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18 min
Juancho, el corregidor
Ciencia Ficción |
14.02.15
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Sinopsis

De las teorías conspirativas sobre la penosa muerte de Nisman elucubradas por el gobierno para desviar la atención sobre el meollo de la cuestión, la espinosa denuncia del fiscal, quiero agregar una nueva que no le va en saga a las aportadas hasta el momento. Quizás en días futuros algún funcionario K tomé mi idea y la veamos plasmada en los principales medios nacionales. Con el respeto que todos estos tristes acontecimientos merecen, va aquí mi humilde y disparatado relato, invalorable aporte a la causa

~~Se desperezaba la primavera del año 2147, estación en que los primeros rayitos de sol se animan a calentar la epidermis y los neoyorquinos desesperados salen los mediodías de domingo al Central Park, a tirarse cual focas absorbiendo las tibias caricias del sol.
Bajo un gazebo enmarañado de Santa Ritas, Juancho disfrutaba el momento. Con los pantalones y las mangas de su sweater arremangadas, apuntaba su rostro al cielo mientras no dejaba de sorprenderse del vertiginoso desarrollo de los eventos durante los pasados días. A solo unos pocos metros de distancia se hallaba una pecera con tres o cuatro focas verdaderas. Cada tanto salían a la superficie a naricear alborotadamente unas pelotas inflables, provocando la admiración de un grupo de pequeños uniformados.
Desde sus pasos iniciales, Juan Carlos Díaz se había mostrado curioso por exageración. A los seis años ya era un versado entendedor sobre la vida de hormigas, gusanos, lagartijas y todo bicho que habitase el jardín de su casa, enclavada en Cuadro Benegas, allá en el recóndito sur mendocino. Devorador sin piedad de libros electrónicos, no existía clásico o enciclopedia sobre la cual no hubiese posado  sus ojos. Ya de adolescente adquirió un nuevo vicio que moldearía su futuro, la necesidad casi enfermiza  de conocer la historia de su país y del mundo mismo.
A lo largo de aquellos años de estudiante secundario lo desveló una inquietud, ¿qué de cierto tenían los datos que los libros enseñaban? En innumerables ocasiones se enfrentó a autores que describían un suceso de diferente manera. Algo intrínseco a la misma condición humana, meditaba Juancho. Los escribas de la historia estaban inmersos en un contexto social específico y consecuentemente influenciados por lo político, económico, etc. etc. Esto comenzó a transformarse hace aproximadamente ocho años, cuando a fines del 2139 se creó en New York el IICH, Instituto Internacional corrector de la historia, auspiciado directamente por la ONU. Su objetivo era reescribir la historia de la manera más fidedigna posible. Para ello fue fundamental el perfeccionamiento en la técnica del viaje temporal.
Se creó una universidad dedicada exclusivamente a instruir a los futuros historiadores. La selección inicial fue rigurosísima, los más curiosos e inteligentes del planeta podrían cursar los siete años en la carrera de corregidor de la historia. El cupo era de medio millar de estudiantes entre los casi cien mil anotados en el mundo entero. Al menos uno por país se convertiría en corregidor oficial de la historia.  Juan Carlos Díaz de Mendoza y María Eugenia Puccio de Córdoba fueron seleccionados por Argentina.

 El joven cerró los ojos aspirando con fruición las fragancias que la naturaleza le obsequiaba. Los árboles, el pasto, la lluvia lejana, los incipientes capullos con las flores por venir.
—¡Qué lo parió, que hermosa que es la vida! —susurró complacido. Las metas que se había planteado al terminar el colegio se estaban cumpliendo una a una. Acababa de rendir la materia final y solo le quedaba la pasantía y aprobar la tesis para graduarse.
Aun no había seleccionado sobre que haría su trabajo final. En los últimos meses hizo un riguroso análisis de la historia de su país buscándolo sin descanso. No le era para nada sencillo, la historia argentina se encontraba preñada de incógnitas, de tergiversaciones y de lagunas negras por todos lados.

