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11 min
Kaiju
Terror |
10.12.09
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Sinopsis

DIARIO DE NAVEGACIÓN
Sugata (Barco Pesquero)
Capitán Kyohei Shimura.



ENTRADA: 22 de noviembre

       Ayer ocurrió lo impensable. La tormenta nos alcanzó de madrugada, en… no puedo precisarlo, en algún lugar del Océano Pacífico. La última anotación en el diario de bitácora, cerca de donde recogimos la pesca, es +31º39’ 147º 21’. Todo el equipo de comunicaciones, así como diversos aparatos eléctricos del barco, han sufrido graves daños por la tempestad. Es imposible comunicarnos con el mundo exterior. El agua salada entró en los motores y aún permanecemos a la deriva en espera de que los señores Hirata y Yamamoto arreglen los desperfectos. Son optimistas respecto a la avería y aseguran que para el anochecer podremos volver a casa. Pero, a Dios gracias, seguimos con vida.
Lo que me turba -a mí y a la tripulación- es un gran arrecife que ha emergido desde las profundidades oceánicas. Un arrecife yermo y calizo que se alzó por la popa de nuestra embarcación y fue divisado por primera vez por el señor Oikawa al amanecer. He revisado, tanto mapas como cartas de navegación, y no hay constancia de él en ninguna parte. Unos de los tripulantes han propuesto acercarse hasta allí en botes y examinarlo. He tenido que disuadirlos de esta idea pues me parece una empresa con demasiado riesgo de accidente. Su aspecto me inquieta, y espero con ansia el momento de largarme de aquí y dejar atrás esa enorme roca erigida por el diablo.


ENTRADA: 23 de noviembre
      
      Como predijo el señor Yamamoto, al anochecer los motores volvieron a estar en pleno funcionamiento, y a las 20:35 el Sugata retomó el rumbo hacia casa.
Al amanecer, los gritos del señor Oikawa despertaron a toda la tripulación. Necesitaría la habilidad de un escritor avezado en los conocimientos de la lengua para poder transmitir en este escrito improvisado el temor y desazón que me invadió cuando vi por la popa aquel maldito arrecife. Cómo ha podido desplazarse casi ciento cincuenta kilómetros desde el lugar donde lo divisamos por primera vez, escapa a todo razonamiento al que yo, o cualquiera de los aquí a bordo, podamos alcanzar. Sólo sé que eso, sea lo que sea, nos sigue.
El asombro y el temor se han adueñado de la embarcación como una enfermedad contagiosa. Ninguno despega su vista del arrecife, y todos comentan todo tipo de hipótesis sobre él. Algunos -la mayoría- apuntan que lo que realmente ocurre es que no nos hemos movido del mismo sitio. Pero no puedo creerlo; nos movemos. Nos estamos moviendo.


ENTRADA: 24 de noviembre

      A las 3.52 ha ocurrido algo. Un sonido ensordecedor nos ha sobresaltado a todos. No sé… no puedo describir cómo era. Fue como si la tierra… se hundiese. Jamás en la vida podré olvidar tan titánico estruendo, tan aterrador. En ese momento, tenía la certeza de que moriría. Pero sólo duró unos segundos, y después las aguas se embravecieron un instante, para después volver todo a la calma. Han sido necesarias algunas horas para que los tripulantes se repusieran del susto y volvieran todos a sus camarotes. Mas como yo era incapaz de recobrar el sueño, sustituí al señor Sakai en la guardia.
Una noche sin luna, en un barco sin luz, es como sentirse flotando en medio del universo. La suave brisa y el aroma del humo de un cigarro me calmaron un poco, y casi consigo relajarme. Miraba al cielo por la proa del barco sumergido en mis pensamientos; intentando evadir mis temores, pensé en aquella bonita camarera de Osaka a la que había prometido una cena cuando volviese por su ciudad... Y divago ahora tanto como lo he hecho hace tan sólo unas horas; y es que si temía volver mi mirada hacia popa, ahora temo aún más recordar lo que nada tras el Sugata. Volví mi vista hacia mis espaldas, por un inconsciente pensamiento que me asaltó de repente: la brisa era discontinua, un tanto innatural… Y me topé con un cielo desprovisto de estrellas. Ni tan siquiera las nubes de tormenta son tan opacas.
Poco a poco, las estrellas fueron apareciendo paulatinamente –era como si llovieran-, y las aguas se volvieron a embravecer. La brisa desapareció por completo y yo me quedé inmóvil con la vista fijada en el montículo negro que se tornaba tras las estrellas: el arrecife.
      Ahora recuerdo leyendas marinas, cuentos de tabernas, y pienso que si ese arrecife es una ciudad ancestral de espíritus malignos, jamás dejará que volvamos a casa. Las grandes leyendas son a menudo grandes tragedias.
No me atrevo a contar nada de lo ocurrido a los demás.


