se extinguieron como la llama que lucha contra un viento feroz. Ese aura de luz que acabó por apagarse, confinó a todos los atlantes a un cuerpo macizo y más cercano al hombre que a Dios. Aquel desequilibrio originó grandes terremotos y desestabilizó el clima de la Atlántida. Tras muchas sacudidas y alteraciones en su estructura, el continente se hundió mientras cientos de rayos fulminaban toda forma de vida en su superficie. El océano engulló a toda la raza sin compasión. Ira estaba entre los últimos atlantes que se hundieron en aquella gran nao de tierra y raíces, de oricalco y carne contaminada por impuras ambiciones. Era él uno de los últimos soldados de la realeza atlante. Si bien, durante cientos de años, no se precisó ejército ninguno, el décimo y último rey descendiente de Clitoé consideró necesaria una tropa que retuviese a los insurgentes y mantuviese a salvo a los privilegiados. Fue la culminación del desastre. La violencia se había sumado a la vileza. La Atlántida, avergonzada, no tuvo más remedio que desaparecer donde nadie pudiera advertir jamás aquel ignominioso final para una civilización que relució como ninguna volvería a hacerlo. El mar se la tragó con furia, sin dejar ni siquiera las migas de aquel suculento plato.

      Doce mil años después, un hombre negado a morir, a desaparecer bajo las aguas, quedó atrapado en un limbo espacio-temporal, donde luchó con sus más horripilantes miedos y se enfrentó a la verdad de su propia historia. Ira, el último de los atlantes, pujó por nacer de nuevo en una tierra que, miles de años en el futuro, le era totalmente desconocida. Arrancó los lazos que le ataban a aquella mazmorra temporal y ascendió hacia la superficie de las aguas que le vieron caer en el pasado. Si los dioses cometían errores, Ira sin duda era uno de ellos, seguía vivo a pesar de todo. Desubicado, desmoralizado, furioso y hambriento de los placeres que dejara atrás. Pensó en la posibilidad de que realmente ningún dios se equivocara con él, sino que simplemente estuviera allí encomendado a un fin mayor que escapaba a sus capacidades de deducción. En aquel momento no podía pensar. No se consideró un hombre con suerte, sino lo que siempre, un atlante cabreado con ganas de disfrutar de aquello que creía le pertenecía por derecho propio. Emergió con violencia a la superficie. Su cuerpo, lleno de cicatrices como un cuero cientos de veces parcheado, dejó que resbalara el agua salada. Sus músculos estaban tensos y prestos a moverse en cualquier dirección. Sus dos metros de estatura y su corpulencia no fueron visibles en toda su expresión hasta que no hubo puesto pie en tierra. Una playa poco transitada dejó que se quedara bajo las estrellas y durmiera. Llevaba doce milenios sin cerrar los ojos, una noche no sería suficiente para reponerse, pero mitigaría al menos su mal carácter. Aunque no demasiado. Su estado natural era gruñón. La mañana le traería noticias de los cambios sufridos en aquel planeta. Hasta entonces, Ira, cerró los ojos y se concentró en dormir. La noche admiró aquella bestia de cuerpo agrietado y ceño fruncido. Mientras se desvanecía sobre la arena y dejaba que las olas le bañaran los pies, la luz de la Luna regaba su torso desnudo vuelto hacia el cielo punteado de estrellas.




      Tenía una imagen clara de todo lo que pasaba por delante de ella. De algún modo, estaba allí sin estar. A un tiempo la configuración del tiempo y el espacio se distorsionó para dar una muestra de la capacidad de flexión del universo completo. Estaba sentada en una desvencijada silla de un hotel nada lujoso, lejos de las miradas indiscretas, apartado de las gentes curiosas de lengua afilada. El hotel era su residencia, pero la morada de su alma se encontraba en aquel preciso instante vacía, no había nada en aquel cuerpo salvo su propia inercia por mantenerlo con vida. Helena estaba en otra parte, contemplando las maravillas que se le ofrecían gratuitamente, o tal vez no, quizá esas visiones tenían un entramado más complejo de lo que en apariencia constituía.