Cuando divisó a María atravesando la fuente de entrada al parque rumbo a donde él se encontraba, supo por primera vez de que, inconscientemente, hacía rato que tenía escogido el objeto de su tesis. Aunque no podía ahuyentar la incómoda sensación de que el había sido elegido por el tema y no al revés.
La pelirroja lo enfocó con esos farolazos verdes que lo tenían secuestrado desde el segundo inicial. Llevaban cuatro años y medio de novios y pensaban casarse en unos pocos meses, tras recibirse.
—¡Juanchito mi cielo, que mala vida te estás dando! —lo saludo Mariu mientras se agachaba para estamparle un ruidoso beso en los labios.
—¡Ya lo tengo mi amor, acaba de decidirme! —exclamó el mendocino incorporándose de un salto para darle un fuerte abrazo.
—¿De qué carajo estás hablando? —inquirió la muchacha con falsa cara de intriga, sabía muy bien de lo que su novio le estaba hablando.
—El tema de la tesis, al fin lo decidí.
—¿Cuál? No… no me digas, déjame adivinar. ¿Mariano Moreno y su confusa muerte en el barco?
—No, seguí intentando nenita.
—Ahá… lo sabía, ¿el accidente del hijo del presidente Menem?
—Frio, frio, aunque te acercaste a la época.
—Tu pista no me ayuda mucho. Mmmmm, a ver déjame pensar —dijo la muchacha frunciendo el ceño.
El mendocino se sonrió ante la buena actuación de su amada, seguro que había adivinado el tema al instante. Había solo un suceso en las inmediaciones del deceso de Menem Jr. que fuese lo suficientemente jugoso para ser seleccionado: los atentados terroristas a la embajada de Israel y a la AMIA y la posterior muerte del fiscal que investigaba la causa. Hechos que nunca fueron esclarecidos.

Se tiraron sobre el césped, en una ladera desde la cual se observaba la parte de Manhattan donde se hallaba enclavado el Chrysler building. Unas mariposas amarillas revoloteaban sobre sus cabezas buscando el primer polen de la temporada. La joven abrió una conservadora y extrajo un par de sándwiches de jamón y queso más dos heineken bien heladas.
—Brindemos por tu decisión. ¡Qué temita elegiste Dios mío! Lo comentamos días atrás y nos pareció muy peligrosa la época para realizar tus viajes de estreno. ¿Estas realmente seguro?
—Hay algo en la causa AMIA que me motiva sobremanera, lo veo como un hecho fundamental en nuestra historia. Una nebulosa que oscureció a la Argentina por más de un siglo. Quiero ser yo quien escriba lo que realmente pasó —dijo Juancho con certeza de orador político.
—Bueno cielo, enfoquémonos en el lapso histórico que intentarás corregir amor —dijo la cordobesa aun no muy convencida de la intrepidez de su novio.— Comienza en 1994 con las bombas a la embajada Israelí y termina a principios del 2015 con la muerte del fiscal… —Como es que se llamaba?
—Nisman.
— Aquellas fueron dos décadas llenas de ocultamientos y traiciones. Momentos apasionantes, pero calientes y muy peligrosos. Una parte muy triste de nuestro pasado sin dudas. Pensalo, yo encontraría otra cosa más sencillita para tu debut. ¿No te parece?
—No hay vuelta atrás Mariu, si me lo aprueban voy por ello. ¿Te imaginas la importancia que tendría el hecho de poder esclarecer esa especie de tabú histórico?
—¿Te enteraste que se aprobó el primer viaje al pasado? El decano y la comisión lo acaban de firmar como tres horas atrás —lo interrumpió la chica como queriendo cambiar el tema de conversación, con la esperanza de que Juancho recapacitase y eligiese algo menos complicado..
—¡Buenisimo! Era lo único que podía retrasar nuestra graduación y posterior casamiento. ¿Quién fue el primer elegido? —preguntó ansioso el mendocino.
—Quien más, estaba cantado. Malcolm Mc Murphy, el estadounidense, va con el tema del asesinato de Kennedy. Viaja a Dallas, noviembre de 1963, en solo dos semanas.
—Estoy temblando de emoción, mi vida. Todo lo que soñamos está a punto de hacerse realidad. ¡Dios mío! Limpiar la historia, reescribirla, ahora si va a ser posible. No más mentiras ni ocultamientos. El sujeto y el objeto frente a frente sin ningún tipo de condicionamientos. Apurate a rendir tú ultima materia y presentá el tema de tesis para que te lo autoricen de una buena vez. Qué bueno amor que ya lo tengas escogido desde hace tanto tiempo. La asunción del nuevo frente peronista en diciembre del 2101 es una sabia elección —acotó Juancho mientras se empinaba su segunda cerveza. —Bueno, volvamos a lo mío, tengo tres viajes al pasado para esclarecer aquellos turbios sucesos de hace un siglo y medio. ¿No?
—Tres viajes de solo quince minutos, no es mucho, tenés que escoger el momento con precisión quirúrgica querido —contestó resignada
—Lo sé, lo sé, por ahora ya tengo el destino y la hora del primero —dijo el futuro corregidor frotándose las manos con mirada traviesa.
—¿Cuál?
—El  momento exacto en que murió el fiscal Alberto Nisman, ese domingo dieciocho de enero del dos mil quince. ¿Qué te parece?