ENTRADA: 28 de noviembre

Esta mañana se encontraba el señor Hayashi de guardia. Dice que por estribor, a varios kilómetros de distancia, un grupo de ballenas estuvieron retozando por la superficie. Se quedó extasiado viéndolas y cuenta que apenas llegó a percatarse de que el arrecife se hundía rápidamente. Avisó a todos a gritos y nos acercamos para ver con nuestros propios ojos que efectivamente aquello había desaparecido. Cuando señaló a las ballenas para relatar cómo había empezado a ocurrir todo, el señor Hirata gritó, sin dejar de apuntar con el dedo índice hacia donde estaban las ballenas. Algo ocurrió, efectivamente, pero demasiado rápido como para poder saber qué es lo que pasó. Hubo algo que las atacó desde el fondo, tan rápido y violento, que lo único que quedó a la vista fue la espuma y las olas agitadas. Al cabo de unos escasos minutos, el arrecife volvió a erguirse por la popa ante el asombro de todos los que allí estábamos.
No, no debo engañarme más. Eso no es un arrecife, y está claro que es a nosotros a quien persigue. Pero su tamaño… Dios Bendito, su tamaño es descomunal.


ENTRADA: 29 de noviembre

Hoy he convocado a toda la tripulación para discutir sobre el estado actual en que nos encontramos. La asamblea comenzó a las 10.00 horas y hemos finalizado hace tan sólo unos momentos, a las 21.30.
Hemos discutido sobre cuál puede ser la naturaleza de ese monstruo. Hay quien se muestra aún escéptico al decir que eso es imposible que esté dotado de vida. El terror nos obceca a todos, pero hay que ser realista. Los arrecifes no se mueven, ni persiguen barcos, ni mucho menos atacan ballenas.
El señor Honda, uno de los oficiales más veteranos, ha expuesto su propia teoría de que se trata de un ser divino; una especie de ancestro saurio. No sé si se lo toma con humor, pero no todos lo han tomado a risa; conforme pasan las horas cada vez hay menos risas a bordo.
Algunos apuntan que se trata de un submarino soviético camuflado. De ser así, hay que alabar semejante arquitectura. Pero es difícil de creer. Otros, gente aún más supersticiosa que el señor Honda, hablan de leyendas sobre diabólicos dioses y profecías.
Pero sea lo que sea: dios, diablo, animal o máquina, hemos alcanzado una conclusión que afectará al futuro del Sugata y de Japón: Todos los aquí a bordo, nos hemos comprometido a no tomar tierra, ni en Japón, ni en ningún otro país vecino. No seremos los portadores de este mal que se ha adherido a nuestra embarcación. Intentaremos subsistir de las provisiones que nos quedan y de la pesca que logramos antes de que estallara la tormenta. Y si no conseguimos ayuda en estas aguas desoladas; si nos quedamos sin víveres y a la deriva, moriremos con honor por el bien de nuestro país; por el bien de la humanidad. Moriremos con honor.


ENTRADA: 15 de diciembre

Las provisiones se agotan rápidamente, ya apenas nos queda agua. La carga de pescado se está descomponiendo irreversiblemente, y pronto deberemos de arrojarla por la borda antes de que el olor a descomposición nos enferme a todos. Aún seguimos intentando la pesca, pero el agua está desierta. La fauna marina huye de nosotros, pero no por eso es perjudicial para nosotros; igual que su ausencia nos priva de la vida, nos confirma que nuestra empresa es la acertada. ¿Por qué si no se iba a ausentar todo tipo de vida marina si este ser fuese benévolo?
No, aún no hemos perdido la esperanza, pero al menos sabemos que morimos haciendo lo correcto.