      Vio una civilización antigua. Más reciente que Lemuria, pero mucho más antigua que la que le había tocado vivir a ella. Tuvo frente a sí la imagen de una grandiosa tierra en mitad del mar, diez mil años atrás en el tiempo. Observó a sus habitantes felices y plenos, con el alma henchida de gloria y un aura imposible de pasar desapercibida, clara y pura. Un repentino cambio se manifestó allí mismo. Como si los días, y los años incluso, pasaran a una velocidad de vértigo, pudo apreciar como sus halos luminosos se tornaban oscuros, manchados por la corrupción. Sus cuerpos, antes celestiales, se tornaron marchitos también. Sus gentes no eran el pozo de felicidad que había visto segundos antes, ahora eran, de forma simple, un agujero negro que llenaban con inmundicia mientras sus virtudes se evaporaban con el paso de las estaciones. Sus gobernantes fueron los primeros en caer en las garras de la perversión y los sentimientos más ruines. Lo que fue una sociedad abierta y tolerante, se tornó, en poco tiempo, en un caos en el cual primaba la satisfacción personal por encima de todo y de todos. Entre la muchedumbre, mientras un cataclismo divino caía sobre sus cabezas, vio un hombre fornido de ojos vivaces y ansia reprimida. Supo de su nombre al ver su talante. Se llamaba Ira. Antes que los océanos se tragaran aquel pedazo de paraíso corrupto y la madre tierra estremeciera la isla con violentas convulsiones, notó la fuerza con la que aquel hombre se enfrentaba a su destino. Sin arrepentimiento, sin dolor, sin tristeza. Sólo había rabia en sus ojos. Su cráneo desnudo pugnaba por romper la barrera de los fuertes huracanes. Sus ropas se arrancaron y continuó con firmes pasos hacia ninguna parte. Intentaba alejarse de aquel final. Helena lo vio como si lo tuviese delante, mirándole firmemente, enfrentando su mirada ignota. Entonces, una gran ola desafió a la Atlántida en su último aliento y se tragó cuanto quedaba emergido en la superficie. Incluido aquel hombre y su furia incandescente. Como un relámpago repentino en mitad de la tormenta, Ira reapareció y Helena comprendió que ahora veía el futuro. El atlante volvía a la superficie en una tierra extraña, en un lugar que aún estaba por conformarse tal y como la visión lo mostraba. Pasarían más de cien años antes que aquella imagen tomara forma de realidad. El atlante, quizá el último de su raza, renacía en un tiempo ajeno, cerca de las aguas que se lo habían tragado. Helena era, de momento, su único testigo. Y moriría muchos años antes de que el prodigio aconteciese.

      Cuando Henry entró en la habitación, Madame Blavatsky permanecía con los ojos en blanco, reclinada sobre la silla y con las manos puestas sobre la mesita llena de libros y anotaciones. El coronel se acercó con sigilo temiendo interrumpir el trance en el cual se hallaba sumida. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para oír la dificultosa respiración de Helena, ella despertó y se volvió hacía él, aún con los ojos vacuos y llorosos.

      -      Henry, amigo... – dijo en apenas un susurro. – Acabo de ver la Atlántida. – No parecía alterada, al contrario, estaba radiante de tranquilidad a pesar de lo inquieto de su visión.
      -      Helena, eso es... es... – pensó sus palabras antes de dejarse llevar por la emoción del momento, pero no pudo terminar la frase. El coronel nunca terminó de acostumbrarse a sus trances.
      -      No digas nada. – Dijo mirando hacia la ventana. – Pude ver su esplendor, pero también su decadencia. – Hizo una pausa que pareció durar siglos, como si quisiera que el silencio alargara su existencia hasta el resurgir del atlante. – Su estirpe volverá a la vida cuando el nuevo milenio vea la luz.