 

~~Le aceptaron el tema de la tesis y el primer desplazamiento tres meses después de aquel encuentro con Mariu en el Central Park. Las reglas que regían estos novedosos viajes eran bien estrictas. Duraban quince minutos exactos. Se debía poner extremo cuidado en no alterar de ningún modo los acontecimientos del presente al cual se arribaba. Cuidar hasta el detalle más nimio, sobre todo en lo referente a la vestimenta, la forma de expresarse, de moverse. El investigador no podía llevar nada que lo vinculase a su tiempo y algo muy importante: el soporte para almacenar los descubrimientos que realizase sería su memoria, ningún otro tipo de grabación, sus ojos, su mente y nada más.
Tras la aprobación pasaron aun dos meses hasta que le dieron el turno para utilizar la máquina del tiempo. Existía una sola en todo el planeta y estaba en la región de Tarapacá, Chile, en pleno desierto de Atacama. De común acuerdo las potencias mundiales llegaron a la sabia determinación de construir un único mecanismo, con el objetivo de tener control absoluto sobre su utilización. El asunto había despertado serias dudas éticas y morales en la sociedad. Se era consciente del peligro que este tipo de desplazamientos temporales conllevaba. Una alteración clave en algún proceso histórico desencadenaría una serie de eventos que pondrían en peligro la vida de cientos y hasta de miles de personas. Por eso la meticulosidad en la selección de los viajeros y el mínimo lapso por el que se transportaban.
Juancho observó con nerviosismo el panel digital que le indicaba la hora y fecha. 13:15 del 18 de septiembre del 2147. Su “vuelo” estaba programado para las 14:30, aun le quedaban unos cuarenta minutos antes de comenzar a cambiarse. Siguió repasando unos folletos informativos que le habían enviado al momento de certificar su monografía final. Más que nada hablaban sobre el “salto temporal”. Él se había venido interiorizando sobre el asunto desde el mismo día en que la noticia sobre la exitosa creación de una máquina del tiempo colapsó los portales informativos diez años atrás.
Se conocía desde finales del siglo xx la existencia de un agujero negro supermasivo en el centro de la vía láctea, Sagitario A. No sería hasta la segunda década del nuevo milenio cuando los científicos Zilong Li y Cosimo Bambi, de la universidad de Shangai, descubrieron que en realidad se trataba de un agujero de gusano natural, fenómeno del espacio teorizado por primera vez por Albert Einstein y Nathan Rosen. Luego Kip Thorne había fundamentado la posibilidad de viajar en el tiempo a través de dichos puente espacio-temporales. Esto se obtendría si se lograba acelerar una de sus bocas a la velocidad de la luz y después revertir el proceso y colocarlo en su posición original, mientras la otra boca quedaba estática. Como consecuencia, la boca que se mueve envejecería más rápido que la quieta gracias al efecto de dilatación del tiempo.
Lo teorizado por Thorne, allá por 1988, fue certificándose paso a paso durante los pasados ciento veinte años. La  limitante final fue lograr el traslado de una de las entradas a velocidad lumínica. En el 2128, el equipo del doctor Luc Briterson, de la universidad de Oxford, pudo por primera vez tirar gravitatoriamente de la boca derecha y a partir de esto todo fue viento en popa.

