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10 min
Isaac
Varios |
05.08.15
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Sinopsis

Isaac está cansado de su mónotona vida y va a darle un giro empezando por conseguir financación atracando una sucursal de una caja en Barcelona.

Isaac, con su metro ochenta y uno y sus cerca de cien kilos de peso, podía ser considerado como corpulento. Solía llevar el pelo rapado al cero, no por simple gusto, sino porque su notoria calvicie le invitaba a ello. Era un hombre inteligente pero su soberbia le llevaba a actuar como si todos los demás fueran unos idiotas que no entendían nada de lo que en realidad sucedía a su alrededor.

    A sus 41 años estaba cansado de trabajar como analista de bolsa por lo que él decía eran “cuatro duros”. Llevaba desde los 25 años saltando de compañia en compañia, cada vez con un sueldo similar y siempre con excelentes resultados de sus inversiones y decisiones, pero acababa enfrentándose irremediablemente con sus jefes, socios o clientes y eso le llevaba a buscarse la vida en otra entidad de inversión cada poco tiempo.

   La mañana del 9 de junio de 2013 lo tenía todo bajo control. Junto a su amigo Martín. —ahora compinche—, había planeado todos los detalles del atraco durante semanas-; iba a ser rápido, violento pero eficaz.

 

Aparcados frente a la sucursal de CaixaDeu de la Avenida Meridiana, esperaron dentro de su Volvo 850 familiar negro a que los trabajadores entrasen y abriesen las puertas de seguridad. A las siete de la mañana, los empleados de la caja comenzaban su jornada y, con ella, las actividades de preparación para atender al público. Isaac los veía entrar desde lejos a lo que ellos creían iba a ser otro día cualquiera en la sucursal.

 

«¡ilusos!» pensaba Isaac para si mismo.

 

    La oficina en cuestión, estaba en un edificio clásico de la ciudad, siempre habia sido algun tipo de banco o caja, la entrada era una cristalera preciosa con bordes metálicos dorados como estructura. Sobresalía de la fachada, ocupando un trozo de la acera de la Diagonal. Al entrar te encontrabas con una llamativa escalinata de mármol rosado que daba acceso a una gran sala de techo alto, la cual estaba iluminada con una gran lampara de lagrimas de cristal colgando del techo. La sala era toda ella una semi-esfera y rezumaba lujo por cada rincón. En las zonas laterales había una serie de pequeños despachos con paredes falsas y de techo abierto y al fondo había los mostradores de caja típicos.

 

Isaac había planeado que debían acceder en algún momento de calma antes de las ocho, ya que a esa hora la sucursal abría al público y hoy estaba prevista una entrega al furgón de transporte de caudales antes de la apertura.

 

A las 7:20 decidieron que era el momento adecuado. Se pusieron los cinturones de seguridad, se incorporaron a la vía justo cuando el semáforo estaba en verde, engranaron primera, segunda y tercera velocidad, estirando el motor hasta las cinco mil vueltas en cada cambio. Un giro de volante brusco y un pequeño tirón en el freno de mano hicieron derrapar el coche, cuyas ruedas humearon mientras se dirigía directo a las puertas de cristal de la entidad. Isaac no falló, el coche impactó de lleno destrozando las puertas y bloqueando el acceso al resto de la gente. Salieron por las ventanillas y fueron directos al vestíbulo de la oficina.

 

    El golpe se oyó a varias manzanas de la oficina. El vigilante de seguridad fué corriendo a comprobar qué pasaba. Cuando llegó a las escaleras, se encontró a ambos apuntándole con dos armas automáticas, inmediatamente, Pablo, el vigilante, dejó su arma en el suelo y se tumbó.

 

    Isaac y Martín subieron rápidamente las escaleras, y se encontraron con la gran sala vacía y los 5 trabajadores con caras de situación, cada uno en su mini despacho. Ya cuando lo planeaban, tenían asumido que sería imposible evitar que alguno de los empleados accionara la alarma silenciosa, así que el tiempo corría en contra de Isaac y Martín aún sin oír sirena alguna.

 

    — ¡Todo el mundo al suelo! —gritó Isaac mientras soltaba una pequeña rafaga de disparos contra el techo.

    Martín se acercó al mostrador, que no disponía de protección alguna contra atracos y, apuntando con el arma a uno de los empleados, dijo:

    — ¿Amelia, verdad?

    — Sí,  sí señor—contestó la trabajadora, asustada hasta la médula y extrañada de que supiera su nombre.

    — Hazme caso y no te pasará nada— le indicó Martín— Levántate y ve a la sala de la directora.  Allí encontrarás la caja fuerte abierta. Recoge todo el dinero empaquetado para el furgón y...

    De repente el intenso pero seco sonido de una pistola interrumpió la frase y provocó que todos se giraran, Martín incluido. Otro disparo acertó directamente en la sorprendida cara de Martín, quien se desplomó en el suelo inmediatamente.

 

    En cuanto a Isaac, recibió el primer disparo en el estómago haciéndole caer de espaldas al tiempo que surgía una enorme fuente de sangre, manchando de rojo tanto el rostro como el bonito vestido azul de la directora de la sucursal, que se encontraba en el suelo delante de él. Él gritó fuertemente de dolor desde el suelo mientras todos veían como la vida se le escapaba rápidamente por la boca.

    La atención de la sala cambió, todos con miradas de pánico, hacia el guarda de seguridad, que estaba de pie empuñando la pistola con ambas manos y que aún apuntaba al inerte cuerpo de Martín. Pablo estaba completamente pálido, empezó a temblar y cayó sentado, incapaz de asimilar lo sucedido.