      Aquella visión no fue una más. Su relevancia hizo que Madame Blavatsky incluyera una amplia evocación de las civilizaciones precedentes a la actual en su Doctrina Secreta y fue un pilar de suma importancia en la configuración de su Sociedad Teosófica. No obstante, el acierto con el que transcribió su visión, escondió la trascendencia del acontecimiento a la vista únicamente de un ojo despierto. Con ayuda de los Mahatmas reunió la información necesaria para el legado que dejaría tras su muerte, el regalo para una sociedad futura que no tardaría en descubrir lo que ella se adelantó en mostrarles. Su significado, sin embargo, no tendría una importancia real hasta que no llegara el momento idóneo de su lectura y una mano precisa pasara las páginas que arrojarían luz a lo venidero. Henry descorrió las cortinas que apenas dejaban pasara la luz mortecina de la vetusta ciudad. Londres estaba gris. Alguna gente, en el exterior, armonizaba con el clima. El coronel Olcott tomó las manos de Helena y las besó con ternura. Luego habló, dando por finalizado aquel encuentro.

      -      Una página más que perdurará en el tiempo Madame. De su pluma cada palabra es perenne. –Permaneció en silencio junto a ella, sin soltar sus manos, con la repentina, pero no inesperada, llovizna londinense arreciando los cristales.




      Los rayos de la mañana bañaron el rostro del atlante y, éste, despertó con gran pereza. Se puso en pie y se estiro emitiendo un gran bostezo con el que casi se traga el Sol. Las cicatrices de su cuerpo emitían un brillo leve, destacando del resto de su piel. Pasó la mano por su cabeza rasa y tuvo la intención en mente de dirigirse a algún sitio. No reconocía aquella geografía. Fue lo primero que le extrañó. Dejó atrás sus huellas en la playa y traspasó la escasa floresta que delimitaba la costa con el resto del mundo. Grandes edificios de piedra se mantenían erigidos frente a él, imponentes, grandiosos. Un ruido constante comenzaba a manifestarse con cada vez mayor intensidad. Un silbido hizo que girara la cabeza y mirara al cielo, un pájaro de gigantescas dimensiones volaba sin mover sus alas. Tenía cientos de ojos y el cuerpo tatuado. Se agachó para no ser visto, aunque su intuición, no tan buena como fuera en otro tiempo, le dijo que no había de qué preocuparse y se calmó. Siguió caminando hacia lo que se preveía una civilización. No cabía duda, aquel lugar no era su patria, no era la Atlántida. Y ni siquiera se le parecía.

      En lugar de seguir camino hacia el interior, Ira decidió rodear la urbe sin perder de vista el mar que siempre le había acompañado. Entonces llegó a una zona portuaria y vio grandes canoas flotando en los muelles. Nunca podría haber imaginado algo tan magnífico. Notaba el cambio de muchos años, pero no era capaz de lanzar un cálculo aproximado. En su tierra dominaban energías, tenían majestuosas construcciones y hubo un tiempo en el que podían volar sin alas. Así que simplemente le sorprendía que otros seres fueran capaces de prosperar de forma similar a como ellos lo hicieron. Pronto se dio cuenta que, esta nueva civilización descubierta, aún estaba a años luz de su tecnología.

