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4 min
Juanillo, el loco
Reales |
07.09.15
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Sinopsis

Juan es uno de los personajes de un universo vital que recogí en una serie llamada "My way". Él, un hombre diferente y peculiar, sobrevive ayudado por sus vecinos, con una inocencia y una ingenuidad que no se corresponde con sus años. Recuerdo cuando le veía pasar por la puerta de mi casa pregonando una arena para fregar los platos que ya nadie quería, pero que todos compraban.

~~Él se llamaba a sí mismo Juan, así, a secas.
 Desconocía, porque era como un niño que vive con los ojos cerrados al mundo, que todos lo llamaban "Juanito , el loco". Pero así era.

 Juan pateaba las calles con dos cubos de arena enganchados de las asas por un palo, que le servía de balancín tanto como  de asidero. Cada mañana, se lo cargaba a la espalda y pregonaba:

-¡Arena, arena "branca y colorá"!

 Las mujeres salían a la puerta de sus casas para comprar un poco de arena  que él medía con un jarro de hojalata de un cuarto. Esa arena servía para abrillantar y pulir los cacharros de metal, sobre todo los de peltre. Y Juan se iba manteniendo con lo que ellas le daban, además de alguna fiambrera con comida caliente y algún pitillo que se agenciaba por ahí. Porque todos sabían que Juan se gastaba la mayor parte del dinero en vino peleón en las tabernas que punteaban su recorrido. Es que el invierno era frío y su casa no estaba nunca caliente , por falta de picón para el brasero y, también, por no tener las ancas de una buena moza que le calentara la cama por las noches.
 Juanillo era mocito. Nunca había tenido una muchacha tan cerca como para saber a qué olía su piel o a qué sabían sus besos.Nunca había tenido a una mujer, cantando por la casa, mientras hacía las tareas domésticas. Tampoco lo había echado de menos, porque había estado muy bien cuidado por su madre, doña Remedios, hasta que ésta muriera hace tres años, aquel maldito invierno que se llevó por delante a muchos viejos del lugar.
 Juanillo, que siempre había tenido muchas rarezas, se volvió más raro todavía. Hablaba solo, mascullando quejas e imprecaciones con una colilla colgando del belfo. No se afeitaba, ni iba aseado como antes, y la ropa empezaba a rasgarse por las costuras.¡Qué falta le hacía su madre!
 Pero él parecía no darse cuenta y hablaba con ella como si nunca se la hubiesen llevado los de la funeraria , con los pies por delante. Eso sí, cuando Juan pasaba por enfrente del Cementerio, apretaba los ojos para no verlo. Porque a veces se le venían imágenes a la cabeza de un día de lluvia- o eran sus lagrimas- y de un golpe seco de una caja dentro de un nicho perturbadoramente familiar.
 Juan, con la exactitud de un reloj suizo, pasaba por las calles pregonando la arena que recogía en una cantera cercana al pueblo. La roja, de grano grueso y la blanca, fina, para dar acabados brillantes a las piezas. Con la misma puntualidad, las vecinas se asomaban a comprarle un cuartillo de ésta o de aquélla.
 Lo que Juan no sabía era que ya nadie necesitaba la arena para limpiar, porque casi nadie tenía objetos de peltre en su casa.Lo moderno era el duralex, y las mujeres usaban jabón, con mucha espuma,y algunas - las más modernas- máquinas para lavar la vajilla.
 Pero se apiadaban de Juan, cada día más "Juanillo", porque iba encogiendo dentro de su ropa holgada y porque se comportaba como el crío que fue y que algunas recordaban aún. A medida que pasaban los años , también era más "el Loco", con su mirada perdida en otros tiempos y en otros mundos, y había dejado de hablarle a los vivos para charlar siempre con sus difuntos.
 Pero él, loco y todo, por no haberle hecho daño nunca a nadie, pudo tener una vejez tranquila, con su pregón y con sus recuerdos.

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Para aprender a leer, tuve que rodearme de libros. A la hora de aprender a escribir, he de relacionarme con escritores.

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