Las instalaciones del S.I.C (Space International Center) eran intimidantes. Ocupaban más de dos kilómetros cuadrados y en su centro, donde ahora se hallaba Juancho, emergía el distorsionador gravitatorio encargado de mover la entrada del gusano por la que se introduciría la nave. Era una mole cuadrada con gruesas paredes de metal forradas de cristal azul y una altura que debía superar fácilmente los 200 metros. Juancho podía apreciar a través de un amplio ventanal el lugar donde estaba emplazado el “supositorio” cósmico encargado de transportarlo. Decenas de técnicos se movían como hormigas a su alrededor.
—Por suerte no sufro de claustrofobia  —exclamó el muchacho.
El pequeño y alargado cilindro apenas daría cabida a su cuerpo. En la punta delantera podía verse el introductor diamantino de tarpentium, metal descubierto en Marte y que por su grado de dureza había logrado ser el único elemento capaz de soportar la presión que implicaba un viaje de este tipo. Dejó los folletos a un lado y volvió a sacar de su bolsillo el dispositivo holográfico donde llevaba anotados sus apuntes.
El destino sería Buenos Aires, torre Le Parc en Puerto Madero, piso 13, departamento del fiscal general Alberto Nisman. El momento: domingo 18 de enero del 2015, 11:30 de la mañana. En esto último radicaba el problema esencial, pues no poseía la hora exacta en que se había producido el crimen. Solo una aproximación basada en las deducciones de los peritos forenses. Pese a ello, lo mismo iba a arriesgarse. Confiaba en su intuición.
Aparecería a la hora señalada en el interior del baño en donde hallaron el cuerpo de Nisman. Ha estudiado el mapa, el diseño de esa habitación y sabe que podrá ocultarse tras las cortinas de la bañera. Tiene 30 segundos para hacerlo, lapso en el cual su cuerpo aún no se ha materializado. Por medio minuto será una especie de hombre invisible, luego tan de carne y hueso como cualquiera.
Es hasta ahora la misión más arriesgada que haya sido aprobada por el comité. Aunque no tan peligrosa como parece pues llevará un control remoto por el cual podrá anticipar su regreso al 2147 si la cosa se pone color de hormiga. Pasado el cuarto de hora estipulado y si todo sale como está planeado, será chupado nuevamente hacia el supositorio e introducido en la boca del gusano.

 

Lo vistieron con un jean, una remera blanca y unas zapatillas de lona azul, le abrocharon un antiguo reloj digital en su muñeca. A excepción de esto último, ninguna indumentaria muy diferente a la que él hubiese podido usar en su propio siglo. Al control remoto lo llevará en una pequeña cartuchera en el bolsillo derecho del pantalón, de forma que pueda ubicarlo rápidamente en caso de emergencia. No precisa nada más, solo tener el temple para permanecer inmóvil, oculto tras la cortina y observar los acontecimientos sin realizar ningún tipo de ruido o movimiento que pudiese delatarlo. Tanto o más que la posibilidad de ser descubierto, le preocupaba que el lapso elegido no fuese el correcto, que el fiscal ya estuviera muerto o que el asesino llegase poco después de su partida. En fin, de suceder esto, su primer salto habrá sido todo un desperdicio. Una no muy buena manera de iniciar su tesis.
Una vez entubado y en total oscuridad, le avisaron que en tres minutos se activaría el salto. Un zumbido adormecedor comenzó a envolverlo. Le sorprendió la tranquilidad con que afrontaba la espera. Dedujo que se basaba en la certeza de que descubriría al asesino de Nisman sin mucho inconveniente, desentrañando un ovillo de trenzas y contubernios nunca expuestos. Tras el magnicidio hubo meses de investigación que lejos de dilucidar el enigma, lo empiojaron aún más. Todos sabían que de alguna forma, por apoyo u omisión, el gobierno estaba implicado. Días antes del fatídico suceso, la “tropa” de la primera mandataria había salido a atacar con los tapones de punta al fiscal y a su informe que acusaba a la presidente y a su canciller de encubrir a los terroristas iraníes. Uno más uno dos. Solo había que sumar para saber lo que pasaba. Pero parece que los matemáticos no estaban a cargo de la pesquisa y al cabo de unos meses tras caratularlo al principio como “muerte dudosa”, se terminó cerrando la causa con el rótulo de suicidio, quedando archivada por siglo y medio, como quedarían también sepultadas las causas de los atentados a las sedes judías.
—¡Suicidio!  — se dijo Juancho con una risa que retumbó en todo el cilindro.
El arma no había sido apoyada en la cabeza, la trayectoria de la bala era ascendente y no había rastros de pólvora en la mano del fiscal. Aunque el principal argumento en contra de la teoría del suicidio era otro: el tipo estaba en el pináculo de su carrera, dispuesto a exponer un trabajo que llevaba años y que lo pondría en un estatus casi de héroe ante la sociedad argentina, cansada ya de un gobierno autoritario y corrupto.
—¿Quién se suicida así? — pensó el mendocino en el momento en que perdía el conocimiento absorbido por una densa nebulosa. 