      Ira seguía desnudo cuando la tarde comenzaba a decir adiós para dar paso a la noche. La costa se tiñó de naranja y su cuerpo acogió el color con cómodo recibimiento. Entonces vio que las estrellas bajaron al suelo para colocarse a tan sólo unos metros sobre su cabeza. No tardó en descubrir que se trataba del alumbrado público dando vida a las calles del puerto. Siguió con la mirada el camino de puntitos blancos sobre el suelo y admiró como se fundía a lo lejos con cientos de luces de diverso tamaño y ubicación. Además, observó con desconcierto como algunas de estas se movían de un lado a otro, a ras del suelo. Mientras observaba aquel espectáculo que los faros de los coches y demás vehículos le brindaban, una señorita casi tan ligera de ropa como él se le acercó por la espalda y consiguió sobresaltar al gran hombre. Ira se giró con brusquedad, con su propio nombre dibujado en los ojos. Al ver aquella figura frente a él, su rostro cambió y adquirió la sonrisa pícara del que busca complacencia. Pronto aparecieron un par más y se situaron flanqueándole, un mar de caricias se despeñó por su cuerpo de manos de aquellas féminas. Entonces se sintió como en casa, o incluso mejor, aquellas mujeres no tenían que ser sodomizadas para tenerlas a su disposición, habían venido a él por su propia voluntad y, bajo su decisión, estaban regalándole aquel preludio de lo que Ira sabía ellas querían. Las miró de arriba abajo y de una en una. Para entonces ya había media docena de chicas insistiéndole en una jerga desconocida para él. De las seis, solamente desechó un par de ellas, no se sintió preparado para aquellos seres mitad hombre mitad mujer. No fue muy delicado con su declinación y parecieron molestas cuando se marcharon. Hasta entonces, Ira no había emitido palabra alguna, lo consideró innecesario. A cambio, de su garganta brotaba un sonido gutural que más parecía un gruñido que un intento de comunicación. A ellas les dio igual y le arrastraron bajo un puente cercano al muelle. En otro tiempo, si no se hubieran atrofiado sus facultades perceptivas, Ira podría haber entendido las palabras de aquellas mujeres solamente adentrándose en sus mentes. Aún recordaba cuando sus aptitudes telepáticas se manifestaban con gran placer y podía seducir a las gentes con sus propios pensamientos. Le habría venido bien en este momento para entender el recibimiento tan afectuoso de las chicas del muelle. No se entretuvo con divagaciones y se dejó llevar. Su sexo se derramó por cada una de ellas, dejándolas exhaustas. Un par de horas más tarde, mientras Ira caminaba decidido a la ciudad dejando a las féminas tumbadas en la fina arena bajo el puente, alguna de ellas intentó levantarse en vano para pedirle algo con aire molesto y afectado. Ira no entendió. ¿Querían algo a cambio? Otra se levantó con más brío y le gritó:

      -      ¡Eh, tienes que pagar el servicio! – Pero al ver que Ira no se detenía siguió – ¡Cabrón! ¡Eres un cabrón hijo de puta!
      -      ¡Te voy a matar cabronazo! ¡Mi chulo te va a cortar las pelotas como no me pagues! – Continuó otra de ellas intentando erguirse con esfuerzo mientras se apoyaba con una mano en el suelo. Sus rodillas temblaban.

      Ira siguió sin prestar atención. Desconocía los motivos por los cuales podían estar molestas aquellas mujeres. ¿Acaso no había satisfecho sus deseos? ¿Acaso no habían quedado tan complacidas como él? No le dio importancia y las dejó tras de sí gritando hasta que se perdió el tumulto de aquella jauría en el eco de la noche.

