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6 min
VI Nancy y Benito con su perro Mandarín
Varios |
15.09.21
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Sinopsis

 

Luigi estuvo dos años en USA. Lo enviaron sus padres, luego de ser expulsado del Colegio Salesiano Pio XII por conducta indebida relacionada con símbolos y personajes de la religión católica. Al regreso y con la soledad de los recuerdos a cuestas, transita sin rumbo por las calles asfaltadas de una Urbanización. Las  casas se asientan sobre el terreno de lo que alguna vez fue parte de la Hacienda Paraíso. La molienda inexorable del tiempo y la mano constructora de la modernidad, se llevó todo vestigio latente de lo que fue parte de su niñez y juventud. Sólo quedaba el murmullo de gente adinerada, expulsando su banalidad improductiva, ante un revuelo de hojas secas, que cubría la sepultura de lo que fue parte de la riqueza agraria del país.


Esa misma noche oscura y con aroma de nostalgias, Luigi encendiendo cigarrillos, se transporta en el tiempo.  Revive memoriales de aquella edad tan feliz, que se niega a alimentar ausencias sin retorno y soledades sin remedio. En su letanía evoca a Nancy, la primera mujer que humedeció, al forjarse el dejo de su niñez. Nunca más supo de ella, aunque la reconocía por una historia sin destinatario del abuelo. Narraba, que después de acompañarlo en un largo viaje por las Antillas, el negro Benito su marido, regresó adinerado y compró una casa para vivir con su mujer Nancy. Pero como todo no es perfección, además de dinero, el negro Benito adquirió el vicio del alcohol. Así fue que conoció a un amigo, a un perro realengo, callejero y sarnoso. Pero un perro de esos que asoman agradecimiento, luego de que alguien les tiende la mano y los cuida.


Se conocieron por las andanzas de su ahora protector Benito, en su sobrio ir al bar de Bartolo y de regresar borracho a casa. Siempre por esa calle empedrada y llena de perros vagabundos. Calle que los unió para convertir al Negro Benito y Mandarín en amigos fieles. A media noche, se les veía trajinar por el empedrado en ambigua confidencia. El hombre dando tumbos y relatando incoherencias. El perro apenado le miraba y a la vez oyéndole, movía el hocico en señal de afirmación.

 

Nancy la mujer de Benito llena aún de carnes firmes, estaba harta de esperar para ayudarlo a desvestir y acostarlo para verlo caer en la profundidad de un aletargado dormir. Pero desde un tiempo Nancy no guarda consideración alguna. Ha encontrado tiempo y manera de revelarse a la amargura de un maridaje truncado por el alcoholismo. Al tenderse en el lecho matrimonial, ella se volteaba hacia la pared, y mientras se hacia la dormida, evitaba cualquier capricho de contacto carnal. Ahora Benito se acostaba vestido, y al pie de la cama se echaba su perro Mandarín.

Un día cualquiera después de acostado, el Negro Benito por vez primera oyó los gemidos de su perro. Mandarín siempre lo llamaba después del anochecer para que mirara a su alrededor. Pero el amo subestimaba el quedo ladrido del animal. Aquella noche despertó y le agradeció al darle un manotazo sobre el lomo para hacerlo salir del cuarto. Aun así desde la puerta entreabierta y todavía adolorido Mandarín seguía aullando y volteando hacia el pasillo, como instando a su dueño a seguirlo. El hombre sacudió las sabanas llamando a su esposa:

 

–Nancy, Nancy

 

Pero nadie le contestó porque no había más nadie en la cama.

 

— ¿Y qué se hizo esta mujer?

 

Y volvió a llamarla mientras se levantaba y salía al corredor en su búsqueda. Ahora Mandarín más alejado le llamaba moviendo la cabeza y el hocico de arriba a abajo.

 

— ¿Pero aún no amanece? ¿Dónde andará Nancy?