ENTRADA: 20 de diciembre

Hoy ha ocurrido un incidente en la sala de recreo. Uno de los tripulantes, el señor Murata, ha agredido a varios hombres con uno de los palos del billar. Han sido necesarias cuatro personas para poder reducir al señor Murata. Cuando se le interrogó del porqué de sus actos, éste alegó que nadie podía obligarlo a quedarse a bordo. Por lo que he podido saber posteriormente, es que el agresor estaba buscando voluntarios para unirse a él en el robo de uno de los botes para huir del Sugata y de su funesto destino. Cuando los marineros escucharon esta infamante propuesta se abalanzaron contra él y éste se defendió con los palos del billar.
Estoy orgulloso de la entereza que ha demostrado el resto de la tripulación, pero me preocupa que el pesimismo del señor Murata contagie al resto de los hombres. No puedo detenerlo aquí, pues es un simple barco pesquero. Tampoco creo que la visión de uno de los compañeros encerrado en una de las bodegas sea favorable para mantener el ánimo a bordo. Pero lo cierto es que el ambiente se hace cada vez más insostenible.


ENTRADA: 24 de diciembre

Apenas nos queda agua. La comida se terminó hace dos días y los hombres hace ya que desistieron de continuar la pesca. Apenas me atrevo a pasearme entre ellos; sus conversaciones son cada vez más turbias y desalentadoras. Algunos hablan de suicidio; de hundir la embarcación, pero no, no podemos perder aún la esperanza. Puede encontrarnos otro barco, pedir auxilio.
Cada vez estoy más débil. No puedo razonar con claridad. Es curioso cómo el hambre y la sed nos devuelve nuestros instintos más primarios. Pero yo, aún estoy aquí. Aún estoy aquí…


ENTRADA: 24 de diciembre (apéndice)

He de hacer algo con Murata. Está contagiando a los demás con su cobardía.


ENTRADA: 27 de diciembre

He hundido los botes salvavidas. Murata y algunos más se han alzado contra mí, pero el resto de la tripulación ha intercedido. La reyerta ha costado la vida de dos hombres: Ishiro Sakai y Takeo Kayama. No los hemos arrojado al mar; no en el mismo mar donde nada eso.Los hemos envuelto en mantas y depositado en uno de los camarotes.
El aire se hace cada vez más espeso, es difícil respirar a bordo. Todo el ambiente está lleno de malos augurios y desazón. Pero yo miro hacia proa. La proa es limpia y pura, no está aún contaminada por nuestro paso, por nuestra carga.
Cada vez se hace todo más difícil a bordo. Deberíamos haber hundido el barco cuando aún éramos capaces. De esto, me siento responsable.


ENTRADA: 30 de diciembre

La fiebre de Murata ha impregnado el Sugata. Todos tenemos miedo, nos hemos vuelto débiles.
Hoy ha habido otra asamblea. Murata ha hablado casi todo el rato; yo me he dejado caer sobre una de las butacas y he callado; le he escuchado. Dice que hemos sido tontos. Tontos de no haber confiando en nuestro país. Tontos por haber escuchado a un capitán negligente y melancólico. Tontos por sacrificar la vida de dos hombres, y más tontos por continuar en alta mar.
“Si eso que nos sigue está vivo –dice-, se puede matar. Y nuestro deber no es eludir la responsabilidad, sino hacer frente a la amenaza. Hemos de luchar. Así que, nuestro deber es volver a Japón y dejar a ese monstruo frente a nuestras fuerzas armadas”.
Ésa es pues, la conclusión a la que se ha llegado esta mañana. Todos la han aclamado con alabanzas y hurras. No sé si es por la fatiga, el hambre, o el miedo, pero necesito creer en lo que dice Murata. Todos lo necesitamos.
Volvemos a casa.


[Fin de El Diario de Navegación, Cap. Kyohei Shimura.]

 

 

 

 

_________________________________________

 

 

 

 

 

 

 

DOCUMENTO ENCONTRADO ENTRE LOS ESCOMBROS DE LA CIUDAD ANTES CONODIDA COMO MIYASAKI.

 

 

 

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