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4 min
JUSTO EN EL INSTANTE QUE GRITARON GOL
Varios |
28.07.21
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Sinopsis

JUSTO EN EL INSTANTE QUE GRITARON GOL

Después todos supieron que la discordia entre ellos venía de lejos. Nacieron y se criaron en el mismo barrio, alimentando durante años una rivalidad obsesiva y explosiva. Se peleaban por todo, absolutamente todo. Amores, fútbol, simpatía de los amigos, juego de bolitas y quien era mejor en cualquier cosa, en cualquier jueguito idiota y sin sentido.

Perico era dos o tres años más joven que Jacinto, pero lo enfrentaba como si fuera de la misma edad o más grande, aún después que Jacinto entró para la policía y se alejó de los antiguos compañeros.

Aquella noche estaba ideal para ver un partido de fútbol que prometía ser emocionante, con jugadas dramáticas y explosión de pura alegría. Pero, diferente de otros partidos de menor importancia, la policía había montado un fuerte esquema de seguridad para impedir que incivilizados intentaran entrar sin pagar entradas. O sea, nosotros, los salvajes, los desajustados. No era solamente porque no teníamos dinero, era una cuestión de honra desafiar aquellos milicos, representantes de un estado dictatorial y represivo. Estábamos atravesando por aquella edad indefinida, cuando ya no éramos niños y todavía no éramos considerados hombres. Para nosotros, enfrentar aquel poder represor era un gran desafío y una experiencia libertadora.

Fuera del estadio, los policías montaban caballos nerviosos, principalmente en aquel sector que quedaba al lado de la densa vegetación, donde nos escondíamos, esperando el momento propicio para correr y escalar el muro. Dentro, nos esperaban otros milicos, prontos para detener a los invasores y llevarlos para afuera. Quien resistía iba a dormir en la comisaría, pasando por momentos de terror. Ellos golpeaban sin piedad.

La mejor hora para saltar, era cuando tocaba el Himno Nacional. Ellos eran tan patriotas que no se movían mientras sonaban los acordes patrios. Pero, eso solamente sucedía con los policías que estaban dentro del estadio, los caballeros del lado de afuera se hacían los sordos. Aún así, buena parte de nuestro grupo saltó en aquel momento inspirador. La mayoría no lo logró y tuvo que retroceder, pues los caballos y los sables de los policías estaban muy activos y nerviosos.

El partido empezó y nos mordíamos las uñas, sin darnos cuenta. Por los gritos sabíamos que nuestro equipo estaba masacrando al rival. Querían resolver el partido lo más rápido posible. Teníamos que vencer los metros que nos separaban del muro, desviando de los caballos y de los golpes de sable. Perico, siempre él, me miró y dijo algo que no entendí. Dio un salto y empezó a correr. Yo lo seguí, intentando imitar su loca carrera. Dos caballos vinieron hacia nosotros y los animales que los montaban erraron los planchazos de sables. Perico sabía exactamente donde estaban los agujeros en el muro, los puntos donde apoyábamos pies y manos para subir, vencer el alambre con puntas agresivas y saltar para adentro.

Saltamos. Perico adelante, yo enseguida. Cuando toqué el suelo, me torcí un pie y caí. Intentando levantarme, vi que Jacinto, el traidor del grupo, todo un hombre uniformizado y con poder, estaba interceptando el pasaje, gesticulando y hablando sin parar. Un gritería ensordecedora brotaba de las tribunas y la realidad comenzó a girar en cámara lenta. Perico camino hasta el policía Jacinto, que, con un movimiento rápido, sacó su arma y dijo alguna cosa. Mi amigo no se acobardó, abrió los brazos y caminó hasta el otro, recostando la barriga en el arma. Yo no conseguía ver su rostro, pero sabía que estaba sonriendo.

Jacinto ensayó una sonrisa nerviosa y, justo a la hora que gritaron gol y el estadio explotó en loca alegría, apretó el gatillo varias veces, sin hesitar.

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