 

Dando traspiés se remedió siguendo a Mandarín que meneando la cola lo conducía hacia el bar de Bartolo. Había luces y se oían voces. Empujó la puerta y con sorpresa vio a su mujer Nancy sentada en una mesa y con un vaso en la mano haciéndole compañía a su compadre Bartolo. También pudo distinguir a una mujer de mala reputación y un desconocido vestido de marinero, que sentado al lado de su mujer, le pareció que le manoseaba los senos. Pero el compadre Bartolo le rompió los malos pensamientos y con un vaso lleno de aguardiente se le acercó diciendo:

 

—Brindemos por usted y la comadre Nancy. Beba compadre y no se preocupe por los tragos que la casa paga.

 

El Negro Benito aprovechando la ocasión, apuro el trago y Bartolo le acercó el otro rápidamente.

 

Faltando tres horas para el amanecer Benito era llevado en volandas por su mujer. El marinero los acompañaba y el perro no dejaba de gruñirle. Al llegar a casa lo acostaron y apagaron la luz. A cada rato Mandarín levantaba una pata y la adosarla al pecho de su amo con la idea de contarle algo que su amo no sabía. Mandarin ladraba quedamente tratando de despertarlo pero con la resignación de no ser escuchado, se quedó dormido.

Después de un silencio, algo brillo en la oscuridad y se oyó un lastimero y ausente ladrido.  Luego se percibió un ajetreo de raros movimientos y luces con linternas en mano, tanto en la casa como en el patio. Más tarde, un poco más tarde, flameaban prolongados gemidos de placer en otra cama, sobornados con la promesa de una inminente fuga hacia otra ciudad. Pero como las sombras de tiempos perdidos, la infidelidad no es eterna y tiene sus días contados.

En pocos días, Benito que aún amaba a Nancy, sorbió el engaño y preparó su venganza. Degolló al marinero sobre el cuerpo desnudo de su mujer y luego la obligó a cavar un hoyo. Lo sembró al lado de donde yacía Mandarín. La desaparición del desconocido marinero no llamó la atención. Dicen que Benito hizo propósitos de dejar la bebida y junto a Nancy se mudaron a un pueblo vecino.

 

Nunca más el abuelo Carlo logró contactarlos.

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  • Una historia, cuyas conductas de los personajes principales, hacen a uno homicida y a otra, arrastra las consecuencias de una infidelidad, la que nunca es eterna, así como la describes...tiene patas cortas como la mentira. La antítesis del relato, la fidelidad del perro Mandarín...Esto último, me conmovió. Un abrazo Eleachege.
  • Sobre la quietud del esperanzador mar, se oyen ahora los murmullos lentos del movimiento de las olas al acercarse a la playa y la memoria se deja abandonar para llegar hasta mí, llena de recuerdos de mi querido abuelo. De aquellos días inolvidables de niñez que junto a él aún llevo arraigados en mi corazón. Me llaman Luigi, nací sumergido en el fondo del mar, donde floreció y evolucionó la vida. Sobreviví gracias a su ecosistema de respiraderos hidrotermales. Un día floté y alguien, quizás un delfín, me tomó de pasajero y luego me lanzó a la vera de un malecón. Una familia me acunó en su seno y vistieron mi desnudez social.

    Han transcurrido diez años para cuando mi regreso al país. Luego de bajar del avión y recoger el equipaje, me dirijo a la ciudad para el reencuentro con familiares y amigos. En el taxi, dentro de periódicos y revistas ilustradas, escojo un diario y mis ojos por casualidad rodaron hacia un obituario que reza: “Hoy se cumple un año más del sensible fallecimiento de…” Leí repetidamente todo su contenido, mientras el corazón aceleraba los latidos al recordarme ese escrito, a un amor que me dejo huellas imborrables en la adolescencia de un ayer.

    Su rostro ha vivido en mí por años. Estaba casada. Vecina de un amigo de infancia. Una noche se me acercó. Me encontraba solo bajo un poste de alumbrado frente a mi casa. Llevaba en brazos una niña, quizás su hija. No recuerdo nada más porque a lo mejor no sucedió nada más. Yo tenía diez años. Estaba obsesionado por escribir acerca de Ella. Rompí muchos esbozos. Las últimas lecturas de Proust, Faulkner, Salter, García Márquez, Aline Pettersson, María Luisa Bombal, Filiberto Hernández y otros, me ayudaron en la narrativa.

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