 

    Siguieron unos segundos de silencio total durante los que nadie se atrevió a moverse o a hablar tras la tensión vivida. El silencio se rompió cuando Amelia salió corriendo y gritando de la oficina mientras un par de curiosos, con el movil ya en la oreja unos y sacando fotos otros, intentaban ver lo ocurrido desde los huecos que el Volvo había dejado en las maltrechas puertas de cristal.

 

    Isaac abrió los ojos. Lo veía todo un poco borroso, la cabeza le iba a estallar. Entonces empezó a recordar rápidamente la secuencia de hechos, como si de una película a cámara lenta se tratara; el guarda le había disparado. Movió su mano izquierda y se tocó el estomago. Estaba todo manchado de sangre, ¡su sangre!

 

    Confuso como estaba, sus ojos percibieron la silueta de la ametralladora a escasos centímetros de su mano derecha. Se incorporó rápidamente, apuntó al guarda y, para sorpresa de todos, soltó una rápida rafaga de disparos que segaron la vida de quien parecía destinado a ser el héroe del día.

 

    Inmediatamente se puso en pie. En ese momento, la sala se convirtió en un sálvese quien pueda. Los cuatro empleados que quedaban vivos intentaron esconderse detrás de mesas y armarios. Isaac, loco de furia y de rabia homicida, apuntó al despacho de su derecha y pulsó el gatillo de la ametralladora. Barrió el lugar de derecha a izquierda sin dejar de disparar hasta quedar seguro que toda vida y objeto de la sala había sido aniquilado por su arma.

 

    Después de la matanza, tiró la ametralladora como el que tira una colilla y salió corriendo de la sala. Escaló por encima del Volvo, que obstaculizaba la puerta. Se llevó algunos buenos cortes a causa de los cristales rotos, pero no pareció importarle. Ya afuera de la sucursal, echó a correr por la acera hasta alcanzar la siguiente esquina. Allí, esperando en el semáforo, había un Volkswagen Scirocco. Abrió la puerta del conductor y lo amenazó para que bajara del coche. El hombre, intimidado por la cara de furia asesina de Isaac y por las manchas de sangre que cubrían su ropa y su rostro, no dudó en abandonar su vehículo rápidamente, no sin disgusto, pero lleno de pánico.

 

    Algunos minutos después llegaba la policía a la fatídica oficina y algo más tarde bomberos y ambulancias se agolpaban en la calle mientras las preciosas reporteras de televisión intentaban buscar un buen plano que a un tiempo las mostrase a ella y a la maltrecha entrada de la oficina como telón de fondo.

 

    Isaac recordó y siguió el plan de huida, condujo el coche hasta Pallejá, allí cambió el volkswagen robado, por un más discreto Citroen Xsara que no había forma de relacionarlo con él, y volvió a tomar la A-2 dirección Lleida.

 

Isaac fué capaz de conducir hasta el apartamento que había alquilado semanas antes en Igualada, una tranquila y pequeña ciudad a sesenta kilometros de Barcelona. Aparcó el coche en el garage y lo cubrió con unas sábanas. Una vez en el piso, se sentó en el bidé y sacó el botiquín de debajo la pila del baño. Sabía que tenía que parar la hemorragia antes de encontrar un médico que pudiera atenderle sin hacer preguntas. Mojó en alcohol una gasa y se dispuso a limpiar la herida. Hizo acopio de valor y aplicó la gasa mordiéndose la lengua, en previsión de lo mucho que iba a doler aquello. Sin embargo y contra todo pronóstico, no le dolió  nada, y al quitar la sangre del estomago vio algo increíble: no había agujero de bala alguno. Nada, ni siquiera una cicatriz o sangre coagulada. Era como si nunca le hubieran disparado, salvo por el dolor interno, que persistía.

 

— Estoy soñando, esto es un sueño y no ha sucedido nada—se decía a él mismo— ¿Munición de fogueo?, NO, no puede ser, la sangre fue real, ¡el dolor fue muy real!

 

Isaac no entendía nada, estaba muy alterado y nervioso, Martín estaba muerto; Ahora le venía a la mente la visión de la cara desfigurada por el disparo, pero eso no era lo peor ni lo más extraño, él seguía vivo y sin herida de bala, ¡era inconcebible!.

 

Decidió que necesitaba descansar, así que buscó por el lavabo algo para tranquilizarse, encontró una caja abierta de Clonazepam, que debía ser del antiguo inquilino, se tomó un par y se tiró en la cama. Quería dormir y olvidar, dormir y olvidar, o mejor aún, despertar de esta pesadilla.

 

Ignasi Marcos Fosch

    Julio 2015

    ignasimarcos@gmail.com

Licencia: CC BY-NC-ND 3.0

http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/


No puedo olvidarme de dar las gracias a Germán Sánchez por su colaboración, sin él mis escritos serían claramente peores.

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  • Gracias Nubis. La idea es seguir la historia con otros relatos cortos, pero aún no están escritos. Gracias, sobretodo, por comentar!
    Muy bien narrado. El final resulta ambiguo, y eso lo enaltece. Como están las cosas, me parece a mí que vamos a tener que hacer como Isaac y buscarnos un banco...
  • Isaac está cansado de su mónotona vida y va a darle un giro empezando por conseguir financación atracando una sucursal de una caja en Barcelona.

    Mindi, del cuerpo de policia, por fin pasa a la acción y actua para evitar un ataque terrorista.

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