      Al abandonar el puerto, Ira pudo ver de cerca los vehículos que se movían por las calles a gran velocidad. Se dijo que él poseería uno de aquellos cuando aprendiese bien como dominarlo. Vio gente caminando con prisa. Todos le miraban al cruzarse con él y le señalaban en la distancia. Notó que quizá el motivo se debía a su aspecto desnudo. Creyó acertar, ya que, a excepción de las mujeres del puerto, toda esa gente tenía ropas que cubrían sus pudorosos cuerpos. Quiso no desentonar y alargó la mano hacia un muro de cristal que rompió sin esfuerzo. Tomó las prendas y, allí mismo, frente a las miradas atónitas de los transeúntes, se vistió. Se miró en el reflejo de uno de los espejos y le pareció que tenía un aspecto ridículo. No le importó. Sin entender porqué seguían mirándole con extrañeza. Un hombre gordo y medio calvo con bigote se llevó un artefacto a la oreja y habló en su idioma sin dejar de observar al atlante con recelo y preocupación. Ira no entendía nada y se sentía furioso. No sabía dónde estaba y qué hacía allí. No comprendía cómo había llegado a aquel lugar y cuál era el cometido que le esperaba allí. Para empezar, supo que debía aprender a comunicarse con quienes vivían allí y procurar sacar de ellos alguna información válida. Conforme se acercaba al centro, las calles aparecían más concurridas y las luces se veían más intensas, dibujando atractivas figuras que invitaban a visitar las puertas que daban acceso bajo los luminosos. Sonaban retazos de melodías musicales extrañas, algunas procedían de los vehículos rodantes, otras de los locales que quedaban a uno y otro lado. Por un momento, el sabor de la noche le trajo recuerdos de su tierra natal y el desenfreno del que se valía cada vez que el Sol se ocultaba.




      A su manera, en aquella época negra de la espiritualidad, Joseph trataba de enmendar el error de la sociedad. Hacía años que la Iglesia ya no dependía del estado, algo que sin duda afectó a su estabilidad, pero no era éste el principal motivo de su decadencia. La asiduidad con la que solían asistir a los pregones habituales muchos de los feligreses había disminuido de forma alarmante. Las misas se habían reducido hasta casi desaparecer en los primeros años y, luego, la sociedad acabó por engullir a la Iglesia misma. No dejaron rastro de ella y las asociaciones espirituales que giraban en torno eran prácticamente un insulto a la humanidad. Muchas iglesias tan sólo seguían en pie como monumentos al caído, pero ya no había vida en su interior ni cultos ni oficiantes. Los clérigos eran una raza extinta en un mundo dominado por bajas pasiones, por rituales más placenteros y superficiales. Un cura era un maldito y, como tal, debía ser exterminado, sino exiliado al más remoto de los lugares sobre la faz de la tierra. Joseph era uno de esos repudiados de la sociedad.

      En torno suya, había forjado concienzudamente un oficio que le permitía advertir el desorden espiritual de las gentes y así obrar en consecuencia. Su trabajo, en cierto modo, le recordaba a su vocación. Tenía un altar desde el que lanzaba sermones, estaba en contacto con el vino y, ¿por qué no?, de vez en cuando repartía alguna hostia. Joseph trabaja en uno de los bares más estrafalarios de la ciudad como barman. Y, desde allí, oteaba el panorama en busca de nuevas víctimas.

      Después de la caída eclesiástica a todos los niveles, el caos se había adueñado de las gentes. Sólo unos pocos sobrevivieron a la tentación. Joseph era, por así decirlo, una excepción en aquel mundo de locos depravados. Y, de esa manera, tenía que obrar en consecuencia. Hacía tiempo que había llegado a un acuerdo con Dios y éste le había dicho al oído que un mal menor podía beneficiar a un gran bien común, con lo cual, Joseph obviaba ciertos pecados para subsanar el error de algunos descarriados. En muchas ocasiones, incluso ayudaba a estas almas perdidas a encontrar el camino, les empujaba suavemente hacia la salvación, hacia el reino de los cielos. A él le gustaba llamarlo “el atajo al paraíso”. Era, sin duda, irónico. Cada noche, Joseph elegía a uno de los que se apoltronaban en la barra y, antes del amanecer, les daba muerte. Así limpiaba sus pecados y, en cierto modo, exculpaba a la sociedad del crimen tan atroz que había cometido en contra de la religión y sus seguidores, ahora meras sectas en persecución.