 

Hay poca luz en el baño del fiscal. Es como si estuviese flotando pegado al techo, se siente un alma despegada del cuerpo tras la muerte. Le han explicado bien todo aquello, la forma en que debe dominar sus desplazamientos y ubicarse tras la cortina antes de volverse terrenal. Hubiese resultado perfecto el poder mantenerse los quince minutos en ese estado etéreo, pero es científicamente imposible. Se apura a bajar, aterrizando adentro de la bañera. No hay nadie en la habitación. Lo pone contento el hecho de no ver el cuerpo caído bloqueando la puerta, aún no ha pasado nada. Con el dedo índice hace un pequeño hueco por donde fisgonear.
Mira el reloj, 11:31, le quedan doce minutos para esperanzase. A través de la puerta abierta se observa el pasillo que lleva al dormitorio principal. Siente unos pasos, Nisman está allí. Hay un televisor encendido en algún lado, le llegan voces como de un servicio informativo.
A las 11:37 el doctor entra al baño, entornando apenas la puerta. Se acerca al lavabo y tras mojarse la cara y peinarse comienza a sacarse pelos de la nariz con una pincita de depilar.
A las 11:41 Juancho empieza a mirar desesperadamente la entrada. El asesino no hace acto de presencia y el fiscal luce exultante, sin chance de pegarse un tiro y a punto de abandonar el baño. No encuentra explicación posible.
—¿Regresará en unos minutos? — musita Juancho pensando que  entonces él ya se habrá marchado.
 No puede reprimir un fuerte suspiro de impotencia y ve aterrado que Nisman vuelve sus ojos hacia la cortina sacando la famosa pistola Bersa calibre 22 de su cintura  mientras se acerca trémulo.
—¿Hay alguien allí? — pregunta con voz entrecortada el fiscal
Al muchacho se le hace un hueco en el pecho y busca desesperado en su bolsillo el control temporal. Sus dedos temblorosos lo agarran y cuando está por activarlo se le resbala cayendo fuera de la bañera junto a los pies del fiscal. Su garganta está atascada, no puede emitir una sola palabra de defensa. La cortina se mueve dejándolo al descubierto. El revolver apunta a su cabeza, tras él una nerviosa mano amenaza con mover el índice sobre el gatillo.
—¡Este tipo está a punto de dispararme! —piensa Juancho horrorizado a la vez que salta sobre el otro sujetándole la muñeca y arrebatándole el revolver.
Giran por el suelo entre gemidos y gritos. Como en cámara lenta el joven observa la bersa disparándose. Ya sabe que la bala impactará sobre la oreja derecha, ya sabe que su víctima morirá instantáneamente, ya sabe que el cuerpo rodará desparramado contra la puerta y allí quedará  apoyado.

Juan Carlos Díaz, futuro corregidor de la historia, larga un gemido angustioso mientras mira el techo con incredulidad. Un cosquilleo recorre su cuerpo y mientras comienza a evaporarse siente que se eleva a la vez que un zumbido aumenta en sus oídos.