      Joseph era un hombre seguidor de Dios, amante de su doctrina por encima de todas las cosas. Llevaba al extremo la palabra fe y su significado. Si a nadie le quedaba un hálito de vergüenza y moral, él, al menos, hacía lo necesario para que se arrepintiesen en su lecho de muerte. Su atuendo fuera del bar no era muy diferente del resto de los habitantes nocturnos, salvo por la diferencia que le marcaba como siervo de su señor. Llevaba ropas negras escondiendo su fornido cuerpo, esculpido a base de gimnasio. Bajo su barba de pocos días y su pelo enmarañado, agarrado al gaznate, resaltaba con orgullo el alzacuellos y un crucifijo de madera tallada.

      Cuando cerraba el bar, ya había sacado suficiente información a su víctima como para seguirle los pasos y encontrarle sin vacilar. Era una apuesta segura a la que él siempre jugaba a ganador. Esa noche, sin embargo, sucedió algo desconcertante cuando se abrieron las puertas del bar y dieron paso a un gigante cargado de cicatrices y una mirada sombría. Quizá por la experiencia que había adquirido, supo, en el instante en que lo vio, que aquel sería su próxima víctima. Lo supo al mirarle a los ojos, al acercarse a la barra confuso, al sonreírle con malicia. Aquella bestia, ataviado con unas ropas ridículas, se posicionó entre dos de los clientes habituales, de aquellos que apenas están y sus maldades se reducen a un par de insultos entre dientes. El gigante miró a uno y otro lado, acercó la cara hacia las copas que descansaban frente a los bebedores y, al ver que uno de ellos la agarraba para llevársela a los labios, el intruso se la arrebató y engulló de un trago todo el contenido. Esto, que debía haber molestado más al usurpado, no trajo consigo más que un mal gesto y un lenguaje soez incomprensible. Joseph, comenzando con su plan desde ese momento, sirvió dos copas, una para el recién llegado y otra para Don, que ya volvía a poner buena cara.

      El gigante no era otro que Ira, el atlante. Después de camuflarse como el resto de los mortales, se vio atraído por el luminoso de la entrada del bar en donde Joseph trabajaba. Ambos cruzaron miradas desafiantes, pero ninguno se dirigió la palabra. De todas formas, jamás se entenderían. Ambos hablaban lenguas diferentes. Lo que estaba claro era que el redentor tras la barra ya había puesto una marca sobre la cabeza del atlante y, esa noche, le tocaba ser la nueva víctima, el sacrificio divino.

      Ira pasó muchas horas disfrutando de aquel elixir que el desconocido le preparaba con tanto entusiasmo. Lo bebía y sentía como su cuerpo se iba estremeciendo por momentos. Después de diez mil años, su garganta estaba tan seca como un desierto. Aún a sabiendas que aquello podía ser incluso veneno, no dudó en seguir bebiendo sin cuestionarse el qué. Joseph sabía que tarde o temprano aquel extraño hombre caería rendido o, al menos, no tendría apenas fuerzas para salir de allí. Por una vez, el barman se dijo a sí mismo que no recorrería la ciudad tras él. Esa noche, jugaría en casa.

      Ya quedaban pocas horas para cerrar el local. Eran muchos los que ya habían dado por concluido su tiempo de distensión y ebriedad y habían vuelto a casa. Así, solamente quedaban Ira, Joseph y un par de borrachos que discutían sobre algo estúpido en una esquina del local. El camarero trató de sacar alguna información del extraño, pero éste se limitaba a mirarle con ojos de incomprensión para luego dar un largo trago y alargar el vaso en busca de más licor. Joseph le servía, sin prestar atención al gasto, e insistía con preguntas que no obtenían respuesta. Sentía que no podía acabar con la vida de aquel hombre si antes no tenía al menos una excusa tangible para hacerlo. Esa excusa llegó diez minutos después. Se llamaba Helena.

      Helena era una chica cargada de contrarios. Era como si tuviese dos mujeres en su interior en constante lucha. Una dominante, rebelde y fogosa; la otra, más bien tímida, generosa y algo sumisa. Sin embargo, eran dos personalidades perfectamente integradas y
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