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    Podría haberse arrojado de una vez y acabar rápido con su agonía, pero, además de querer gastar sus últimos 500 dólares, sentía un placer morboso por desgastar sus horas postreras en esa plena conciencia de víctima, repasando su no-vida sobre esta tierra. Un último ajuste de cuentas con un individuo timorato, acomplejado, holgazán y depresivo en el cual ya casi no se reconocía. De repente parecía anestesiado, observándose desde otro plano, más moral y ético, como si el tomar la decisión de acabar con esta bazofia humana lo hubiese imbuido de un aura superior. 

    Es extraño, afuera llueve a rabiar y aunque los cristales están empañados, puedo ver la luna llena apoyada en una esquina de la ventana. Un lunón hermoso, intimidante, como el pasado que me asfixia y me obliga a descargar mis sentimientos en una hoja de cuaderno.

    Si se busca una zona en el sur hemisférico a la que pueda catalogarse como modelo de hacinamiento, narcotráfico y miseria, esa es la villa 31, en Retiro, ciudad de Buenos Aires. Miles de argentinos mesclados con bolivianos, peruanos y paraguayos atiborrados en apenas cien manzanas, en muchos casos sin acceso, ni siquiera, a los servicios básicos. Un barrio de diez mil familias, con basurales como únicas plazas. Donde bullen los niños y arroyuelos de agua servida serpentean por las calles. Allí, en un lugar diseñado más por Satán que por Dios, nació y vivió hasta los doce años Lucas Mariano Agüero.

    El bolso resultó ser una caja de pandora. Cualquier cosa podía salir de allí adentro. Entre otras inutilidades se encontraban: Un par de auriculares rotos. Un libro de Coelho con la mitad de las páginas arrancadas. Un puñado de tickets del subte de Buenos Aires. Una caja de condones que parecía tener varias unidades… ¿usadas? Un despertador a cuerda. Una tarjeta de biblioteca… ¿del servicio penitenciario nacional? El pasaje de Lan Chile junto al pasaporte y el D.N.I. ¡Ahh! y por suerte la llave magnética del hotel donde estaba Pablo alojado.

    —Hay un sitio de unos locos en internet que te pagan re bien por hacer cosas sinsentido, un primo mío ganó casi cien mil dólares un año atrás —le dijo Juanchila, el colombiano de Medellín que trabajaba con él en la cocina de un chicken kitchen. — Es arriesgado, pero sino querés perder el auto, la casa, tu esposa y tus tres hijos con ella, yo que vos lo haría parce. Total que más podés perder, si ya sos un muerto en vida Pepito.

    —La situación es extremadamente delicada —dijo el presidente intergaláctico y movió la cabeza mirando consternado a su hijo y a su primer asesor.— Como no propongamos ya una medida seductora y viable, no tendremos argumentos para seguir sosteniendo la existencia de este planetita tan problemático.

Walter Gerardo Greulach nació en Jaime Prats, departamento de San Rafael, Mendoza, República Argentina. En 1964.Cursó la secundaria en la E.N.E.T de General Alvear. Mas tarde se recibió de técnico en propaganda y publicidad y Licenciado en Comunicación social en la Universidad Nacional de Córdoba. Sus primeras armas en la profesión las hizo como crítico teatral, productor de revistas barriales y conductor de programas de entretenimiento en pequeñas emisoras radiales de Córdoba. A fines de los ochenta se mudó a Paraná, Entre Rí­os, contratado para trabajar en un novedoso proyecto radial (FM Capital). La década de los noventa lo encuentra en Aruba isla del Reino Holandes, desde donde colabora asiduamente a traves de arti­culos con publicaciones locales y extranjeras. Desde el 98 esta radicado en Miami y es columnista en diversos medios de la red. Pese a escribir poemas y cuentos desde su temprana adolescencia, recien en el 2008 tuvo la desfachatez suficiente para publicar El Guionista de Dios¿o del Diablo?, su primer libro. En el 2011 salió su segunda obra de relatos cortos, Awqa Puma, temporizador. En la actualidad se halla trabajando en la novela El quijote Verde, un thriller ecológico.

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